martes, 3 de noviembre de 2015

Pelando el plátano musical: divagación sobre pop y sociedad (I)






Hace tiempo comentábamos en el blog cómo el fenómeno del rock, el finde y el choque de generaciones había sufrido un singular desplazamiento a terrenos insospechados. En el presente escrito insistiremos sobre algunas claves que podrían hacer más comprensible la deriva del panorama cultural, audiovisual, del pop hecho para la juventud -en su célebre Aproximación a la música (1970) el compositor Manuel Valls i Gorina afirma que lo que hace el pop es canalizar las indefinidas ansias de felicidad y sentido vital de la desorientada juventud del momento-. Cuando hablamos de pop estamos necesariamente hablando de algo popular, es decir, de algo que o bien surge del pueblo o bien se hace surgir para el pueblo. El arte pop, en sí, no es estrictamente musical. Nace como arte visual, lejos del marco anglófono: concretamente en la Alemania de mediados del siglo XIX, como vehículo estético de los nuevos valores de la burguesía nacional, especialmente de la bávara. Fue entonces cuando se acuñó un término que ha seguido a la estética pop desde entonces: kitsch. Algo kitsch es algo banal, colorista, pueril, acomodaticio y burgués. Es también algo producible en serie, sin el toque personal del artista.

La imagen publicitaria suele ser kitsch desde un principio. Enuncia determinados valores que sintonizan con el sistema productivo del momento, valores consumistas y conservadores, marcados por el optimismo y el colorismo. Llevamos siglo y medio rodeados por ellos.


Estética kitsch reconocible por todos.

No tomemos el término "conservador" al pie de la letra. El kitsch se adapta al sistema dominante en el momento. Los soviéticos tuvieron un arte pop -llamado Sots Art, contrapuesto al aburrido "realismo socialista"-. Los nazis cultivaron una estética intensamente kitsch -un clásico de la historiografía artística, Arte e ideología del nazismo (1974) de Berthold Hinz, a pesar de su molesta pedantería marxistoide, acierta al englobar buena parte del estilo nazi en un kitsch perfectamente asimilable a la estética publicitaria occidental-. Y hoy el californismo hace lo propio, apoderándose primero de los logros ajenos (el arte pop de otras fuentes, sobre todo de las neoyorquinas) y después elaborando un discurso publicitario aborregante que contrasta con los ideales contestatarios a los que se adherían sus pioneros (algo parecido les había pasado a bolcheviques y Freikorps, por ejemplo).

Como corro el peligro de irme por las ramas con un tema tan complejo y amplio antes de nada debo decir que el presente texto es una divagación, un excurso que sigue casi a ciegas un hilo sin saber a dónde le llevará. Parte de lo que voy a decir no deberá ser tomado en serio. Simplemente léase, nada más, porque no tengo intención de demostrar nada. Hablábamos de pioneros. Bien, en Usa al menos uno de ellos fue Andy Warhola. Eslovaco étnico, se dio a conocer en el mundillo intelectual californiano a principios de los sesenta pero, justo al contrario que la corriente mayoritaria, optó por establecerse en Nueva York. Las bases de las estéticas neoyorquina y californiana estaban fermentando por entonces. Los artistas sentían la necesidad de un arte popular que paliase la cada vez mayor brecha entre música culta (que se estaba convirtiendo en una estupidez pretenciosa y cacofónica, sin conexión con las necesidades espirituales de la gente común) y la popular, que se juzgaba vil y adocenada, domesticada. Warhol entendió que el mundo presente era el mundo de la publicidad, de los medios y de la producción en serie. De hecho, sus obras serigráficas eran conscientemente impersonales. Lo que las personalizaba era la firma, la suya. Es más: su centro creativo, su estudio, fue bautizado deliberadamente como The Factory. Ese nombre resumía la ideología de Warhol, producir objetos en serie como reflejo del espíritu de una época que se consideró Edad de Oro del Capitalismo. 

