sábado, 25 de abril de 2015

Universo Inflacionario IV: unas reflexiones sobre la moneda




Hay un antes y un después de la aparición del dinero. También lo ha habido respecto de la aparición del dinero impreso en papel y del anotado en cuenta que figura sólo en libros contables. Pero la historia de la economía en Europa es básicamente la historia de la moneda, del dinero físico acuñado en metal. Los chinos ya disponían de billetes, impresos en soporte de papel o de cenefas de seda, pero los europeos llegamos al Renacimiento con el dinero contante y sonante

La palabra "moneda" proviene de una curiosidad histórica: la ceca (casa de acuñado) de Roma era un anexo del templo de Juno Moneta (Juno "la que advierte" o "amonesta"). Por tanto, en el mismo étimo de la palabra moneda hay un aviso de lo importante que es y de las consecuencias que puede llegar a tener olvidarlo. La moneda es un medio de transacción, que reduce enormemente sus costes hasta lo residual, y una forma de acumular no sólo poder de compra sino también trabajo. El dinero simboliza riqueza, lo que es lo mismo que decir: simboliza trabajo, tanto el realizado como el prometido. Y simboliza riqueza por el mero hecho de que el soporte mismo de la moneda, el metal, tenía valor de intercambio. En tiempos la moneda era de metal precioso, como sabemos. Hoy en día se han disociado moneda y metal precioso. Así, en las monedas de euro entra sobre todo el cobre. Éste aparece en las monedas de 1 y 2 euros aleado con níquel (cuproníquel), formando la casi totalidad de las fraccionarias de 10, 20 y 50 céntimos (en la aleación llamada "oro nórdico", que de oro sólo tiene el color amarillo) y bañando las de 1, 2 y 5 céntimos (que son básicamente de acero). Mientras, el oro y la plata son commodities aparte que uno puede comprar con esas monedas sin metal precioso, curiosa ironía que a un europeo medieval le asombraría y lo calificaría de estafa digna de poner en la picota al responsable, pero es que los tiempos han cambiado. 

Cuando hablamos de inflación nos referimos fundamentalmente a la creación más o menos caprichosa, más o menos injustificada, más o menos desregulada, de dinero. Eso es algo que como sabemos se hace con suma facilidad con los préstamos basados en dinero anotado en cuenta, con la aplicación de intereses, con la emisión de nuevo circulante y con la proliferación del uso de tarjetas de crédito. En teoría, la moneda clásica (aquella que es acuñada sobre oro o plata) sería un factor de enfriamiento de la inflación, y eso debido a que uno no puede liberar al mercado el oro que le dé la gana, pues hay un límite físico de extracción (al que llegaremos, en términos planetarios, en quince años como mucho). Es más, la convertibilidad fija de dinero a metal, sobre todo el célebre patrón-oro, ha sido históricamente un freno a los procesos inflacionarios (lo veremos en una futura entrada). Sin embargo, eso no ha sido así siempre. Le dedicaremos esta presente entrada a un pequeño viaje por la moneda europea, en el que procuraré darle mayor importancia a la reflexión que al dato. 

Y para acotar un poco el ámbito del tema, empezaremos por la Europa medieval. Por varias razones: porque en otra entrada del blog ya comentamos algo sobre Roma y los metales preciosos, porque la idea de Europa es cristiana y por tanto desde el Medievo debemos empezar a contar, y porque la historia de las monedas es la historia de las naciones siendo las naciones europeas las germinadas en tiempos medievales. 



La moneda, recurrente en el hipnotismo. En el personal y en el social.

El valor de una moneda de oro o de plata puede ser nominal (por ejemplo, una monedita de oro de X gramos equivale a 1 unidad monetaria) o real, intrínseco (aunque esa moneda sea de 1 unidad monetaria, podría no tener el mismo valor real que otra moneda nominalmente idéntica, es decir, estaría -lo más habitual- devaluada, con lo que sus soportes respectivos fuesen fundidos no tendrían el mismo poder de compra). Eso en sí abre las puertas a una posible inflación, algo que teóricamente no tendría por qué suceder. No sucede con otras medidas. Si uno va a la frutería y pide un kilo de pasas de arándanos, el dependiente no dice "estás de suerte, hoy el kilo se cotiza a 1100 gramos". ¿Por qué eso le puede pasar, y le pasó, a las monedas? Pues porque hay que tener en cuenta dos parámetros:

-El peso. Una moneda tiene un peso determinado que es ni más ni menos el peso del soporte metálico que se ha acuñado. Es por ello que las palabras relativas al peso han bautizado a muchas monedas. El mismo "peso" y la "peseta", o la "libra" o "lira", e incluso el nuevo siclo o shékel (sustantivado de una raíz que significa "pesar") israelí atestiguan la importancia del pesaje de la moneda.

-La ley, expresada en quilates. Una moneda puede ser de oro, sí, pero ¿cuánto oro hay en ella? Ahí nos encontraremos con la tentación más recurrente para abrir la puerta de la inflación, alterando la ley de los metales para así disponer de más circulante (más monedas: bastardeando la ley se podrían obtener más de la misma cantidad de metal, con lo que el valor nominal se distanciaría del real y se alteraría el poder de compra que representa la moneda, alterando igualmente la economía y detrayendo riqueza de los productores), algo así como aguar la limonada o garrafonear el whisky. De ahí la expresión "vil metal" cuando la moneda está exageradamente devaluada: esa expresión no significaba que el dinero fuese malo por naturaleza (al contrario, el dinero ayudó a construir Europa), sino que circulaba determinado "dinero malo" que era casi todo cobre por lo general.

