jueves, 4 de agosto de 2016

Algunas películas que me gustan (IX)




Cuatro películas para dejarse ir.





"Kwaidan, el más allá" (1964) es una experiencia estética de primerísimo orden. Dirigida por Masaki Kobayashi, uno de los cineastas más inspirados de los años sesenta a nivel mundial, es una antología de cuentos de miedo del folclore japonés, recopilados por el estudioso Lafcadio Hearn (1850-1904). Apátrida vocacional, hijo de irlandés y griega, viajero por medio mundo (su primera esposa fue una afrouseña de Cincinatti, contraviniendo la prohibición que regía en Ohio sobre esos matrimonios), Hearn se estableció finalmente en Japón, donde volvió a casarse y se hizo budista. Los japoneses le conocen como Koizumi Yakumo y le consideran uno de los suyos. Por tanto, nada tiene de raro que los responsables del film (distribuido por el muy poderoso estudio Toho) recurrieran a Hearn para conocer un poco más su mundo cultural. 

El film narra morosamente cuatro historias en las que lo importante no es lo que se cuenta sino cómo se cuenta, una estilización absoluta y deliberadamente artística, pero sujeta con mano de hierro, esteticismo austero y no desmelenado. Paisajes amenazadores, guerreros que se aparecen en una taza de té, bosques tachonados de ojos en matte painting, hermosas y terribles damas de cabello negro lacio, cejas pintadas y espléndidos ropajes, castas sociales y fantasmas, muchos fantasmas. El más célebre de los cuatro relatos es el tercero en narrarse, "Hoichi el desorejado", sobre un músico ciego que es llamado para tañer su biwa ante un selecto público de nobles, cantando cual bardo la batalla de Dan-no-ura (1185), durante la cual el clan Taira fue aplastado por los Minamoto. El público nobiliario está compuesto en realidad por espectros que se recrean en el relato de su lejana derrota. Para evitar que le hagan nada al músico, sus amigos imprimen en su cuerpo una armadura de Buda, escribiendo conjuros con tinta en la piel. Pero se olvidan de las orejas, que los espectros mutilan al bardo.

Es una de esas pelis de las que hay poco que decir. Hay que verla, simplemente eso, y disfrutarla a fondo.



Sin duda "JFK, caso abierto" (1991) es la mejor película de Oliver Stone. Narra cómo el fiscal Jim Garrison reabre el caso Kennedy y persigue la pista de una conspiración que le lleva demasiado lejos, hasta los últimos resortes del sistema, presentando el magnicidio como un posible autogolpe de Estado, dado que Kennedy estaba dispuesto a cortar hilos rojos. Con independencia de si lo consideramos plausible o no, el film en sí es todo un ensayo sobre las posibilidades de la narración y de la manipulación. 

Stone contó con un equipo difícil de superar, en el que se debe destacar el amplio y lujoso reparto (curiosamente Kevin Costner está aquí muy bien, aguanta el peso de la peli, y su físico "retro" se ajusta al panorama de la época que se reconstruye), una gran partitura de John Williams, una fotografía extraordinaria de Robert Richardson y, last but not least, un trabajo de montaje absolutamente antológico por parte de Joe Hutshing y Pietro Scalia del que se puede decir que ha contribuido a cambiar la historia del cine.


Puro género Americana.

La propuesta es mostrar la posible conspiración "como si", escenificando realidad aceptada por todos y adjuntándole "otra" realidad, la posibilidad, lo que tal vez ocurrió, para ayudarnos a ver mejor y para estimular nuestro sentido crítico. Para Stone el mundo moderno está sobresaturado de información, nos bombardea con insertos, con cambios de luz y de textura, nos desorienta con flashes de verdades a medias. Su estrategia es asumir la situación y operar desde dentro, intentando iluminar lo que otros quieren emborronar, usando sus mismas armas.



Jack Lemmon tenía un pequeño papel en la obra maestra de Stone, y aquí es protagonista. En "Avanti" (1972, Billy Wilder: voy a prescindir del estúpido título español) nos cuentan -Wilder y su guionista habitual, el moldavo I. A. L. Diamond, a partir de la obra teatral de Samuel Taylor- que un capitán de empresa useño, Wendell Armbruster, ha muerto en Italia mientras pasaba un tiempo de asueto tomando baños terapéuticos de barro, como era su costumbre desde años atrás. Su hijo, Wendell Jr. (Lemmon), viaja hasta allí para repatriar el cadáver, enterándose de que en realidad su padre tenía una larga relación con una señora inglesa, y que los baños de barro eran una mera excusa para escapar de su familia. Como un reflejo de aquella relación, Wendell comienza otra con la hermosa Pamela (Juliet Mills), hija de la señora inglesa.

Al igual que las anteriores pelis, de ésta no hay mucho que decir. Hay que sentirla. Sentir ese calor meridional, ese azul plácido del Tirreno, ese aire perezoso italiano que al yanqui pone de los nervios (para él su tiempo es oro, literalmente) pero que poco a poco le va ganando. Los franceses llaman joie de vivre a esa delicada serenidad, a la que el estilo transparente de Wilder se adecua perfectamente.



"The savage eye" (1960, Ben Maddow, Sidney Meyers y Joseph Strick) se perdió durante décadas hasta que en 2008 se recuperaron los negativos. Menos mal. Pertenece a una época breve y genial de cambio de década en el cine Usa, durante la cual varias películas indies modificaron en profundidad el estilo y el tono del discurso audiovisual useño (Cassavetes, el Hitchcock de "Psicosis", el Herk Harvey de la seminal "Carnival of souls"). La que nos ocupa se adhiere al estilo del cinema vérité. Una mujer en proceso de divorcio deambula por Los Ángeles, lo que da pie a los directores para insertar una gran cantidad de documental urbano. El film suma ficción y realidad callejera. 

El retrato de la sociedad angelina, del estilo de vida californiano justo antes de la explosión del underground y la toma del poder en las universidades, es inolvidable. Uno ve cómo vivía esa gente, el buen nivel de vida de la sociedad de consumo (coches, teles, camas plegables, casas diáfanas), y siente ese pulso ciudadano latiendo en cada plano. Nuevamente, y sin desconectar del sentido crítico, recomiendo "abandonarse" a las imágenes del film, experimentar cómo fluyen, de lo hermoso a lo feísta, de lo natural a lo industrial, de lo flamante a lo obsoleto, de la soledad al calor humano. "The savage eye" es una de las experiencias cinematográficas más emocionantes que he gozado en años. Como apunte, el director Joseph Strick era un californista redomado, como demuestra su corto "Muscle beach" (1948), sobre la juventud caucásica que hacía pesas y calistenia en Santa Mónica, con niños rubios que parecen sacados de un póster NS. El cine indie useño de la época clásica sigue albergando joyas que merecen revisión.


Una de las mejores cosas de YouTube es que permite combinar música e imágenes pensadas por separado pero que sorprendentemente casan a la perfección. El tema del excelente y olvidado grupo noventero Slowdive realza más aún el panorama urbanita californiano a comienzos de los sesenta. Diez puntos y pulgar en alto para el usuario a quien se le ocurrió.



(continuará)

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