viernes, 24 de julio de 2015

Post veraniego. Algunas películas que me gustan (II)






Si tuviera que escoger una película de Kurosawa, escogería "Ran" (1985). Es difícil decir cuál es "la mejor" en la filmografía del genio nipón, llena de obras excelentes. Ahora bien, lo que caracteriza a ésta es que se rodó en los años ochenta, lejos ya de la edad de oro del cine en Japón, lo que acentúa su carácter de pieza aislada. Además, luce una espléndida fotografía a color. Kurosawa sacó adelante el film gracias a Serge Silberman, productor francés descendiente de judíos polacos famoso sobre todo por sus colaboraciones con Buñuel. Fue un injusto fracaso comercial, doblemente duro dado el notable presupuesto del que se dispuso. 

En "Ran" Kurosawa regresa al Japón medieval (tiempos renacentistas ya en Europa). El cineasta apenas se movió en su larga trayectoria de la temática nacional (hubo alguna excepción como "Dersu Uzala" (1975), su célebre film sobre el Heartland, coproducido con la Urss). Un señor feudal llamado Hidetora Ichimonji (poderosa interpretación del habitual Tatsuya Nakadai) tiene tres hijos, el más joven de los cuales le afea su conducta, con lo que consigue que su padre le repudie. Sin embargo, es el único de los tres que le ama pues los otros dos hijos se rebelarán contra él, provocando una guerra en la región. Se trata de una versión del mítico El rey Lear de Shakespeare, algo recurrente en Kurosawa pues ya había adaptado al Cisne de Avon en la también extraordinaria "Trono de sangre" (por Macbeth) y en "Los canallas duermen en paz" (vagamente basada en Hamlet, y que lamento no haber visto).

Hay infinidad de apuntes y detalles aprovechables en este fascinante fresco histórico sobre la ambición y la crueldad, donde parece que sólo las relaciones de poder y dominación por la fuerza y el embaucamiento están destinadas a durar, si no para siempre sí más que las inspiradas por la empatía y la delicadeza. La fuerza se muestra en las batallas entre clanes, cuya potencia visual es reforzada por el empleo de la nueva arma estrella de la época: el arcabuz. Por momentos late el eco al miedo atómico en las imágenes de las carnicerías premodernas que se dirimen en el film, tal es la fuerza que Kurosawa les imprime. Las armas de fuego matan a distancia y en números decisivos. Nada será igual a partir de entonces. El warlord Hidetora atraviesa el escenario de batalla con gesto de demente, como el superviviente de un cataclismo nuclear. Eso es algo que el cine japonés lleva grabado a fuego, no sólo en las andanzas de Godzilla y compañía. 



En cuanto al embaucamiento, éste proviene de Kaede (gran trabajo de Mieko Harada), una hermosa e inquietante dama casada con uno de los hijos revoltosos de Hidetora y que seduce al otro hijo revoltoso, tejiendo una tela de araña con sus manipulaciones maquiavélicas que esconden un afán de venganza. Y eso sin casi moverse del sitio en el que está sentada al estilo nipón. Ese quietismo, unido a sus lujosos vestidos y a su caracterización (con las cejas totalmente depiladas), hace de Kaede una villana terrible y fascinante. También ella caerá en desgracia, en una de las muertes más artísticas de la historia del cine.

La apuesta de Kurosawa es realmente arriesgada, porque muestra un panorama al que apenas hay nada a lo que agarrarse. Uno de los personajes dice en un momento que Buda parece haber abandonado el mundo. Hidetora descubre que detrás de sí no ha dejado nada duradero ni memorable. En otro momento, un pobre muchacho travestido que fue cegado tiempo atrás por decisión despótica del propio Hidetora sopla una dulce melodía de flauta y el desposeído señor de la guerra siente entonces cuán cruel ha sido durante su desempeño del poder. Incluso después de reconciliarse con su hijo díscolo pero fiel, se queda solo porque un arcabucero cualquiera le arrebata la vida a ese hijo que era ya la única esperanza a la que podía aferrarse. Kurosawa alterna escenas íntimas y épicas, de envarados interiores con formidables exteriores, en una obra cumbre absoluta del arte fílmico, que oprime el ánimo como pocas. De visión obligada.



Etnias y territorio, la historia de siempre.