El proceso de acuñado de moneda es relativamente sencillo. Alguien,  por ejemplo un particular con posibles que explotase una mina, llevaba una determinada cantidad de oro a una ceca. En ella un operario batía a conciencia con un mazo el metal hasta dejarlo con el grosor adecuado, otro recortaba las monedas con unas tijeras y un tercero imponía un sello en cada cara de la galleta de metal, el anverso y el reverso. Ese sello equivalía a la garantía que la autoridad (el rey, el señor feudal o el municipio) otorgaba a la moneda, otorgándole un valor nominal y avalando que su peso y su ley estaban en consonancia con los legalmente dispuestos. Es importante entender bien ese concepto. El acuñado no significa que la autoridad pública fuese dueña del dinero acuñado, sino la garante de que los dos valores, el nominal y el real, se correspondiesen de manera impecable. 

Ahora bien, al final del proceso, cuando la ceca entrega al particular su metal acuñado, se ha producido una merma por el camino. Es decir, por decirlo en términos modernos, si entregas un kilo de oro a la ceca para que lo acuñe ésta no te devolverá monedas de oro que pesen en total un kilo, sino bastante menos. Pero eso era algo con lo que ya contaban los dueños del metal. Por una parte, el proceso de acuñado suponía un gasto en logística, mano de obra y tiempo que obviamente debía ser recompensado, por lo que una pequeña fracción del metal se lo quedaría la casa. Por otra parte, cada vez que se acuñaba moneda había que pagarle una regalía a la autoridad real, nobiliaria o municipal que hacía imprimir su sello. Es interesante retener también esto, a efectos de lo que veremos después.

Aunque el control de la moneda parece muy sencillo visto de lejos, en realidad fue un quebradero de cabeza para los reyes preocupados por ser buenos gobernantes. El primero que encabezó una racionalización monetaria en Europa fue a buen seguro Carlomagno.


León III corona emperador al franco Karl, conocido para la posteridad como Carlomagno. Imagen: Hulton Archive / Getty.

La historia monetaria de la Alta Edad Media es básicamente la historia de la plata, más que del oro. Era más abundante y había más minas en el continente. Se dieron algunas excepciones, como en la Iberia musulmana, en la que se emplearon desde un principio los dinares abasíes y omeyas. Con Abderramán II se adoptó el monometalismo de la plata, dada la escasez de oro, pero en varias ocasiones el patrón áureo se impuso (en cuanto hubo afluencia suficiente del metal amarillo: minas, razzias, comercio ....), primero con Abderramán III, que implantó el dinar de oro (los cristianos se basaron en él para acuñar el mancuso, básicamente en Aragón), y después con los fanáticos almorávides que también implantaron su moneda de oro (que los cristianos adoptarían como maravedí). Pero en general lo que había era mucha más plata que oro.

Carlomagno decidió prescindir del oro, que corría por el Mediterráneo pero no penetraba en Europa, y optar por un riguroso monometalismo argénteo. Así, a partir del año 781 introdujo la libra de plata (cuya ley era de un 95% de pureza) como unidad monetaria de referencia, de la que se podían acuñar 240 monedas o denarios. También permitió para las transacciones comerciales y para los créditos (por ejemplo, simbolizando cereal en la economía rural) una moneda ficticia llamada sou que equivalía a doce denarios. La libra era la referencia monetaria oficial y el denario era el circulante. No había más fracciones, ni céntimos ni múltiplos. La idea carolingia se trasladó con notable prontitud a Inglaterra, adoptada por el rey Offa de Mercia, coetáneo del monarca franco. La importancia de Offa es notable, pues sería para los suyos el primero que mereció el nombre de Rex Anglorum e inauguró una tendencia muy inglesa de prudencia monetaria. Por iniciativa suya comenzaron a acuñarse los peniques.

La medida carolingia tenía sus puntos a favor y en contra. Y, aunque con la perspectiva temporal se aprecia el acierto de su medida (en el siglo X comienzan a proliferar ya las cecas en Europa, señal a priori de activación de la economía), lo cierto es que estaba pensada para una sociedad con pocas transacciones económicas. Una economía flexible demanda moneda flexible, es decir, fraccionada. De ahí que poco a poco y según los países europeos comenzaban a desarrollar riqueza el patrón argénteo único comenzase a quedar obsoleto.

En Francia tenían moneda real (que duró mil años, hasta la Revolución) que circulaba por todo el país aunque dependiendo de la región era libra tornesa -de acuñado eclesiástico- o libra parisi -de acuñado real en París-, más la moneda que se permitía emitir a la nobleza local si bien ésta sólo circulaba por la jurisdicción a la que correspondía la ceca. Así funcionó Francia en un equilibrio razonable hasta la implantación de monedas de oro, en el siglo XIII (el escudo de oro por Luis IX el Santo; también había ya escudo de plata) y XIV (el franco, acuñado tras la derrota francesa en Poitiers (1356) con el propósito de intentar pagar las astronómicas reparaciones de guerra exigidas por los ingleses, que retenían al monarca Juan II el Bueno, y que murió en cautiverio sin conseguir que se reuniera el montante exigido).

