jueves, 21 de abril de 2016

Algunas películas que me gustan (VIII)







El mago Próspero (John Gielgud), exiliado en una isla del Mediterráneo tras una conjura contra su persona, emplea sus artes -desde su refugio isleño donde vive rodeado de sirvientes como un dios- contra quienes  precipitaron su ostracismo político, haciendo incluso zozobrar el barco en el que navegaban. Sin embargo la insistencia del duende Ariel y el amor que siente su propia hija Miranda (Isabelle Pasco) por Fernando (el recientemente oscarizado Mark Rylance), hijo de uno de los conjurados, ablandan su corazón. De eso va, resumidísimamente, "Prospero's books" (1991, Peter Greenaway).

El gran John Gielgud llevaba décadas buscando a un director de prestigio para adaptar al cine La tempestad de Shakespeare, reservándose él la interpretación de Próspero. Tanteó a gente como Bergman, Kurosawa, Alain Resnais e incluso Orson Welles, pero fue finalmente con Greenaway con quien consiguió entenderse y llevarla a buen término. La verdad, hace tiempo que le he perdido la pista a Greenaway, desde 2007 con "La ronda de noche", siempre ha hecho cosas valiosas pero pocas veces ha pasado la barrera que separa lo interesante de lo verdaderamente grande. Ésta de 1991 es la mejor película que le he visto.

Greenaway se apoya en un gran equipo de colaboradores (entre los que se cuentan dos habituales de su cine, el operador Sacha Vierny y el compositor Michael Nyman) para poner en imagen y sonido un film cuya complejidad es casi inabarcable. El británico funde teatro, infografía, lujosos decorados, sobreimpresiones, música, mimo, danza, mitología, estética pictórica con innumerables referencias culteranas y la voz omnipresente de Gielgud, que suena en las bocas de los demás intérpretes (en el caso de su hija Miranda, suenan las voces de Gielgud y Pasco machihembradas). La formulación cinematográfica que adopta Greenaway tiene algo de abrupto y caprichoso, con citas de los libros de la biblioteca de Próspero interrumpiendo la acción, como si se hubiera contagiado del carácter del mago. Todo parece una enorme representación con abundantes tropos tomados de otras artes.

Ah, y la música.


La calidad de resolución es pésima (probablemente sea una copia VHS), pero ¡¡qué música!!
-for educational purposes only-

Para la banda sonora Michael Nyman adapta temas previos más otros compuestos para la ocasión. Entre los segundos destaca sin duda la composición "The masque" para la boda entre Miranda y Fernando, doce minutos musicalmente gloriosos, de lo mejor de Nyman, en una ceremonia marcada por el barroquismo visual del director y el minimalismo profano y melódico del compositor en esta admirable cantata a tres voces con Iris, Ceres y Juno oficiando la boda. Nyman se anima incluso a jugar con las distintas tesituras de, por un lado, las australianas Marie Angel -soprano clásica- y Deborah Conway -del mundo del rock- con, por el otro, una gran intérprete de canción cabaretera y fusión, la alemana Ute Lemper.

Por una vez el Greenaway retórico y marisabidillo, ejemplo típico de pedante, se revela como un gran artista. Enorme film, todo un festín para el intelecto. Por otra parte, me queda la duda de si inspiró a Coppola para su adaptación de Drácula, tanto en vestuarios como en escenografía y soluciones visuales.



Alan Moore odia esta película, como supongo que odia todas las adaptaciones de sus novelas gráficas -una forma fina de llamar a los cómics-. "Watchmen" (2009, Zack Snyder) es perfecta para mostrar las virtudes así como los rígidos límites que las adaptaciones de superhéroes de viñeta proponen a la gente de cine. Estamos en unos años ochenta alternativos, con Nixon aún de presidente y la guerra fría arreciando hasta el punto de que uno de los superhéroes, el Doctor Manhattan, cree haber detectado la proximidad de un apocalipsis nuclear. Los Watchmen son la segunda generación de vigilantes en lucha contra el crimen, pero se han convertido en presencias incómodas para el sistema: Ozymandias se ha reconvertido en megaempresario, el Comediante acaba de ser asesinado por un desconocido, el Doctor Manhattan está encerrado con sus investigaciones en el espaciotiempo y tanto el Búho Nocturno II como Espectro de Seda II están retirados. El único que sigue en su particular cruzada contra el crimen es Rorschach, de manera clandestina.

