viernes, 20 de marzo de 2015

El reino suevo de Iberia (I)





"Nacido en la Panonia, atravesando inmensos mares, fui llevado por voluntad divina al seno de Galicia", epitafio de Martín Dumiense.



Como sabéis quienes me hacéis el honor de leer este blog, en sus entradas le he dedicado atención a cuestiones de palpitante actualidad. Me preocupa y fascina el porvenir. Y ese porvenir fructificará en las semillas que sembramos hoy. Nuestra existencia es una ecuación de presente y futuro. Pero no es suficiente con eso. Necesitamos perspectiva histórica. Porque esa ecuación de presente y futuro sería imposible sin pasado. Somos los herederos y quién sabe si meramente un pálido reflejo de aquellos que nos precedieron en el mundo. Somos sus herederos genéticos y culturales. Existimos por ellos, porque en su momento sobrevivieron y se impusieron. Y sin conocer nuestro pasado, el presente se vuelve incomprensible. Y sin un presente que podamos entender, no tendremos futuro.

Por eso en mi blog, aparte de cuestiones actuales y también de cuestiones ahistóricas, "eternas" (como los asuntos de salud y de esoterismo), hay lugar para la historia. Por placer personal, sin duda, pero sobre todo porque el conocimiento de la historia nos da una medida excelente para entender el hoy. Cuando uno descubre que sus zozobras del año 2015 fueron vividas por otros mucho antes y les buscaron las soluciones a que buenamente tenían acceso por entonces, uno siente que entre esas zozobras y él surge una distancia, la distancia necesaria para la reflexión y para no ahogarse en la duda.

Asimismo, me interesa ayudar a divulgar capítulos de la historia de Iberia que son poco conocidos, o malinterpretados, así como tratar de establecer un nexo histórico con las gentes del norte de nuestro continente, el modo que tuvieron de interactuar con nosotros y la huella que han dejado así como lo que podría haber sido. No en vano le he dedicado dos artículos a los vikingos. El presente texto se engloba espiritualmente en esta tendencia a desentrañar y hacer propias las brumas del norte.

Hablemos, pues, de los suevos. De cómo llegaron aquí, qué hicieron y qué legaron. Y qué pudo ser. Al igual que dije al hablar de los vikingos en Galicia, este artículo no pretende ser un ejercicio de ombliguismo regionalista, sino algo mucho más comprensivo de Iberia y España en su totalidad.


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Los antiguos suevos eran, en principio, otro pueblo autista más de la bruma del norte. Así, compartían la cosmovisión precristiana de que el mundo se dividía entre ellos, las gentes auténticas, y los demás, que serían un extraño sucedáneo. Pero eso también pensaban, sin salir del marco geográfico europeo, los antiguos griegos, que juzgaban "bárbaros" (por el sonido bar-bar-bar que una lengua desconocida produce en el oyente) a quienes no eran griegos. Y muchos otros pueblos no europeos vieron las cosas de manera similar. Los mismos esquimales se tenían a ellos como primigenios o inuit, en contraste con otros pueblos. No tenía que ver con el nivel de desarrollo técnico ni cultural, sino con la mera identidad. La palabra suevo se construye a partir de un étimo protogermánico que sugiere esa conciencia de pueblo especial, "uno mismo" o "nosotros mismos", similar al de los alamanes (que signficaría "todos los hombres"), con quienes comparten origen. Esa raíz aparece en el nombre de otros pueblos como los sabinos o los samnitas, lo que sugiere relación con las expansiones indoeuropeas, expansiones que llegaron hasta el Báltico, llamado por los romanos Mare Sueborum y que puede considerarse la primera patria geográfica de los suevos como pueblo más o menos diferenciado. Desde las orillas meridionales bálticas comenzaron a desplazarse hacia el sur, con lo que se dieron a conocer en el mundo mediterráneo. Julio César presenta en su Guerra de las Galias a Ariovisto, rey germano que asentado en un territorio que más o menos corresponde a lo que hoy es Alsacia disponía de una posición de fuerza gracias a su victoria, alrededor del año 60 a.C., contra un pueblo celta, los heduos. Ariovisto, a pesar de sus 15000 combatientes (entre los que se contaba un nutrido contingente suevo) y de su convicción de que era invencible, fue derrotado por César en el 58 a.C en la Batalla de los Vosgos (hoy Besançon). Los suevos se llevaron la peor parte, aguijoneados por otras tribus germánicas que para salvar el cuello pactaron con Roma, y se retiraron al otro lado del Rin. La familia de Ariovisto (tenía dos mujeres) fue apresada y a él se le perdió la pista, aunque es posible que no sucumbiera en la batalla.

Durante un tiempo hay poca noticia de los suevos, aunque se supone que en tiempos de Augusto eran clientes de Roma y es bastante posible que se estuviera dando entre ellos una cierta romanización cultural. En el siglo II se encuentran en el limes del Danubio. Una tribu sueva, los cuados, empieza a dar problemas a Roma. Tras haber dejado su patria más allá de la ribera norte del Meno o Main, afluente del Rin, se embolsaron en un territorio que corresponde a la confluencia entre las actuales Austria, Chequia y Eslovaquia. Desde entonces empezaron a dar quebraderos de cabeza a Roma, atravesando la barrera alpina e incursionando hasta Italia en el invierno del año 166. A los cuados se les unieron otros pueblos germánicos como los lombardos, muy importantes en el futuro, e incluso otro pueblo de procedencia irania, los sármatas (quienes desde lo que hoy es Ucrania y tras haber liquidado el dominio de los escitas comenzaban a afluir hacia el vértice europeo, en el clásico movimiento poblacional este-oeste que convirtió al mundo germánico en una especie de camarote de los hermanos Marx, obligándoles a emprender la marcha hacia el sur-suroeste). El emperador-filósofo Marco Aurelio, no sin dificultades, consigue alejar el peligro aunque la situación le obliga a dirigir personalmente las operaciones durante varios años. Su hijo Cómodo, futuro emperador, desempeña un papel cada vez mayor en las campañas romanas, ganándose el apodo de Germánico. Gobernando ya en solitario, Cómodo pactará la paz con los suevos cuados. La mayor parte del pueblo suevo quedará a lo largo del siglo III establecida en una larga lengua de tierra siguendo la ribera norte danubiana, correspondiendo en buena medida a las provincias de Nórica y Panonia. 


