sábado, 17 de enero de 2015

Entusiastas (II)





Os contaré una anécdota de hace unos meses, una anécdota simplona y nada emocionante, como ésas a las que son muy aficionados los autores de libros de autoayuda. Me aproximaba al paso para peatones de una doble avenida, con dos vías separadas por medianera, de las que tienen doble carril. El monigote verde ya llevaba un rato encendido -un rato en esas circunstancias son unos segundos, ya me entendéis- y a mí me daba toda la impresión de que no llegaría a cruzar la avenida antes de que cambiase de color. Con todo, me animé a acelerar el paso para por lo menos cruzar el primer tramo, aunque igualmente tuviese que esperar al monigote verde para curzar el segundo. Así que empecé a caminar más rápido, con lo que pasé el primer tramo, dándome cuenta de que seguía en verde, de manera que con el mismo ritmo pasé el segundo tramo sobrándome todavía unos segundos, algo con lo que en principio no contaba.

¿A qué viene perder el tiempo contando esta tontería?, pensaréis. Bueno, tiene un porqué. Incluso las cosas más nimias del día a día guardan algo de miga si uno sabe mirar. La conclusión que un autor "autoayudístico" extraería, y remarcaría en negrita y cursiva en su libro, sería que querer es poder, que un gran viaje comienza con un pequeño paso, que hay que tener confianza en que las cosas saldrán bien (vgr. que el semáforo dé más tiempo del que uno imagina). Bueno, no está mal pero pienso que hay más. Por ejemplo, que a menudo uno consigue más de lo que espera. Que realizas un esfuerzo para cosechar un resultado y por el camino aparecen más resultados no computados. Que un esfuerzo pequeño acostumbra a arrojar un resultado pequeño, pero que en ocasiones ese resultado puede ser mediano o grande. Así, un esfuerzo mediano daría como moda resultados medianos, y a veces resultados magníficos. Y que un esfuerzo magnífico podría arrojar, de cuando en vez, la conquista de un reino.

Bueno .... Por seguir con la anécdota y yendo un pelín más allá, ¿qué pensaría de mí, peatón A, un observador B que ve cómo acelero el paso y cruzo a tiempo la avenida? Al tal B se le escaparía por completo toda esta disquisición que me traigo entre manos. Al no conocer mi mundo mental (mejor para él), no entraría en tantas sutilezas. ¿Cuál sería un nueva conclusión? Que nadie como uno para conocer las propias motivaciones. Si a B le pidieran que explicase lo que yo, peatón A, he hecho no podría conocer mi verdadera intención. No sabría que me fui con paso vivo sin esperar cruzar la avenida, ni sabría tampoco que me di cuenta de que podría cruzarla, que decidí mantener ese paso vivo, que me puse a meditar sobre el tema y que decidí comentarlo en mi blog. No tendría ni idea de todo ello.

Ni falta que le haría. Porque para B yo quise atravesar de un tirón la avenida desde el primer momento.

La verdadera conclusión tiene tres partes. Primera: que no basta con desear algo sino que hay que hacerlo. Segunda: que al hacerlo uno realimenta su deseo, reforzando así su iniciativa. Tercera, y más chocante: que aunque no hubiera deseo, con hacer aun sin desear habría bastado. Volveremos sobre el asunto después.


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Como ya adelanté en la parte I, el entusiasmo tiene una traducción física, se nota en nosotros, irradiamos calor y se diría que hasta luz. El entusiasta resplandece. Su centro cálido, sus chakras intermedios, bombean energía. Se sacude los años y rejuvenece. Inspira salud. Sin traslación física, siquiera mínima, no hay entusiasmo rastreable ni capacidad de contagiarlo a los demás. Por eso el físico, nuestro cuerpo, es tan importante. El irrealismo de nuestra época, tan new-agero, da al entusiasmo y otros valores del espíritu una naturaleza autónoma, desencarnada, desligada del organismo como si fuese una mercancía o un software que se implementa en un soporte, clásico en la antropología californista que pretender burlar a la muerte insertando las mentes de sus élites en ciberorganismos, nubes y el propio cuerpo geroprotegido y descriogenizado. Ese desarraigo de los valores espirituales permite manejarlos, comercializarlos y suscitarlos a voluntad. Ésa es una de las claves de la autoayuda y de por qué no funciona: el entusiasmo no se suscita con sortilegios en nuestra vida y nuestro cuerpo, sino que nace de esa misma vida y de ese mismo cuerpo, a veces de modo espontáneo y a veces con esfuerzo consciente por nuestra parte. Si eres de los entusiastas espontáneos, mi enhorabuena. Si eres de aquellos a quienes les cuesta, bienvenido al club. Cuando uno es más entusiasta generalmente es cuando la adolescencia, el tiempo de las hormonas escalando cumbres, las pandillas, los deportes y el primer corazón roto. Pero eso tiene sus contrapartidas. La primera, que la adolescencia es asimismo tiempo de altibajos, por lo que a un pico de entusiasmo suele seguir un bajonazo de ánimo que por lo general los adolescentes no saben gestionar bien dado que aún les falta poso, vivencias, recursos en suma. La segunda, que ¿entonces el entusiasmo es privativo de la juventud, de modo que si cumples años tienes que decirle adiós?