En la Fábrica warholiana se reunió lo mejor de cada casa: poetas beatniks, filósofos de barra, bohemios nocturnos, travestis, gente del porno y demás gente muy variopinta. Aquellas fiestas, en las que corrían generosamente las anfetas, a buen seguro no fueron aburridas. Warhol se construyó un entorno artístico y humano caracterizado por un valor autónomo elevado a casi sagrado por la modernez: la ingeniosidad. Gente ingeniosa, arte ingenioso. Sin embargo, ese mundillo acabó pasando factura -en su inolvidable Elogio y refutación del ingenio (1989) José Antonio Marina lo describe muy bien: "el ingenio libera encerrando"-. Muchos terminaron siendo juguetes rotos. Tuvieron "quince minutos de fama" y se acabó el asunto. El mismo Warhol estuvo a punto de sucumbir a un atentado personal: una separatista sexual que había pertenecido al círculo warholiano, Valerie Solanas, le disparó a bocajarro por causa de un borrador de guión que el artista no le había abonado. Solanas, autora de un clásico del separatismo sexual -el Manifiesto Scum- y que cargaba con una infancia y adolescencia terribles, fue diagnosticada de esquizofrenia y acabó sus días bajo el sol californiano en una institución benéfica, en 1988. Sobrevivió a Warhol un año. También en 1988 murió Nico.

¿Quién es Nico? Veamos, Warhol no sólo tenía su línea de obras serigrafiadas. Quería ser también productor de películas y de discos. Las películas warholianas eran hiperrealistas. Tenían que ser forzosamente aburridas. La primera, "Sleep" (1963), dura cinco horas y pico que consisten en ver a un tío durmiendo (John Giorno, amigo íntimo de Warhol por entonces). La siguiente, "Empire" (1964), son ocho horas de imagen a cámara lenta del Empire State Building, el edificio art-decó por excelencia -siendo el art-decó el estilo pop publicitario por excelencia, igualmente-. Para sucesivas propuestas, ya con argumento (siempre muy bizarro, pero argumento al fin y al cabo), contó con el director Paul Morrissey en una colaboración bastante extensa e intensa. Filmados algunos en Nueva York y otros en California, los muy chapuceros y pobres trabajos de Morrissey para el warholismo son un completo catálogo de gentes y situaciones absurdas, catatónicas, escandalosas para la moralidad de entonces. Allá por mis quince años vi tres de ellas: "Flesh" (1968), "Trash" (1970) y "Heat" (1972). Estaban dominadas por la presencia y la innegable apostura de un modelo masculino llamado Joe Dallesandro, que chupaba cámara que daba gusto.

En esas películas aparece la tropa warholiana en todo su esplendor. Parece que no hubo tío raro en NY que no se pasase por las imágenes de aquellas películas. El argumento de "Trash" no tiene desperdicio, por ejemplo: va del día de un yonqui en busca de su dosis, que liga con cada mujer que aparece (casi todas físicamente muy desagradables) porque a fin de cuentas es Dallesandro, pero no puede consumar el acto sexual con ninguna de ellas. Luego finge que su mujer está embarazada para así obtener de los servicios sociales acceso a dosis de metadona .... algo complicado porque la mujer es un travesti (interpretado por Holly Woodlawn, de origen puertorriqueño). Un disparate que sería divertido si Morrissey no procurase hacerlo aburrido a cada rato. También sale una starlette warholiana llamada Geri Miller, una mulata neoyorquina que se lo monta con Dallesandro. También se lo montaba con él en "Flesh", donde Geri improvisa ante la cámara un escabroso relato que no se sabe si es inventado o recordado:



Geri se convirtió en otro juguete roto. Se le perdió la pista en 1971. Con posterioridad se supo que, al igual que Solanas, era esquizofrénica. Sigue viva en NY. ¿Que por qué cuento esto? ¿Cómo podría explicarlo?

