viernes, 20 de septiembre de 2013

La cuna de Snorri: los vikingos en América



¿Quién no ha querido ser vikingo en alguna ocasión? Ser vikingo es la ensoñación de muchos, el deseo de protagonizar incontables aventuras, surcar los mares, encontrar nuevas tierras, vivir libre y sano, despreocupadamente, entre risas y pruebas de valor. Sin depresiones, sin preocupaciones ridículas, sin debilidades del ánimo, sin vacilaciones, sabiendo qué hacer en cada momento y haciéndolo, naturalmente, alegremente, aceptando el destino con gallardía. Muchos hemos querido ser vikingos, sobre todo en la infancia, en la edad de los sueños, cuando la glándula pineal todavía no se ha calcificado y todo parece posible, cuando fantasía y realidad siguen hermanadas como en una buena saga nórdica. 

No en vano Vickie el vikingo fue un personaje muy querido por toda una generación. Expresaba en términos infantiles todo lo grande y hermoso que los adultos asociamos a aquellas gentes rudas, valerosas, inteligentes y sanas. Me parece altamente simbólico que llegasen a encontrarse, durante al menos un tiempo, con otro pueblo idealizado por muchos europeos en esas ensoñaciones de libertad y vida natural, de ánimo sencillo pero grandioso, los pieles rojas, cuando todavía no había mapas de América. Precisamente el continente americano ha sido también el más mitificado, como tierra de promisión, como espacio para nuevas oportunidades, como la nueva frontera de lo conocido (y de lo desconocido). Y siempre que se hable de mares incógnitos, de brumas misteriosas donde quizá se esconde un monstruo de las profundidades, de costas verdeantes con montañas nevadas al fondo, reaparecerá en nuestra mente la robusta y resuelta figura de un marino vikingo.





A menudo la gente piensa que el conocimiento de la historia es irrelevante. Tanto da, piensan, lo que haya ocurrido pues lo importante para nosotros es lo que tenemos delante. Quien piensa así olvida que lo que tenemos delante hunde sus raíces en el pasado, lo que nosotros somos hace lo mismo y las posibles soluciones han sido en buena medida ensayadas ya. Decía Santayana que quien olvida el pasado se condena a tener que repetirlo. Diría yo más, que quien olvida el pasado se arriesga a no repetirlo, a que las grandes hazañas de otras épocas no puedan darse hoy, a que no podamos llegar a donde llegaron quienes nos precedieron. Un pasado desconocido crea un presente incomprensible y un futuro amenazador. Es así. Muchas veces nuestros antecesores dieron respuestas valiosas a sus desafíos; en otras ocasiones, sus respuestas fueron pésimas: de unas y otras debemos aprender. Lo que vale para la ciencia, ese incorporarse sobre hombros de gigantes que decía Newton, vale también para la historia. Una buena perspectiva es necesaria para comprender. Todo está interrelacionado, y necesita una perspectiva holística que sepa entender lo próximo pero también lo lejano, lo actual así como lo pretérito. Por otra parte, ignorar la historia implica despreciar a nuestros antepasados, de igual modo que conocerla y entenderla profundamente, sin idealizaciones absurdas, nos conecta con ellos, pues de alguna manera reviven en nosotros. Un pueblo sin historia no es pueblo.


LA AVENTURA VIKINGA

Cuando se habla de la expansión vikinga, muchos no se aperciben de la importancia trascendental que tuvo para Europa y el mundo. En el espíritu de mucha gente, modelado según las formas emitidas por el mundo mediático californiano, los vikingos fueron una especie de anécdota, algo así como unos molestos tábanos aguijando al buey medieval, montados en sus naves con mascarón dragontino y filas de coloridos escudos por el exterior de la quilla, y cubiertos con unos delirantes cascos cornudos incrustados en la pelambre rubia. Según la opinión popular, esos vikingos un día se cansaron de corretear y se hicieron socialdemócratas, en algún difuso momento histórico, y fin del asunto. Si la gente conociese la prodigiosa aventura vikinga, se sorprendería. Como es obvio para cualquiera que la conozca, pretender abarcarla es una tarea titánica que necesitaría un blog especializado, si no queremos dejar de movernos entre diletantes aficionados. En esta ocasión quiero, en la magra medida de mis posibilidades, honrar la memoria de sus singladuras y andanzas allí al Oeste, donde tras la curvatura de la Tierra espera un continente imprescindible para el futuro. Nos aproximaremos a la estancia de los vikingos en América.

 Los vikingos (I) cayeron sobre Europa, a bordo de sus magníficas naves, desde finales del siglo VIII. Se considera el saqueo y matanza de la abadía de Lindisfarne -al norte de Gran Bretaña- en junio del 793 como el pistoletazo de salida de sus incursiones, que duraron cerca de tres siglos y durante las cuales sembraron el terror -empleado posiblemente como arma psicológica de amedrentamiento- en las costas, preferentemente cristianas, que frecuentaron. La descomposición del Imperio carolingio favoreció que lo que hoy es Francia se convirtiese en uno de sus blancos preferidos. Remontando el Sena llegaron a hacerse en su momento con París, exigiendo un astronómico rescate en plata para abandonar la ciudad. La táctica de remontar el curso fluvial ayudó a que cayeran en sus manos incluso Sevilla y Pamplona. Iberia, como es sabido, fue objetivo vikingo (en las crónicas escandinavas la Iberia cristiana es denominada Galica -Galicia- o Jakobsland -tierra de Santiago-: la concepción ideológica de que el núcleo irradiador de la Reconquista fue asturiano es bastante posterior), incluido al-Ándalus, donde también saquearon las mezquitas que tuvieron a mano. Llegado el momento, los vikingos se asentaron y cristianizaron, adoptando costumbres pacíficas y ayudando a que las naciones europeas comenzasen a tomar cuerpo. Estas tácticas depredadoras antes dichas y esta expansión -que les llevó a fundar un Reino de Sicilia que abarcaba media Italia- fueron más bien propias de noruegos y daneses. Los suecos, llamados varegos (y rus según la Crónica de Néstor: Rusia es de origen varego), se extendieron por un amplísimo territorio aprovechando los grandes ríos de la Europa oriental hasta llegar al califato de Bagdad y a Bizancio -donde cuatrocientos varegos formaron la guardia personal del Basileus- dedicándose más bien al comercio pacífico -ámbar, pieles, seda, cera, ámbar y esclavos- y creando una extensa red globalizadora que unió Escandinavia con el Mar Negro, el Caspio y finalmente el Mediterráneo por un camino distinto del de los noruegos y daneses.