Los casos de Italia y Alemania fueron bastante distintos, porque mientras en Francia existía ya una notable centralización ésta brillaba por su ausencia en aquellos países, en los que un poder central débil o simplemente inexistente no podía impedir que cada príncipe y cada municipio acuñase moneda a su aire. En cuanto a Inglaterra, fue el caso opuesto. La sociedad inglesa tendió a respetar de un modo admirable el peso y la ley que la realeza había decretado, y que los funcionarios reales hacían cumplir escrupulosamente. La filosofía vital de la seguridad jurídica, los pacta sunt servanda (al menos de puertas adentro; cosa distinta es la política exterior) y la confianza social sin duda ayudaron poderosamente a que las semillas del liberalismo y del capitalismo floreciesen allí. En eso los ingleses dieron ejemplo de mentalidad correcta. Es más, el Reino Unido no tiene una constitución escrita, lo que no le impide ser extraordinariamente estable en lo político, mientras que países que alumbraban flamantes constituciones a bombo y platillo pensando que durarían siglos las tumbaban muy pocos años después (eso pasó con unas cuantas constituciones españolas; curiosamente, la vigente constitución de 1978 -improvisada, coyuntural y mala a rabiar- ha durado mucho más de lo esperado quizá por su falta de grandilocuencia).


El escocés Adam Smith. Que el teórico por excelencia del liberalismo fuese oriundo de Gran Bretaña no tiene nada de raro, visto lo visto.

Así, la libra inglesa tenida como referencia hacia el año 800, que consistía en 330 gramos de plata, se había envilecido a mediados del siglo XIII en menos de un 2%. Durante cuatro siglos y medio la referencia inglesa apenas se inflacionó, en uno de los más notables ejemplos de estabilidad de la historia económica. Incluso a comienzos del siglo XVI, ya con América descubierta, aún conservaba 170 gramos de plata, logro muy notable.

Los franceses se beneficiaron de la apertura al oro para conseguir igualmente ahuyentar la inflación, gracias sobre todo al escudo de oro de San Luis, que pasó a formar parte del imaginario colectivo de nuestros vecinos como metáfora de la estabilidad. Sin embargo, la situación no duró mucho. La ambición del nieto de San Luis, ese monarca absolutista a su modo adelantado a su tiempo que fue Felipe el Hermoso (por favor, no confundir con el yerno de Rodolfo Sancho), convirtió a la corona en un depredador económico. La expulsión de los judíos y la aniquilación de los templarios como institución tuvieron motivos económicos de fondo, aunque también el propósito de remarcar la autoridad real respecto de sectores de carácter supranacional (lo que le llevó también al enfrentamiento con Roma, cuyos clérigos estaban sometidos a draconianas exacciones por parte de la Hacienda real). Los conflictos sociales y dinásticos, más las guerras, ayudaron a la decadencia de la libra francesa. La libra tornesa estuvo un siglo seguido devaluándose al menos una vez cada año.

Tanto fue así que, por primera vez, alguien puso por escrito la necesidad de que la moneda no se podía inflacionar ni debía pertenecer en la práctica al Estado. En su Tratado sobre la moneda el sabio Nicolás de Oresme (1323-1382), vikingo étnico y tal vez uno de los mayores genios del Medievo, sobresaliente en todos los temas que tocó, expuso con una nitidez maravillosa los errores del intervencionismo estatal, que creaba inflación y destruía riqueza, consiguiendo asimismo financiarse mediante esa inflación para llevar a cabo políticas de muy dudoso beneficio para la población. Oresme expresó claramente que el rey no es propietario de la moneda, sino únicamente su garante.

¿Cómo funcionan los mecanismos inflacionarios con la moneda? Teóricamente el mero hecho de ser un soporte físico debería bastar para evitarlo, pero las cosas no son tan fáciles. Un primero problema, en principio menos importante pero que tiene su miga, es que las monedas se van desgastando por el uso. De tanto circular, van perdiendo poco a poco su peso, con lo que su valor real desciende respecto del nominal (que no ha variado). El efecto que eso produce es bastante curioso, pues esa moneda empequeñecida tiende a expulsar del comercio a las monedas recién acuñadas. La mala desplaza a la buena. Es lógico, si el valor nominal es el mismo, uno tiende a atesorar la moneda que pesa más (es decir, la que contiene más oro o más plata) y a usar como pago la que pesa menos. Con el tiempo, las monedas más pesadas quedaron inmovilizadas o se usaban sólo para pagos internacionales, en los que primaba el oro (desde mediados del siglo XIII las monedas de Génova, Florencia y Venecia fueron las más indicadas para esas grandes transacciones). Por un lado eso no era buena noticia para los mercados de la Europa del norte. Por el otro, dejaba abierta la puerta a un envilecimiento de la moneda en las cecas. Si circulaban monedas que pesaban un 40% menos que hace doscientos años y que incluso flotaban en el agua de finas y desgastadas que se habían quedado, ¿por qué no acuñar moneda con el peso correcto pero con un 40% de vil metal?

