miércoles, 29 de julio de 2015

Post veraniego. Algunas películas que me gustan (V)







Prueba del descenso intelectual del cine de los últimos tiempos es que los libros -salvo los best-sellers, claro- ya no influyen en él. Sin embargo, décadas atrás era otra cosa. En el mundillo intelectual de Occidente causó sensación una obra de Bruno Bettelheim de 1976 que en España llevó el título de Psicoanálisis de los cuentos de hadas, de amena lectura. También dejó su huella en el cine. Pienso en "El resplandor" de Kubrick pero, sobre todo, en este memorable "En compañía de lobos" (1984), todavía la mejor película de Neil Jordan, basada en un relato de Angela Carter que la misma escritora ayudó a guionizar. La adolescente Rosaleen (Sarah Patterson) sueña con lobos, unos lobos que en el bosque devoran a su hermana, y se traslada oníricamente a otra época en la que se van narrando variopintas historias sobre lobos o, mejor dicho, sobre hombres-lobo. Finalmente una jauría irrumpe en la casa familiar donde estaba soñando y entra en su habitación.

El film cuenta con varias bazas de entrada (buenos secundarios: Stephen Rea, David Warner, Brian Glover, Terence Stamp y una icónica Angela Lansbury como abuelita que avisa a la niña del peligro de los lobos; música de George Fenton; gran diseño de producción del genial Anton Furst, prematuramente fallecido), pero lo mejor de todo es ver cómo se le da un sentido simbólico a los relatos infantiles, en el marco de un bosque otoñal -en gran medida recreado en los estudios Shepperton- donde los ingredientes de los cuentos toman forma: la pobreza de los campesinos, la altanería de los nobles, la abuela que es la voz del Superyó, la niña caracterizada como Caperucita Roja, los árboles, la bruma, el cazador y la bestia.

Al principio y al final vemos que Sarah, durmiendo su accidentada siesta en su cuarto lleno de muñecos, tiene los labios rojos de carmín. El color rojo representa la sangre, y con ella la menstruación y la desfloración. El lobo es símbolo de lo masculino, que amenaza con devorar a la muchacha que está despertando al sexo y a la fertilidad. En uno de los mejores momentos del film, la Caperucita accede a un nido en lo alto de un árbol -fálico- en el cual los huevos eclosionan en minúsculos bebés. Todo el film está construido así, en metáforas y poesías un tanto extravagantes sobre el despertar a la sexualidad. Que la chica sea finalmente devorada por los lobos es igualmente metáfora de lo dicho: no la devoran en realidad, sino que ella se deja invadir por el deseo de varón: ha dejado de ser niña. De ahí que la abuelita que encarna la Lansbury, voz de la represión de los instintos, sea silenciada de modo violento, rota como la porcelana de la muñeca que realmente es, y que había tomado vida.

La brillantez artesanal del acabado de esta pequeña obra maestra del fantástico europeo contrasta con las peripecias que hacía la ILM en la otra orilla, demostrando que existía otra forma de hacer cine fantástico. Por fortuna, pienso que el mundo es lo bastante grande como para que quepan ambas.



La verdad, no sé si los responsables de "Alien" (1979, Ridley Scott) habían leído la obra de Bettelheim por la cantidad de detalles que parecen remitir al relato infantil psicoanalizado, pero seguro que sí conocían la de Alejandro Jodorowsky, cultivador de la psicomagia, director de bodrietes arty, guionista y quien iba a ser el director de la versión fílmica del Dune de Frank Herbert. Algunos de los colaboradores de Jodorowsky en esa fallida adaptación acabaron interviniendo en "Alien", incluso el dibujante Moebius (que ilustró su cómic El Incal) para diseñar los trajes presurizados. Éste es uno de los casos más llamativos de la importancia del conjunto de responsables a todos los niveles, pues si bien es cierto que Ridley Scott estaba a un nivel enorme de inspiración no es menos cierto que el equipo con el que contó fue impresionante: guión de Dan O'Bannon -quien exorcizaba su enfermedad de Crohn en la mítica escena del chestbuster- y Ronald Shusett, gran tarea de edición de Terry Rawlings -el film es una maravilla de montaje-, inmejorable fotografía de Derek Vanlint, diseños prodigiosos de Ron Cobb, Chris Foss y el pintor suizo H. R. Giger con Carlo Rambaldi haciendo los animatronics del xenomorfo, una genial partitura de Jerry Goldsmith e impecable trabajo del conjunto de intérpretes.