Semejante azote tuvo sus causas. En suelo escandinavo existía cierta superpoblación, no por demasiada gente como tendemos a pensar según nuestra perspectiva actual en la que millones de personas pueden mantenerse con carbohidrato industrial relativamente barato y accesible, sino por pobreza endémica de unas zonas frías, de bajo desarrollo tecnológico y sometidas a periódicas hambrunas. Por otra parte, la costumbre nórdica de que el primogénito, el bondi, heredase la granja familiar implicó la presencia de muchos hijos segundones dispuestos a probar fortuna en un suelo más agradecido (un fenómeno social que posteriormente también engrosó las filas de los caballeros cruzados). Los escandinavos de entonces no tenían reinos centralizados, de modo que las disputas entre condes -o jarl: primeramente un granjero enriquecido que podía permitirse un ejército personal- y el gusto por resolver las rencillas entre clanes por las bravas no favorecían un ambiente social cómodo para vivir. A eso se le une la consideración de Odín como el dios más poderoso y adorado en el peculiar panteón nórdico. Odín no sólo era el dios de la sabiduría -sacrificó un ojo para conocer el porqué de todas las cosas en el Pozo de Mimir- sino también de la guerra, de tal modo que los héroes muertos en combate son prohijados por él y se sientan a su mesa en el ágape del Valhalla. Sin duda esa divinidad supuso un empuje extra para el ardor vikingo. Además, no debemos olvidar la sed de conocimiento y aventuras, así como la inclinación a la fama, a tener buen nombre.

No se puede entender la aventura vikinga sin prestar atención a sus naves. El drakkar era la idónea para las correrías continentales. Llamado así por el mascarón con forma de cabeza de dragón que llevaba en la proa durante la travesía (y que era retirado, por superstición, al arribar a puerto), esta espléndida embarcación de madera de roble destacaba por su maniobrabilidad, su solidez y su estanqueidad. La quilla era unos 30 cms más ancha en el centro, y redondeada, mientras que proa y popa eran alargadas e idénticas, de modo que resultaban intercambiables. Contaba con un único mástil con vela cuadrada, unos dieciséis pares de remos de más de cinco metros de largo cada uno -ligeros y de pala estrecha, idóneos para una boga corta y de alta frecuencia; al navegar a vela los portillos de boga se obturaban- y un timón a estribor, proyectado bajo la quilla, haciendo de orza de deriva. En los puertos el exterior de la quilla se adornaba con escudos.

La embarcación mercante por excelencia era el knarr, más alta y anchota, así como mucho menos maniobrable. Tanto unas como otras contaban para orientarse, pues no disponían de brújula magnética,  con un gnomon depositado en un balde de agua, para evitar que se escorase. El knarr será el navío estrella de la aventura americana de los vikingos. Las provisiones solían consistir en carne y pescado deshidratados, mantequilla salada, agua y suero de leche (II). No llevaban fuego a bordo, y dormían en sacos de cuero.


PRIMERA PARADA: ISLANDIA

Posiblemente fue el marino Piteas (s. IV a.C.) quien llegó primero a Islandia, si ésta es la Thule que descubrió y en la que parecía haber actividad volcánica por entonces. Lo que sí es cierto es que los escandinavos no fueron los primeros en llegar. Se les adelantaron los papar, singulares anacoretas de origen seguramente irlandés que parecían estar a sus anchas viviendo en aquella isla tan alejada de todo. El primer escandinavo en acercarse por allí fue el sueco Gardar Svavarson, en el 860, bautizándola como Gardarsholm (ponerle a lo descubierto el patronímico de uno mismo va a ser una constante en la historia de la expansión vikinga por el Oeste oceánico, y recalca la importancia que para ellos tenía el buen nombre). Según él la travesía desde Noruega no lleva más de siete días, y en su costa meridional se pueden encontrar llanuras, abundantes abedules y campos de arándanos. En esa década Noddod -noruego o feroés- la visita y bautiza como Snaeland. Alrededor del 870 llega allí Floki Vilgerdarson, dispuesto a establecerse, con una flotilla de tres barcos y acompañado entre otros por dos hombres libres de los que consta el nombre, Herjolf y Thorolf. Se dice que Floki echó a volar tres cuervos antes de llegar a la costa: uno voló a popa, otro subió y regresó al navío, el tercero se dirigió hacia adelante como una flecha. Los barcos siguieron ese camino y llegaron a Islandia. Allí pasaron un invierno francamente duro. La pesca abundante les distrajo de ser previsores, de modo que al llegar la estación fría (los vikingos solían embarcarse en la cálida) el ganado que habían traído no disponía de heno, y no había pasto suficiente para mantenerlo. La siguiente primavera fue también exageradamente fría, de modo que al regresar a Noruega el bueno de Floki -que bautizó a Islandia con su nombre actual- echaba pestes de la inhóspita isla. Herjolf fue más ponderado cuando le preguntaron por las condiciones del lugar, y Thorolf aseguró sorprendentemente que la isla era tan rica que cada brizna de hierba destilaba mantequilla.

En esa década Islandia se convirtió en un destino estrella para las gentes de Noruega. Harald Harfagri ("hermosos cabellos") estaba unificando el país, de modo que varios notables salieron rebotados en todas direcciones. Algunos fueron a comenzar de nuevo en suelo islandés. Numerosos campesinos emigraron hacia allí, llevando toda clase de ganado, y asentándose preferentemente en los fiordos del Sudeste. Islandia era una tierra virgen que había que roturar. Todo hombre tenía derecho a aquella extensión que pudiera rodear en un día usando antorchas. Las mujeres, que tenían derechos pero no estaban equiparadas a los varones, podían apropiarse del terreno que una ternera pudiera roturar en un día de luz solar en primavera. En el año 930 se instituye el Althing, el primer parlamento moderno que se conoce, capaz de emitir leyes y de juzgar, y compuesto por notables, cuyo puesto terminó siendo enajenable y hereditario. Por entonces puede decirse que existe Islandia como nación. Su población se dispara (los ermitaños, al ver que su desierto paraíso semihelado se está abarrotando, deciden marcharse) y bascula ya entre 20000 y 30000 almas (no ha crecido exponencialmente desde entonces, ni mucho menos: hoy en día tiene unas 330000). Con el cambio de milenio el cristianismo se ha convertido en la religión oficial. Aunque autónoma -Noruega no la hará suya hasta 1262- y prometedora, Islandia repite la situación de territorio superpoblado, además de depender intensamente de las exportaciones. Ni siquiera tienen suficiente hierro para cubrir sus necesidades técnicas (la carestía de materias primas dificulta incluso la escritura, desarrollándose en cambio una gran literatura oral, cultivada por los escaldos). Mal panorama para este nuevo país lleno de agricultores, ganaderos, nobles .... y desterrados.


