sábado, 5 de mayo de 2018

Acerca del Muro masculino (avance)





Todos quienes estéis familiarizados con la Manosfera y con la pastilla roja lo estaréis igualmente con el Muro. Llamamos así a la pérdida relativamente rápida de belleza y atractivo que un porcentaje considerable de mujeres experimenta con la llegada de la treintena. El concepto de Muro es estadístico, no se cumple de manera absoluta, pero responde a una realidad de raíz biológica. 

El Muro femenino es un tema recurrente en la Manosfera y en los publicistas MGTOW. La Red está llena de artículos, vídeos y memes dedicados al Muro. Por ello, poco puedo añadir de mi cosecha. Básicamente manifestar mi acuerdo general con la opinión mayoritaria y hacer hincapié en su profunda motivación biológica, relacionada con la fecundidad. El Muro es importante porque la biología es fundamental.

Cuando se expone el Muro, cuando se ponen imágenes de famosas "antes y después", o "sin maquillaje", no faltan voces que acusan a quienes ponen esas imágenes de ser superficiales y desconsiderados, facilones, o despechados envidiosos a quienes ninguna chica hace caso. No puedo estar en la mente de quienes ilustran el Muro en Internet. No sé si su intención es constructiva o es misoginia, o sólo mala leche. Pero aunque ese tipo de memes puedan resultar superficiales -y a buen seguro el propósito de muchos al ponerlas sea superficial, un mero regodeo en vez de una invitación a reflexionar y a actuar-, esconden un anclaje muy hondo en la biología humana, de la que sabemos más que nunca pero que en este mundo postmoderno parece la gran olvidada. Además, criticar esas memes apelando al "mundo interior" de la gente es querer tapar el Sol con un dedo: si la apariencia de lozanía en la mujer no tuviese importancia social, no se moverían las astronómicas cantidades que se mueven, ni habría la tonelada de potingues y globos de silicona que hay, ni se dispondría del verdadero ejército de cirujanos plásticos de que se dispone.

Las actrices de Hollywood suelen quejarse ritualmente de que, una vez cumplen una determinada edad, dejan de encontrar buenos papeles. Comienzan a notarlo a los 40 años -el Muro de esas mujeres es algo posterior al Muro común, dado que pertenecen a una élite de belleza y tienen acceso a lo último en técnicas y suplementos preservadores del atractivo, generando una especie de neo-religión de la falsa lozanía eterna, de obvio sello californiano-, y cuando llegan a los 50 apenas hay papeles jugosos para ellas, y además suele acapararlos Meryl Streep. Hay algunas excepciones, como una Jennifer Aniston casi cincuentona a la que el tiempo ha respetado mucho, pero esa horquilla de los 40-50 es "matadora" para las estrellas femeninas hollywoodienses, algo que no pocas rehúsan aceptar, haciéndose mil retoques que parecen estoques. Que se lo digan a Meg Ryan, arrebatadora en su juventud e irreconocible hoy.

Lo dicho no parece ser igual para los actores de Hollywood. La horquilla de los 40-50 suele respetarles bastante, si a su vez ellos se autorrespetan, e incluso les revaloriza, luciendo más atractivo que cuando eran veinteañeros. Un actor cincuentón puede hacer de seductor, o de héroe, en el cine de Hollywood sin chirriar mucho. Tal hecho evidente para cualquiera que vea pelis hollywoodienses querrá ser explicado por la Ginarquía imperante como un ejemplo, otro más, de falta de paridad entre sexos / géneros, algo debido a la maldad heteropatriarcal. Lo hemos leído y escuchado muchas veces. El heteropatriarcado es el Emmanuel Goldstein de nuestra sociedad. Las terminales mediáticas del ginarquismo no han pensado, o sí lo han pensado pero no lo han dicho, que esa disparidad tiene una base biológica necesaria. 


Crédito: Daniele Venturelli / WireImage, visto en la web all4women.co.za.