Para pagarse las guerras, las estrategias dinásticas, las reformas, etc, los reyes tenían formas de devaluación:

-La regalía facturada por la ceca con cada acuñado. Esa regalía podía ser aumentada "por razón de Estado".

-La competencia existente entre cecas para ver quién daba más monedas al impositor del metal era campo abonado para el fraude. Dado que los gastos de acuñado eran prácticamente estables en el tiempo, la diferencia estribaría en "trampear" añadiendo cobre a la pieza.

-Multiplicar las cecas. Como cada ceca tenía que pagar por el privilegio, eso aumentaba el ingreso real y enardecía la citada competencia entre cecas.

-El privilegio real de una emisión masiva de moneda para atender gastos. En esas emisiones cada vez había menos metal precioso.

-El cambio de valor nominal mediante el resello. Supongamos que uno tiene cien piezas de una unidad monetaria. El rey obliga a un resello, con lo que el súbdito acude con sus cien piezas a la ceca, le resellan una de ellas por valor de cien piezas y le devuelven sólo ésa. Téoricamente el súbdito se queda como estaba, con cien unidades monetarias en una pieza, pero la Corona recauda las otras 99. A efectos de valor nominal sigue igual; a efectos de valor real le han robado .... muy legalmente, eso sí.

Con esa devaluación, el pueblo se empobrece sobremanera, las ferias y los comercios decaen o regresan al trueque, el ahorro se desincentiva; pero a cambio la Corona tiene liquidez para meterse en guerras y fregados absurdos (en los que la gente del pueblo pierde su vida, tras haberse malbaratado su hacienda) que mediante un estricto control de la inflación no se habría podido permitir. Contra la capacidad pública de envilecer la moneda se alzó el pensamiento liberal. Veamos ahora puntualmente el caso de España.


Enrique IV de Castilla en una miniatura contemporánea. Desde Wikimedia Commons.

Es imposible hablar de la economía española del segundo milenio d.C. sin referirse al maravedí. Fue acuñado por primera vez a iniciativa de Alfonso VI en la recién reconquistada Toledo (tomada en 1085). Alfonso, al que los musulmanes comenzaron desde entonces a llamar "Emperador de España" (ese país que según algunos no existe) y "Emperador de las dos religiones", se encontró con poco que cristianizar en la hermosa ciudad del Tajo pues apenas había una pequeña élite de origen árabe o bereber, siendo la casi totalidad de la población de condición mozárabe y una nutrida minoría judía (todavía hoy los sefardíes insisten en el parecido geológico entre Toledo y Jerusalén), pero tuvo la idea de cristianizar la moneda áurea almorávide, creando así el maravedí de oro. Como unidades fraccionarias del maravedí se usaron óbolos de vellón, una aleación de plata y cobre (se hablaba de "vellón rico" o "pobre" en función de que tuviera más o menos plata en la liga). Fue Alfonso X el Sabio, en pleno siglo XIII, quien decidió cambiar el metal del maravedí, sustituyéndolo por la dobla de oro y acuñando maravedíes de plata a modo y manera del marco de la ciudad de Colonia (Alfonso, aspirante al rango de Emperador del Reich Antiguo, tenía una excelente información de lo que se cocía en Europa y fuera de ella). Eso abrió el camino para que poco a poco el maravedí se fuese envileciendo con cobre. Antes del descubrimiento de América y la llegada de ingentes cantidades de plata de Potosí y Zacatecas, el maravedí castellano estuvo a punto de sucumbir por la inflación, y con él todo el reino.

Fue a lo largo del reinado de Enrique IV de Castilla cuando el maravedí sufrió una devaluación brutal. Una de las medidas que el desdichado rey llevó a cabo para financiarse fue la multiplicación de las cecas, haciendo que surgieran como setas tras la lluvia. Un cronicón anónimo de principios del siglo XVI (recogido en su momento -1805- por un monje benedictino llamado Liciniano Sáez en una Relación verdadera sobre las monedas del reinado de Enrique IV) refleja lo ocurrido casi como si fuera una fotografía. Cito modernizando la expresión y condensando:

"Llegaron a fundarse hasta 150  casas de moneda, que fabricaban con mengua del peso y alterando la ley de los metales"

Para seguir así:

 "Vino el reino por esta causa en gran confusión y el marco de plata que valía mil quinientos maravedíes llegó a valer doce mil, tanto que Flandes ni otros reinos no podieron bastar a traer tanto cobre, y no quedó en el reino caldera ni cántaro que quisieran vender, que seis veces más de lo que valía lo comprasen. Fue la confusión tan grande que la moneda de vellón, que era un cuarto de real, que valía cinco maravedís hecho en casa real con licencia del rey, no valía una blanca ni la tenía de ley. Y los "enriques" -nota mía: son las doblas de oro, que con Fernando el Católico se llamarían "excelentes"- que entonces se labraron, que fueron los primeros de veintitrés quilates y medio, oro de dorar, llegaron a hacerse en las casas reales de siete quilates y en las falsas de cuán baja ley querían. Llegaron los ganados y todas las cosas del reino a venderse por precios tan subidos que los hidalgos pobres que en ello negociaban se perdieron. Y ya viniendo las cosas en tan gran extremo desordenadas, se dio baja de moneda que el cuarto que valía diez blancas que valiese tres, todos los mercaderes que en ello se habían enriquecido vinieron pobres perdidos. Y como vino la baja, unos depositaron dinero a las deudas que debían y otros, antes de plazo, pagaban a los precios altos, y los que lo habían de recibir no lo querían, se hacían muchos pleitos y debates y muertes de hombres y confusión tan grande que las gentes no sabían qué hacer ni cómo vivir, que todo el reino vino como en tiempo de perderse, y por los caminos no hallaban qué comer los caminantes por la moneda, que ni buena ni mala ni por ningún precio la tomaban los labradores. De manera que en Castilla vivían las gentes como entre guineos, sin ley ni moneda, dando pan por vino y así trocando unas cosas por otras".