EL LINAJE DE LOS DESCUBRIDORES

Un noruego violento llamado Thorvald y su hijo Erik el Rojo, llamado así presumiblemente por el color de su cabello y barba, fueron desterrados de su patria a causa de unos homicidios. Se establecieron en Islandia, en la península de Hornstrandir, pescando y cazando focas. Allí morirá Thorvald. Por entonces llega a los oídos de Erik la peripecia del islandés Gunnbjorn Ulf-Krakason, quien alrededor del año 900 pudo ver lo que parecía una nueva tierra muy al Oeste, mucho más allá de Islandia, y a donde le había arrastrado una tempestad. Seguramente le dio muchas vueltas a la cabeza con la historia de Gunnbjorn, especialmente cuando volvió a caer en desgracia. El caso es que Erik se casó con la mujer de su vida, Thjodhild, y se estableció  con ella en el valle de Hauka, pero volvió a meterse en problemas. Unos esclavos suyos provocaron sin querer un alud que sepultó una granja, cayendo asesinados por el dueño de ésta. Erik mató al asesino y a otro lugareño pendenciero. Tras establecerse de nuevo en Breidafjord, interviene en otros dos homicidios, por lo cual es considerado proscrito. Así que decide embarcarse hacia ese lugar al Oeste, con  su familia y una treintena de colonos, además de animales de granja. Parten a bordo de un knarr en verano del 982, y tras cuatro días de singladura llegan a esa ignota tierra, en la que predominaban los glaciares y las montañas pedregosas. Desconcertados, decidieron seguir la costa hacia el sur, doblando lo que hoy es el cabo Farewell, hasta que hallaron zonas verdes. Allí crearon un asentamiento en la zona del Eriksfjord (fiordo de Erik), que estaba helado de octubre a mayo pero que en comparación con lo que habían visto en la costa oriental prometía mucho más a esas alturas de año. Durante los tres años de destierro, Erik se movió por toda la costa, si bien la zona del Eriksfjord era con diferencia la más benigna. El interior helado era inatacable. Una vez cumplida su pena, Erik regresó a una Islandia que atravesaba malos tiempos, hambruna incluida. Allí empleó una de las primeras técnicas publicitarias de siempre: ponderó las bondades del lugar colonizado por ellos, y al que llamó Tierra Verde: Groenlandia.


La "tierra verde" de Erik. Foto: NASA.

Los voluntarios para una segunda expedición no se hicieron de rogar. En el 986 zarparon veinticinco barcos de Islandia, aunque llegaron catorce, con unas cuatrocientas personas a bordo, dispuestas a establecerse de modo permanente. En el contingente figuraban algunos caballos. A aquella gente no le asustaba el frío. Tenían formas de vencer los días de invierno -practicaban juegos atléticos quizá semejantes a los olímpicos, con los que se ejercitaban y mantenían sanos- y sus noches -les encantaban los juegos de mesa, y posiblemente conocían ya el ajedrez: allí hicieron piezas con el marfil de las morsas-. Lo que querían era la oportunidad de un nuevo comienzo.

Se establecieron en Brattalid, allí en la zona más benévola del Eriksfjord. Erik el Rojo presidía la asamblea de los colonos. Por entonces Erik y Thjodhild tenían tres hijos y una hija, los cuales dieron mucho que hablar con el paso del tiempo. El crecimiento de la colonia islandesa en Groenlandia fue lento desde entonces, hasta llegar a contar como mucho con 3000 europeos en la gran isla, establecidos en cerca de trescientas granjas. Con el paso del milenio, al igual que Islandia y como estaba ocurriendo en suelo escandinavo, los colonos se cristianizaron. Llegó a haber unos dieciséis templos cristianos allí, y una sede episcopal en Gardar. Hay que destacar que en suelo groenlandés e islandés la tolerancia religiosa era completa. Paganos y cristianos convivían perfectamente, hasta tal punto que los herreros empleaban el mismo molde para hacer cruces y amuletos del mazo de Thor. La excepción fue Thojdhild, que al convertirse se divorció de Erik, quien murió pagano y muy triste por haber perdido a su mujer por una divergencia religiosa.

Con todo, como el lector podrá imaginar, las cosas no estaban como para tirar cohetes. El pasto escaso no permitía que creciese el número de reses, y la madera escaseaba, pues los árboles no solían pasar de los tres metros de altura. Groenlandia distaba de ser un paraíso. Quién sabe, a lo mejor convendría seguir buscando más tierras nuevas.


HIJOS VIAJEROS

Un próspero comerciante islandés, Bjarni Herjolfsson, que viajaba a Noruega con frecuencia, llegó por casualidad a nuevas tierras al sudoeste groenlandés, primero a un paraje llano y boscoso en el que no desembarcaron pues según Bjarni -en contra de lo que pensaba la tripulación- contaban con suficientes provisiones de agua y leña, y pocos días después a otra costa, muy pedregosa y coronada por un glaciar, en la que tampoco se dignaron desembarcar al considerarla carente de interés, recalando finalmente en Groenlandia. Como es natural, a Bjarni le llovieron las críticas por su impresionante falta de curiosidad -pienso que quizá fuera simple cálculo comercial: recordemos que este hombre era ante todo mercader- al referir el relato de lo ocurrido, relato que llegó a oídos de Leif Eriksson, hijo de Erik, un muchacho robusto, de inteligencia viva, mesurado en sus decisiones y excelente marino, un gran ejemplo de líder. Leif decide aprovechar la ocasión y le compra el knarr a Bjarni, embarcándose con 35 compañeros, entre ellos un alemán llamado Tyrkir, allá por el año 1001. Le ofrece a su padre, por entonces la persona de más prestigio en la isla, comandar la expedición, pero el pelirrojo se cae del caballo y se lesiona, renunciando al viaje.

Leif sigue la ruta inversa y llega primero al país pedregoso, que parece todo él una laja gigantesca. Anclaron el knarr, aprestaron un bote y desembarcaron. Leif llamó al paraje Helluland, "tierra de piedras planas". El segundo país era efectivamente llano y abundante en bosques, con hermosos arenales blancos en su costa. Desembarcaron también y lo bautizaron como Markland, "tierra de bosques". Curiosamente reembarcaron a toda prisa, no se sabe bien por qué, y siguieron un poco más hacia el sureste. La primera tierra es considerada hoy día la Isla de Baffin, territorio canadiense. La segunda sería muy probablemente la península del Labrador, también perteneciente a la nación de la hoja de arce.

Bien, pues Leif y los suyos arribaron a una pequeña isla (tal vez Belle Isle) donde encontraron pastos jugosos cuajados de rocío. Y finalmente divisaron otra tierra distinta, de aspecto tan grato que con las prisas por desembarcar encallaron el knarr. Un río que llegaba al mar provenía de un gran lago. Allí la leña era muy abundante. Encontraron alerces, de madera muy apreciada. Había trigo silvestre. El río hervía de salmones. Los pastizales estaban tan extendidos y la zona parecía tan templada que los exploradores supusieron con buen tino que no hacía falta almacenar forraje para las bestias en invierno. Es más, el alemán Tyrkir hizo un descubrimiento asombroso: viñedos silvestres. Aquel mágico paraje recibió con justicia el bello nombre de Vinland, tierra de viñedos.