La musa sesentera Françoise Hardy cantaba en "Le temps de l'amour" que a los veinte años nos consideramos los reyes del mundo y que el azul del cielo durará por siempre en nuestros ojos. Es curioso que la percepción general de la gente sea que aquéllos fueron los años más provechosos de la vida, y cuando les preguntas qué hicieron de especial por entonces no saben qué responder pues los grandes logros vitales llegaron después. Supongo que echan de menos el entusiasmo. Quisieran recuperarlo, tal vez, o puede que no se lo planteen .... o sí se lo plantearon en su momento pero arrojaron la toalla por el motivo que sea. Así están las cosas. Gente mayor que prefiere que le sigan tratando de tú y que afirma que sigue joven por dentro, observada por jóvenes que no saben manejar su potencial y que se aburren mucho más de lo que en el futuro recordarán, mientras trastean con teléfonos inteligentes y miran programas televisivos puede que algo menos inteligentes. Vamos, el típico "Dios hace llover peines sobre Don Limpio". A una edad le falta la consciencia de la otra, y a la otra le falta .... el físico. Ay, nos hemos topado con el organismo, lo que dijimos arriba: el cuerpo es término imprescindible de la ecuación entusiasta.

La vida se renueva, y mientras unos dejan el verano de la juventud dirigiéndose al otoño vital (con el cabello cayendo como las hojas) y al tanático invierno (el cambio de año es representado como un dios anciano que deja paso a otro dios bebé, lleno de posibilidades), otros se postulan abriéndose paso. La naturaleza quiere danzas de verano. La naturaleza quisiera una humanidad eternamente joven pero acumulando la sabiduría de la experiencia. Pero como eso no es posible, la experiencia es transmitida por quienes llegaron antes vía tradición para nutrir las mentes de quienes les sustituirán en el mundo en un ciclo cuya resolución desconocemos pero que debemos obedecer. Como aquel hermoso titulo de un disco de Leonard Cohen: nueva piel para la vieja ceremonia. En una entrevista televisiva, Ana María Matute afirmaba que la muerte es un invento excelente, porque se carga todas las antiguallas y deja entre nosotros lo esencial. Los existencialistas lo experimentaron con angustia, incluso con náusea. Otros autores posteriores lo han tomado de manera distinta: como una oportunidad.

La primera vez que percibí lo que era el entusiasmo en una manifestación social fue con unos 14 años, si mal no recuerdo. Por entonces ya me gustaba el rock y aborrecía los 40 Principales. Por eso, encontrarme con una copia en VHS de "Woodstock" (1969, Michael Wadleigh), el documental sobre el famoso festival hippie, fue como si me hubiera caído maná con cabezales sobre la chola. Ahí estaban los pioneros, a casi ninguno de los cuales  había escuchado hasta el momento (no era tan fácil como ahora). El docu, en el que velaron armas de edición unos pipiolos Martin Scorsese y Thelma Schoonmaker, a mi entender la mejor montadora del mundo, refleja una juventud muy naïve para nuestra mentalidad tan resabiada de hoy en la que estamos de vuelta de todo ya a los quince años y la verdad es que le pesa el tiempo, muchas cosas han envejecido mal, no todos eran amenos (por ejemplo, Ten Years After ya entonces me parecieron un rollazo) pero a mí el show me produjo una fuerte impresión. No hará falta decir que la chavalada de mi edad me consideraba un marciano. Habitualmente se recuerda a Jimi Hendrix deformando el himno nacional, a Carlos Santana y su jam "Soul sacrifice", a Joe Cocker sacando punta prontamente a sus reinterpretaciones etílicas, a Richie Havens gritando libertad sin dientes .... De todas maneras, se notaba el entusiasmo a cada momento, como cuando amenaza lluvia y la multitud de hippies grita varias veces "lluvia no" y se pone a llover :-P  Ese entusiasmo era embriagador.