Su lectura todavía hoy es estremecedora, y demuestra hasta qué punto es importante el control sobre la emisión de dinero.

Después de 1492, las cosas cambian. Como ya he comentado en otro artículo, el flujo de plata americana cambió el panorama mundial, así que no voy a insistir más en ello. Pero sí es interesante ver que la abundancia de metales preciosos llevó a otro tipo de inflación, distinta de la presentada hasta ahora, pero en el fondo muy similar porque ambas se basan en la circulación de más metal (puro o envilecido) del que correspondería a un aumento equivalente de la productividad. En un caso o en el otro, ambos llevan a la inflación y con ella también al aumento de precios. Así, desde el año 1500 se ha calculado una alza de precios hasta el año 2000 que supondría que se habrían multiplicado ¡por cinco mil! Los precios siempre suben, es ley de vida, y tras cinco siglos nos encontraríamos con unas alzas aterradoras.

Pero hay que matizar. Hay que diferenciar entre "Antes de 1913" y "A partir de 1913". Es decir, antes y después de la fundación de la Reserva Federal en Usa. Antes, los precios exhibieron tasas de crecimiento bastante moderadas, acompañadas de oscilaciones y turbulencias, subidas y bajadas puntuales; después, el alza ha sido continuada y drástica, especialmente desde la segunda postguerra mundial.

No es discusión de esta entrada, pero se podría argumentar que los precios han subido mucho porque también ha subido mucho la productividad de Europa y del mundo. Ése es un fascinante error que pone el carro antes de los bueyes. En realidad primero fue la inflación y después vino la productividad. Sólo en el siglo XX la productividad ha podido devolver una parte sustancial de la inflación gracias al petróleo. Es decir, se creó el dinero, ergo se crearon las expectativas de dividendos, y sólo con los esclavos energéticos que aporta el petróleo esas expectativas se pueden cumplir, manteniendo así la escalada inflacionaria. Antes esa escalada moría en una crisis, unas quiebras, un par de ahorcamientos y vuelta a empezar. Pero no nos vayamos del hilo.

Desde el arranque del XVI hasta 1913 la inflación media interanual fue entre siete y ocho veces menor que desde 1913. En una visión panorámica la racha de inflación más contenida fue tras el establecimiento del patrón-oro en la segunda mitad del siglo XIX, sin que ello supusiera ni mucho menos un parón económico ni científico ni artístico (fue llamada la Belle Époque). En España fue también más o menos así, con picos puntuales de alzas en determinados años (como por ejemplo 1808, 1914, 1936 y 1977, por motivos que considero evidentes).

Aunque tras los viajes de Colón la inflación era en general bastante moderada, de poca intensidad, su cronificación y los picos antes comentados llevaron de cabeza a los hacendistas europeos y españoles. En el caso español influyó directísimamente la plata americana, eso está claro. Pero no basta para explicarlo. España era un país con un hándicap muy severo: una gran cantidad de tierras sujetas a las llamadas manos muertas, que permanecían improductivas, y una gran cantidad de mano de obra mal aprovechada, pues los españoles con más iniciativa estaban haciendo las Américas o se desangraban en guerras, o palidecían en monasterios, o se dedicaban a la picaresca. Pero tampoco basta para explicarlo. La voracidad recaudatoria de los Austrias era muy intensa. Si bien los llamados Austrias Mayores lo compensaban con un gobierno más o menos razonable y con momentos de cierta genialidad, los Austrias Menores no daban gran cosa de sí, hasta llegar al extremo ejemplo de Carlos II, cuya creencia en hechicerías y arbitrismos marcó la tónica del reinado. Para más abundamiento, la base fiscal era muy reducida. La mitad de la población que pagaba impuestos eran los moriscos, así que uno puede figurarse el impacto que supuso su expulsión (no total) en 1609. En tiempos de los Austrias no sólo se produjo inflación por la plata, sino además por las políticas públicas, que llevaron a la llamada inflación del vellón, que fue como ya habíamos adelantado más arriba. Así:

-Los monarcas empleaban el privilegio de emitir masivamente moneda, una moneda con cada vez menos plata. A principios del siglo XVII, el vellón del maravedí ya no lleva plata: es puro cobre. Durante la primera mitad de ese siglo, el número de maravedíes circulando se multiplicó por cinco.

-Se recurrió al resello, procedimiento antes explicado. Toda la moneda excedentaria afluía a la Hacienda real.