Decidieron quedarse allí ese invierno, fundando el asentamiento de Leifsbudir. El clima era más benigno, y los días más largos que en Groenlandia. Durante su estancia parte del grupo vigilaba el asentamiento mientras la otra parte exploraba las cercanías, con la obligación de regresar al caer el día. Al llegar la primavera, embarcaron de vuelta, llevando espléndidas mercancías, incluido un bote atiborrado de uvas. El impacto que su regreso tuvo entre los colonos debió ser tremendo, toda vez que en la gran isla helada una extraña epidemia estaba diezmando a la población (de ella murió el patriarca Erik). No cabía duda: Vinland prometía. A Leif se le empezó a llamar el Afortunado.

Por ello, al año siguiente otro hijo de Erik, Thorvald, adquiere la misma nave y se embarca con 30 vikingos. Al llegar a Vinland invernó en Leifsbudir, que su hermano Leif le permitió -lógicamente- usar pero que seguía siendo suya, y por la primavera comenzaron a explorar las costas. En un promontorio común a la desembocadura  común de dos rías, que le parecía a Thorvald un lugar edénico, se toparon con la mayor sorpresa de todas: seres humanos muy distintos de ellos. Se trataba de nueve amerindios -a los que llamaron skraelingar (III)- a bordo de tres canoas de cuero. Los vikingos mataron a ocho de ellos, pero el noveno skraeling se escapó. Poco después una gran cantidad de canoas se dirigió a ellos, buscando batalla, armados con lanzas en el extremo de las cuales estaba asegurada con tripa de animal una piedra tallada. Una lluvia de flechas, seguramente de punta de cuarcita, cayó sobre los nórdicos ya embarcados en el knarr, aunque sólo acertaron a Thorvald. Inmediatamente, los skraelingar renunciaron a seguir plantando batalla y se marcharon a toda prisa.

Thorvald murió a causa de la herida. Recibió, como era su deseo, sepultura cristiana en aquel promontorio que tan agradable le había parecido, y donde había querido establecerse un tiempo al menos. Se le atribuye una frase bendiciendo aquella tierra americana por su prosperidad, dado que la flecha que le causaba la muerte estaba cubierta por capas de su propia grasa. Aquella expedición supuso la primera sangre derramada entre dos pueblos tan lejanos, los europeos y los amerindios, estos últimos dominadores de América durante al menos 13000 años sin ver amenazada su preeminencia. Ahora sí estaba amenazada, y aunque tardaron los europeos medio milenio en poner patas arriba  el continente la cuenta atrás ya se había puesto en marcha.


SNORRI

El tercer hijo varón de Erik, Thorstein (IV), retomó la misma embarcación, la que había pertenecido en un principio al indolente Bjarni, y escogió a los veinticinco colonos de físico más poderoso para que le acompañasen en la búsqueda del cuerpo de su hermano, para repatriarlo a Brattalid. Este Thorstein se había casado con Gudrid, encontrada por su futuro cuñado Leif el Afortunado de regreso a su patria, en un arrecife, junto con otros catorce náufragos (el primer marido de Gudrid, otro de los náufragos, murió de la extraña epidemia que se había llevado a Erik). El periplo de Thorstein resultó accidentado y sin éxito, pues aquel verano las tormentas impidieron a aquella gente llegar a Vinland. A donde arribaron fue a otra colonia groenlandesa, Lysufjord, que terminó casi despoblada por una nueva epidemia de enigmático origen. Thorstein sucumbe a ella y Gudrid, según parece mujer de gran belleza y nobles virtudes, enviuda de nuevo.


Foto: HISTORY. La impresionante Katheryn Winnick. ¿Se le parecería Gudrid? No podemos saberlo.

Quizá por el 1009, en verano, llegó a Brattalid un islandés mercader de noble linaje y gran fortuna, llamado Thorfinn Karlsefni. Se enamoró de la fascinante Gudrid y la desposó. Y como Vinland seguía ejerciendo una intensa atracción en la mente de aquellos colonos, se decidieron a una nueva expedición, más ambiciosa, formada por 60 hombres y 8 mujeres. Gudrid acompañaba en la aventura a Karlsefni. Leif les prestó, nuevamente sin enajenar, el asentamiento de Leifsbudir. Llevaban toda clase de ganado. Además, habían decidido que todo lo descubierto, todas las extensiones de que pudiesen apoderarse, les pertenecerían por partes iguales. Todos participaban de los beneficios de la aventura. Su propósito era el de fundar un asentamiento permanente. Y la suerte parecía sonreírles pues nada más llegar a Vinland un cetáceo varado en la playa les sirvió de provisión para los primeros tiempos.

El segundo año se encontraron con los skraelingar, quienes venían en gran número con el propósito de intercambiar pieles de marta y de otros animales a cambio de armas de los vikingos. Con buen tino, Karlsefni se negó a armar a sus potenciales enemigos y les ofreció leche de sus reses. Los amerindios la encontraron deliciosa y se fueron tan alegres a pesar de un trueque tan desigual. Por si las moscas, los colonos elevaron una empalizada. Por entonces nace Snorri, hijo de Karlsefni y la bella Gudrid, el primer niño blanco venido al mundo en América del que se tenga noticia.

Durante el segundo invierno regresan los skraelingar, esta vez en un número enorme, nuevamente con el propósito de comerciar. Uno de ellos se cuela dentro de la empalizada con el propósito de acceder a las armas vikingas, pero es muerto por los colonos. Una batalla posterior, hábilmente planteada por Karlsefni, terminó en una aplastante derrota para los amerindios, desconcertados por las armas de hierro que blandían esos gigantes rubios dispuestos a todo, con un gesto de titánica decisión en el rostro, para defender la vida de los suyos más incluso que la propia. Snorri estaba bien protegido.

Aquel lugar era una delicia. Imaginemos a un vikingo curtido y recio, casado con una espléndida mujer y rodeado de las manifestaciones más dulces de la naturaleza. Madera abundante y excelente, proteína animal de altísima calidad, arroyos del agua más pura. Las costas rematan en agradables playas. Allí puede ver crecer sana y alegre a una prole de minivikingos que se suben a los árboles, juegan con espadas de madera, corretean por los floridos prados y aprenden de los animales. A unos pocos días de singladura, están sus parientes, su sangre. No se sienten solos. Además su nuevo culto les conecta espiritualmente con el centro del mundo, el Mediterráneo. Son la avanzadilla de Europa en el paraíso. Si eso no es estar bendecido por Dios, no sé yo qué podrá ser.

No obstante, aquello no tuvo continuidad. En realidad todos eran conscientes de lo precario de su situación y de la desproporción de número entre ellos y los skraelingar, de modo que finalmente tomaron la decisión de regresar a Brattalid. Corría el año 1013. Atrás dejaban los días largos, alerces, viñedos y ríos maravillosos del paraíso de Vinland. Snorri pasaría el resto de su vida en países más fríos. La familia regresó a Islandia y allí se asentó. Karlsefni murió tras una vida fructífera, Gudrid peregrinó a Roma para tomar los votos a su regreso, y Snorri vivió una vida plácida. Tres bisnietos suyos llegaron a obispos. 


