jueves, 18 de diciembre de 2014

La civilización del Creciente Fósil (I): planteamiento de la cuestión






Todas las civilizaciones pasan. Todas las culturas perecen. Así ha sido y me temo que así seguirá siendo. La pretensión de una cultura eterna no pasa de ser eso, una pretensión, un intento de hacer persistente lo que por naturaleza está sujeto a mudanza. Es lo que nos enseña la historia. Ésta también nos previene del fin de la cultura presente en que estamos inmersos y que imaginamos extensible indefinidamente en el tiempo. No hemos sido los primeros en imaginarlo así. Asimismo, en otros tiempos la suposición de que una cultura dura indefinidamente en su plenitud, como si su cenit se hubiese abstraído del tiempo, fue contestada con mitos que nos despertaban a la realidad. La ambición de construir la torre de Babel, emblema de soberbia humana, fue desbaratada. El reino perfecto de Camelot se perdió igualmente por la debilidad humana. Es un ciclo que se repite. Una cultura nace, se afianza tras una larga elaboración de esfuerzos, toca techo y se viene abajo en menos tiempo del que le llevó ascender. ¿Qué queda después? Queda la tierra, queda la gente y quedan los símbolos.

Nuestra civilización pasará. Se convertirá en otra cosa. Tiene que ser así. Es más, estoy convencido de que hace falta que así sea. No por ello el mundo desaparecerá. Tras la caída de Roma, la ciudad siguió bullendo de vida y peripecias hasta hoy mismo. Pero muchas de las cosas que damos por supuestas sí desaparecerán, así como los valores que en ellas se sustentan. Todas las culturas se debaten entre dos formas de vida, las basadas en el Ser y las basadas en el Tener. Los moralistas de todas las épocas han preferido siempre el ser antes que el tener, lo han considerado más noble y elevado. El ser es siempre previo al tener. No puedes tener si antes no eres. Hay quienes le dedican su vida al tener, sólo para así poder llegar a ser o a una apariencia de ser: que se les tenga en cuenta, que se les adule, que puedan decidir sobre asuntos importantes. Si el ser es clave, el tener puede ayudar al ser, puede enriquecerlo. No debería estorbarlo, no tendría por qué. Una cultura sabia armoniza ser y tener. Una cultura prehistórica, así como toda formulación adánica enaltecedora de esa cultura, es básicamente ser sin apenas tener. Una cultura neolítica, basada en excedentes de materia (primeramente grano y después otras cosas), corre peligro de anteponer el tener al ser, el basar el ser en el tener ("tanto tienes, tanto vales" como divisa) e incluso crear categorías de no-ser (la esclavitud sería el mejor ejemplo). La disputa entre ser y tener siempre nos acompañará, y cada cultura ha buscado la forma de armonizar ambas finalidades humanas. Eso sí, en los últimos tiempos ha aparecido una nueva forma de vida, la del Consumir.

Obviamente, para ser tenemos que consumir cosas. Un vistazo a la fisiología humana deja zanjada la cuestión. Tenemos que alimentarnos. Como buenos mamíferos placentarios, nos alimenta nuestra madre en su seno y después con sus senos. Si queremos vivir en el mundo, hemos de arrancar de él lo necesario para nuestro sustento. Debemos consumir. Debemos respirar. Debemos cubrir nuestra piel y nuestros pies, también ocasionalmente las manos, de las inclemencias y los agentes erosivos. Es nuestra naturaleza. Consumimos para algo: para ser. El consumo es una prioridad, no un fin. Ser para consumir suena raro, absurdo, desviado. La gente come para vivir y quien vive para comer termina pagándolo con el deterioro de su salud. Por eso cuando hablamos de "la sociedad de consumo" estamos hablando de un fenómeno nuevo.

¿Es que la gente de otras épocas no consumía? Pues claro que consumía. La historia nos brinda numerosos ejemplos de consumos desaforados, de comilonas espectaculares, de sibaritas, de soberanos manirrotos, de gentes fascinadas por las joyas y los metales preciosos, por las telas caras, por los muebles exquisitos .... Las riquezas de la naturaleza son regalos que ésta nos brinda, regalos a veces envenenados y que por eso debemos paladear y apreciar en su justa medida, colocándolos en el lugar que les corresponde y no en pedestal alguno. El derroche, la ostentación, son puntuales demostraciones de exceso, no la tónica habitual. Puede haber algunas excepciones, eso sí. Los amerindios de los estados de Washington y la Columbia Británica practicaban una curiosa ceremonia de derroche, el potlatch, en la que un cacique anfitrión liquida la riqueza acumulada durante un año haciendo generosas dádivas a sus invitados. Los antropólogos han reseñado que esa cultura del potlatch reforzaba vínculos entre los aborígenes, que se sentían moralmente obligados tanto respecto del anfitrión (que sería ayudado cuando le llegasen tiempos duros) como entre sí para esforzarse en arrancar riqueza del medio natural y así seguir manteniendo el ciclo anual de producción. Como es evidente, poco tiene que ver con el mundo en el que estamos ahora, basado en el consumo y no sólo en él sino en su crecimiento continuo.