Era poco más que un niño cuando vi por primera vez "West side story" (1961, Robert Wise & Jerome Robbins), adaptación del musical homónimo que ganó diez Oscar. Y por entonces pensaba que los rascacielos en las ciudades eran cosa muy, muy reciente, de los años ochenta. Por eso me dejó pasmado (y todavía conservo esa sensación dentro de mí) la sucesión de planos aéreos de Nueva York, con sus enormes edificios, que abría una película "vieja". Es una anécdota sin más relevanciasalvo para mí, porque alrededor de este film orbitan unos cuantos recuerdos personales. Mientras la veía, moría mi querido bisabuelo sin yo saberlo. Repito, era un niño.

Vista de nuevo, me sigue apasionando. Tiene todos los ingredientes necesarios para quedar implantada en la memoria. Lo que nos parece ñoño y desfasado ahora ya era ñoño y desfasado en 1961. Lo demás sigue sonriéndonos desde los fotogramas. Dos bandas de jovenzuelos, los Jets y los Sharks, se disputan las calles de NY. Los Jets son blancos y los Sharks son nuyoricans, puertorriqueños de primera o segunda generación que buscan también su lugar en la "tierra de las oportunidades". Nuevamente nos encontramos con Shakespeare, pues se trata de una adaptación de Romeo y Julieta, con un antiguo miembro de los Jets (Tony: Richard Beymer) que comienza una peligrosa relación con la hermana del jefe de los Sharks (María: Natalie Wood), en paralelismo con la pugna entre estos nuevos Montescos y Capuletos (algunos personajes más de la obra shakespeariana también aparecen transfigurados aquí: Mercucio, Teobaldo, Benvolio ....), pugna que acaba como el rosario de la aurora.

El musical tiene guión de Arthur Laurents, coreografía de Jerome Robbins, letras de Stephen Sondheim e inmortal música de Leonard Bernstein. Estos cuatro hebreos se ganaron un trocito de Cielo desde la primera representación en 1957, en Broadway. Desde entonces no ha parado de representarse. Para la adaptación fílmica fue contratado Robert Wise, ese señor con cara de buena persona al que muchos cinéfilos odian por haber "destrozado" la wellesiana "El cuarto mandamiento" (1942) mientras Orson estaba rodando en Brasil (en realidad Wise fue un mandado). Con el tiempo, la dilatada filmografía de Wise ha sido reivindicada pues tiene unos cuantos films más que buenos. En fin, sin enrollarme, el resto es historia: diez premios de la Academia, incluidos los de mejor película y director(es), así como para los actores secundarios George Chakiris (descendiente de griegos y que poca cosa relevante haría después) y una torrencial Rita Moreno para cuyo trabajo en este film se agotan todos los adjetivos.

Igualmente, vista hoy tiene toques moderniquis. Durante los planos aéreos suena el silbido de aviso de los Jets, que recuerda al dichoso silbidito guasapero de los Samsung. Y las primeras andanzas de los Jets, con esas típicas transiciones de los musicales de caminar a bailar así de repente, son como un flash mob. Como musical, es simplemente insuperable. Los temas compuestos por un Bernstein en estado de gracia absorben jazz, mambo, son, chachachá y demás influencias cruzándolas con el estilo broadwayano y ofreciendo algo que no se había escuchado antes, que estaba por ahí flotando en la atmósfera pero sin nadie que lo hubiera ordenado y sistematizado aún. La impresión de juventud y de ímpetu, de ese algo que te nace dentro y que sólo puedes seguir, impregna todo el metraje. Es una explosión de vida, simplemente. Es vida y nada más. Por eso cada vez que la veo me revitalizo.


Un marco urbano pobre y proletario, idealizado por los colores y la música: es como si el alma  de Tony convirtiera lo vulgar en prodigioso porque él lo mira con otros ojos, los de su personalidad esperanzada. La vida es, ante todo, una experiencia mental. Y qué decir de la música, por Dios.


Todo lo que vino después, en musicales, casi diría que sobra. Ahora bien, si nos fijamos en otros temas también importantes veremos que bajo tan divina música y tan gentil juventud late la clásica pugna por el espacio vital. Los Jets son useños de nacimiento y son blancos, pero los Sharks alegan (y tienen su parte de razón) que muchos de los Jets son tan inmigrantes como ellos: el mismo Tony es de padres nacidos en Europa (en realidad se llama Anton). También nos encontramos con la violencia, una violencia anárquica y espontánea que nace tanto de la efervescencia adolescente como de la falta de educación. Algunos de los Jets tienen personalidades consideradas problemáticas (un rubito extremadamente débil de carácter, una chica tomboy rechazada por el grupo) o vienen de familias problemáticas (la madre de uno de ellos se prostituye, algo escamoteado por el doblaje español). La formación de bandas sirve para economizar esa energía agresiva, reduciendo la violencia a combates pactados y rígidamente reglados, y canalizándola hacia un objetivo superior para el grupo: el control de la calle. 