Como sabemos y como ya se ha comentado hasta la saciedad, las mujeres tienen una ventana de fecundidad mucho más angosta que la de los varones. Ellas llegan a la menopausia, o fin de su ventana de fecundidad, entre los 48 y 54 años por lo general. Mientras, los varones mantienen su fecundidad mucho más tiempo, incluso hasta edades avanzadas o hasta el último suspiro. Los varones sufren como mucho andropausia, que es una pérdida progresiva de vigor sexual, pero salvo casos patológicos conservan su fertilidad. Asimismo, los rasgos de atractivo en los sexos están relacionados con las ventanas de fertilidad. Las mujeres tienen un apogeo de fertilidad en su veintena, que viene acompañado por un apogeo de su belleza: rostro neoténico y simétrico, cabello largo y con volumen, ratio cintura-caderas acentuada, pechos dotados de antigravedad, glúteos que atraen miradas .... Es de esperar, y así ocurre en efecto, que será también su época de apogeo en atenciones masculinas. El Muro concluye esa época de esplendor, de manera más abrupta en unos casos que en otros. Mientras tanto, los rasgos de atractivo masculino experimentan lo contrario: una revalorización. Ese atractivo masculino, consistente más en un halo de virilidad que en un conjunto de rasgos llamativos aislados, como se ha comprobado, dura más porque la fertilidad masculina también dura más.

Eso ayuda a explicar otras disparidades, como las diferencias de edad entre parejas. No es extraño ver a un cuarentón con una veinteañera. Como ya he comentado, es mi caso. No es extraño, asimismo, que un veinteañero sin éxito en la seducción comience a paladearlo al cumplir los cuarenta. Sigue siendo mi caso. Es algo que sé de primera mano y no por haberlo leído en alguna web PUA. Insisto, la Ginarquía querrá explicar la existencia de muchas más parejas maduro-jovencita que madura-jovencito mediante el espantajo del heteropatriarcado, guardando silencio sobre el reloj biológico que, como es de esperar en una especie con un dimorfismo sexual tan acentuado como es la nuestra, va a dos velocidades.

La Ginarquía de agenda recurre a la biología cuando le conviene; y cuando no, se olvida de ella. Es signo de nuestra época: tenemos muchísima información, de la que aprovechamos una ínfima parte, y mediáticamente asoma la que interesa eclipsándose la que pueda resultar comprometida. Gracias a esa agenda del olvido, se mantienen dos falacias:

-Una, que la plenitud biológica de la mujer ronda por los 45 años de edad. Eso es rigurosamente falso y cualquier persona con un mínimo de sentido crítico y de capacidad de observación verá que no es así y que a los varones no se nos puede convencer de que sea cierto, por mucho que nos insistan desde programas, revistas, apps, anuncios, vídeos, etc. A los varones nos gustan las veinteañeras, y nos gustan tengamos la edad que tengamos, lo cual armoniza con el hecho de que nuestro reloj de fertilidad va a un ritmo distinto del de ellas.

La falacia de la cuarentona perfecta cumple una función dentro de la Ginarquía. Esa falacia promete a las jovencitas con 20 años cumplidos que tendrán por delante un cuarto de siglo de fiesta, ligoteo y aventura mientras "se buscan a sí mismas" y se van labrando de paso una brillante carrera profesional, y que cuando lleguen a los 45 estarán frescas como rosas, asentándose con el varón ideal, que de las decenas y hasta centenares con que habrán intimado dará la casualidad de que el último en aparecer será precisamente el mejor. Sabemos que no es así, pero muchas chicas se adhieren a esa falacia, por la sencilla razón de que les halaga creérsela.

Mediante esa falacia, el sistema occidental de consumo en el que estamos insertos no necesita reformarse. Y los Estados-providencia, que viven de las rentas que extraen del sistema occidental de consumo, no harán nada en absoluto para reformarlo. La baja natalidad resultante de este esquema social está carcomiendo los cimientos del edificio, pero por ahora la fachada sigue siendo tan espléndida como de costumbre, por lo que tanto el sistema como el Estado-providencia que vive de él seguirán huyendo hacia adelante.

-La segunda falacia es que la mejor época del varón es cuando tiene veinte años. Después de esa edad, se nos dice, el hombre está ya para el arrastre, engorda, se queda calvo, le entra la pitopausia y ha de cargar sobre sus hombros y chepa un gran fardo de responsabilidades. Por tanto, como argumenta la falacia del veinteañero feliz, es en el momento de tu mayor plenitud física como varón cuando debes "vivir la vida", hacer locuras, intentar ligar mucho, no pensar en el mañana -para qué, si con cuarenta años estarás hecho un carcamal sin energía-, salir continuamente de fiesta y cosas por el estilo.

En todas esas cosas que se le sugieren al veinteañero hay un patrón: todas empujan a la Ginarquía, a la búsqueda de aprobación femenina -y de paso a un consumismo desaforado y presentista, con lo que la falacia mata dos pájaros de un tiro-. Es el momento perfecto, lo leerá y escuchará a menudo, porque está en su plenitud física para conseguir mucha aprobación femenina. Después, ya cuarentón, no podrá. Hay que vivir el momento presente sin hacer ningún plan.