En fin. Roger Daltrey convertido en clon ocasional de Robert Plant entre gallos y desafinados, Keith Moon en su planeta, John cero-carisma Entwistle entrevisto por ahí .... pero el que me alucinaba era Pete Townshend, el narizotas en mono de pintor y greñas lolailo girando el brazo como una aspa de molino. Sonaban como el culo pero era excitante.

El caso opuesto, Jefferson Airplane entonados y nítidos, casi milimétricos, con una Grace Slick guapísima inundando la tarima de vibratos. Pero bien o mal, afinados o no, unos y otros transmitían el mismo delicioso entusiasmo.

La tendencia a sobrevalorar nuestra juventud ha sido aprovechada por el californismo (del cual el hippismo fue un efimero brote). La visión progresista del humano presenta su vida como una línea que va describiendo. La vida sería para nosotros un camino, una ruta. Por tanto, al caminar en la vida la juventud necesariamente queda atrás, la asumimos como pérdida.  Ésa es una visión bastante pesimista y ceniza, ante la que lo que toca es cambiar de perspectiva. Eso nos enseñó Viktor Frankl en su memorable El hombre en busca de sentido (1946), libro no muy extenso pero excepcional, puro fruto sin cáscara. En vez de arrancar tristonamente las hojas del calendario, como una fúnebre cuenta atrás, él proponía anotar lo bueno que ese día nos había dado en el envés de cada hoja, y luego archivarla amorosamente. La clave está en la mirada. Mi propuesta personal: veamos la vida no como una línea recta que pisar, sino como los círculos concéntricos de un tronco. Cada etapa de la vida va rodeando el círculo anterior, añadiendo sus peculiaridades y valores, hasta que de viejos nuestra añosa leña sigue conservando, intactos, los anillos de la infancia y de la juventud, que nadie ni nada nos ha podido quitar. Cada nuevo anillo hace que el anterior deje de verse, pero sigue ahí, parte de ti. Pero una visión razonable de las edades de la vida no agrada al californismo, que se centra obsesivamente en la edad joven, catalogando de error de la "reaccionaria" Naturaleza el envejecimiento: las élites californistas se creen que el mundo sin ellos deja de girar, y que son tan especiales que merecen ser eternos. Pretenden congelar el entusiasmo, haciendo de él una especie de premisa formularia. De ahí que todos los medios de masas californistas insistan permanentemente en la euforia gratuita, la sonrisa profidén permanente y el horror a reflexionar sobre la vejez y la muerte, a los que presume lejanísimos como en Woodstock.

El entusiasmo, me di cuenta entonces, consistía ante todo en ser. Algo tan simple como ser, como manifestarse en el mundo, como expresarse y expandirse, como sentir que cada poro de tu piel está ajustando su vibración a esa otra vibración oculta y sutir del Universo, ese fondo cósmico que sobrevive a todo, que tras mil civilizaciones quebradas y un millón de torpes explicaciones sigue ronroneando y oscilando como telón de fondo. Ese cabalgar la ola, ese domar el tigre, ese someter al dragón que hace que ola, tigre y dragón entren en ti y multipliquen tu existencia, que le den volumen tras vivir aplanado en la desidia del día tras día tras día. Ese flotar en el agua, como los niños, gozosamente libre.

Pero no basta. No es sólo ser, sino ser para algo. Para la acción, para el propósito, para la finalidad. Ese ser necesita un sentido que le dé valor más allá de la euforia del momento. Y es ahí donde recuerdo la primera parte de la conclusión. Hay que hacer, hay que determinarse, hay que ocupar espacio. El hombre y la mujer manifiestan su voluntad y su propia vida en el mundo. Se imponen. De nada sirven todas las elucubraciones y pajas mentales que puedas recrear en tu mente si no mueves un dedo para realizarlas en la práctica. Un mero acto tiene más onda expansiva que los castillos de naipes que podamos improvisar, a menudo para evitar ese acto, para posponerlo. Actuar tiene, pues, ante todo una dimensión moral. Si piensas y no actúas, no esperes cambiar las cosas. No serás de ayuda.

En El conde Lucanor (c. 1335) el infante Juan Manuel narra el apólogo del salto del rey Richalte. Un anacoreta santo y desprendido quiso saber si tendría al morir la gloria del Paraíso. Dios mismo le dijo que sí. Entonces el ermitaño quiso saber a quién tendría de compañero en el Paraíso. Dios le envió un ángel diciéndole que tendría de colega al rey Richalte de Inglaterra. El santón se mosqueó, porque el tal Richalte era un mal bicho, un desaforado con una vida lejísimos de la santidad. ¿Es que hasta el tato alcanza la salvación? El ángel le hizo ver que el tal Richalte, en una campaña con los reyes de Francia y Navarra contra un ejército mahometano mucho más poderoso, se arrepintió de sus vilezas, se encomendó a Dios y capitaneó en primera línea una carga de caballería al todo o nada contra el enemigo, saltando desde su bajel. La iniciativa de Richalte dio a los cristianos la victoria y al alma del rey la salvación. Así, el ángel hizo ver al anacoreta que todos los rezos y todos los ayunos en un descampado durante años no valen lo que vale posicionarse en el aquí y ahora, en la vida real y los problemas reales, con valentía y con entusiasmo.