LA MUJER TERRIBLE

Aquí la historia diverge según quién la cuente (V). Freydis es la hija de Erik y Thjodhild, y no está dispuesta a perder su oportunidad de llegar a Vinland. Por ello, concierta con dos hermanos islandeses, Helgi y Finnbogi, una nueva expedición, compuesta de dos navíos. Escogen a los treinta colonos más sanos (aunque Freydis cuela de polizontes a cinco más) y se embarcan. Nuevamente Leif cede el uso de Leifsbudir, la inevitable cabeza de playa de las visitas vikingas. Al llegar allí, Freydis alega que su hermano le cedió el uso del asentamiento sólo a ella, no al grupo de los islandeses, así que ya podían buscarse la vida en el interior del territorio. La animadversión entre ambas partidas permaneció latente, incluso cuando celebraron juegos atléticos entre ellos durante el invierno.

Una noche Freydis se dirigió descalza al asentamiento de los hermanos, manifestando que quería hablar con uno de ellos. Durante la conversación le pidió al islandés su navío, pues deseaba regresar a Brattalid y necesitaba una embarcación mayor que la que tenía. Él accedió. No obstante, al regresar a su asentamiento y al tálamo matrimonial, el marido de la retorcida hija de Erik notó sus pies fríos y húmedos. Freydis le mintió descaradamente diciendo que la habían increpado e incluso manoseado, y que si no hacía algo se divorciaría de él (lo que supondría, además, la mitad de sus bienes). El resultado fue el imaginado entre vikingos: los colonos de Leifsbudir cayeron en venganza sobre los otros, ejecutándolos a todos. Había cinco mujeres, a las que en principio iban a respetar. Pero Freydis, al ver los escrúpulos de los hombres, cogió un hacha y mató a las cinco. Quién sabe si en el seno de alguna de ellas se agitaba un futuro vikingo que con el paso de los años reclamaría el cuello de la terrible mujer.

Freydis, en parte con sobornos, en parte con amenazas, consiguió el silencio de sus hombres acerca de lo acontecido. Pero ya se sabe que estas cosas se acaban destapando. Los rumores llegaron a Leif, que le arrancó la confesión a varios de los participantes. No quiso castigar a Freydis, pues al fin y al cabo era su hermana, pero en la práctica quedó condenada a cierta "muerte social", el ostracismo dentro de la comunidad. 

Otros dicen que Freydis acompañó a Karlsefni y Gudrid en su aventura vinlandesa, donde se nos narran más peripecias con los amerindios. Los skraelingar son descritos por las sagas como pequeños, con los ojos grandes y los pómulos muy anchos. Llevaban el pelo descuidado y su aspecto general parecía torvo, malintencionado. Les encantaban las telas encarnadas de los nórdicos, que intercambiaban por las consabidas pieles (ambos artículos fueron usados durante siglos como equivalente de la moneda). Para sus excursiones, los skraelingar se aprovisionaban de tuétano de ciervo escabechado con sangre. Según se cuenta, tenían cierto desarrollo tecnológico, incluidas unas rudimentarias catapultas y una extraña bola azulada que producía un estrépito terrible al chocar con el suelo. De hecho, los vikingos parecen estar asustados por ese enigmático cachivache, reculando ante la presencia amerindia. Entonces la temible Freydis, que estaba embarazada, se descubre un pecho y se lo golpea con la espada que antes había pertenecido a uno de los  colonos, quien yacía cadáver sobre la hierba. Ese gesto desafiante, que recuerda un poco a lo que cuenta Tácito de las mujeres germanas, aterró de un modo misterioso a los skraelingar, que abandonaron el campo de batalla. 

Desde entonces, no se refieren más aventuras en Vinland. No se debe descartar, desde luego, que se hayan producido. Consta que un obispo llamado Erik se aprestó a viajar allí posiblemente en la fecha de 1121. Markland también fue visitada más veces, si bien al parecer con el único propósito de hacer provisión de madera, escasa en Groenlandia. Un velo de silencio y oscuridad se posó sobre la cuna de Snorri, velo que poco a poco también se fue apoderando de la metrópoli groenlandesa. La abundancia de epidemias y un clima más frío a partir del siglo XIII hicieron antipática la vida allí. Es posible que la presión amerindia y los cruces consanguíneos, unido todo ellos al endémico déficit de hierro y madera abundante, contribuyeran a la decadencia de los asentamientos europeos. También es posible, a juzgar por un texto eclesiástico islandés, que alrededor del año 1342 los groenlandeses hubieran empezado a abandonar el cristianismo y a emigrar en cierto número al resto del territorio americano, pero pudiera ser una exageración. A la altura del siglo XVI, cuando en Europa se estaba dando el gran salto que lo cambiaría todo, puede decirse que ya no había descendientes de vikingos en Groenlandia, excepción hecha de los posibles cruces con esquimales. El último documento groenlandés que nos consta es una referencia epistolar a un matrimonio celebrado en septiembre de 1408, entre Thorstein Olafsson y Sigrid Björnsdóttir (quienes se asentarían finalmente en Islandia), en la iglesia de Hvalsey, cuyos restos aún se conservan. John Davis, el famoso explorador del Ártico, en su aproximación a la gran isla -hacia 1586- sólo encontró costa desierta en la que únicamente había criaderos de aves, y esquimales.

En el siglo XVI sí había blancos en el Labrador. Allí existía el puerto ballenero de Red Bay, el mayor del mundo por entonces, centro de operaciones de los balleneros vascos, donde habría hasta unos seiscientos profesionales del arpón. Algunos estudiosos han aventurado que la presencia de vascos así como de bretones y normandos en aquellas costas es anterior a 1492, posiblemente en más de un siglo, pero ese punto concreto sigue discutido. Eso sí, no pueden arrebatarles a los vikingos el honor de haber sido los primeros europeos históricos (queda abierto el debate acerca de europeos solutreños prehistóricos en suelo americano) en poner pie por primera vez en el llamado continente del futuro.


Reconstrucción de choza vikinga en L'anse aux Meadows.

 ¿QUÉ TIERRA ERA VINLAND? ¿REALMENTE ESTUVIERON ALLÍ? LA EVA VINLANDESA

Si se puede decir con cierta propiedad que Helluland y Markland han sido identificadas, existen dudas sobre Vinland. Por lo general se la identifica con Terranova, nombre sugerente que le dio Juan Caboto en 1497 (sólo cinco años después del primer viaje de Colón: Europa estaba despertando). La objeción más importante es que Terranova no parece el lugar edénico que se nos describe en las sagas. Por eso hay quien ubica Vinland en costas más templadas, las de Nueva Escocia o incluso las más benignas de Massachusetts y Rhode Island, cuya descripción puede coincidir con la de las fuentes. Los vikingos sabrían apreciar también la corriente de aguas marinas aún tibias procedentes del Golfo de México. De hecho se barajó también la península de Florida, lo que parece una exageración.