Detalle de la Columna de Marco Aurelio en que los germanos imploran la clemencia del emperador, junto al que cabalga su hijo Cómodo. A destacar que romanos y germanos parecen un mismo pueblo.


Conforme pasa el tiempo, la presión migratoria de otros pueblos (tanto germánicos como venidos del este) comienza a ser asfixiante. Parte del pueblo suevo inicia una expansión hacia el este-sudeste, cortada por la presencia de los hunos, pueblos euroasiáticos confederados que a mediados del siglo IV habían vencido a los alanos y desde el 375, con su victoria sobre los ostrogodos seguida de otra sobre los visigodos, se habían convertido en un tapón que impedía todo avance hacia la fértil llanura de los antiguos escitas. Los suevos, acompañados de vándalos, alanos y burgundios, desandan la ruta del Danubio y se agolpan en los bordes del Rín, río cuya superficie helada atraviesan en la noche de san Silvestre de 406, superando la resistencia de los francos, pueblo proveniente de un aglomerado de tribus germánicas de la Renania y que se habían federado con Roma décadas atrás. Los suevos ya desgajados de los demás pueblos atraviesan la Galia, siguen las Ardenas y se asoman al Mar del Norte en lo que hoy es suelo belga. Un año antes Estilicón (él mismo vándalo por parte de padre) había conseguido contener un avance suevo, pero el Imperio se deshacía ya y no había forma de pararles los pies. La parte del pueblo suevo que quedó atrás, sin acompañar la migración de los demás, permaneció en la región histórica de Suabia, cuyo nombre alude a ese asentamiento definitivo.

No es descartable que quisieran pasar el Canal de la Mancha y llegar a Gran Bretaña, en una maniobra migratoria que otros pueblos ya habían empezado a efectuar, pero se topan con un muy notable ejército romano a las órdenes del autoproclamado emperador Constantino III, proveniente de una Britania autónoma de facto. El Imperio era ya un mosaico decadente. Las intenciones de Constantino tienen como meta el arco mediterráneo, de manera que sigue su camino y establece su corte en Arlés, antigua colonia griega, mientras que los suevos se reúnen nuevamente con vándalos y alanos en el corazón de la Galia, frisando tal vez la cifra de un cuarto de millón, un tercio de ellos guerreros, y dedicándose en buena medida al pillaje y a ponerse al servicio de los aventureros políticos del momento. Próspero de Aquitania, teólogo e historiador de la primera mitad del siglo V, es decir, coetáneo de los hechos, lo describe con una prosa desgarradora. Nada parece escapar del furor teutonicus, de tal manera que según Próspero si el océano se hubiera tragado la Galia no habría causado tanto desastre como aquellos peculiares inmigrantes de actitudes brutales (I).


TIEMPOS CRUCIALES

El segoviano Teodosio, a su muerte en el 395, había dispuesto que el Imperio se dividiría en dos mitades, la oriental regida por su hijo Arcadio y la occidental por su otro hijo Honorio. Los hijos de Teodosio salieron a cual más inútil, pero la partición aseguró la existencia de Bizancio mil años más. La parte occidental duró bastante menos. Con seguridad los suevos prestaron su poderoso brazo a los varios bandos de lealistas y oportunistas que surgieron por entonces. El hijo del aventurero Constantino, llamado Constante, aprestó un ejército para vencer a los gobernadores de Hispania, de linaje teodosiano y leales a Honorio. En ese ejército descollaban los suevos. El único estadista capaz de frenar la situación, Estilicón, muere en el 408 y el incompetente Honorio no puede hacer nada para salvar Hispania, que queda gobernada y pacificada por la mano derecha de Constante, un bretón llamado Geroncio que había contado con suevos y compañía como mercenarios, llamados honoriacos. En el año de Dios de 409 Geroncio traiciona la causa de Constantino y Constante apoyando a otro autoproclamado emperador, Máximo, tal vez hijo suyo. Dos años después Geroncio consigue derrotar y apresar a Constante en Vienne, haciéndole ejecutar. Y cerca de completar la tarea, en pleno sitio de Arlés, aparece un gran ejército proveniente de Italia, a cuyo mando figura el general Flavio Constancio (futuro emperador él también), provocando una gran desbandada entre los partidarios de Geroncio, que en un abrir y cerrar de ojos se queda sin tropas, cayendo en desgracia y quitándose la vida en tierras iberas poco después.

Es en un día martes y trece de ese año 409 cuando suevos, vándalos y alanos atraviesan los pasos pirenaicos y entran en Iberia. 


"Furor teutonicus" (1889) de Paja Jovanovic.