¿Cómo podría explicarlo el propio Morrissey? A mediados de los noventa el ya veterano director sorprendía a todo el mundo en una serie de entrevistas durante una visita a España, en las que se revelaba como un ultraderechista fanático, que alababa con pasión la figura de Franco y que no paraba de decir que lo que había querido mostrar en aquellas pelis era la degradación que suponía para la juventud adentrarse por el mal camino. A muchos no les sonó convincente. No son raros los fenómenos de conversión en Usa por parte de quienes fueron unos crápulas de jóvenes; quizá era ése el caso de Morrissey, el "director de bolsillo" de Warhol a pesar de que aquél siempre afirmó que era creativamente independiente.

Warhol también quería un "grupo musical de bolsillo", y aquí entra Nico.

Más o menos por la misma época en que vi aquellas pelis, tuve acceso a los miles de vinilos de la discoteca de mi padre. Los 40 Principales me parecían odiosos, y no encontraba una alternativa musical que escuchar. Cayeron en mis manos los fascículos de una "enciclopedia del rock" que estimularon mi imaginación y me llevaron a buscar entre aquellos vinilos algunos de los discos que allí ponían por las nubes. Recuerdo que la primera noche escuché dos de mediados de los sesenta.

Uno de ellos era "Highway 61 revisited" (1965) del gran Bob Dylan. El "judío de Minnesota", venido del folk useño más tradicionalista y hasta rancio, estaba en plena reconversión hacia un sonido blues-rock vívido y ácido. Para ese empeño contó con dos extraordinarios arreglistas, Al Kooper y Mike Bloomfield (ambos también judíos), logrando un resultado que los puristas del folkismo aborrecieron pero que sigue siendo un clásico todavía hoy (ya en su arranque "Like a rolling stone" el agudo Dylan pone de vuelta y medio a las tontitas burguesas que iban de empoderadas progres por la vida y que acaban pagando su cándida estupidez: se adelantó medio siglo al panorama actual).

El otro era el disco del plátano:


Ya hablé de este disco, el más influyente de la historia, en aquel otro artículo. The Velvet Underground eran un proyecto de dos fans de Ornette Coleman y de las vanguardias, el galés John Cale y un judío neoyorquino fallecido hace poco, Lou Reed. Reclutaron para el bajo y la batería a dos amigos comunes, Sterling Morrison y Maureen Moe Tucker. Se pusieron ese nombre tan bobo, que provenía de un folleto sadomaso de un tal Michael Leigh, consiguieron un manager (Al Aronowitz) y comenzaron a hacerse un hueco en la escena neoyorquina con su estilo inusual, de letras escabrosas y música a ratos delicada a ratos cacofónica.

Aquí ya hay que hacer el primer parón. Sí, también en el ámbito del pop los judíos están sobrerrepresentados. Empecemos por aceptar que es así. Qué curioso lo de un país como Usa. Nacido en el siglo XVIII de raíces inglesas y un empujoncito español, expandido en el XIX gracias a irlandeses, alemanes y escandinavos, cuando está en condiciones de irradiar su potencial cultural durante el XX resulta que éste proviene en un 90% de judíos eslavos que fueron -ellos o sus padres- súbditos del zar de Rusia. Es asombroso pero es así. Es lo que ocurre con el cine de Hollywood, las melodías de Broadway, los tebeos de superhéroes, los libros de psicología para masas, Internet, el porno californiano, la comedia de stand-up .... Todos los signos de cultura popular useña son casi enteramente creados por judíos. Así, también, en el mundo de la canción de la segunda mitad del siglo XX, que no se podría entender sin los citados Dylan y Reed, pero tampoco sin Stephen Sondheim, Burt Bacharach, Barbra Streisand, Carole King, Simon & Garfunkel o el canadiense Leonard Cohen. Tampoco sin managers como Brian Epstein o David Geffen, o grandes empresarios como Summer Redstone (Rothstein), de la familia dueña de la MTV.