Por otra parte aún es difícil saber cómo afectó, al detalle, el período de óptimo climático que suavizó las temperaturas en Europa y Norteamérica desde el siglo X. A pesar de él, la vida en Islandia y Groenlandia era, a todas luces, dura por el clima frío. Por otra parte, la corriente marina del Labrador baña Terranova con agua muy fría. Aunque todo esto no imposibilita que hubiera viñedos silvestres en Terranova, hay que tener en cuenta otro factor para ubicar Vinland: los amerindios. Coincidiendo con la arribada vikinga, los inuit de la llamada cultura Dorset fueron expulsados de suelo terranovense por algonquinos beothuk, etnia hoy extinta. Las descripciones etnográficas de las sagas no parecen coincidir ni con los esquimales ni con los indios. Por tanto, no se puede descartar que Vinland pueda no ser Terranova.

Lo que sí es seguro es que los vikingos estuvieron en Terranova.

No deja de ser sorprendente, y hasta incluso prepotente que durante mucho tiempo las sagas americanas hayan sido tenidas por muchos como algo parecido a cuentos de viejas. Con franqueza, ante situaciones así uno imagina a una camarilla de sabihondos llegando a la conclusión de que las páginas de las sagas nórdicas (las mismas que son fiables cuando describen acontecimientos en suelo europeo) que relatan la aventura americana sólo son útiles para limpiarse el culo con ellas como literatura de ocio. ¿No eran tan extraordinarios marinos? ¿No eran tan arriscados, tan echados p'alante? Si la colonización islandesa es un hecho sobradamente documentado, ¿por qué no la americana? Y qué decir de los mitos amerindios que hablan de dioses rubios y barbudos venidos en naves, o de la curiosa leyenda algonquina del Reino de Saguenay, versión norteamericana de Eldorado.

Aunque existían algunos vestigios reales (cofres de alerce americano en suelo medieval noruego) o supuestos (hay quien ve cactus y maíz en los bajorrelieves de la capilla de Rosslyn), las cosas no se pusieron en su sitio hasta que Helge Ingstad y Anne Stine, matrimonio, hallaron en los años sesenta del siglo pasado un asentamiento vikingo en suelo terranovense, en L'anse aux Meadows (corrupción del original méduses: significaría "la ensenada de las medusas"). Las pruebas de carbono 14 fechan las manufacturas del asentamiento entre finales del siglo X y principios-mediados del XI, perfectamente plausibles con las sagas. La presencia de útiles de costura parece certificar que allí vivían mujeres. Ese asentamiento no corresponde a la típica aldea vikinga, pues parece especializado más en la manufactura que en la economía general y estratificada de un poblado. Disponían de una herrería, un taller de carpintería idóneo para fabricar o reparar naves, y varios almacenes. Es posible que el asentamiento de L'anse aux Meadows sea Leifsbudir, y también es posible que no lo sea, sino más bien un punto de abastecimiento en una ruta marítima más larga, quizá hacia la verdadera Vinland.

Otro dato. En 1998 comenzó en Islandia un proceso legislativo que desembocó en la creación de una gran base de datos con el historial médico, y también el genético, de la población de la isla. Apenas una pequeña parte de los islandeses rehusó participar. Gracias a ello se supo hace pocos años de la presencia de un linaje mitocondrial, el C1e, propio de la población amerindia y del Extremo Oriente. Generalmente se acepta que tal linaje llegó a Islandia en el siglo XI, por una mujer amerindia. Las pesquisas para relacionar ese linaje con los restos de ADN de gentes beothuk, emparentadas con otras etnias algonquinas, parecen haber tenido resultado negativo. En caso de que el linaje C1e en Islandia fuese 100% seguro procedente del matrimonio entre un vikingo y una india, eso descartaría a Terranova, hogar beothuk, como Vinland.

 Aunque la colonización vikinga es un hecho (la mundialista UNESCO declaró Patrimonio de la Humanidad al asentamiento de L'anse aux Meadows en 1978), hay quien ha querido apuntalarla con pruebas epigráficas algo más dudosas. Existe todavía hoy polémica acerca de las inscripciones rúnicas en América, entre quienes las juzgan auténticas y quienes las tienen por falsificaciones por distintos motivos, entre ellos el chauvinismo WASP -al que sentaría mal que los primeros colonizadores fuesen latinos papistas- y escandinavo -no es raro que el descubridor de runas sea un useño descendiente de escandinavos: por ejemplo, así pasó con el vestigio más polémico de todos, la Estela de Kensington, mayoritariamente tenida como falsa-.

Con todo, el documento de la discordia ha sido desde 1965, cuando fue publicado por su propietaria actual, la Universidad de Yale, un singular mapamundi conocido como el Mapa de Vinland. Se trataría de la copia que un franciscano suizo realizó primorosamente en el siglo XV a partir de un original del XIII. En ese mapa aparecerían Groenlandia y un singular territorio llamado Vinilanda Insula.

Se trata de uno de esos "objetos imposibles" que tanta fascinación han generado, por mostrar conocimientos teóricamente vedados para la época de que provienen (ej: la máquina de Antiquitera, o el mapa de Piri Reis), y que en este caso ha producido una serie de tiras y aflojas entre partidarios de su autenticidad y "escépticos". En el 2002 se publicaron los resultados del análisis de carbono 14 (VI), dando como resultado que al menos el pergamino de soporte sería del año 1434. De hecho, cuando se encontró estaba adherido a otro pergamino medieval indiscutiblemente auténtico. En cuanto a lo dibujado sobre él, varios estudiosos (incluido el microanalista Walter McCrone, famoso por la polémica Sábana Santa de Turín) encontraron anatasa en la tinta, mineral de dióxido de titanio que no se sintetizó hasta el siglo pasado, como mucho por 1923, que fue precisamente el año de datación de la tinta por espectroscopia Raman. Lo complicado del asunto es que en otros manuscritos medievales, auténticos fuera de toda duda, también se ha encontrado anatasa.  Una reciente investigación de expertos daneses parece haber demostrado el porqué de esto: el uso de arena para secar la tinta húmeda. 

Es difícil de saber la verdad, pues hay buenos argumentos por cada parte. Eso sí, en caso de que el Mapa de Vinland fuese auténtico, el edén vikingo sería territorio insular, lo que descartaría la costa useña y reforzaría la hipótesis terranovense, en principio al menos, aunque también hay que decir que estos mapas -insisto, en caso de que sea auténtico- hay que cogerlos con pinzas, por su escasa relación con la realidad costera que pretenden representar.

Con todo, hay un segundo mapa, si bien bastante más posterior. Es el llamado Mapa de Skálholt, de 1690, en realidad una copia ordenada por el obispo de la villa islandesa homónima de un mapa anterior ya perdido que podría ser de aproximadamente el 1570, confeccionado por un joven maestro llamado Sigurd Stefánsson y en el que consta no sólo Groenlandia sino también una costa continua norteamericana en la que destacan cuatro penínsulas cuyos nombres nos resultarán muy familiares a estas alturas: Helleland, Markland, Skralinge Land y Promontorium Winlandia:


Desde Wikimedia Commons.