 Ante la desarticulación de Roma como estructura política, el caos facilita la llegada y el establecimiento de estos pueblos en una Hispania aterrada por el brutal proceder de aquellas gentes. Obran en nuestro suelo como obraron en el suelo galo. Su presencia empuja a buena parte de las poblaciones autóctonas lejos de sus tierras, con lo que se ven obligadas a afluir a las comarcas de lo que hoy son Cantabria, Vizcaya y Guipúzcoa, posiblemente las zonas más pobres de la península por entonces. La desesperación hace que muchos se apunten a las bandas armadas de bagaudas que sobrevivían recurriendo al saqueo. Para terminar de liar el panorama, es entonces cuando Máximo se proclama emperador en la Tarraconense, la única provincia que por ahora se ha salvado de la furia germánica. Suevos, vándalos y alanos son ahora no sólo nuncios del caos sino también árbitros de la situación.

El citado Flavio Constancio ayudó al débil Honorio a suplir el hueco que había dejado Estilicón y contribuyó a que la parte occidental del Imperio alargase unas décadas su agonía. Con posterioridad se casó con Gala Placidia, hermana de Honorio, y alcanzó rango imperial como Constancio III. Antes de esto, en 411,  depuso a Máximo y sosegó un poco las cosas en Hispania. Dado que el trabajo se le acumulaba pues tenía que pacificar Italia y frenar la sublevación de Jovino en la Galia (a la que se habían apuntado francos, burgundios y los pocos alanos que no habían cruzado los Pirineos), recurrió a una solución de compromiso: un pacto o foedus con los bárbaros que asolaban Iberia.

Los bárbaros salieron muy beneficiados de la premura con que se abordó el pacto. Se asentarían donde quisieran y no tendrían que guerrear en el bando del Imperio, privilegios extraordinarios que dicen mucho del inestable estado de cosas para los romanos (que incluso habían trasladado unos pocos años atrás la mismísima capitalidad imperial a Rávena) y del respeto que imponían aquellos suevos, vándalos y alanos, grandes y desalmados guerreros. A cambio, ellos se comprometían a no realizar incursiones en la Tarraconense, que sería una manera romana de preservar como suya la mayor cantidad posible de litoral mediterráneo y los territorios más próximos y fáciles de defender. Acto seguido, los bárbaros recurren al sorteo para ver con qué tierras se queda cada pueblo:

-A los alanos les tocan la Cartaginense y la Lusitania, con lo que son los más favorecidos en lo referente a superficie, que corta Iberia de océano a mar, pero no en lo tocante a la economía, pues eran regiones relativamente pobres.

-A los vándalos silingos les corresponde la Bética, territorio pequeño pero el más rico de Iberia (II).

-Los vándalos asdingos y los suevos se quedan con la Gallaecia, que abarcaba el Macizo Galaico, lo que hoy es Portugal hasta el Duero, los Montes de León, parte del gran arco montañoso cantábrico y un generoso trozo de la Meseta Norte. Los asdingos se asentaron en la parte oriental, mesetaria, y los suevos (que frisarían las 30000 almas) en la occidental, con el Conventum de Braga o Brácara Augusta como centro neurálgico.

Esa división dejaba servida la opción de que cada pueblo en cada territorio derivase a la instauración de un reino independiente de los demás. Eso implicaría, si no a corto plazo sí con el andar del tiempo, la renuncia a vivir del pillaje y adoptar modos de vida típicos de los asentamientos permanentes. Comienza así un nuevo capítulo de la historia de Iberia.


Paulo Orosio. Detalle de una miniatura del Códice de Saint-Epure.

ESCRIBIENDO LA HISTORIA

Para conocer la historia de los suevos contamos con unas cuantas fuentes, insuficientes como veremos, pero menos da una piedra (incluso literalmente, aunque la historiografía actual está rastreando los no muy abundantes vestigios artísticos de la época para tener así más elementos de juicio). Hay que destacar a tres cronistas. Por una parte Paulo Orosio (muerto hacia quizá el año 423) e Hidacio (muerto rondando el 469), seguramente ambos de origen étnico ibero, en lo relativo a la primera época de asentamiento de los suevos, y Juan de Bíclaro (540- 621, aproximadamente), de ascendencia visigoda, en lo que se refiere al final del reino suevo y la definitiva victoria de los visigodos. Los tres cronistas tienen algunos puntos en común, los tres nacieron en Iberia (Orosio y Juan en lo que hoy es territorio portugués), son eclesiásticos, muy cultos y han visto mundo. Los dos primeros vivieron en Palestina  y el tercero conoció Constantinopla, por lo cual no deben ser tomados como ignorantes párrocos de aldea. El mismo Orosio llegó a ser estrecho colaborador de san Agustín a pesar de su juventud. Por tanto, nos merecen el máximo de fiabilidad dentro del contexto en que vivieron (III). Con todo, su óptica es divergente respecto de los hechos narrados.

También hablaron de los suevos autores que los tocaron más de refilón, como san Isidoro y san Gregorio de Tours, en el ámbito de las crónicas. En el de los documentos se conservan epístolas de León I y Vigilio, actas de los Concilios I y II de Braga y el llamado Parroquial Suevo o "división de Teodomiro", con el propósito del rey suevo homónimo de racionalizar la organización administrativa eclesial de la Gallaecia de la época (IV) en la que se disponía la división en trece diócesis. A todo esto hay que sumar los escritos de Martín Dumiense, uno de los personajes más interesantes del período. 