El film, cuyo argumento supongo que conocéis, traiciona las expectativas del espectador de manera brillante. Pasa de docudrama de anticipación a terror lóbrego clásico en el que la nave-carguero Nostromo termina siendo una interminable mazmorra. El capitán Dallas no consigue salvar la situación, como se esperaría del jefe-héroe típico, y no tiene un romance con la teniente Ripley, que de secundaria asciende a protagonista. El ordenador central Madre no tiene nada de materno, pues no sólo no les ayuda sino que está programado para buscar el planeta donde está la amenaza, que teóricamente era un hallazgo fortuito, a mayor negocio de la Corporación (la Weyland-Yutani, una de las empresas malévolas de la sci-fi de entonces).

Las referencias sexuales y lúbricas son continuas. El interior de la ciclópea astronave del Ingeniero donde encontrarán la puesta de huevos alien (que en principio iban a tener la típica forma de huevos de gallina maquillados, como quedó en los pósters) parece una sucesión de esfínteres. El bicho posee oralmente al humano para luego aparecer como un violento pene en su torso. Su versión adulta se diría que es un cruce cyborg de carne y metal, mimetizable con el entorno, lo que hace del film todo un manifiesto estético. El traicionero androide Ash es operativo gracias a un humor interno que recuerda al semen. Incluso Ripley hace un strip-tease en la nave auxiliar.

Además, el film es bisagra entre los años setenta -con esos personajes realistas de mueca escéptica y sus tiranteces laborales- y los ochenta -durante el proceso de autodestrucción la Nostromo se convierte en un festival de luces parpadeantes, chorros de vapor, efectos sonoros y ritmo de edición muy marcado-. Pero lo mejor de todo es ver cómo el espíritu del cuento de hadas subyace en la trama. Es la atávica pugna entre mamíferos y reptiles, entre el humano heroico y el asqueroso dragón: esta vez es una mujer la heroína -otro detalle del nuevo cine comercial-, que se inviste con un traje presurizado blanco como un guerrero artúrico con su armadura, lista para el combate contra el Gran Dragón. También se sugiere el contraste entre lo metálico, lo inerte y la IA con lo humano, lo palpitante, lo trémulo. En la primera escena asistimos al hand-shaking entre la señal de aviso del planeta desconocido, enviada por el Ingeniero, y Madre a base de parpadeos de un monitor reflejados en un casco de emergencia: ni rastro de humanos, como si no hicieran falta. En la segunda escena vemos el despertar, el "renacer" de los humanos: la imagen avanza por un pasillo hasta llegar a la sala de hipersueño (¿una vagina y un útero, respectivamente?: recordemos que el ordenador que controla el proceso es llamado Madre), donde los humanos se despiertan con una luz reconfortante y a los sones de una melodía maravillosa de Goldsmith: verdadera humanidad.

Consecuentemente con su planteamiento lleno de subtextos relativos a la fantasía épica y al cuento de hadas, el último plano muestra a Ripley dormida en su cámara de hipersueño tras un cristal, como Blancanieves en catalepsia. "Alien" es una pieza maestra del arte universal, y ninguna mediocridad posterior de Scott me hará cambiar de opinión.



Permitidme que no diga mucho de la inglesa "Exam" (2009, Stuart Hazeldine  a partir de un guión suyo y de Simon Garrity). Ocho aspirantes a ejecutivos, cuatro hombres y cuatro hermosas mujeres, todos distintos entre sí (hay un negro, un árabe y una asiática entre ellos), quieren un puesto en una importante multinacional para lo cual se someten a un extrañísimo examen durante el cual les está prohibido hablar con los examinadores ni con el empleado de seguridad, so pena de ser inmediatamente expulsados. El examen consta de una sola pregunta. Y el papel en el que se supone que figura escrita la pregunta está en blanco.