El mundo de los adultos está casi excluido. Se aprecia ya al principio, cuando un joven corretea por las calles del barrio cuyas paredes están cubiertas con cartelones electorales en los que aparece bien grande el rostro del castuzo de turno: es una metáfora. Sale también un marrullero inspector de policía que con su sola presencia hace que no apetezca llegar a la edad adulta. Para convertirse en eso, es mejor seguir siendo joven pero .... no se puede así que tal vez la alternativa sea morir joven. En cierto modo, la pertenencia a las bandas lleva implícita la aceptación de que puede costar la vida, dejando un bonito cadáver sobre el cemento de una pista de baloncesto.

Luego está el tema interracial. Hay que recordar que por entonces todavía regía el Código Hays en la industria, aunque se le iba haciendo progresivamente menos caso hasta que en 1968 fue sustituido por una estratificación del público por edades. Según el código estaba prohibida la miscegenation en pantalla, entendida como relación blanco-negra o blanca-negro (eso sí, el código también prohibía las declaraciones ofensivas a cualquier raza), mientras que otro tipo de relaciones (básicamente la de blanco con asiática o amerindia, o hindú) en principio caían fuera de ese concepto. ¿Cómo interpretarlo en esta película? María y Tony viven un romance interracial en el que ella asume el papel de no-blanca, siendo más bien lo que se viene a entender como Latin ethnicity, cuyos contornos raciales no son rígidos. La actriz Natalie Wood, al igual que la mayoría de nuyoricans del film, aparece artificiosamente "tostada" para dar el pego, algo que se corresponde bien con la artificiosidad propia del género musical pero no si lo que se pretende es una proclama progresista a favor del amor sin barreras (que con ese nombre se estrenó en España). Siendo niño, no sentí en ningún momento que se estuviera vulnerando ningún tabú porque la Wood era tan obviamente europea étnica como su pareja masculina. Sin embargo, en el forzado compromiso que María tiene con un chico de los Sharks por el que no siente interés, Chino, sí existe una diferenciación étnica que el espectador nota, aunque en la ficción se nos presenten como de la misma etnia. Por eso tiendo a pensar que si bien el film puede interpretarse desde una óptima "progresista" también puede hacerse desde una "conservadora".



El mítico tema musical "America" también es ambivalente. Los hombres se sienten desplazados y ninguneados en Usa; sin embargo, para las mujeres el nuevo país es una oportunidad para llevar otra vida, lo que últimamente es conocido como empoderamiento, calco del original inglés empowerment, otro préstamo venido del mundo de la gestión empresarial. Anita se refiere a Puerto Rico como un lugar cada vez más endeudado, de trabajo preindustrial y descontrol demográfico. Mientras, NY ofrece otras cosas. Ofrece una vida menos dura, un cierto acceso al consumismo, libertad para moverse y hacer la propia vida sin encadenarse demasiado joven. 

No se nos dice pero da la sensación de que las mujeres se pueden integrar mejor. No sólo por la mentalidad flexible que muestran sino también porque, tampoco se nos dice pero flota en el aire, las mujeres latinas pueden "triunfar" en el mercado masculino no-nuyorican gracias a su encanto y carácter apasionado. El fondo de la canción es que Bernardo, el jefe de los Sharks y hermano de María, ya puede darse con un canto en los dientes por tener a una mujeraza como Anita. Y uno como espectador se queda bastante intrigado porque no sabe si eso es "progresista" o "conservador".




Mi película favorita de David Lean es "Doctor Zhivago" (1965). No es la única grande que tiene pero le guardo un cariño especial. Como era de esperar, fue mal recibida por buena parte de la crítica dado que la consideraban poco menos que un panfleto reaccionario al exponer las vilezas y necedades del comunismo. La historia nos ha demostrado que los responsables del film se quedaron muy cortos en su exposición. También se le achacó sentimentalismo y sensiblería, que a mi entender están muy controlados. Está llena de anécdotas, fruto varias de ellas de su rodaje en España, un rodaje bastante accidentado porque se realizó durante uno de los inviernos menos nevados que se recuerdan en Iberia, tanto que casi todo el hielo y casi toda la nieve que se ven son básicamente plástico. Por cierto, tan satisfecho terminó Lean con el rodaje que repartió una suma considerable (citando de memoria, creo recordar que un millón de libras de la época) entre el equipo técnico.