-Se decretaron bajas muy drásticas para contrarrestar las alzas que distorsionaban el mercado. Fue algo similar a lo ocurrido con Enrique IV. La inseguridad jurídica y financiera se volvieron insoportables. Y como la plata americana apenas llegaba ya se iba al extranjero (o iba directamente) la población sólo disponía de moneda de cobre, mientras que la poca plata que había era atesorada por las manos muertas, quedando sin circular y con ello incumpliendo su función de facilitar intercambios.

-Se creó una curiosa burbuja, poco conocida en general, la burbuja de los cargos públicos. Al menos desde mediados del XVI en Castilla, el desempeño de determinados cargos públicos se compraba. Eso pasaba con los regidores, los concejales, tesoreros, contables y escribanos. Con posterioridad su desempeño se hizo hereditario, e incluso enajenable. Eso llevó a un considerable encarecimiento del precio del acceso a cada cargo. La Corona vio que ahí tenía posibilidades de aumentar sus ingresos y comenzó a crear cargos públicos exageradamente, hasta que su precio desorbitado hizo que muchos quedaran desiertos, con la administración corriendo el riesgo de quedar paralizada. Una política más sensata rebajó los precios a lo largo de los años treinta del XVII, pero aun así volvieron a subir a lo largo de lo que quedaba de siglo.

-El sistema bancario estaba sin racionalizar, con unos bancos muy apalancados (depósitos a corto plazo y créditos a largo: mala combinación) y que habían encontrado subterfugios para sortear la prohibición de la usura (que estaba en un 10% anual, por sugerencia del estamento eclesiástico; no es asunto de este hilo, pero el cobro de intereses tuvo su larga discusión en el seno de la catolicidad: por ejemplo, el mismo san Agustín en una de sus homilías llegó a afirmar que el dinero conseguido por el cobro de intereses era tan infame que no debía ser siquiera usado para dar limosna). Eso suele generar inflación y, ante la ausencia de un banco central como tabla de salvación, un rosario de bancos quebrados y deudas impagadas. Así fue.


Calderilla: se le llama así porque contiene cobre como los calderos.


Llegados a este punto del hilo, se pueden enunciar algunas conclusiones. La primera es que casi todo parece estar inventado ya, y que nuestras zozobras y nuestras meteduras de pata son poco más que reediciones de las de quienes nos precedieron. También se puede concluir que la visión beatífica del pasado como algo sencillo con instituciones sencillas no se corresponde con las cosas como fueron. En el Medievo y el Renacimiento la vida económica y financiera, sus tipos de cambio, sus contratos, etc eran igual de endiabladamente enrevesados y artificiosos como hoy mismo, y quién sabe si todavía más. La Europa cristiana no se reducía a la gente de William Wallace desplazándose por la bruma y el barro: había mucho más. La vida era refinada y complicada. Los conceptos que la gente empleaba nos sorprenderían, a nosotros que buscamos la simplicidad y la frase única a toda costa. Se amaba, se maldecía, se vestía con brillantes colores y se comerciaba, vaya si se comerciaba. La sociedad europea estaba viva.

Pero la conclusión principal que me interesa exponer es lógica en un liberal: vigilad al Estado. Ahora que se habla y no se para de derechos (sin decir nada de los deberes, que hasta se quieren quitar de la escolarización), el liberalismo sigue defendiendo el concepto crucial de las libertades, que tienen como contrapartida las limitaciones, y el primero que debe ser limitado es el Estado. El dinero no debería pertenecer a la esfera pública. Como mucho, ésta debe velar por él. Pero nunca detentar el privilegio de crearlo, porque el dinero pertenece a la comunidad, pertenece al trabajador, el dinero es trabajo simbolizado, el dinero refleja trabajo realizado o la promesa de realizarlo, refleja por tanto lo más elevado y noble del hombre y de la mujer, por lo cual el dinero es sagrado. El inflacionismo injustificado es un pecado de lesa humanidad.

La estatolatría promovida en el invertebrado magma ideológico de hoy no te dirá eso. Te dirá que el Estado vela por ti, que vela por el pueblo. Pero eso no es cierto. ¿Quieres una prueba? Rebusca en tus bolsillos y saca una moneda. Puede brillar como el oro, pero no es oro ni contiene oro. Una entidad supranacional pública y burocrática la emite, y le confiere un valor nominal determinado como si fuese palabra de Dios, como las monarquías manirrotas de siglos atrás que creíamos lejos de nosotros ya, un valor nominal que carece de relación alguna con el valor real de nada. "Vale" algo por una mera ficción, de manera que tú no eres dueño de tu riqueza (¡pero de tus deudas sí, y de las del Estado!) pues se trata de una concesión graciosa del sector público. En nuestro caso aún tenemos suerte porque el euro es una divisa fuerte, pero quien tiene rublos es casi como si no tuviera nada. Pero si en vez de tener rublos tuviera oro con el sello del rublo, cambiaría el cuento por completo, porque el ciudadano sí sería dueño de su riqueza.

No nos fiemos de los Estados. Por ejemplo, son responsables de las mayores catástrofes ecológicas. Chernóbil es Estado. Es más, si existiera un mercado energético verdaderamente liberal, sin subvenciones ni distorsiones, jamás se habría inaugurado ni la primera central nuclear. Los Estados declaran guerras. Los Estados no sólo devalúan tu dinero sino que además te mandan a la guerra así sin comerlo ni beberlo, siendo las guerras los eventos más disgenésicos y destructivos, allí donde el valiente cae muerto y el desertor escapa y tiene descendencia. Sin inflación, o con ella bien controlada, no habría guerras porque no se podrían financiar. O bien las guerras se decidirían en justas entre reyes, en vez de enviar a los campesinos a morir en las campiñas porque tal monarca A casó a su hijo con la hija de B en vez de con la hija de C.