La primera etapa del reino suevo en la Gallaecia es complicada de entrever con la debida nitidez no sólo porque la información es escasa, algo que los aficionados a la historia ya damos por hecho en función de la época, sino también por el peculiar prisma de los cronistas. Hidacio, hijo de la aristocracia enriquecida hispanorromana de la zona que es hoy la comarca de A Límia (lugar fértil donde hoy se cultivan las patatas más sabrosas de Galicia, aunque eso es cuestión de gustos), sentía horror hacia los bárbaros, que venían a trastocar el mundo que conocía y en el que estaba acomodado, y cuya aparición interpretaba como una señal del Apocalipsis tras el cual se produciría la Segunda Venida de Cristo. Algunos autores piensan que la edad avanzada en la que sintetizó y dejó escrito su pensamiento contribuyeron a esa cosmovisión inmovilista. Por contra el juvenil Paulo Orosio, fallecido con no más de cuarenta años de edad (muerte muy prematura para un eclesiástico no mártir), veía las cosas de una manera mucho más dinámica y más optimista. Según él los bárbaros eran un instrumento que Dios empleaba para revitalizar el mundo romano, para darle un nuevo impulso, para conferirle una segunda juventud. 

Así, mientras Hidacio cargaba las tintas en la crueldad de los bárbaros y en sus desmanes, que traen la peste y el hambre, y que incluso llevan a la población a la práctica del canibalismo ("las madres matan a sus hijos y los hierven para comerlos" -sic-), Orosio nos reseña cómo esos gigantes rubios abandonan prontamente la espada y empuñan el arado, trabajan por cuenta ajena a cambio de un estipendio muy módico en vez de robar e imponer su fuerza, tratan a los hispanorromanos como compañeros y amigos, e incluso éstos les corresponden prefiriendo vivir con los suevos que con lo que queda de la estructura romana porque dentro de ésta se encontrarían ahogados por los impuestos. Según Orosio, los hispanorromanos prefieren una pobre libertad en el reino suevo antes que la opresión fiscal de los "suyos". Es más, el joven cronista afirma sorprendentemente que con la llegada de las gentes del Norte "nunca hubo época más llena de felicidad como ésta desde la creación del mundo". La sorpresa aumenta al saber que el cronista tuvo en su momento que escapar de los suevos y embarcar a toda prisa, bajo una lluvia de proyectiles, hacia la ciudad africana de Hipona allá por el 414. Mientras Hidacio transparenta un rencor social, Orosio no deja ver rencor personal, tal vez por su juventud o por no pertenecer al partido aristocrático.


COMIENZAN LAS HOSTILIDADES

En el 416 comienzan a precipitarse los acontecimientos. Un pueblo fundamental en nuestra historia, el visigodo, que un año antes se había dejado ver en la Tarraconense, se asienta en Iberia con el objetivo de combatir a los bárbaros. El rey Walia, sucesor de Ataúlfo, se vio circunstancialmente en un aprieto (tenía planes de apoderarse del "granero de Roma", lo que hoy es Túnez, pero una tempestad desbarató sus planes y dejó a su ejército desabastecido) que le llevó a federarse con Honorio. Walia le devolvió a su hermana Gala Placidia, a la que arriba hemos aludido y que había enviudado de Ataúlfo (asesinado en Barcelona tras caer en desgracia por su derrota en Narbona), y se comprometió a meter en vereda a los depredadores sobrevenidos que estaban alterando Hispania.

Las campañas de Walia contra alanos y vándalos silingos fueron fulminantes, aniquilando sus estructuras de poder y poniendo en fuga a sus mandos. Sin embargo, no completó la tarea pues Honorio decidió establecer a los visigodos en la Aquitania, con capital en Tolosa, en el 418. En ese momento los suevos estaban dirigidos por su rey Hermerico. Éste les había guiado desde su cruce el Rin y reinaba en la Gallaecia. Hermerico aprovechó la retirada visigoda para profundizar en su dominio del reino, expropiando tierras a los terratenientes hispanorromanos. La protesta de éstos, presentada por Hidacio al general Aecio, no prosperó. Pero a los visigodos les sucedió como amenaza los vándalos asdingos, que comandados por su rey Gunderico se revolvieron contra los suevos. Es posible que se debiera a la sequía y consiguiente hambruna que se abatió sobre la meseta por entonces, o al carácter turbulento de los vándalos (a buen seguro los más crueles, levantiscos y traicioneros de los pueblos nórdicos asentados por entonces en Iberia, que ya es decir), o a la mera ambición o una amalgama de todas esas posibles causas. El caso es que unos y otros chocaron en una batalla localizada en los Montes Nervasos en el 419, tal vez en las inmediaciones de lo que hoy es Pajares aunque su ubicación exacta permanece incierta, y que el romano Asterio acudió en auxilio de los sitiados suevos, haciendo que las tropas vándalas se batieran en retirada. Los vándalos se asentaron con posterioridad en la Bética, donde derrotaron al ejército del patricio romano Flavio Castino, enviado por Honorio para recuperar la próspera provincia, y comenzaron su reconversión en pueblo marinero y pirata. Todavía en los años cuarenta del siglo V había piratas vándalos realizando incursiones en villas costeras de la Península, incluso en las gallegas (una década antes de la llegada de los primeros piratas hérulos). Pero el caso es que por entonces ya no había vándalos en España como pueblo diferenciado: en el 429, tras haber rechazado con éxito incursiones suevas pero convencidos de que necesitaban una base de operaciones más alejada de enemigos poderosos, cruzaron el Estrecho bajo el mando de Genserico (hermanastro del fallecido Gunderico) en número de ochenta mil almas y se establecieron en Norteáfrica (V).