Hace pocos días murió Omar Sharif, el entrañable actor egipcio. Su transformación en ruso no acaba de ser totalmente convincente porque el espectador lo que ve más bien es a un árabe blanquecino; ahora bien, su trabajo como Yuri Zhivago resulta excelente. Dos años después subió la apuesta, haciendo de oficial de la Abwehr en "La noche de los generales" (1967, Anatole Litvak), donde volvió a trabajar con Peter O'Toole. El resto del reparto, básicamente inglés, sí cuadra mejor con los rusos típicos. Julie Christie (como Lara) no es una actriz particularmente notable, pero su aire eslavo la ayuda en la configuración del personaje. Una jovencísima y casi debutante Geraldine Chaplin derrocha encanto como Tonia, la esposa de Yuri. La entraña sentimental del film estriba en el dilema de Yuri al amar a dos mujeres, a Tonia de un modo casi fraterno (se conocen desde niños y se criaron casi como hermanos) y a Lara con un tono más apasionado e irracional. En realidad todos los hombres de la película se enamoran de Lara. Conclusión frívola: la rubia se lleva los favores de todos :-P

Que el personaje de Yuri no se haga odioso por ese triángulo sentimental ya es un logro. Pero además el film ofrece el panorama del Moscú a dos pasos de la revolución, la guerra civil rusa, la colectivización y los inmensos espacios esteparios. También muestra el brusco cambio del idealista y casi ascético Pasha (un inolvidable Tom Courtenay), convertido en el genocida general Strelnikov, un tipo de evolución personal que no fue raro en la Rusia de la época.


Rusia recreada en Soria, el Heartland ibero.

El film tiene que verse varias veces para que pueda apreciarse la excepcional sutileza con la que está construido. Los personajes se cruzan y se encuentran, acompañados por detalles visuales y musicales que refuerzan la sensación de que más que una película se trata de una sinfonía. Un cambio de plano, o una panorámica, son suficientes para variar el punto de vista de manera elegante o para añadir matices que pueden pasar desapercibidos. Durante la primera parte del film, antes del estallido revolucionario, todos están de un modo u otro interrelacionados así como también condenados a encontrarse de nuevo. Muy pocos films he visto que estén construidos así, y con tanta magia. 

Asimismo, el empleo del color es muy inteligente. El amarillo une a Yuri con Lara en su amor (un girasol que se marchita cuando Yuri y Lara se despiden, un campo de girasoles que hace recordar a Yuri aquel otro girasol, la luz solar en el rostro de Lara), de igual manera que el rojo les despierta a la realidad más cruel (la sangre de los manifestantes muertos por la caballería zarista, el vestido rojo de Lara que la hace parecer una fulana, los terciopelos rojos casi kubrickianos del restaurante afrancesado donde Lara hará sangrar a Komarovski (Rod Steiger) tras haberla desflorado él antes -otro símbolo de la sangre y la dura realidad-, la herida de Pasha en el rostro ....). Los tonos son más apastelados y suaves en presencia de Tonia, como sugiriendo la agradable convencionalidad de su amor casi de hermana. En otros momentos más tensos los personajes lucen indumentaria rigurosamente oscura, o grisácea-indefinida cuando se trata de agentes del régimen. En general el trabajo de fotografía e iluminación exhibe una personalidad y un buen hacer casi imposibles de encontrar hoy, en que el cine está más despersonalizado, como hecho en una cadena de montaje.




 Peter Jackson es ahora conocido por su aburridísima trilogía sobre el Señor de los Anillos (no he visto entera ninguna de las tres; de la primera sobre el hobbit aguanté media hora), pero a mediados de los noventa prometía ser un cineasta importante, gracias a su mockumentary "Forgotten silver" (1995, codirigido con Costa Boates) y especialmente por una joya llamada "Criaturas celestiales" (1994), basada en un caso real de la crónica de sucesos neozelandesa de los años cincuenta: dos adolescentes unidas por un lazo de amistad con tintes enfermizos mataron a la madre de una de ellas porque la consideraban un freno para sus sueños. El film de Jackson no es tanto una reconstrucción de los hechos como una profunda inmersión en la psique de las muchachas, por lo que su óptima resulta muy subjetiva, apasionada y (necesariamente) distorsionada.