Necesitamos más realismo. Éste no es enemigo de los ideales. Todo lo contrario: si uno no extrae las conclusiones correctas del panorama en que vive, ¿cómo va a cambiarlo? Si está obnubilado por el irrealismo ambiental, vendrán conclusiones obnubiladas. Qué bien vienen esos amigos que te dicen las cosas como son, aunque jodan, como aquel servidor del monarca persa que le seguía todo el tiempo diciéndole "acuérdate de los atenienses" incluso en los momentos de juerga. Y cuántos dirigentes se han estrellado por tener a su alrededor una cohorte de lameculos. Realidad, realidad, realidad. Un baño de realidad. En la Tierra no hay sólo cabañas, es cierto. Pero tampoco hay sólo palacios.



La pirámide Maslow de necesidades. Autor: FireflySixtySeven en Wikimedia Commons.

Uno de los autores más importantes en la psicología humanista fue Abraham Maslow (1908-1970). El humanismo se convirtió en una especie de tercera senda en el psicologismo, a la vista de los excesos de psicoanalistas (centrados en el examen interior) y conductistas (que prescindían de él centrándose en la conducta). Para la psicología humanista, era necesario un nuevo enfoque más amplio y comprensivo, centrado en la psique sana plenamente realizada y no en la neurótica,  un enfoque holístico e integrador de los enfoques previos, cuya base no era rechazada de inicio (el mismo Maslow llegó a definirse como "soy freudiano, soy conductista y soy humanista"). Según el autor, no se trata sólo de lo que el hombre es sino también de lo que puede llegar a ser. Para llegar a ser, el humano debe ir atravesando una escala de necesidades progresivamente más elevadas, que organizó en una jerarquía conocida como pirámide de Maslow (cuyo contenido presentó por primera vez en 1943, aunque lo reexpuso en la obra Motivation and personality de 1954). Con ello, dejaba claro que no tenemos un único determinante conductual sino bastantes más, y que hay que partir de la asunción de la realidad.

¿Asunción de la realidad? Para Maslow, lo primero es lo primero. En la base de su pirámide, estableció las necesidades fisiológicas. Son las que podéis imaginar: oxígeno, alimentación, sueño, excreción, ausencia de dolor, temperatura tolerable, etc. El segundo escalón es el de la seguridad personal: vivienda, ingresos y seguridad sobre todo. El tercero es afectivo y relacional, referido a nuestra condición de animales sociales. El cuarto se refiere a nuestra necesidad de estima, con distintos matices. Por último, el pináculo se refiere a la autorrealización personal. Digamos que los cuatro primeros escalones el humano recibe, mientras que en el último da. En ese pináculo el humano se siente plenamente involucrado en el presente, y su ser sintonizado con el ser universal: no habría fractura entre el ser y el deber ser.

Lo primero es lo primero. Cuando nacemos también nace el primer peldaño: respiración, lactancia y sueño. Los demás peldaños van apareciendo con el tiempo. Según Maslow, las necesidades insatisfechas generan conductas; las satisfechas son inertes en ese sentido. También afirma que para ir subiendo de escalón tenemos que haber satisfecho los anteriores. Sería una modernización del célebre refrán de Bacon "para dominar a la naturaleza, antes debemos obedecerla". Las necesidades superiores precisan de las inferiores, pues en caso contrario aquéllas no aparecerán. Por otra parte, las superiores llevan más tiempo para su cumplimiento, mientras que las inferiores suelen ser de satisfacción rápida, si bien continuada. 