La marcha de los vándalos deja un hueco enorme en mitad del país. Hacia el 430 es cuando Hermerico llena ese vacío con presencia sueva. Antes de esa fecha ya se habían animado los suevos a incursionar fuera de sus asentamientos, siguiendo el rastro de la retirada vándala (VI). Con todo, su hinterland con el grueso de su gente se sitúa en el espacio entre el Miño y el Duero, desde la costa atlántica hasta Trás-os-Montes y el Bierzo.


Célebre imagen de la colección del antropólogo useño Carleton Coon: un joven portugués de Trás-os-Montes, nórdico-blanco algo armenizado y con otros leves aportes extra, posiblemente descendiente de suevos.

Requila, hijo de Hermerico, fue investido corregente en 438 y a la muerte de su padre tres años después reinó en solitario hasta su propia muerte en agosto del 448. Hacia el año de su investidura cayó sobre tierras béticas, ya aseguradas para los romanos en virtud de las campañas visigodas, y venció a orillas del Genil al general Andevoto, que comandaba una milicia de carácter personal financiada por los latifundistas de entonces, iberos romanizados o descendientes de colonos romanos cuyo máximo interés era mantener el statu quo beneficioso para ellos. La victoria sueva, completada con la toma de Mérida, puede no resultar tan sorprendente toda vez que el contingente de Andevoto (quizás un vándalo romanizado) era tan poco fiable como el de cualquier otro aventurero: no era un ejército nacional, algo que en aquel panorama de fin de era casa mejor con un contingente bárbaro, que sí conserva lazos de sangre, memoria común y destino. 

Durante sus campañas bético-lusitanas Requila, que todavía conservaba sus creencias paganas, se reveló como un excelente conductor de hombres. En el 440 derrota a otro ejército dirigido por Censorio, y en el 441 toma Sevilla. El saqueo se convierte en hábito durante sus avances, que le llevan a dominar cada vez mayores extensiones. El emperador Valentiniano III reacciona enviando al general Avito al frente de un ejército más que notable, con numerosas tropas auxiliares visigodas, para pararle los pies a Requila, pero éste destroza a los romanovisigodos en suelo bético en el 446 y Avito pone cobardemente pies en polvorosa. Con Requila, que morirá en Mérida dos años después de esta victoria, alcanzará el reino suevo de Iberia su máxima extensión geográfica, abarcando la mayor parte del territorio peninsular, con excepción de la Tarraconense, el litoral levantino y los territorios controlados por los bagaudas, con los que Requila establece pactos de no-agresión. Exagerando un poco, podría decirse que fue nuestro primer rey alemán. Además engrandece el tesoro real suevo con los despojos de los vencidos y ahuyenta las flotillas de piratas vándalos. Todo parece encarrilado.


CONVERSIÓN

Durante el reinado de Requila hay que destacar la creciente preocupación de la curia católica por la infiltración del priscilianismo en el mundo galaico-suevo e ibero-suevo. A instancias del papa León I se celebra en 447 un concilio en Astorga, presidido por su obispo Toribio. No cabe duda que el paganismo de Requila influiría en su despreocupación acerca de si finalmente se imponía la ortodoxia católica o la heterodoxia de los seguidores de Prisciliano, obispo herético de origen seguramente galaico y ejecutado en el 385. Sin duda resultaba interesante, desde el punto de vista de "la otra Roma", la papal, que el monarca que se sentase en el trono suevo fuese un católico irreprochable. 

Entre los siglos III y IV el cristianismo ya había llegado a Gallaecia con toda seguridad. Así lo prueban vestigios como un sarcófago de Braga y personalidades como el mismo Prisciliano. El priscilianismo tenía un componente ascético y riguroso que se llevaba mal con el creciente poder del clero, no sólo por la tendencia de éste a acumular riquezas sino sobre todo porque el rigorismo y el ascetismo tendían a desgajar a la Iglesia del cuerpo social y minimizar su penetración en sus distintos estratos, dirigiéndola más bien a un apartamiento de la política mundana, a un monacato similar al sirio y al egipcio (VII), e incluso a una conexión con el disgusto de las gentes del campo, lo que podía ser levadura para una revuelta (como las que siglos después ocurrieron en suelo gallego con los Irmandiños, alzamientos desconocidos por los españoles pero estudiadas por los franceses como antecedente histórico de su revolución de 1789-1795). Por otra parte la doctrina del libre examen del texto bíblico (lo que convirtió a Prisciliano en un protestante antes de tiempo, como decía Menéndez y Pelayo, que de heterodoxos españoles sabía un rato) podía poner en un aprieto a los dogmas eclesiales del momento.

Es con Requiario cuando por fin se da el paso. Hijo de Requila, se ciñe la corona de los suevos en el 448 y comienza una política de distensión con los principales actores del momento. Así, se subordina simbólicamente a Roma acuñando moneda de plata propia pero con la efigie de Honorio (ya fallecido, recordemos, y que vendría a ser el primer emperador de la Roma occidental), y emparenta con el rey visigodo Teodorico casándose con su hija. También se convertirá al catolicismo. Tanto en esto como en el acuñado de moneda Requiario es pionero.


Excelente acabado de una silicua de plata de Requiario, con la efigie de Honorio. Desde Wikimedia Commons.