Ésa es una de las tragedias cotidianas de nuestra sociedad, que a fin de cuentas el fruto de nuestro trabajo depende de A, de B y de C.



Anteriores entregas de la saga Universo Inflacionario:

-La desaparición de las Cajas de Ahorro.

-Destilerías en Usa, cárteles en México.

-Un año en el mercado del oro.


10 comentarios:

  1. Que tal hombre lupa, quería preguntarte por la emisión descontrolada de dólares de los ee.uu. Será que ellos predican la austeridad monetaria para otros, pero a ellos les va el financiamiento inflacionario?

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  2. Hola, es verdad que Usa se ha aficionado a esos chutes de inflación, hace ya nueve años que han dejado de llevar una contabilidad clara de cuánto dólar hay circulando. Cuando en 1970 vieron que llegaba su peak-oil y que sus reservas de oro de Fort Knox se habían reducido a la mitad, optaron por dejar "flotar" la divisa, lo que hizo que en la práctica se diese una equivalencia dólar = petróleo. El circuito no se ha desmandado porque los países que venden materia prima en dólares tienden a estar desestabilizados por misteriosas guerrillas y otras facciones, o a tener enemigos serios en la región, o a ser fácilmente engatusables de manera que devuelven el favor comprando armamento, tecnología y determinados lujos en dólares: se ajustan por anotaciones en cuenta y se mantiene el statu quo, siempre hay más dólar anotado que dólar impreso en papel así que la dependencia tecnológica a cambio de materia prima ayuda a que no haya excesiva divergencia entre uno y otro tipo de dólar. Por decirlo así, el exceso de inflación se purga con guerras. En una economía de paz se purgaría con algunas quiebras pero ahora se hacen las cosas más a lo grande, buena parte de lo que está pasando en el mundo islámico es no sólo la volatilización de sociedades sino también la de dólares-fantasma. Aunque emitir un dólar-fantasma parece algo muy aséptico, eliminarlo del sistema tiene consecuencias físicas.

    Es una ley de la que comenté algo en el artículo: la moneda mala expulsa a la buena. Cuando un mercado admite dólares, expulsa oro, expulsa litio, expulsa petróleo. Es una ley que enunció sir Thomas Gresham en el siglo XVI pero que en el XXI sigue olvidada. Ese sistema, el de la dolarización, sólo podrá seguir funcionando más tiempo siempre y cuando la "moneda mala" de la Fed (hoy controlada por una señora asquenací de currículo tan notable como sus conexiones con la élite universitaria californiana) sea aceptada más allá de las fronteras de Usa. Si un país extractor de crudo avisa que va a exigir-aceptar otra divisa, como euros o dinares respaldados en oro, comienza el nerviosismo. Los últimos en decirlo en voz alta fueron Saddam y Gadafi, el resto de la historia se conoce.

    Si la moneda mala, el dólar nixoniano, tuviera que quedarse en casita, la economía useña correría riesgo de colapso inflacionario. Caso distinto habría sido el dólar kennedyano, pero .... el resto de la historia también se conoce.

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    1. Esa teoría (que yo no puedo discutir dada mi relativa ignorancia en materia económica) explicaría, el menos en parte, la hostilidad de la élite gobernante de EE.UU. hacia Putin.

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    2. Si eso te anima, te diré que soy obrero manual sin título universitario y me considero bastante obtuso. Ahora bien, la economía se nos ha querido presentar como una especie de idioma sagrado indescifrable por el vulgo, cuando en realidad es un humanismo con números ;-) Pienso que si uno observa la realidad con la debida concentración, llegará a razonar como un buen economista.

      ¿Por qué crees que les cae mal Putin? ¿Por el exquisito criterio que tienen a la hora de discernir entre líderes virtuosos y tiranos? Entonces los saudíes serían unos apestados desde hace medio siglo por lo menos. Saddam fue bien visto y mal visto según soplaba el aire. Gadafi también. Y sin dejar de ser unos monstruos (según Annick Cojean, Gadafi violó a centenares de adolescentes y empleó la violación como arma de represión; según Pepe Rodríguez, empleaba a adeptas de una secta californista -Children of God- para extorsionar sexualmente a los diplomáticos y empresarios con cuyos favores les agasajaba) en ningún momento.

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    3. Eso significa que (hipotéticamente hablando) si países como Arabia Saudi, Venezuela o Nigeria empiezan a ocupar otras monedas (euros, rublos, yuanes, oro, etc), entonces serian destruidos?
      Que pasaría con Argentina o Brasil si lo hicieran? solo se aplica a grandes productores de petroleo esta destrucción selectiva? o también, emm no se, productores de tierras raras por ejemplo?