¿Qué es un "macguffin"? Esta palabra forma parte del argot cinéfilo, sobre todo a raíz del cine de Hitchcock. Es una excusa argumental para contar una historia, algo que los protagonistas persiguen pero que al espectador le trae sin cuidado. Tras ver "Con la muerte en los talones" ni me acordaba de que buscaban un microfilm. Ese microfilm era el macguffin. Bueno, pues en la adaptación de Snyder el macguffin es la prevención del inminente desastre nuclear entre las superpotencias, algo que como espectador olvidé rápidamente centrando mi atención en todo lo demás. La verdad, estaba casi cantado que "Watchmen" no iba a ser un taquillazo como "Los vengadores". El público educado en la corrección política lo tendría complicado para empatizar con los superhéroes "fachas" ideados por Moore. Así, el Comediante goza con el asesinato y la violación a la hora de llevar a cabo las black-ops que la administración Nixon le encarga, Ozymandias y el Doctor Manhattan ven a la humanidad como masas formadas por números, y Rorschach trufa sus apariciones con comentarios ultras y raptos de agresividad. Una vez detenido, Rorschach le dice al psiquiatra de la prisión que le detesta porque "es usted gordo, rico, de sensibilidad liberal": le ve como a un burgués incapaz de entender el mundo como es, en su infinita crueldad e impiedad. Mientras, Búho y Espectro vuelven a la acción y se hacen amantes, no sin esfuerzo por parte de un Búho con sobrepeso y la libido baja (chocante dado que Espectro es interpretada por la alucinante Malin Akerman, pasto de culto geek). Esta pareja sería, digamos, los dos únicos vigilantes "normales" y que representan algo de humanidad empática a la que el espectador se podría asir.

Consciente de lo que tiene entre manos, la grandeza y la miseria del mundo de los superhéroes, Snyder juega a fondo la baza del artificio. Para él ese mundo es una farsa a niveles cósmicos, una farsa a la que sirven los miembros del stablishment, de la que todos participan. Es curioso, por ejemplo, que el actor que hace de Nixon esté tan mal caracterizado, como aquellos viejos monigotes de "Spitting Image". Es una caracterización deliberadamente mal hecha, impostada, en sintonía con esa farsa en que se ha convertido todo. La misma historia se puede reescribir como si tal cosa. Usa gana la guerra en Vietnam, la guardia nacional abre fuego sobre los hippies y la mítica foto de Alfred Eisenstaedt del marinero besando a la enfermera en Time Squere el día de la victoria sobre Japón ya no es la que era: la vigilante Silueta, lesbiana, agarra a la enfermera del talle y la besa ante la sonriente y complacida multitud, algo sociológicamente impensable en 1945. El estilo de Snyder celebra esa oquedad de nuestro mundo y él mismo se hace farsa y oquedad, de manera coherente pero igualmente estéril e insatisfactoria. Es un film cuya perfección supone su insuficiencia, y eso es algo que Snyder -posmoderno de pies a cabeza- sabe de sobra.

Quedan para la historia del cine sus excepcionales títulos de crédito iniciales, sobre los que incluso se ha escrito una tesis doctoral y que por sí solos justifican el visionado del film.



En los años cincuenta se puso de moda Italia para el rodaje de cine de época, especialmente de la Antigüedad (el "peplum"). Hollywood puso sus ojos en aquel país, lleno de historia, buenos técnicos y los inmejorables estudios de Cinecittá. Por ley en esas películas debía haber un segundo director italiano acompañando al principal y dirigiendo algo. Cuando Jacques Tourneur rodó "La batalla de Maratón" (1959) contó con el joven Mario Bava, cuyo excelente trabajo con los efectos visuales maravilló al francés, quien le auguró una gran carrera como cineasta. Bueno, lo cierto es que Bava ejerció  de director en solitario apenas 17 años y que sus películas, la mayoría adscritas al subgénero de "terror a la italiana", eran cada vez peores. Sus prometedores comienzos quedaron truncados por culpa de una industria cada vez más escorada a lo explícito y lo brusco, aparte de que el propio Bava quedó preso de su propio estilo, lleno de escenografías recargadas, humos de colores, ángulos desusados, cansinas maldiciones familiares, caserones lúgubres y actores useños en decadencia.