¿Los motivos? Como resultaba evidente a todas luces, el factor religioso se había tornado imprescindible a la hora de unificar un reino y que dejase de ser un acéfalo conglomerado de clanes buscándose la vida por su cuenta. Así lo entendieron los líderes bárbaros y así lo entenderían los vikingos de siglos posteriores. La unificación bajo la Cruz dejaba vía libre para una más cómoda unificación bajo el cetro real. La población hispanorromana podía sentir ya que no tenía sobre ella a un advenedizo pagano, sino a un cristiano como ellos, al que debían obediencia. A eso hay que sumarle el "factor prestigio" que tenía el cristianismo entonces (y que tiene ahora mismo en países como China, Corea del Sur, Vietnam y Nepal). En cuanto al acuñado de moneda, nos sugiere que Requiario tenía la idea de hacer del suyo un reino amplio, estable y duradero, posiblemente sobre toda Iberia con el andar del tiempo. La soberanía monetaria es uno de los pilares de la soberanía de un Estado mínimamente moderno, y hacia esa modernidad se dirigía la Europa cristianizada de aquellos siglos hasta que la oleada árabo-musulmana del siglo VII cortó las rutas comerciales, barrió el cristianismo de Norteáfrica (lo que fue el mayor cataclismo cultural de la historia humana, que todavía pagan las gentes de la ribera sur mediterránea), sitió nuestro continente e hizo que éste se replegara durante siglos en lo que conocía, en lo que le quedaba, los curas y los reyes .... pero ésa es otra historia.

El momentum suevo no duró mucho. En vez de asentar su reino y ser más reflexivos, acometieron nuevas aventuras. ¿Por qué siguieron insistiendo en su política de depredar al vecino? Hay que entender un par de cosas. La primera es que el pueblo suevo-ibero vivía en una economía aún muy precaria, muy primitiva, en cuyo seno un crecimiento poblacional (esperable, dada la mayor estabilidad social con los vándalos lejos) podía suponer una hambruna y una vuelta a las razzias. Un dato: en Galicia aún sobrevivía residualmente la cultura castreña. Y la segunda cosa a entender es que parece que la fusión entre vándalos y galaicos, incompleta pero ya existente, no llevó a los suevos a "ablandarse" sino más bien a los iberos a adoptar modos suevos de depredación. A las expediciones de pillaje de los suevos se apuntaron abultados contingentes indígenas. También se puede argumentar que era costumbre cultural sueva la de depredar, que estaba (por usar un sobado latiguillo actual) "en su ADN" y que ante los nuevos problemas recurrieron a antiguas estrategias. Posiblemente sería una convergencia de estas tres causas lo que llevó a Requiario a una política más agresiva. Realizó incursiones hacia las ulteriores regiones, lo que hoy es el País Vasco, devastándolas y cayó poco después sobre la Cartaginense y la Tarraconense. 

¿Detrás de sus razzias se escondía el propósito de dominar militarmente toda Iberia? No lo podemos saber, pero lo cierto es que las campañas de Requiario alertaron a lo que quedaba de Roma (estamos en el 453) y con ella también se alertaron los visigodos. En primera instancia Roma y Requiario pactaron una retirada de éste último, que se retiró de las dos provincias quedándose con la mitad de Iberia, la mitad occidental. Parecía un buen equilibrio pero Requiario rompió el modus vivendi invadiendo de nuevo la Tarraconense. Ante esto, Roma recurrió en el 455 al visigodo Teodorico II (VIII), a la sazón cuñado de Requiario, para poner freno a los suevos. Un par de años antes ya había entrado en Iberia para terminar con el incordio de los bagaudas, a quienes aniquiló, con lo cual ya conocía el paño de cómo estaba Iberia. Tal vez por eso mismo esperó un año para así reunir una hueste tremenda, con un gran número de bravos burgundios conducidos por sus dos reyes, y en octubre del 456 se presentó en la Península buscando batalla campal con los suevos. Ambos ejércitos se encontraron en las orillas del río Órbigo y allí se libró una de las batallas clave de nuestra historia. La victoria romano-visigoda-burgundia fue total y los suevos tuvieron que retirarse y decir adiós al sueño de un reino peninsular. Teodorico devasta Astorga y Palencia ordenando un terrible saqueo. Tanto es el horror expandido por Teodorico que se levantan contingentes hispanorromanos que logran frenar a las tropas visigodas en Coyanza, pero la suerte sueva está echada, al menos en su postulación como potencia. Teodorico llega a Braga y también la saquea. En Portumcale (hoy Oporto) echa el guante a Requiario y le hace ejecutar. Es diciembre del 456. Los suevos se dividen en los dos conventos, el lucense y el bracarense, cada uno con su propio reyezuelo que se entrega a nuevas razzias. El reino como tal está invertebrado. El mismo Teodorico nombra a un rey-títere que poco después él mismo depone por las malas, para luego tener que irse disparado de Iberia porque en otros rincones del Imperio le crecen los enanos, pues cada general germánico con la suficiente fuerza se anima a proclamar a su propio emperador-títere y por entonces aparecen unos tres o cuatro en un año. Curiosamente el pueblo galaico, hastiado del caos en que la bicefalia de los régulos de Lugo y Braga había sumido al territorio antes prometedor y unificado, y ansioso de revancha por la injusta muerte del gobernador lucense en la Pascua del 459 (que era gallego, de los honestiores o aristócratas locales al estilo romano), había enviado embajadas a Teodorico para que les echase una mano, algo que el rey no estaba en condiciones de hacer. Su hermano Eurico ordenó su muerte en el 466. Eurico, un notable animal político, gobernó a los visigodos desde Tolosa (aunque el reino visigodo residía jurídicamente en Arlés) y, tras el golpe de estado de Odoacro deponiendo al risible Rómulo Augústulo en el 476, se proclamó soberano libre de cualquier atadura feudataria con Roma. Comenzaba el período brillante de los visigodos. Y terminaba el período brillante de los suevos, reducidos nuevamente a la Gallaecia como en el 411.