Bueno, pues Warhol se hizo mánager del grupo, pero obligándoles a aceptar a una vocalista llamada Christa Päffgen, conocida como Nico, que ya era conocida por el mundillo artístico europeo . Curiosamente, quien se la presentó a Warhol fue Bob Dylan (que por entonces estaba fascinado por ese tipo de mujeres: no paraba de declarar su amor por Brigitte Bardot en cada entrevista). Alemana con cara de alemana y voz de alemana, Nico no cayó bien en el grupo pero tuvieron que hacerle un hueco. En las canciones que ella no interpretaba, se limitaba a tocar la pandereta. Sin embargo esa voz salmódica suya le daba misterio y poso a las canciones. Intervino en el disco del plátano y después siguió una carrera en solitario, medio underground y siempre interesante, con pocas concesiones (no le gustaba usar baterías, por ejemplo). Murió en Ibiza.


Crédito: Steve Schapiro / Corbis. La Velvet en 1967: Nico, Moe Tucker -que a pesar de su aspecto viriloide es madre de cinco hijos-, Morrison, Reed y Cale.

El disco del plátano se grabó en un solo día y el máster se quedó criando moho una temporada hasta que una filial de la MGM, el sello Verve, lo publicó. No tuvo el menor éxito comercial. Era imposible que lo tuviera. En parte porque el contenido era absolutamente anticomercial, y en parte porque estaba comenzando la guerra cultural entre Nueva York y California.

Tengamos en cuenta dos cosas. La primera es que las cosas no suceden con independencia de la voluntad y la personalidad de la gente que las hace. Según la historiografía marxista, todo se reduce a circunstancias y condicionantes de producción. Pero la historia la hacen las personalidades, con su carácter peculiar e intransferible a cuestas. Eso ocurre también con la historia del rock. El rock ha sido así porque en él están la acidez de Dylan, la ambigüedad de Bowie, la desorientación de Hendrix, el divismo de Jim Morrison, el mesianismo maníaco de Pete Townshend, la filonegritud de Jagger & Richards o la demencia pura y dura de Syd Barrett. Todo eso ha ido edificando el rock, que se mostró ya en sus primeros años como una picadora de carne sin piedad. Ningún movimiento artístico se ha cobrado un tributo tan alto en mártires (de sus propios defectos) como el rock. La lista de sobredosis, suicidios, ahogamientos en el propio vómito o el mero colapso del organismo por los excesos no puede compararse con ningún otro arte.

La segunda era que el hollywoodismo californiano se había acabado, de momento al menos. Los viejos caciques judíos que habían regido el sistema de estudios había ido falleciendo, con lo que se había generado un hueco que nadie sabía cómo llenar. El irrealismo hollywoodiense cedía ante el empuje de nuevas formas de hacer cine, más frescas, informales y realistas. El estilo neoyorquino se iba infiltrando poco a poco en el cine useño. Los héroes y galanes cinematográficos parecían dar paso a otro tipo humano, más cotidiano y vacilante. Fue un hito la película "El graduado" (1967). El chico iba a ser interpretado por el guaperas Robert Redford (con Warren Beatty esperando en segundo lugar), pero a última hora los directores de casting apostaron por un chico judío feúcho llamado Dustin Hoffman, que según ellos le daba una dulzura muy especial al personaje. Acertaron, sin duda. Los neoyorquinos parecían sentar sus reales en la industria californiana. Incluso Simon & Garfunkel colaboraron en la banda sonora (su mítica "Mrs Robinson" contiene una de las primeras referencias a Jesús en la música pop).

Bueno, pues el "disco del plátano" era innegablemente neoyorquino, nada californiano en absoluto. Su contenido no tenía nada que ver con el hippismo ni con el surfismo ni con el fetichismo automovilístico ni con el culturismo ni con el kitsch publicitario californianos. No hablaba de "flotar" ni de amor universal ni de buenas vibraciones. Hablaba de sadomasoquismo, de drogadicción, de barrios favelizados, de "empoderadas" dominatrices .... Reed y compañía no engañaban. No mostraban la droga ni los "estilos de vida alternativos" como algo bonito y reluciente sino como algo sórdido y chungo. Quizá atrayente, un poco, pero también decadente y feísta. Incluso en la canción "Venus in furs" se inspiran en Leopold von Sacher-Masoch, el padre intelectual del masoquismo.