Observado el mapa, y admitiendo que esos mapas son obviamente muy imprecisos y cuando desconocen si una determinada tierra es insular o continental la dan por continental (así aparece Groenlandia aquí), el Mapa de Skálholt alimentaría la hipótesis continental de Vinland, es decir, que no sería la isla de Terranova. Sí, se puede objetar que Erik el Rojo bordeó toda Groenlandia buscando el mejor asentamiento, según las sagas, pero ése es un dato que podría desconocer el autor del mapa. Es más sencillo conocer la insularidad de Terranova que la de Groenlandia.


CONCLUSIONES

-La aventura vikinga ha sido una de las más extraordinarias de la historia europea. Tanto es así que ha cambiado nuestra historia. En el Este, para bien, creando el germen de lo que es hoy la gran nación rusa. En el Sur fue distinto. Dos corrientes surcaron la Edad Media europea: la atomización en naciones-estado concentradas y enfrentadas entre sí, y la forja de un gran Imperio paneuropeo de base romana, pensamiento heleno, fe crística y aristocracia germana. Las incursiones vikingas posiblemente favorecieron la atomización y dinamitaron el paneuropeísmo, marcando nuestra historia desde entonces.

-El Oeste vikingo no fue un filón. Ocupado por excedentes poblacionales (fundamentalmente Islandia), se mantiene hoy con una población limitada y con los recursos naturales semivírgenes. Una Groenlandia deshelada sería una gran potencia energética. Pero el gran arco de frío mantiene el statu quo. Tampoco se encontraron grandes minas de oro ni de plata, como hemos visto en este blog que ocurrió en Zacatecas y Potosí. No contaron los vikingos con ningún elemento globalizador.

-El dinero y el comercio son armas de doble filo. Ahora bien, usadas prudentemente hacen florecer las sociedades. La ausencia casi total del primero y la precariedad del segundo marcaron el límite de la expansión vikinga, cuya grandeza aventurera no podía vencer la inmensa superioridad en número de los amerindios. Todas sus conquistas eran efímeras, los asentamientos no podían prosperar rodeados de enemigos. El refugio helado de la metrópoli era el único lugar seguro. 

-Hay que destacar el éxito evangelizador del cristianismo en tierras frías. Al contrario que en la ribera del Mediterráneo, donde la cristianización fue extraordinariamente traumática y supuso una gran hecatombe cultural (e incluso poblacional), esa evangelización en Escandinavia resultó ser gradual y pacífica, tal vez porque no era dirigida a las masas, sino a los monarcas (lo que no impidió que hubiera situaciones de gran intolerancia religiosa, como ocurrió durante el reinado de Olav Tryggvason, que hizo torturar y asesinar a numerosos paganos noruegos que no se quisieron bautizar, lo que provocó el efecto rebote de que a su muerte Noruega cayó transitoriamente de nuevo en el paganismo). Los vikingos demostraron, en materia religiosa, un notable pragmatismo. También demostraron que la tolerancia religiosa no es ninguna utopía. Así se puede apreciar en las sagas, que aunque provienen de pluma cristiana, tratan con notable consideración a los vikingos aún paganos. 

Que la conversión haya sido a fin de cuentas beneficiosa o negativa para el mundo escandinavo, o que una religión sea mejor o peor que otra, es asunto de mucho calado que no corresponde tratar aquí.

-Eso nos lleva a decir algo que hemos notado a lo largo de la redacción de este texto. Hay en la aventura americana misteriosos paralelismos bíblicos. Como dice Mark Twain, la historia rima. Fijémonos en cómo el asesino Erik, al igual que el asesino Caín, es desterrado y funda una ciudad. O los cuervos de Floki que recuerdan a las palomas de Noé. Así, las alusiones a tierras paradisíacas, a verdes praderas, como en los salmos. Así también, el intenso valor simbólico del viñedo. Y la mujer fuerte y la pecadora. Y las dos Evas: Gudrid y la anónima muchacha amerindia que le robó el corazón a un vikingo con modos pacíficos.

-La historia hay que ganársela. Se hace camino al andar, como decía Machado, y ruta al navegar. La vida y la verdadera libertad son la victoria de la voluntad sobre el miedo, las privaciones y las adversidades. Y ser espabilado, como los que escuchaban las noticias de antiguos viajeros que habían descubierto nuevas tierras.

-También, como ha evidenciado la gran aventura vikinga, existe en el seno del alma europea una tensión entre nomadismo y asentamiento, entre barbarie y civilización, entre rudeza y refinamiento, entre destrucción y construcción, entre primitivismo y acumulación, entre rapiña y comercio. Esa tensión vive dentro de nosotros y, mientras sigamos existiendo, nunca nos libraremos de ella.

Valga este humilde miniensayo para comprender esa tensión que anida dentro de nosotros y que puede empujarnos hacia lo mejor pero también a lo peor.



AÑADIDO: ¿VIKINGOS EN EL PACÍFICO?

Las sagas que hemos empleado como hilo conductor para la aventura americana de los vikingos, como es natural al contar sólo una parte de la historia, guardan silencio acerca de mil y una aventuras que a buen seguro aquellas bravas gentes vivieron en el descubierto continente. Desde los días de Snorri hasta el final de la colonia groenlandesa, la de cosas que ocurrirían y que nos hemos perdido. El célebre Reino de Saguenay, leyenda que sería el equivalente francés norteño del Eldorado español, hace pensar que entre los habitantes amerindios y los colonos rubios asentados en el septentrión existió un tráfico de bienes y conocimientos así como a buen seguro también de genética. Las leyendas siempre albergan en su núcleo rescoldos de verdad histórica.

La etnogénesis de los pueblos americanos parece sencilla (siguiendo la tesis académica clásica de población vía Beringia, una especie de Out of Africa a la americana) pero conforme vamos sabiendo y reflexionando más sobre el tema nos damos cuenta de que no sirven las soluciones fáciles. Los americanos precolombinos no son meros "siberianos desplazados", máxime cuando la complexión física del grueso de los pueblos amerindios no especializados en habitar permafrost no se corresponde bien con la de las gentes siberianas. Miles de años, páginas en blanco de la historia, dieron cancha a una población continental que custodia muchas sorpresas. Ahora bien, se exagera igualmente por el otro lado. Pienso en Jacques de Mahieu y sus tesis sobre el origen vikingo, o simplemente europeo nórdico, de los amerindios o al menos de sus castas dirigentes, o en las leyendas acerca de los viracochas, que no eran sólo visitantes venideros sino también pretéritos. Es un asunto embarullado, en el que no escasean los fraudes por una parte y los chauvinismos indigenistas por la otra. Sí parece cierto, según estudiosos del Perú precolombino como Juan Carlos Martelli, que en ese territorio se han encontrado momias de aspecto innegablemente caucásico, gran estatura y cabello rubio o rojizo ni teñido ni decolorado. Es algo así como las momias tocarias del Oriente. En ese registro, la Gringa peruana sería el equivalente de la Bella de Loulán china. Su datación las ubica aproximadamente en el siglo XIII.