Me puse a verla hace tiempo en una noche tonta, más aburrido que una ostra y cruzando los dedos para que por lo menos fuera mínimamente digna. Y me enganchó hasta el final, en una espiral de obstáculos que sería una especie de "Saw" pero sin violencia gráfica. Muy dialogada y con algún toque políticamente correcto (eso ya lo daba por supuesto), me pareció un pulso de ingenios quizá no tan genial fílmicamente hablando como "La huella" de Mankiewicz pero sí a un nivel similar de inteligencia. Y no voy a decir nada más, no quiero chafar la sorpresa ;-)



Coproducida con Francia, "Quemado por el sol" (1994, Nikita Mijálkov) es una de las películas más importantes que ha legado Rusia desde el fin de la Urss. Incluso ganó un discutido Oscar a la mejor peli en lengua extranjera, discutido por acusaciones de cierta sensiblería que vete a saber si escondían el enfado de cierta crítica marxistoide al encontrarse con una obra netamente anti-Stalin. Un hombre espiritualmente arruinado, con tendencias suicidas y de nombre Mitya (Oleg Mensijov) aparece de improviso en la dacha de un importante mando del Ejército Rojo, Serguéi Kotov (el mismo Nikita Mijálkov), que vive allí plácidamente con su mujer Marusia (Ingeborga Dapkunaité, una bellísima actriz lituana que trabaja habitualmente en el cine ruso) y su hija (Nadia Mijálkova, hija del realizador), además de unos parientes de estirpe nobiliaria que sobreviven allí lejos de las miradas de los comisarios, viviendo en su mundo, ajenos a la realidad histórica. La irrupción de Mitya en tan bucólico paraje tiene un sentido: este extraño hombre es agente del Nkvd y viene a vengarse del matrimonio. Antes de casarse con Serguéi, Marusia tenía una relación con Mitya cuya ruptura le hundió anímicamente. El militar caído en desgracia se ve obligado a dejar su casa ese mismo día acompañando al agente, intentando que la pequeña Nadia no se entere de lo que está ocurriendo.

El film es tragicómico, tiene numerosos cambios de registros, con algo de chapliniano incluso. A retener el trabajo de la pequeña Nadia, que podría perfectamente figurar en cualquiera de las mejores películas con Charlot, o ser una pequeña Giulietta Massina. Hay mucho de melancolía por una Rusia perdida y aún no reencontrada, la Rusia chejoviana, la del placer de vivir y amar la naturaleza. Fotografía, música y planificación recrean una burbuja de felicidad, lejos -hasta la llegada del agente- de la agria realidad soviética de las purgas y las hambrunas, una burbuja que por desgracia no puede durar ni aunque en ello se empeñe un comandante del régimen. 

El film adopta la mirada infantil de Nadia en una escena sencillamente magistral: Mitya le explica la situación a la niña usando un lenguaje propio de la infancia, mientras los adultos escuchan preocupados y un parhelio aparece de repente dirigiéndose amenazador hacia el lugar. El parhelio representaría a Stalin, cuya proximidad quema y al que conviene tener bien lejos. En esa ocasión quema a Serguéi. Tiempo después quemará a Mitya, quien consumará el suicidio en la bañera de su desvencijado apartamento moscovita, mientras el parhelio contempla impasible su muerte. Insólito que un film tan magnífico no se cite con más frecuencia. Cosas de la crítica.



Me gustó tanto "No es país para viejos" (2007, hermanos Coen) cuando la vi por primera vez que volví a verla al día siguiente. Texas, 1980. Un veterano de Vietnam llamado Llewelyn Moss (Josh Brolin) se topa con lo que queda de dos bandas dedicadas al narcotráfico que por algún malentendido se han aniquilado mutuamente, y se lleva un maletín con dos millones de dólares, sabiendo que a partir de ahora tendrá que huir. Manda a su mujer con su madre y se refugia en un motel de otro condado. Pero el maletín lleva un transpondedor, de modo que es localizado por otros sicarios mexicanos así como por un despiadado asesino llamado Anton Chigurh (Javier Bardem); mientras, el veterano sheriff Bell (Tommy Lee Jones) intenta seguir la pista de todo este tinglado.

No me pareció una película de los Coen. Era seria, sobria, precisa, de montaje matemático, exacto. ¿Dónde estaban los juegos cinéfilos, los detalles grotescos, el pintoresquismo de las anécdotas? Reflexionando después me di cuenta de que sí contenía elementos coenianos: la codicia como motor del relato, el protagonista en medio de un jaleo que le supera, los asesinos implacables, las líneas de horizonte que parecen un personaje más, el carácter itinerante de la ficción (siempre ambientan las tramas en Usa, sin repetir lugar ni época) .... Aunque hay que recordar que es una adaptación de un escrito con personalidad, Cormac McCarthy. Una buena noticia, de todas maneras, porque el dúo fraterno llevaba una ristra de obras muy flojas de un tiempo a aquella parte.