Entre una muchacha feúcha, esquiva y con sobrepeso (Pauline: Melanie Lynskey, nada fea en la actualidad) y otra muy distinta a ella pues es hermosa y desenvuelta (la inglesa Juliet: Kate Winslet) se establece una relación que empieza como amistad y que va desembocando en una especie de simbiosis espiritual, entre la sororidad, la fantasía estereotipada y el amor lésbico. Juntas imaginan un mundo mágico a años luz de la tristona sociedad neozelandesa, un mundo medieval hecho de barro llamado Borovnia. También la agreste naturaleza es transformada, gracias a la mirada de las jóvenes, en un delicioso jardín pompier. Ambas comparten, igualmente, admiración por el hoy olvidado tenor Mario Lanza:


En el cine es fundamental el punto de vista. Sin música y sin el seguimiento frenético de la cámara (que participa y hace participar del entusiasmo de las chicas), serían simplemente dos chifladas haciendo el idiota.

También tienen una pronuncia fobia hacia otro rostro famoso de la época: Orson Welles (¡!), que se les aparece como Harry Lime y también en los rostros de los golems de barro de Borovnia. Como curiosidad, en otro film de 1994 ambientado en los cincuenta -"Ed Wood" (Tim Burton), igualmente memorable- también aparecía Orson Welles como motivo de inspiración del protagonista, positivo en esa ocasión.

En su momento llamó la atención porque Jackson venía de hacer films gore más o menos graciosos, mientras que en "Criaturas celestiales" la monstruosidad es psíquica, se manifiesta de dentro afuera. De ahí que el clímax sea la escena de la muerte de la madre de Pauline, quien se opone a que su hija se vaya con su amiga Juliet a Usa, una escena ambientada en el bosque con música de Puccini y que termina no sólo con la muerte de la señora sino también con el abrupto fin de los sueños de las niñas, que parecen "despertar" a la conciencia de su desvarío demasiado tarde. Jackson no ha vuelto a estar a esa altura. Y ya van más de veinte años.



Como ya he comentado más de una vez, el documental "Koyaanisqatsi" (1982) es uno de mis favoritos. Deliberadamente artístico, con reconocible banda sonora del minimalista Philip Glass y abundante uso tanto de time-lapses como de ralentís, comenzó a gestarse a mediados de los setenta a partir de las inquietudes sociales y espirituales del director, Godfrey Reggio, preocupado por la huella humana en la Naturaleza, la impasibilidad de ésta y las relaciones entre hombre y tecnología. No voy a extenderme mucho porque lo que hay que hacer es simplemente entregarse a su visionado, disfrutarlo con calma y empaparse de su enseñanza.

El místico Reggio comenzó a plantearse el film a partir de la noticia de la demolición de Pruitt-Igoe, una urbanización de Saint Louis, MO pensada para ser habitada por blancos y negros en armonía. El experimento (cuyo arquitecto fue Minoru Yamasaki, el de las Torres Gemelas) no funcionó ni hubo armonía racial, los blancos rehusaron mayoritariamente habitar la urbanización y tampoco se consiguió la esperada afluencia de familias negras de poder adquisitivo medio-alto, de modo que dos décadas después Pruitt-Igoe fue demolida, dejando una escuela y una iglesia católica en pie como únicos recuerdos. La demolición del complejo aparece detalladamente en el film. Después, durante años, Reggio aprovechará material de archivo y lo combinará con tomas nuevas hasta reunir hora y media de puro arte documental.

Toda la obra es una contraposición entre Naturaleza y Urbe o, digámoslo de un modo asimismo místico, entre obra divina y humana. Recuerdo el impacto que me produjo cuando la vi por primera vez, yo tendría no más de 14 años y me atrapó sin remedio. De los fascinantes escenarios naturales a las enloquecidas ciudades se había dado un salto tecnoindustrial tan bestia que me hizo ecologista para siempre. Ecologista no-izquierdista, pero ecologista al fin y al cabo. Todo el film es tremendo, porque tanto los escenarios naturales como los artificiales dan miedo. Oprimen el alma, pero de modo distinto: los primeros por lo formidable, los segundos por lo que tiene de diabólico, de hybris. El final, con un ICBM Atlas reventando en primer plano, es antológico.

Reggio continuaría con la idea en "Powaqqatsi" (1988) y la algo distinta pero igualmente prodigiosa "Naqoyqatsi" (2002), más próxima a cierta idea de cine virtual y de los primeros avisos audiovisuales que se dieron sobre la decadencia de Detroit (impresionante su visita a la Michigan Central Station). Tengo ganas de ver su reciente "Visitors". Reggio es uno de los grandes. Menos mal que no se metió a monje como tenía intención en su juventud.


(continuará)

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