Pero amigos, Bava dirigió "La máscara del demonio" (1960). Su primera película firmada por él, hecha con cuatro duros, en blanco y negro, es quizá el film de terror estéticamente más bello y perfecto de la historia del género. Como si pensase que no tendría otra oportunidad, Bava vuelca todo su gusto artístico (que le venía de linaje) en ella. He leído en alguna ocasión que es la película favorita de Tim Burton. Además, sirvió para lanzar al estrellato serie B a la inglesa Barbara Steele. En la Moldavia del siglo XVII la hermosa bruja Asa (la Steele) y su amante Javutich son ejecutados por un tribunal de monjes, no sin que antes la hechicera formule una maldición contra la estirpe de su propio hermano. Dos siglos después los doctores Kruvajan y Gorobec atraviesan ese paraje encontrándose primero con los restos de Asa, quien regresa a la vida tras ser accidentalmente salpicada por una herida que Kruvajan se hace, y después con la joven Katia (también interpretada por Barbara Steele), una enigmática damisela romántica que vive con su padre el príncipe Vajda y con su hermano en un castillo que los lugareños creen encantado. Asa, naturalmente, querrá completar su venganza en la carne de los habitantes del castillo, Kruvajan intervendrá en plan Van Helsing para intentar evitarlo y el joven y guaperas Gorobec, que se ha quedado pillado por el encanto romántico de Katia, también arriesgará su vida para salvarla de la maldición.

Verla para creerla. Toda la peli es fruto sin cáscara, un prodigio de composición y estilo, tanto que Bava nunca pudo repetir nada así. Quedan para las futuras generaciones de cinéfilos momentos inolvidables, como la primera aparición de la princesita moldava Katia en una ermita en ruinas, paseando a dos mastines, las resurrecciones de Asa y Javutich o ese carruaje fantasmal que atraviesa el bosque sin hacer un solo ruido ante la atónita mirada de una campesina-caperucita.


Irene Miracle con las largas puestas.

Poco antes de fallecer Bava intervino componiendo efectos especiales para "Inferno" (1980), para mi gusto la mejor película que le he visto a Dario Argento, un autor que lleva mucho tiempo despistado y devaluado. Incide en un subgénero, el giallo sobrenatural, que por entonces ya estaba algo demodé, desplazado por otros subgéneros de moda, pero que aún rendía buenos resultados comerciales. De hecho fue el éxito de la barroca "Suspiria" (1977) lo que animó a los productores a pedirle a Argento una especie de continuación. Aquí nos encontraremos con los ingredientes habituales del subgénero: ambientes urbanos cosmopolitas con toque cultureta, asesinatos imaginativos, hombres de anticuada elegancia, mujeres guapérrimas, colores imposibles y escenarios nocturnos.

La inspiración viene de Thomas de Quincey, quien había imaginado en su Suspiria de profundis (1845) a tres Ladies of Sorrow que representaban los suspiros, las lágrimas y la oscuridad. "Inferno" está dedicado a la Mater Tenebrarum, una de las tres brujas, que según parece vive en Roma. Una joven neoyorquina descubre un libro sobre esas tres brujas, que viven respectivamente en la propia NY, en Friburgo y en Roma, y a las que el mismo arquitecto ha construido morada en cada una de esas ciudades. La joven quiere avisar a su hermano, que vive en Roma, sobre el asunto pero él se queda tan prendado de una fascinante dama que le mira intensamente que se olvida de la carta, que recoge una amiga suya comenzando a investigar por su cuenta y dando arranque al rosario de muertes. La hipnótica mujer resultará ser la Mater Tenebrarum.

Para Argento fue un film muy personal, que se nota en el empeño por lograr la excelencia estilística y la adecuada precisión de tono, pero también en su contenido esotérico. Argento ha declarado en entrevistas que cree firmemente que el mundo está regido telepáticamente por tres brujas que viven en tres discretas moradas de tres puntos geográficos distintos. Esa telepatía atraviesa el film y le da sentido, como si la voluntad de la Madre interviniendo y modificando los destinos de los humanos que buscan a tientas desentrañar las raíces de su poder fuese un fragmento de la lucha eterna entre bien y mal en nuestro planeta, lucha que no terminará hasta que las tres Madres sean neutralizadas.

La crítica parece haberse puesto de acuerdo en que el principio del film es quizá lo mejor que ha rodado Argento. Tiene algo de hitchcockiano, con esa NY reconstruida y tan estética como fantasiosa. La joven que ha descubierto el libro pierde las llaves que se le caen por un sótano, al que baja para buscarlas descubriendo que es una antigua sala de baile anegada por el agua y en la que flota un cadáver. Teóricamente innecesario para la trama, pero fundamental para el espíritu del film. Imagino que Bava y Argento congeniaron en esa atmósfera algo pasada de moda, así como en ese gusto por los escenarios como elementos expresivos de primer orden, las mujeres embrujadoras que pasan de hermosas a horribles para doble perdición del varón y la estilización de luz y color. Mientras, las Madres siguen tejiendo su urdimbre, enredando en ella a la Humanidad.