OK. A las chicas que acaban de cumplir veinte años se les dice que el futuro será como el capítulo de una teleserie moñas de todos felices comiendo perdices. A ellos se les dice lo contrario: no future y a -intentar- follar, que se acaba lo bueno.

Todo eso es una puta mentira que se deshace por sí misma. En el caso de ellas la falacia se sostiene mientras no llega el Muro, porque hasta entonces todo parece ir en su favor, tienen a los hombres que quieren -me lo han dicho varias amigas  veinteañeras en confianza: "yo si quiero un tío para follar tengo varios disponibles hoy mismo", y les creo porque es verdad-, reciben halagos continuamente, las invitan -almuerzos, copas, entradas a sitios-, las escuchan, las tienen en un pedestal. Pero en el caso de ellos no es así. Las veinteañeras pasan olímpicamente del 80% de veinteañeros. Y ellos se preguntan qué estan haciendo mal, si no paran de salir, de ofrecerse, de estar ahí, de ejercer como taxistas improvisados o como kleenex humanos cuando la chica quiere desahogarse por lo último que le pasó con el enésimo malote, etc.

La doble falacia se contradice. Si el veinteañero va a convertirse en un cuarentón físicamente ruinoso "tras haber vivido a tope" descerebradamente, si no quiere quedarse solo tendrá que conformarse con emparejarse con alguna mujer de su edad y de su estilo, hecha polvo biológicamente hablando, y procurar llevarse bien para evitar el fantasma de la soledad. Y si la veinteañera va a ser una cuarentona radiante y plena, más hermosa y empoderada que nunca, tendrá que aspirar para entonces a un varón de un corte similar. Eso no encaja. No podrían formarse apenas parejas a los cuarenta, por la discrepancia en el modo que unos y otras han llegado a esa edad.

Pero la crítica principal que se le ha de hacer a esa falacia, más allá de que sea contradictoria en sus predicciones e insostenible para los varones desde el principio, es que invierte completamente las edades de plenitud en el mercado de la seducción.  La falacia dice: ellas a los 45, ellos a los 20. La realidad es otra: ellas alcanzan la plenitud seductora siendo veinteañeras, mientras que a ellos los años les sientan bien y se revalorizan, alcanzando la plenitud en la década de los cuarenta. La Ginarquía no tolera esa verdad sociobiológica mil veces contrastada, y emite un discurso que le da la vuelta, porque sabe que la mayoría de humanos, miembros de una especie muy social y tendente al comportamiento gregario, tenemos tendencia a tragarnos cualquier discurso si es lo bastante machacón, por lo que insiste e insiste hasta convencer a la opinión pública, y quien lo contradiga será un cavernícola pichabrava y superficial, un obtuso incapaz de entender un concepto tan justo y necesario como el empoderamiento de la mujer de mediana edad, y en el fondo un inmaduro Peter Pan con miedo a la libertad de las mujeres. Para la Ginarquía, la biología es facha. Pero sea facha o no, no se puede ir mucho tiempo en contra de la biología, porque pasa factura.

Necesitamos una argumentación realista, con un mínimo de objetividad, algo sin duda incómodo y aguafiestas en una época tan dada al solipsismo obnubilado, pero necesario. Ilustremos el tema un poco.


Gráfico visto en la web singledudetravel.com. No me consta el autor.

Se pueden encontrar gráficos similares en la Red. En el eje de abscisas figura la edad -en otros gráficos que he encontrado y que he preferido descartar, el eje arranca algo antes de la edad de consentimiento en España, actualmente en 16 años-. En el de ordenadas se indican los grados de máximo valor en el mercado de seducción -SMV en la Anglosfera-. Veamos otro:


Visto en la web the foundist.com. No me consta el autor. Este gráfico ilustra divertidamente por qué Ashton Kutcher se emparejó con Demi Moore para después serle infiel con la joven Sara Leal. Inmejorable, mis dies.

Todos los gráficos de SMV cumplen un patrón. El reloj biológico a dos velocidades de nuestra especie se manifiesta en la discordancia de las líneas a lo largo del tiempo. La plenitud de atractivo, en términos generales, no coincide. Y no sólo no coincide sino que hay un marcado desfase entre líneas para cuando varones y mujeres alcanzan el pico de SMV.  Eso produce un desajuste en las dinámicas de emparejamiento. En tiempos patriarcales ese desajuste tendía a evitarse, porque la gente se casaba joven, veinteañeros con veinteañeras. Pero eso se acabó, la Ginarquía ha regresado, y con ella el juego libre de Alfas y veinteañeras, que los patriarcados en gran medida habían erradicado porque le atribuían potencial corruptor y desestabilizador de sociedades.