La trama traiciona las expectativas del espectador. Moss no se saldrá con la suya, sucumbiendo en un asalto al enésimo motel en que se ha refugiado; Chigurh no recibirá su merecido como villano, aunque un accidente le deja muy malherido; y Bell no conseguirá llegar a tiempo de nada, quedándose perplejo tanto ante el caso como ante un mundo que siente que ha cambiado. Se trata de otro tipo de violencia, desconocida para él, que no deja de ser a fin de cuentas un vaquero de otra época, que cría caballos con su mujer, no un sicario con metralleta parapetado en un Ford. Las líneas narrativas Moss-Chigurh-Bell no llegan a confluir satisfactoriamente para el espectador en ningún momento, salvo un esquivo tiroteo entre los dos primeros, casi abstracto pues no se llegan a ver las caras.

La lectura del film es muy dura. La tierra de Texas es tan ingrata y estéril que, por mucho que sea regada con sangre humana una generación tras otra, se diría que nunca llegará a florecer. Es tierra de paso, donde quien echa raíces es viejo o manso, mientras los que aún conservan instinto y aspereza la atraviesan sin asentarse: de ahí la presencia continua de moteles de carretera, o que el mismo Moss viva con su mujer en una rulot: casi parece que el hallazgo del maletín es una excusa para que el personaje retome la vida nómada de antaño.



Reconozco que de Chris Marker sólo he visto "Sans soleil" (1983), para muchos su obra más importante, y el mítico mediometraje (unos 28 minutos) "La jetée" (1962), que es el que aquí me ocupa. Ojo, vienen spoilers. Tras la III Guerra Mundial, la superficie del planeta ha quedado arruinada y los vencedores tienen que contentarse con habitar el subsuelo. Lo mismo le ha pasado a París, al que una bomba atómica le hizo lo que Von Choltitz no llegó a hacer. En el subterráneo parisino se experimenta con prisioneros para conseguir el viaje en el tiempo que permita ir al futuro para que los transhumanos evolucionados de entonces les den a los atribulados humanos de hoy un remedio para regenerar el mundo. Uno de los prisioneros es enviado primero al pasado, justo antes de la guerra. Allí encuentra a una mujer que ya conocía de antes pues su imagen la ha tenido siempre en la memoria desde que, siendo niño, la vio en un embarcadero del aeropuerto de Orly. También recuerda vagamente haber presenciado la muerte de un hombre. El prisionero y la mujer tendrán una relación amorosa, pero él no podrá quedarse en ese mundo: viajará al futuro y contactará con la Humanidad Venidera, que le dará las ansiadas respuestas. Tras la misión el prisionero debe ser ejecutado pero los humanos futuros le dan la oportunidad de trasladarse a su avanzada época, en la que estará a salvo. Sin embargo, los sentimientos del hombre pesan más y les pide ser enviado a la época prebélica porque quiere estar con la mujer de sus sueños. Allí de nuevo, el hombre la encuentra en el embarcadero pero un agente del subterráneo, que había seguido su pista, le abate ante la mirada de la mujer .... y de sí mismo: el niño ve su propia muerte de adulto.

La nouvelle vague fue un movimiento fundamental para entender el cine moderno. Entra en pantalla una textura más documental de las cosas, se rueda con más improvisación y se crea la ilusión de que se rompe con el pasado (el cine académico francés previo; sin embargo, los nuevos cineastas manifiestan su amor por el cine useño). Las tramas versan casi siempre sobre París, olvidándose muchas veces del resto de la nación. Y toma carta de naturaleza la típica pedantería del cine francés, que ya existía pero que a partir de los sesenta se exacerbó, hasta casi nuestros días. Marker se adhiere a ese nuevo cine hiperrealista, espontáneo, futurista y parisino con esta pieza única que tiempo después reharía -más bien destrozaría- Terry Gilliam en una versión noventera.