El carácter violento de los suevos reaparece puntualmente, como en el apresamiento y cautiverio del obispo de Coimbra, Cántabro, en el 464. Las aristocracias locales, hartas de los suevos, piden nuevamente ayuda a los visigodos. El aún vivo Teodorico, temeroso de que los suevos se rehagan y vuelvan a ser una amenaza, envía a dos nobles llamados Sunerico y Nepociano, que toman Lugo en el 465 y represalian con dureza a los suevos. Un nuevo líder suevo, Remismundo, se convierte al arrianismo seguramente para congraciarse con los visigodos, y contrae matrimonio con una visigoda. Su mayor logro fue tomar Lisboa en el 468, sin causar demasiado interés en la corte de Tolosa. Se abre desde ese año un período oscuro, el equivalente a las Dark Ages anglosajonas: durante un siglo, un largo siglo misterioso, no tendremos prácticamente noticia alguna de los suevos y de su mundo. Es un vacío historiográfico asombroso, ante el cual sólo nos queda conjeturar cómo fue la vida, los anhelos y los miedos de aquellas gentes.


(continuará)



(I) - Es interesante reseñar que para Próspero todos los bárbaros son en realidad un único pueblo a fin de cuentas, aunque cada etnia se llame de una manera y tenga su líder. Todos son altos y de buena presencia, de piel muy clara y cabello rubio, y todos cristianos arrianos.

(II) - Las características económicas de la Bética explican el esplendor del al-Ándalus asentado en ella, y no una presunta superioridad cultural islámica que brilló por su ausencia en toda Norteáfrica, haciendo de lo andalusí un fenómeno marcadamente ibérico y de la Reconquista no sólo un choque de cosmovisiones sino además una contienda civil.

Y ya que hablamos diferenciadamente de los silingos, digamos como curiosidad que la región de Silesia se llama así por los silingos que no siguieron la marcha migratoria de sus paisanos quedándose en su terruño, algo similar a lo que pasó con los suevos reticentes a la migración y Suabia.

(III) - Por ejemplo, Hidacio da cuenta de señales en el cielo de la época, como eclipses y cometas, que con posterioridad han sido verificadas.

(IV) - La ocasión se dio con la celebración de un Concilio en Lugo en el año 569, con lo que el documento sería muy poco posterior. Por desgracia, no se conservan las actas de este concilio, de cuya celebración efectiva ha habido dudas.

(V) - El reino vándalo norteafricano -que englobaba también Córcega y Cerdeña- es muy poco conocido, a buen seguro porque aquellas gentes no estaban en condiciones de aportar una cultura duradera así como tampoco podía hacerlo la sociedad cartagorromana de entonces, totalmente decadente hasta el punto de que los romanos de la región se asombraban ante lo que ellos llamaban "castidad vándala".

Duró el reino vándalo hasta el año 534, siendo aniquilado por el general bizantino Belisario en el marco del plan de su emperador Justiniano de refundar nuevamente el Imperio en toda su extensión.

(VI) - Las fuerzas entre pueblos estaban muy igualadas por entonces dado que compartían un mismo sustrato cultural y ningún bando tenía una ventaja logística sustancial sobre el otro (armas, recursos, rutas, etc), por lo que la suerte y el número decantarían a menudo la victoria en los enfrentamientos. Aún en retirada, los vándalos lograron rehacerse y vencer tanto a romanos como a suevos: en el 428, un año antes del cruce del Estrecho, un contingente suevo comandado por Hermegario fue derrotado y obligado a retirarse en tierras béticas, muriendo su comandante ahogado en el Guadiana.

(VII) - En sus ideas influyeron a buen seguro sus numerosos viajes, algo que como estamos viendo es bastante común entre los teólogos de cierto nivel. Incluso se inició en los misterios astrológicos y en los conocimientos de magia gracias a un enigmático santón egipcio llamado Marcos el Menfita.

(VIII) - Lo que es un decir porque Teodorico era ya árbitro de la política imperial,  hasta el punto de haber impuesto poco antes a un emperador-fantoche, un tal Marco Avito.

10 comentarios:

  1. Para ser justos con Honorio, el tio era solo un crio, fueron sus cortesanos envidiosos los que le llenaron la cabeza para que ejecutara a Estilicon... suele pasar que cuando eres bueno en algo, si tu superior es un inútil envidioso mas tarde o mas temprano se desara de ti, como le ocurrió a Flavio Aecio y a Flavio Belisario... la moraleja: no puedes ser el caballo de alguien mas débil que tu osea has la gran Napoleón y cargatelos a todos...

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  2. Es vergonzoso como los capitostes de"la cultura" y la historiografía ignoran y desdeñan totalmente la herencia de "los pueblos bárbaros" y visigodos en España, y creo que esto se debe a "la herencia" de Américo Castro(mito de Al Andalus ) y a la escasa arquitectura y muestras materiales que dejaron al aprovechar la infraestructura romana ya existente y al ser también destruida por los árabes después como la mezquita de Córdoba(originalmente Iglesia visigoda, cosa que los izquierdosos filoislámicos de boquilla bien que se callan, aunque estoy convencido de que el nacionalismo andaluz tiene algo de financiación marroquí)

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  3. Excelente articulo, estoy ansioso por ver el resto... por cierto, seria posible que en el futuro hicieras un articulo sobre el Cid Campeador? siempre me intrigo ese personaje de la Reconquista...