Vemos pues que si el patriarcado tendía a emparejar por similitud de edades, la Ginarquía tiende a emparejar por similitud de SMV. Siempre hay excepciones, antes y ahora, pero la tendencia mayoritaria es ésa. Curiosamente, la disolución del patriarcado ha traído como doble consecuencia el reinado irrestricto del Alfa -seguido de su despreocupación respecto de sus conquistas y a menudo también de la prole que va dejando- y la proliferación de parejas cuarentón-veinteañera. Quien quiera entender, que entienda.

Véase también que hay un punto de intersección. El atractivo del varón y el de la mujer se cruzan cuando el atractivo de él pica vigorosamente hacia arriba y el de ella comienza a despeñarse. En los gráficos que he visto ese cruce suele darse entre los 32 y los 35 años. Ahí se ajustan ambos sexos, temporalmente, continuando después los hombres su progresiva revalorización y las mujeres su Muro. Si es cierto que son las mujeres quienes tienen más ganas de casarse, más "prisa" incluso, porque "se les pasa el arroz", ese punto de intersección entre líneas con tendencias totalmente opuestas lo explica a la perfección. En ese punto de intersección, el tren se va. Hay que subirse a él. Y el cuento de la plenitud femenina a los 45 años se revela como lo que es, una estafa.

No sólo explicaría esa intersección el mayor interés femenino en el matrimonio. También explicaría otros dos hechos muy importantes:

-Explicaría por qué la natalidad en los países occidentales se ha retrasado tanto. De hecho, en España la edad para tener el primer hijo está en los 32 años. Hay que tener en cuenta que hay minorías en España que tienen más hijos y más pronto -como la minoría gitana (I) o como chicas inmigrantes con nacionalidad española, que comienzan a tener hijos antes de los 32- para una más completa comprensión del dato. Natalidad y Muro están directamente relacionados. En tiempos patriarcales, las parejas se casaban con veintipocos y tenían descendencia en la ventana óptima de fertilidad femenina. En tiempos ginárquicos, la mayoría de mujeres agotan esa ventana óptima en otros quehaceres. Sólo cuando el Muro anuncia su presencia, cambian las prioridades.

-Explicaría asimismo por qué el matrimonio es en general un mal negocio para los varones hoy en día, dejando aparte los consabidos efectos devastadores que a menudo llevan aparejados los divorcios -para ganar la antilotería del divorcio hay que comprar antes el décimo del matrimonio-. Justo en la línea ascendente de su revalorización en el mercado de la seducción, aparece ante el varón una supuesta "oportunidad que no se puede perder" porque quien se presenta como "la mujer de su vida", en línea descendente, quiere establecer un convenio matrimonial.


Crédito: Radius Images / Alamy, visto en la web de nypost.com.

Dicho esto, es momento de atender al tema central de esta entrada, que no es otro que el supuesto Muro masculino. Porque ¿acaso no tienen Muro los varones? 

Es una pregunta legítima. En los gráficos de SMV que he podido consultar, bastante homogéneos entre sí, hay un factor en el que se da cierta discrepancia: la curva descendente del atractivo viril, que en algunos casos calca la femenina -si bien con años de diferencia, como hemos visto- pero en la mayoría es más suave, sin un desnivel tan pronunciado. Tal vez en la Manosfera no se tenga muy claro el concepto. Intentaré aclararlo en la medida de mi capacidad.

Primera idea-fuerza: los varones pueden tener Muro, de igual que un porcentaje de mujeres pueden no tenerlo. Ni todos los varones se escapan, ni todas las mujeres se lo encuentran. Todos conocemos en la vida real y en el mundo mediático a mujeres que no han tenido Muro sino que han madurado bien, de manera serena y gradual. En el caso de España se me ocurren Emma Suárez, Jose Toledo, Belén Rueda, Ana Duato, Nuria Roca, Mar Saura y Eugenia Silva. Hay casos asombrosos, como el de la modelo Christie Brinkley, que si destacan y se hacen virales es por su excepcionalidad, gracias a una genética privilegiada -ay, la biología otra vez .... además de "facha" y "machirulo" acabaré ganándome el remoquete de "capacitista"- y a buenos hábitos de vida.