Si en "Eduardo Manostijeras" (1990) el californiano Tim Burton contraponía dos mundos de fantasía, el californiano de barrio residencial versus el gótico más bien Costa Este en el que vive Eduardo, en su otro film fundamental  -"Ed Wood" (1994), el que ahora nos ocupa- la contraposición versaría entre el mundo mental fantasioso del protagonista, Edward D. Wood Jr (Johnny Depp), quien ansía cumplir el sueño californiano de éxito hollywoodiense, y la dura realidad. Como a los responsables del film en el fondo Wood les caía bien, terminan la película antes de mostrar su fracaso. Veremos los esfuerzos de Wood por sacar adelante sus cochambrosas peliculitas, intentando rehabilitar al olvidado y morfinómano Bela Lugosi (lo diré yo también: Martin Landau está prodigioso) y procurando encontrar cualquier fuente de financiación, como las presencias de Vampira (Lisa Marie, pareja de Burton por entonces, y al igual que él muy ferviente del ufologismo) y de una presunta ricachona feúcha (Juliet Landau, hija de Martin, y nada fea en mi opinión) interpretando papeles lucidos, o incluso engatusando a una congregación baptista. La primera mujer de Wood, Dolores (Sarah Jessica Parker), le abandona porque no soporta el círculo de freaks con el que su marido se ha rodeado; su segunda mujer, Kathy (Patricia Arquette), aceptará la peculiar forma de ser de Wood, incluido su gusto por travestirse, y no le dejará en ningún momento. Burton trata con simpatía al personaje, un fan de Orson Welles que, ansioso de rodar su propio "Ciudadano Kane", conseguirá la que alguien consideró en su momento "la peor película de la historia": "Plan 9 from outer space" (1959).

No deja de ser paradójico, en realidad. Cabreado con sus financiadores (los baptistas), Wood entra a tomar algo en un club de Los Ángeles encontrándose allí con el mismísimo Orson Welles (Vincent d'Onofrio), puro en ristre pensando en sus cosas. Wood se dirige a él y tienen una breve charla, durante la cual Welles le dice a Wood que hay que luchar por los propios sueños, no por los sueños de los demás. Animado por las palabras de Welles, el pirado Wood se viene arriba y se impone a los productores, consiguiendo así rodar .... la peor película de siempre. Por otra parte, Welles es el ejemplo perfecto de maldito en Hollywood, de cuyo núcleo fue rápidamente expulsado, viéndose en el brete de rodar a salto de mata y pegando sablazos a los sufridos productores. A Wood le pasó lo mismo que a Welles, pero en cutre.

Burton no pretende ser posmoderno ni quiere vendernos que el cine malo es tan estupendo como el cine bueno. Deja claro meridianamente que las pelis de Wood son una basura. Pero no puede evitar sentir ternura tanto por él como por la tropa que le acompaña. Wood es un Quijote que, en vez de novelas de caballerías, ama el terror clásico de la Universal y más concretamente a Bela Lugosi, a quien desea hacer regresar a la pantalla y a las ganas de vivir.

El paisaje humano de la California de la época es inolvidable, con todos esos friquis, bastante más inofensivos que los que vendrían una década después. El arte burtoniano brilla alto, creando esa extraña sensación de ver cine bueno acerca de cine malo. El reparto es bueno y pujante (incluso Bill Murray está soportable). El equipo de rodaje tiene las mejores credenciales, desde el montador Chris Lebenzon hasta el compositor Howard Shore, pasando por el operador Stefan Czapsky. Pero la peli se estrelló en taquilla. ¿Por el blanco y negro? No necesariamente. Un año antes "La lista de Schindler", también en blanco y negro, lo petó por todo lo alto. Quizá una campaña de publicidad mal enfocada. El caso es que Burton la iba a rodar para la Columbia, pero ésta se echó atrás por el afán del director en rodarla en blanco y negro; inesperadamente, la Disney le dio su apoyo para hacerla como Burton quería, mediante su filial Touchstone. En ese sentido Burton fue un quijote como Wood, fracasando para triunfar, o al revés, no lo tengo muy claro.

Wood al menos lo intentó. ¿Y tú?