En 1970 la influencia de la cultura neoyorquina estaba alcanzando su cenit, mientras que California pasaba por un trance muy peligroso. En materia geoestratégica, la apuesta por Nixon y McNamara para abrir el mercado chino y con él todo el mercado asiático (algo que no se estaba consiguiendo con la intervención en Vietnam) todavía no estaba clara. Mientras, el discurso mediático californiano se agrietaba y sus cachorros se rebelaban: California se llenaba de inquietantes sectas destructivas como la Familia, el Templo de Dios, los Ángeles del Infierno, los Panteras Negras, los Niños de Dios, la Hermandad del Amor Eterno o el Ejército Simbiótico de Liberación: se estaba perdiendo su juventud. La multinacional MGM reaccionó enérgicamente, a través de su director Mike Curb (mano derecha del republicanismo en el Estado durante décadas), cortando toda relación con la Velvet Underground aludiendo que exaltaban el consumo de drogas. Poco después el grupo se desvirtuaba por completo, tras la marcha de Reed, y desaparecía tras unos años efímeros.

¿Qué problema tenían con la Velvet, grupo que apenas vendía discos? Por su enorme repercusión posterior. Cambiaron la forma de hacer pop. Se podía hacer pop de otra manera, no al modo prefabricado californiano.

¿Prefabricado? Eso me suena. Crecí según iban apareciendo -y desapareciendo- New Kids On The Block, Take That, Backstreet Boys, N'Sync y no sé cuántos más. Eran jovencitos que no se sabe si tocaban algún instrumento aparte de la botella de anís, que seguían coreografías prefijadas y que tenían cada uno su "personalidad" de cara a la galería: uno era el guapo romántico, otro el "gamberro", otro el niñato, otro el sosainas .... Lo gracioso es que "prefabricados" de ésos ya los hubo desde el principio. El caso más famoso fue el de los californianos The Monkees, que no eran un grupo de verdad. Salían en una serie pretendiendo ser un grupo que quería emular a los Beatles. La serie era una creación de dos directores judíos, Bob Rafelson y Bert Schneider. Con el tiempo The Monkees se convertirían en un grupo "de verdad" y hasta tendrían algún éxito. También se crearon grupos de chicas negras cuya relación con las raíces musicales afrouseñas eran muy dudosas pues se trataba de música artificial, de laboratorio.


Producto artificioso de la época. Tres mulatas más bien claritas cantan para un público blanco en algún estudio californiano. La producción corrió también a cargo de judíos: Phil Spector, Jack Nitzsche y Larry Levine.


Incluso los también californianos Beach Boys tenían algo de prefabricado. Eran "chicos surferos de la playa" cuando sólo uno de ellos se había subido a una tabla en su vida e incluso Brian Wilson, el genio creador en el grupo, le tenía miedo al agua. Al parecer Brian se había echado una novieta negra que los mánagers ahuyentaron porque rompía con la imagen conservadora del grupo (ahora no sólo no habría supuesto ningún problema sino que incluso se potenciaría). Y sobre sus rivales creativos de Inglaterra, los Beatles, gravitaba un cierto patrón similar: para las fans cada beatle tenía su "personalidad" dentro del grupo. Así, Paul era el guapete, John el mordaz, George el trascendental y Ringo el gracioso. Al menos los Beatles no se dejaron devorar por el monstruo que habían creado: hastiados de conciertos en los que ni podían escucharse entre sí dado el feroz griterío de las muchachas en flor que acudían a participar en orgasmos colectivos, se retiraron de los directos y cuatro años después se separaron.

Siempre me gustaron los Beatles, aunque el paso del tiempo no está sentando del todo bien a parte de su legado. Otra parte de él sí lo está resistiendo estupendamente. Ahora bien, hay dos cosas que me llaman mucho la atención de ellos. La primera es que los productos culturales a los que estaban asociados, básicamente películas, eran de una idiotez supina. Los films "Qué noche la de aquel día" y "Help!" son realmente estúpidos. El mediometraje "Magical mistery tour", que emitió la BBC en 1967, era una basura, dicho en plata. Sólo se redimieron al final gracias al maravilloso largo de animación "Yellow submarine" (1968, George Dunning), algo es algo.