Obviamente, esto no es palabra de Dios. Cada persona es un mundo y cada cual tiene sus escalones. Pero tengo por costumbre aprovechar ideas cuando son buenas y la pirámida maslowiana me parece un buen instrumento para mejorar la vida. Mucha gente busca la autorrealización, ese flotar, ese aquí y ahora, ese entusiasmo, esa flor de juventud, saltándose los demás escalones. Buscan también la autoestima y el éxito social incumpliendo las necesidades previas, alimentándose mal, descansando peor, respirando aire viciado, luciendo una mala salud. Muchos sedientos de autoestima (cuarto escalón) pretenden encontrarla mediante atajos (como el alcohol u otras drogas). Es como un aprendiz de yoga que no paga el peaje de practicar las asanas más sencillas porque quiere "quemar etapas" saltándose esos pasos previos imprescindibles. Porque quiere alcanzar la felicidad sin cumplir los requisitos. Quiere llegar a la casilla 63 de la Oca sin puentes, posadas ni pozos. Queremos muchas cosas en nuestra sociedad de consumo. Transporte rápido, comida rápida, soluciones rápidas y felicidad instantánea como si fuese café en sobre. Eso es vivir en la irrealidad. Si quieres despertar en ti el entusiasmo perdido, debes cumplir los pasos. 



Si quieres reactivar el fuego interior que una vez sentiste, te espera una serie de catarsis personales, de pasos intermedios en los que harás arder partes de ti que has podido llegar a considerar imprescindibles pero que ante una nueva luz se revela que no son más que harapos y telarañas. Lo veremos en la próxima entrega.


(continuará)


-Ver también Entusiastas (I).


2 comentarios:

  1. Me impresiona la gran variedad de temas que eres capaz de tocar, es admirable. Si me permites un consejo deberías estucturar los articulos de una forma mas definida, es cierto que tienes sección de historia, geopolítica, economia, etc pero muchas veces los temas quedan entremezclados incluso en la misma entrada.
    Respecto al asunto que tratas estoy de acuerdo en que para conseguir cambiar las cosas, en este caso la vida de uno mismo hay que actuar mucho mas que estar constantemente pensando que quieres cambiar, pero hay una rama de psicología que dice que la forma mas fácil de cambiar los actos es cambiar el pensamiento, pero no en el sentido de ser positivo y desear cosas sino prácticamente lo contrario es decir relativizar las cosas, quitarles importancia y no presionarte. Ese método se supone que hace que todo fluya mucho mas fácilmente debido a que el nivel de exigencia propio y hacia los demás disminuye drásticamente y el peso que hay que soportar para lograr las cosas es mucho menor. Aun así pienso que el cambio en la vida de una persona es muy difícil y hay que tener mucho valor y fuerza de voluntad para lograrlo por eso casi nadie lo hace, el problema viene cuando el cambio es totalmente necesario porque la situación es insostenible y aun así no se es capaz de hacerlo. Conozco casos.
    En cuanto a la juventud, yo no la sobrevaloro en absoluto, quizá sea porque mi niñez y adolescencia no han sido nada fáciles y no las he disfrutado especialmente. Aun así reconozco que me da miedo dejarla atrás pero no por hecharla de menos sino porque pienso que no me han salido las cosas como me hubiese gustado. Si vives una vida plena y estas satisfecho contigo mismo no creo que sufras con el paso del tiempo, incluso hasta la muerte se puede asumir con tranquilidad.

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  2. Bueno, muchas gracias. Las entradas son a veces caóticas porque al igual que el planeta también están "globalizadas" ;-) y los temas se entremezclan. Me cuesta ser nítido, la verdad es que sólo lo consigo de vez en cuando.

    Entiendo lo que quieres decir. Cada persona es un mundo y no siempre funciona el mismo sistema para todos. E incluso la misma persona puede funcionar con un reforzamiento mental para una cosa pero luego para hacer otra ese reforzamiento la bloquea, la entorpece, sobre todo en las relaciones sociales. Muchas veces viene bien actuar en piloto automático. Si has llegado a una conclusión, ponte a actuar sin tener que reconsiderar varias veces más aquello que ya has concluido. Recuerdo momentos importantes en que el piloto automático ha funcionado de lujo, porque te allanas a tu subconsciente, que suele acertar si está mínimamente sano y focalizado (eso también se entrena, como los músculos). Puede parecer que actúas con la mente en blanco, pero es justo lo contrario. Es útil al respecto la meditación también. Es más, últimamente han comprobado que transforma fisiológicamente el cerebro, engrosando la corteza prefrontal, y lo mejora (la meditación es buen tema para un posible artículo de esoterismo). Solemos tener la mente enredada con múltiples conversaciones sin sentido, como en un programa de cotilleo, y conviene hacer callar esas conversaciones que nos aturden para poder vivir mejor.

    Había una peli de Akira Kurosawa que no he visto pero el título me mola, "No añoro mi juventud". La sola idea de repetir los mismos errores hace que me olvide del tema. Sí recuerdo el panorama social con cierta melancolía, y eso que no era la Viena de Strauss sino la España de las teles privadas :-P

    ¡Salud! Y vida.

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