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  4. ola k asen

    -Primer anónimo, efectivamente hay un factor humano que mueve las cosas y las lleva hacia un sitio cuando bien pudieran haber ido hacia otro muy distinto, y en lo que vemos como política elevada y abstracta, por la distancia de tiempo y mentalidad, las pasiones y las miserias pesan tanto o más que otras motivaciones.

    Según Homero la guerra de Troya fue por una fruslería de alcoba. La gente que se acercó al mito quiso encontrar otro tipo de motivos, geopolíticos, económicos, de conveniencia, de circunstancias, etc, y la llamada historiografía marxista se olvidó del factor humano. Fue un movimiento pendular. De una guerra, u otro acontecimiento, como fruto de la pasión humana se pasó a verlas como hechos abstractos, independientes de nuestra voluntad y por tanto predecibles y pronosticables. La realidad, sin embargo, ha demostrado que ni tanto ni tan calvo.

    Aparte del factor humano, pienso que en las civilizaciones decadentes se da el curioso fenómeno de la multiplicación de las complejidades. Cuanto más decadente es, más liosa resulta, más componendas y capas tiene, hasta que sus hipercomplejas y obesas instituciones dejan de poder responder con flexibilidad y nitidez a las contingencias que la historia va presentando y se hunden en bloque como Ártax en la ciénaga. Es algo que les pasó a los romanos en el siglo V, entre otras cosas, y es algo que nos está pasando a nosotros, atosigados por un mundo absurdamente complejo y alejado de lo esencial. No durará mucho, espero, no hay mal que cien años dure ni organismo que lo soporte.

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  5. A.J, está claro que la "etapa bárbara" ha sido hasta hoy mismo muy ignorada por el discurso histórico preponderante, la mayoría de la gente piensa las cosas al estilo Hollywood (el bárbaro como una bestia sucia que bebe sangre de un cráneo y habla con los cuervos), si hablas con alguien de los suevos piensan en Conan, y no me parece que se haya hecho un gran esfuerzo en sustituir esas imágenes prefabricadas por otras más acordes con la realidad. El tema está así, la masa poblacional tiende al típico escepticismo de "creo lo que veo", ¿y qué ve la gente hoy en día?, pues ve paredes, asfalto y la tele.

    A eso hay que sumarle la peculiaridad española, debatiéndose entre el modelo "Reconquista y cierra España" y el contramodelo "esplendor de al-Ándalus" en que el aire olía a jazmín y todo el mundo vivía en alhambras (como es obvio, éste resulta más grato al sistema consumista). Las tesis de Castro hicieron mucho daño, un buen ejemplo de cómo las filosofías terminan permeando el cuerpo social haciendo que en él aparezcan determinados mitos y no otros, y sin que el cuerpo social sepa de dónde vienen ("¿Américo Castro?, no sé, pero el otro día vi a América Valenzuela en la tele y Fidel Castro es un gran luchador antiimperialista").

    También la tesis visigótica ha sido muy abusiva, arrinconando a los otros pueblos. En contrapartida, la historiografía gallega nacionalista ha encontrado en los suevos una auténtica mina para generar sus memes, aunque su alcance es muy limitado.

    -Segundo anónimo, agradezco de veras tu interés, no tardaré en completarlo y sacar alguno más. En cuanto a Mío Cid, la verdad es que está un tanto "sobado".

    ¡Salud!

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  6. Como me está ocurriendo últimamente, he vuelto a calcular mal la extensión final del artículo y como se estaba volviendo tochaco he optado por presentarlo en dos partes. Ésta es la primera, ojalá os guste. En cuanto ya tal, como diría Rajoy, publicaré la segunda parte, con la continuación de las andanzas de los suevos más una serie de reflexiones y divagaciones de las mías.

    ¡Salud!

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  7. Hola! disculpa el atrevimiento, para cuando estará la segunda parte? me encantan todas las entradas, pero soy un fan de la historia, en particular de estas joyas tan interesantes de las que se sabe tan poco... por cierto, soy el primer anónimo je...

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    1. Hola, te agradezco mucho el interés, por una serie de motivos no puedo mantener la actividad bloguera de antes pero en cuanto pueda reactivaré las sagas, incluida la segunda parte de la historia de los suevos. Tengo muchas ideas para escribir; lástima de parón.

      ¡Salud!

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  8. Hola! por que razones la conquista romana si fue aceptada por los nativos y la islamica no?

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    1. Había un ideal vertebrador, de raíz cristiana, que hacía de Iberia un todo. El factor religioso, de enfrentamiento entre cosmovisiones, es fundamental. Un pueblo puede resistir mucho, e Iberia como conglomerado de pueblos resistió 200 años a Roma, pero una vez terminada la conquista se trata de sumar unos dioses a otros, o en sustituirlos por meras razones estratégicas (en las partes más celtizadas Roma impulsó el culto al emperador como una forma de atraer a la gente castreña a las urbes, por ejemplo). Si la diferenciación religiosa subsiste, como subsistieron los mozárabes, la conquista no está completada y puede ser fácilmente reversible. Así sucedió. Cualquier pagano acepta media docena de dioses más, total, es estar a bien con más supuestos númenes que otorgan favores; eso ya no vale para la mentalidad cristiana.

      Tal vez el factor arriano, que no "divide" a Dios en tres personas, hizo que algunos godos se avinieran a favorecer la entrada del islam, que al fin y al cabo también es una religión unitarista.

      ¿Tiene algo de extraño que el retroceso del cristianismo "coincida" con la progresiva fragmentación de España en muchas Españitas? Para mí no.

      ¡Salud!

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