La segunda, algo más complicada de explicar, es el gusto digamos peculiar que tenían los Beatles con las mujeres. Esos cuatro inglesitos podrían haber conseguido a cualquier mujer del mundo o casi, y sin embargo .... Por ejemplo, John dejó a su mujer Cynthia (a la que había conocido antes de ser famoso, y a la que parece ser que daba "mala vida") por una señora japonesa llamada Yoko Ono, en la que algo debió ver. Su relación con Ono fue rara y complicada como se podría esperar. Estuvo varios años entre Nueva York (donde en 1980 encontraría la muerte) y California, donde se hizo adepto de la llamada terapia primal de Arthur Janov gracias a la cual supuestamente el paciente experimentaba una regresión hacia recuerdos infantiles reprimidos que causaban su neurosis de adulto. También estuvo unido a otra mujer asiática, May Pang, algo más "potable" que Yoko:



En cuanto a Paul, tuvo un matrimonio feliz con Linda Eastman (en realidad Epstein, de origen judío), quien al parecer había tenido rollete con Mick Jagger. Pero antes mantuvo una relación bastante tormentosa con Eleanor Bron, protagonista femenina de la antes citada peli "Help!"


Fotograma de la peliculita de marras, cuyo recuerdo todavía me causa escalofríos.

Eleanor era también hebrea étnica. Al parecer la cosa acabó como el rosario de la aurora, hasta el punto de que Paul se vengó de ella con la canción "Eleanor Rigby".

Otra que inspiró canciones fue Pattie Boyd. De ella no cabe duda acerca de belleza .... tanto que fue objeto de larga disputa entre George Harrison y su amigo y colaborador Eric Clapton. Tanto Harrison como Clapton, que tenían detrás un ejército de solícitas fans, forcejearon por Pattie durante una década. Primero estuvo casada con George, y después con Eric, y no se sabe si alguno de ellos fue feliz. A saber.


Una belleza a lo Bardot, muy del gusto de la época. En España Marisol y Karina se apuntaron a ese estilo.

¿Y Ringo? Se lo montó bastante bien porque se casó con una chica Bond (Barbara Bach: judía, para variar). Pero ¿a que no sabéis con quién estuvo liado Ringo? ¿A que no lo adivináis?



¡Con Geri Miller! Sí, efectivamente: la mulata warholiana quiso ligarse a George en la época en que aún era medio modosita, pero se tuvo que "contentar" con Ringo. Qué pequeño es el mundo.


(continuará)


4 comentarios:

  1. Podías ahondar algo en las diferencias estéticas entre California y Nueva York y en cómo se plasman esas diferencias en el cine. Porque creo que hay una estética cinematográfica típicamente neoyorkina; estoy pensando en pelis de culto como las míticas "Pánico en Needle Park" y "A la caza", amas protagonizadas, por cierto, por el mismo actor: Al Pacino.

    Enhorabuena por el blog; es la primera vez que escribo.

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    1. Hola, muchas gracias, la idea no es mala.

      Eso me recuerda aquel mítico vídeo de los neoyorquinos Beastie Boys, "Sabotage", mofándose del policíaco californiano XD

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  2. Por que nico no fue mas popular, si era casi perfecta, afortunadamente murió rápido, hubiese sido triste verla fea y vieja.

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    1. Nico no estaba particularmente interesada en ser una diva pop al uso. Era especial, sin duda.

      Yo diría que Nico + Nancy Sinatra = Lana del Rey :-P

      Envejecer es el precio que se paga por vivir. ¿Nos gusta vivir? Entonces debemos aceptar que se envejece.

      Los que mueren jóvenes permanecen jóvenes en la memoria, pero no en la de ellos sino en la de los demás. Sin embargo, nadie quiere que sus seres queridos mueran jóvenes. Estamos inmersos en un cambio cósmico ante el que las viejas respuestas religiosas ya no sirven. Es normal que nos sintamos un poco desorientados y desazonados. Aceptarlo viene bien.

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