Hay que ser realistas, el atractivo masculino se va desgastando con la edad y eso tiene también una base biológica necesaria, relacionada con la calidad del semen. Para "el genio de la especie" como decía Schopenhauer, no sólo es más interesante que los embarazos se produzcan durante la ventana óptima de vida fértil de la mujer, sino que también lo es que en su logro concurra el semen de mejor calidad posible. Cuanto más provecto sea el varón, peor será su semen y por ello es normal y esperable que eso esté en relación directa con su atractivo, su aura, que se irá deteriorando con el paso del tiempo. Eso sí, los varones conservan su fertilidad incluso en edades avanzadas, porque para la especie esa fertilidad residual funciona como último recurso: dada la condición desechable del varón y su menor esperanza de vida, es conveniente albergar un cartucho final de fecundación en varones viejos por si hay un número exageradamente bajo de varones jóvenes en una época de crisis.

Entonces, como hay que seguir siendo realistas, esa numantina fertilidad de los varones es la que explica que, aun perdiendo atractivo con el paso de las décadas, lo pierden más despacio.

Así pues, biológicamente es argumentable que el varón no debería tener Muro. Ahora bien, hay varones que se enmuran. La idea-fuerza que propongo para despejar la contradicción es sencilla: el Muro masculino es voluntario. El varón se enmura si no se cuida, si no lleva la vida que debería llevar. Entiendo que siempre hay excepciones -por ejemplo, en el caso de una enfermedad-, pero la tónica general es ésa: el varón se enmura por su propia mano.

Recordemos que el Muro es una pérdida abrupta de atractivo, que precisamente por su carácter abrupto se nota mucho. Una pérdida lenta y continuada de atractivo en el tiempo es algo mucho más difícil de apreciarse. Ahora sí se puede, porque podemos comparar a un señor anciano con fotografías de cuando era joven, pero evolutivamente eso tiene valor cero: durante cientos de miles de años no dispusimos de técnicas fotográficas que congelasen en el tiempo nuestra imagen juvenil, con lo que el término de comparación se limitaba a nuestra falible memoria. Por eso no tiene sentido hacer esas comparaciones, porque son engañosas y porque no tienen nada que ver en realidad con lo que es el Muro.

Por ejemplo, hoy en día Alain Delon es un señor mayor normal y de buen aspecto. Pero como de joven era arrolladoramente guapo, se recurre a la técnica fotográfica, que nuestra especie no conoció hasta anteayer como quien dice, para hacer una comparación absurda, y alguno hablará de Muro. Son absurdas esas comparaciones porque hay que ver la madurez gradual del varón. Y en el caso de Delon, maduró impecablemente. Lo mismo se puede decir de otros galanes ya mayores, como Warren Beatty o Udo Kier. Ahora son señores entrados en años con un aspecto impecable y esposas más jóvenes que ellos, pero como eran tan guapos en su juventud se hace una comparación que no viene al caso. 



(continuará)



(I) - Significativamente, en el caso de la etnia gitana el Muro parece ser muy restrictivo. Gitanas guapísimas a los dieciocho años pierden masivamente su belleza con veintipocos.

Tal vez el carácter fuertemente nómada de esa etnia haya tenido algo que ver con ello, estrechando su ventana óptima de fecundación. Pero esto no pasa de ser mera elucubración por mi parte.





1 comentario:

  1. Buen artículo dentro de todo, pero se espera más.

    A mi opinión personal, no hay punto de comparación entre el Muro femenino y masculino.

    Si es cierto que la manosfera no dice mucho respecto a la decadencia física del hombre, y se agradece que se trate el tema.

    Pero si hablamos del Muro como simplemente la apariencia física, es obvio que ambos sexos decaen con la edad, es un hecho.

    Pero no todo es superficial en la vida, si de biología hablamos, una cuarentona por más atractiva que se vea, no dispone (al pesar de muchas feministas) de óvulos de gran calidad genética, como lo podría tener una veinteañera menos atractiva.

    A su ves, no pienso que la fertilidad de los hombres mayores tenga una explicación biológica de "último cartucho", (sería bueno que fundamentes esta parte y donde sacaste tal idea) porque para mi no tiene nada de residual.

    De hecho esa fertilidad bien podría explicarse como un premio masculino por haber alcanzado dicha longevidad. Hay hombres mayores que gracias a sus dotes y aportes a la comunidad, valen mucho más que muchos jóvenes con plenitud "física".

    Discrepo con el hecho de afirmar que un hombre por más tarado física y mentalmente que sea tiene un semen de mejor calidad que un hombre maduro que ha logrado el éxito en la vida.

    En términos simplemente biológicos(materialista) puede tener su cuota de verdad, pero no todo en la vida tiene una explicación material. Ya tenemos suficientes marxistas en la sociedad como para caer siempre en lo mismo.

    Un gran espíritu es de lejos, mucho mejor.

    Saludos

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