Se ha dicho algo de Welles. "La dama de Shangai" (1947) puede que esté un peldaño por debajo de sus obras mayores, pero está llena de ímpetu y encanto. Se ha contado mil veces la anécdota de cómo consiguió Welles la financiación: llamó a Harry Cohn (Cohen, capo de Columbia y uno de los hebreos que crearon Hollywood) y le enredó con una historia policíaca muy confusa, Cohn le preguntó por el título, y Welles leyó lo primero que vio: el de una novelita que había en un expositor cerca de la cabina. A Cohn no le sonó mal y le soltó la pasta. El marino Michael o'Hara (Welles) se encuentra a una hermosa desconocida (Elsa: Rita Hayworth, ibera étnica y por entonces aún esposa del cineasta) a la que salva de unos hampones que querían asaltarla, en una pelea inesperadamente muy mal rodada. Algo tiene Elsa que lía a Michael, igual que Welles a Cohn, por lo que el marino se ve involucrado en los amaños de la bella, de su lisiado marido el criminalista Bannister (Everett Sloane, colaborador de Welles desde los primeros tiempos) y de un antiguo agente franquista que le contrata para fingir su asesinato. El jaleo organizado entre unos y otros lleva a Michael a punto de ser condenado por asesinato -huye fingiendo su suicidio- y a un tiroteo final en un parque de atracciones abandonado.

Una de las imágenes que no se me quitan de la mente de esta película que va de menos a más y luego de más a mucho más es un plano en cámara lenta de un vestíbulo lleno de gente pintoresca, con un monito sentado en el suelo, que podría ser de una viñeta de Corto Maltés. Welles no puede evitar sentir añoranza de ese caos abigarrado y aventurero que era el mundillo portuario que conoció de niño. En sus años mozos Welles viajó por Europa, y se enamoró de España (lo que se nota en sus films) así como también del mundo judío eslavo (el cineasta presumía de saber yiddish). También sentía nostalgia del Midwest useño en que se había criado. Qué curioso, ese "cineasta del futuro" como siempre se le consideró era en realidad un anhelador del pasado. García Escudero decía de él que era "un personaje de Shakespeare extraviado en nuestro siglo". Algo de eso hay. Welles era un niño grande que quería volver a la vida el Midwest que amaba antes de la llegada del automóvil (de eso va "El cuarto mandamiento", quizá su mejor película), y echaba de menos tanto la España atrasada y pintoresca de quijotes y toreros goyescos -arrinconada por la modernidad- como ese mundo judío esotérico y cabalístico del Este, el de Kafka, Zweig y Roth -aniquilado entre 1941 y 1945-. Le quedaban los mundos fronterizos, raros y barrocos, como la frontera mexicano-useña de "Sed de mal" y el barrio chino y las atmósferas portuarias de "La dama de Shangai". Y como niño grande que era, nunca dejó de jugar y nunca se dio por vencido. 

Queda para la historia la balasera final en la sala de espejos, con Elsa y Bannister soltando bilis y plomo, ajustándose las cuentas ante un atribulado Michael de espectador. Pero todo el film está lleno de ese estilo suyo, que había abandonado los planos-secuencia con profundidad de campo en favor de una mayor predominancia del montaje, con cortes de edición que parecen adelantarse siempre a la intuición del espectador. 


(continuará)


3 comentarios:

  1. ¡Hola, Hombre-Lupa! Celebro tu nueva entrada. Creo, no obstante, que se te ha colado un pequeño error: la película de terror de Mario Brava de 1960 es "La máscara del demonio" en vez de "La noche de los demonios", la cual también existe, pero es una peli cutrona de lis años ochenta.

    Y otra cosa: ¿Quién dice que Juliet Landau es fea? A mi me parece que tiene una belleza intensa y muy especial por lánguida y decadente. Tiene rostro de vampiresa (no en vano tenía un papel en Buffy Cazavampiros).

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  2. Hola, efectivamente se me coló ese gazapo que ya está corregido, muchas gracias. Fue la típica asociación de ideas, imagino, al hablar de Jacques Tourneur se me coló "La noche del demonio", filmada por él tres años antes que la de Bava, y también memorable.

    Juliet luce ese extraño magnetismo de las mujeres hebreas, que tienen incluso las menos agraciadas y que conservan durante décadas. Con medio siglo a sus espaldas Juliet sigue siendo muy interesante. Cosas de la presión selectiva. Es posible que cuanto más aclimatado esté un pueblo a la vida urbana integrada y total, más dura en el tiempo el atractivo de sus mujeres.

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    1. La tal Juliet aparenta 35 años. Un caso realmente excepcional, y además no parece llevar mucho retoque encima...
      Tiene cara de poder haber protagonizado alguna película tipo"La profecía".
      Semblante un tanto inquietante y vampiresco.

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