Marker tuvo un rasgo de modestia al calificar "La jetée" de fotonovela (sic: photo-roman). Su planificación es muy ingeniosa: está construida con fotogramas, con fotos en sí, e hilada gracias a una voz en off. En realidad Marker, más tieso que la mojama, sólo podía alquilar una cámara estándar de grabación durante muy poco tiempo, por lo que sólo hay una secuencia en movimiento: las fotos fijas fueron un recurso muy hábil para sortear las dificultades económicas, hábil hasta tal punto que no puedo imaginar el film de otra manera. Generalmente las fotonovelas suelen ir de tonterías, pero aquí narran una distopía apocalíptica (jugando la baza del miedo atómico, característico de la época). Y aunque prefiero el color, el blanco y negro de las imágenes les queda como un guante. Y asimismo aunque sea criticable el amour fou tan parisino del protagonista, no resulta condenable que quiera vivirlo. Un clásico que hay que ver.




Un "extractor" llamado Don Cobb (Leonardo di Caprio) se dedica a entrar en los sueños de otros para robarles información, en una peculiar variante del espionaje industrial. Un magnate japonés (Ken Watanabe) le contrata ofreciéndole la posibilidad de que los cargos que pesan sobre él -no puede entrar en Usa porque se sospecha erróneamente que mató a su mujer (Mal: la divina Marion Cotillard), con la que tuvo dos hijos a los que sólo ve en sueños- sean retirados a cambio de un trabajo especial: no extraer, sino insertar una idea en la psique del heredero de un gran imperio energético. Cobb forma a su equipo de colaboradores, en el que incluye a una arquitecta de sueños (Ariadne: Ellen Page) que pasará a convertirse en su gran apoyo porque ella sospecha que la proyección mental de la difunta Mal amenazará la misión .... y hasta aquí puedo contar.

Confieso que la primera vez que vi "Origen" (2010, Christopher Nolan) no me "mató", estaba escandalosamente bien hecha y tal pero me enfrasqué en buscarle referencias cinéfilas y me decepcionó un poco que las escenas oníricas no fueran algo más locas. El caso es que el film ha generado un culto internetero notable, culto por el cual casi de casualidad me enteré de algunas cosas muy curiosas, como que el nombre de los personajes forma la palabra DREAMS o que Cobb lleva en el dedo su alianza de casado cuando sueña pero no cuando está despierto, detalles en los que no sólo no había reparado sino que Nolan no hace el menor énfasis en ellos. Esas cosillas sólo las incluía gente como Kubrick para los iniciados. Así que la vi por segunda vez y me deslumbró. Y luego otra, y otra. No sé cuántas veces la he visto.

Como todo el cine de Nolan, gana siempre con segundos visionados. Como todo su cine, se fundamenta más en el montaje, corto pero no atropellado, que en la composición del plano. Como todo su cine, encuentra el punto exacto entre realismo y estilización. Como todo su cine, versa sobre un personaje carismático y obsesionado siendo el arranque de esa obsesión la pérdida traumática de un ser querido, casi siempre la mujer amada. A ello hay que sumarle otras características del cine Usa mayoritario: el jamesbondismo, la estructura disgregada entre varias ciudades para dar tono cosmopolita, la fascinación por las mujeres francesas y el interés por la vida de los ricos y poderosos.

Nolan pulió el guión durante diez años hasta que, con la industria metida en el bolsillo tras el taquillazo de "El caballero oscuro" (2008), se animó a dirigirla con su equipo habitual -suele repetir actores-, entre los que hay que contar al operador Wally Pfister y al compositor Hans Zimmer. No hay mucho que explicar sobre la peli: hay que vivirla, es una experiencia de bajada ad inferos con el único objetivo por parte de Cobb, lo que domina su mente, de recuperar a sus hijos, de volver a vivir las estampas felices con ellos jugando en una playa californiana. Del exilio al paraíso -de Sidney a Los Ángeles- los personajes atravesarán cuatro capas de sueños, hasta llegar incluso al Limbo (asociado al mar como destructor de la memoria, con los rascacielos desmigajándose en la orilla de la playa, y con recuerdos disgregados de otros sueños) y regresar, abrazando la realidad. "Origen" no falla, como pensaba al principio, en que los sueños se pareciesen a la realidad sino que acierta haciendo que la realidad pueda considerarse un sueño más. Y para hacer de la realidad un sueño cumplido hay que arriesgarse: hay que dar un salto de fe. O de lo contrario uno corre el riesgo de llegar a viejo más solo que la una.

Han pasado sólo cinco años pero ya es un clásico.





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