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    4. Lo que preguntas tiene mucha miga. Si un país petrolero comienza a exigir pagos en una moneda débil, no tendría por qué haber problema de inicio. Por las particularidades de esas economías, tienden siempre a inflacionar su moneda, es una tentación a la que nadie se resiste. Entonces:

      -El cambio al dólar sería obviamente muy favorable al sistema dolarista. Con un dólar comprarías más moneda local.

      -Esas economías muy a menudo se dolarizan, de manera legal o convencional. Pasan a tener a efectos prácticos el dólar como divisa. Sigue siendo beneficioso para el sistema dolarista que eso sea así, pues le basta con imprimir papel (o ni eso, pulsar cuatro teclas en un ordenador) para adquirir petróleo.

      -La moneda propia débil, por ley de Gresham, expulsa moneda buena del país. ¿Qué haría las veces de moneda buena en esos casos? Pues el crudo, el oro, la bauxita, el uranio, la mano de obra muy abaratada. Interpretando bien a Gresham, si un país petrolero se dedica a darle a la impresora inmediatamente expulsará la "moneda buena crudo" de su economía.

      Ahora, si la moneda es más potente que el dólar, aaaaaaaamigo, ahí ya te la estás jugando. Si una economía petroproductiva pide oro a cambio del crudo, sería poco práctico, pero si en vez de vender crudo-oro vende crudo por moneda respaldada en oro, es posible que "le ocurriese algo" a ese país, quizá no muy grave pero lo suficiente para que no se llegase a implantar ese patrón-oro. Y saldría algún elemento de algún think-tank diciendo que cómo van a reimplantar el patrón-oro, hombre, con lo poco moderno que es eso :-P

      Si por una discusión sobre Casillas sí Casillas no hay gente capaz de llegar a las manos, imagínate cuando se dirime en qué divisa circula un recurso esencial.

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  3. Sería el caso de Grecia, por ejemplo. Si Grecia se asoma al default, al no tener euros para afrontar pagos inmediatos muy probablemente emitiría bonos con paridad al euro, avalados por Atenas y obligando a todo el mundo en el país a aceptarlos como si fuesen euros. Algo así como un neodracma antes del neodracma.

    Claro, a Grecia no le pasa como a Usa, nadie fuera del país tomaría un bono de ésos, con lo cual pasaríamos nuevamente a Gresham, la moneda mala desplaza a la buena, la gente que tenga euros y bonos sólo gastaría éstos, se atesorarían euros e incluso se evadirían, o se usarían para pagos internacionales. El país se vaciaría de euros y se emitirían más bonos, porque lo segundo que se hace siempre es sobreemitir para pagarlo todo.

    Y siempre el pueblo paga el pato. Alemania en los años 30 introdujo una "moneda mala", los bonos Mefo y como era de esperar esa moneda mala desplazó a la buena: el Reichsbank perdió cerca del 25% de sus reservas de oro solamente en 1936, y de ahí se pasó a la sed de oro. Un país al que le pase eso y es lo bastante fuerte empieza a tragarse a sus vecinos y acto seguido confisca sus reservas de oro (austríacas, checoslovacas, polacas, luego de más países, etc). Hans-Ulrich Jost ha demostrado que Alemania hacía circular en el mercado internacional, vía Suiza, lingotes de oro provenientes de las muelas de cadáveres, con acuñado previo a septiembre de 1939 para que no hubiera pegas. Incluso el Banco de Inglaterra quedó salpicado por eso. Además como nadie fuera quiere esos bonos el país acaba recurriendo al trueque, como hicieron (con notable eficacia, por cierto, tanta que alarmaron a los británicos) en cuanto sus reservas de oro quedaron en mínimos.

    Y todo eso ya lo dijo un señor inglés del año la polca. Tropezando nuevamente en la misma piedra de papel. ¡Salud!

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  4. Y de todo esto ¿Cuál es la moraleja?
    Diego

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  5. Entonces el fenómeno de que España se vació de buenos hombres por diferentes circunstancias, se desparramo la sangre alrededor del globo y desangrándose en guerras alrededor de Europa(ni tanto porque por cada mercenario español lo mas seguro es que dejara por ahí descendientes en la Germania, violando y saqueando); ¿es real y no ficticio?; ¿es la respuesta oficial que se dan en España?... es una duda sincera.
    Diego

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  6. Yo no diría moraleja sino posibles conclusiones. La riqueza nace de fuentes locales, nace del trabajo, por lo cual el dinero debe brotar igualmente de fuentes locales, de abajo arriba, nunca de arriba abajo.

    Incluso el dinero en metálico simboliza trabajo en sí: es extraído mediante trabajo, y mediante trabajo es trasladado y acuñado. Los patrones metálicos áureos funcionan bien porque aunque uno descubra mucho oro al ser éste dividido per cápita mundialmente equivale a cero inflación en términos prácticos. Ahora, crear dinero mediante una firma, una cédula o cualquier otra ficción estatista lleva a la ruina.

    Carlos V decía que Chile le costaba "la flor de mis guzmanes" (Guzmán es una forma tradicional de aludir a un linaje selecto). España se vació y vaya si se vació, en todos los sentidos, durante su titánico Siglo de Oro, y todavía no nos hemos repuesto. Quijotismo que nos ha legado un puesto de honor en la historia. Pero aún no hemos dicho la última palabra. Ahora estamos en otra reconquista. Quizá haya que esperar otros 800 años por nosotros. Pero volveremos.

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