Me gusta dejar correr la fantasía tanto como a cualquiera, pero ya que he procurado ir con pies de plomo al relatar las hazañas de un pueblo tan importante como el vikingo seguiré con la misma tónica aquí. El caso es que sí podría existir cierta evidencia de la presencia de los vikingos en el Océano Pacífico. En la estela de Charles Fort, recopilador de hechos asombrosos que excitaron la imaginación de las gentes del siglo XX (y uno de los padres de la afición a lo paranormal), el francés Jacques Bergier (de origen judío ruso, y en las antípodas ideológicas de Jacques de Mahieu a pesar de portar el mismo pasaporte: si éste se enroló en la División Charlemagne, aquél formó parte de la Resistencia) se hizo eco en su hoy olvidado best-seller El libro de lo inexplicable (1972) de esa posibilidad.


Petroglifo hallado en el valle de Pinto Canyon, Texas, en el que se aprecia una nave vagamente vikinga.

No voy a entrar ahora en lo que puedan tener de creíble o no gente como Bergier, o como un Immanuel Velikovsky (igualmente judío ruso, y del que comenté cosas en otro hilo). Forman parte de mis lecturas de infancia como también lo fueron a buen seguro de la de un icono mediático como Íker Jiménez, de modo que es posible que gente así pueda volver a tener lectores. Bergier cita a testigos de barcos hundidos que recuerdan el aspecto de un drakkar, con su hilera de escudos obturando las escotillas de los remos, en las cercanías de la Isla Tiburón, en la California mexicana. Uno de los testigos era un mexicano llamado Santiago Socio. Otro fue un matrimonio, los Botts. Otro era un useño de origen escandinavo, Nils Jacobsen. Eso último me hace desconfiar, porque los descendientes de escandinavos de Usa han estado presentes en varias falsificaciones de estelas, runas y restos para certificar presencia vikinga precolombina, algo así como por prurito de orgullo étnico. Por otra parte, en los alrededores de la costa californiana nos constan varios naufragios de buques españoles: ¿podría tratarse de una confusión de los testigos? Pero la clave nos la da el pueblo que vivía en la Isla Tiburón, los indios seri.

Los seri eran un pueblo nómada que se movió preferentemente por la cuenca del golfo de California, y que en buena medida se mantuvo indómito y apegado a sus costumbres, sin dejarse evangelizar. Su estilo de vida era "la guerra", un eufemismo por pillaje, de modo que estuvieron provocando dolores de cabeza permanentes primero a los españoles y después a los independizados mexicanos. Como una constante de la historia, la "emancipación americana" solía derivar en campañas de genocidio contra pueblos indígenas, algo de lo que no se libraron los seri, que fueron semiexterminados y recluidos en la Isla Tiburón, la más grande del Golfo. Con posterioridad se les permitió repoblar territorios fuera de la isla, muy estéril, y políticas más benignas por parte de gobiernos del PRI han garantizado su supervivencia como pueblo hasta hoy. 

Según la mitología seri, a la isla una vez llegó una nave muy extraña, alargada y con cabeza de serpiente. En la nave iban embarcados humanos muy peculiares, varones de cabello rubio y barba rubia, y mujeres muy hermosas de melena roja. Muy duchos en la caza de la ballena, se aprovisionaron con abundante carne de cetáceo para continuar con su travesía, carne que almacenaron aprovechando esterillas y cestos primorosamente entrelazados por los seris y los yaquis, otra etnia vecina. Siendo histórico o no lo narrado, al menos concuerda con lo que sabemos de unos y otros: hay que decir además que los seri son magníficos artesanos. Y aquí la leyenda se bifurca: según un relato aquellas gentes se pierden en el horizonte, y según otro encallan en las proximidades y, ante la imposibilidad de construir otra nave, se quedan allí y se mestizan con los amerindios. Según se comenta, de vez en cuando aquellas gentes dan (o daban) niños rubios y con ojos azules. 

Sea cierto o no, queda reseñado aquí.





(I) -  El vocablo "vikingr" podría aludir a los habitantes de la ribera de Viken, o referirse a los viajeros marinos de ida y vuelta -lo que excluiría a los prófugos-, o bien un centro de comercio, o tener origen romano en "vic" o aldea.

(II) - La gente escandinava de la época, a juzgar por los restos, era ligeramente más baja que la actual, y sufría a menudo de osteoartritis, aunque tenía buena dentición, lo que puede apuntar a que sus organismos estaban acidificados por ausencia de hortalizas.

(III) - Este término es de significado oscuro. Podría significar "gente fea" o "enclenque" o "desagradable"; o tal vez haga alusión a sus canoas y vestimentas de piel. Aún hoy existe un vocablo casi idéntico en islandés para referirse a los extranjeros.

(IV) - Abundan los patronímicos cuya raíz es "thor-", en honor al dios del mazo, que cerca del cambio de milenio pudo haber desbancado en veneración a Odín, aunque no es seguro.

(VDe las dos fuentes principales para esta historia, la Saga de los Groenlandeses y la Saga de Erik el Rojo, he preferido guiarme por la primera. La segunda saga contiene interpolaciones y su estructura resulta más caótica, con mayor insistencia del cronista en la evangelización hasta el punto de presentar situaciones muy forzadas. Ahora bien, hay que decir que a pesar de las contradicciones -distintas aventuras, distinta vida de los personajes- entre ambas sagas existe una indiscutible unidad de fondo, de modo que se complementan, aunque ocasionalmente se estorben.

(VI) - Económicamente hablando, el tema no es baladí: el trozo de pergamino empleado para la datación valdría aproximadamente 40000 dólares, si tenemos en cuenta que el mapa está valorado en unos veinte millones.


5 comentarios:

  1. He añadido un pequeño aporte sobre la posible presencia de vikingos en la California mexicana. No es gran cosa pero ayuda a redondear el artículo. ¡Salud!

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  2. Gran artículo. Muy interesante.

    Nacimos demasiado tarde para explorar la Tierra y demasiado pronto para explorar el Espacio. ¿Qué grandes hazañas nos quedan a los hombres de nuestro tiempo?

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    1. Gracias, me alegra que te haya gustado esta pequeña reliquia, fue de los primeros que escribí, primavera del 2013 ;-)

      Quizá nos espera la hazaña de explorar nuestro interior, hallar nuestros Arquetipos profundos y sintonizarnos con ellos, esperando épocas mejores para una futura expansión indoeuropea.

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  3. De donde sale la historia que relatan los Seris? cual es la fuente?

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    1. Leí esa historia en "El libro de lo inexplicable" de Bergier, en la edición española de Plaza & Janés, que no me extrañaría que llevase tranquilamente un cuarto de siglo descatalogada. Tengo un ejemplar en la casa de la aldea, cuando vaya por el magosto me acordaré de consultar la fuente de Bergier y la pondré.

      Más gente cita la misma historia:

      http://the-wanderling.com/longship.html

      De todas maneras, ya puse "sea cierto o no" ;-) ¡Salud!

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