Sí, crecimiento continuo. Todos lo habéis oído: "recuperar la senda del crecimiento", "el PIB sigue sumando año tras año", "abrir la llave del crédito para estimular el consumo", "trabajar para poder consumir y así seguir haciendo girar la rueda". Sí. Vivimos en lo que yo llamo la Gran Rueda. Una explicación preliminar ayudará a entender en qué estamos metidos.




DINERO, RIQUEZAS Y COSAS

El dinero es un magnífico invento que ayuda a reducir o prácticamente eliminar costes de transacción. Es una espiritualización del trueque aprovechando pequeños soportes (primero metálicos o cerámicos, después de papel y ahora unos y ceros flotando en el éter de silicio) que hacían las veces de los bienes que se permutaban. No voy a ponerme ahora con una historia del dinero, pero sí a precisar un poco el campo de juego de nuestra época. La riqueza de un país puede equivaler a un montón mayor o menor de piedras preciosas, y el dinero sería algo así como pequeños estuches donde esas preseas se guardan para así almacenarlas y transmitirlas mejor. Así, el dinero circula como equivalente de la riqueza. En vez de ver cómo hay un tráfico de piedrecitas brillantes, vemos un tráfico de estuches. Eso significa que si tomamos un estuche y lo abrimos, hemos de esperar que dentro de él hay depositada una presea. La idea de que circulen estuches vacíos, sin joya, sin verdadera riqueza allí albergada, nos resultaría ofensiva: nos estarían estafando. Por tanto, es de esperar que todos los estuches tengan presea.

Y sin embargo, en un determinado momento dejó de ser así. Comenzaron a circular numerosos estuches vacíos. Con el correr del tiempo, la riqueza real de un país dejó de tener relación directa con los estuches, con el dinero. Simplemente se intercambian estuches como si contuvieran preseas. Y la cosa va bien mientras aceptemos de buen grado que los estuches equivalen a preseas, aunque ya no sea así. No se me entienda mal, el dinero jamás se pudo comer, ni ahora ni en tiempos pasados (nadie puede comerse un doblón o un sextercio): me estoy refiriendo a que el dinero ya no es el equivalente contable de la riqueza nacional.

Supongamos un país que tiene un millón de unidades de riqueza, a la que corresponden un millón de unidades monetarias debidamente acuñadas. La gente emprendedora quiere prosperar y se endeuda con los depositarios de esas unidades monetarias, por valor de dos millones. Los depositarios crean dos millones de la nada y los prestan, a un determinado interés. Dado que no hay bastantes unidades monetarias, se emplean formas modernas para representarlas, como los billetes y las anotaciones en cuenta. Los empresarios emplean esos dos millones (pagando a proveedores, mano de obra, servicios varios, etc con esas formas modernas) en arrancar riqueza de la naturaleza (ríos, árboles, minas, ganado, plantíos, fuerza humana de trabajo, etc) que pueda equivaler a una cantidad que le permita cubrir esos dos millones más intereses y además les dé un margen para su enriquecimiento personal. El país ha entrado en gran actividad, se abren nuevas explotaciones, se emplea a la gente e incluso se trae a gente de fuera, la prosperidad parece flotar en el ambiente. El país se ha enriquecido. Ha sido a costa de algo, pero se ha enriquecido. Y los empresarios, tras esa potente inyección de actividad, ponen a disposición del público bienes y servicios por valor de, digamos, tres millones de unidades monetarias. Y esperan a que lleguen consumidores.

¿Cuánto dinero hay en el sistema? Tres millones de unidades más el piquito de los intereses. ¿Cuánto dinero contante y sonante, clásico, hay en el sistema? Un millón. Habrá gente que empleará los otros medios monetarios modernos para consumir. Por ejemplo, el empleado de uno de los empresarios, que ha sido pagado con billetes (puesto que no hay moneda clásica para cubrirlo todo), gasta éstos en los negocios de otro empresario, intercambiando bienes y servicios a cambio de la entrega y destrucción del billete. Pero la mayoría de la gente, que ya tenía su vida y su dinero, sus monedas reales, no puede satisfacer el exceso de oferta que les han puesto ante los ojos. Siguen comprando lo mismo porque su vida sigue siendo más o menos la misma. Eso os sonará: el supermercado atiborrado de víveres y frecuentado por un puñadito de personas con un puñadito de dinero en el bolsillo. No hay dinero real para cubrir todo el dinero ficticio que ha llevado a crear más riqueza real. Es una situación menos desoladora que la de las baldas del súper vacías, pero no menos peligrosa.

-Los primeros que están en peligro son los empresarios. ¿Cómo van a devolver el dinero solicitado? Los bancos se encuentran en una situación ventajosa pues están en condiciones de exigir el retorno del préstamo más intereses y, ante la imposibilidad de ese retorno, satisfacerse con bienes reales que sean de los empresarios. Por eso nuestro mundo es un mundo básicamente bancario.

-Pero los bancos también están en peligro. Imaginemos que un buen día aparece una muchedumbre con papelitos en la mano, billetes que equivalen a dos millones de unidades monetarias, con el propósito de canjearlos por ellas cuando sólo hay un millón depositado. Antes acababan ahorcados.

-El tercero que está en peligro es el Estado. Ha visto aumentados sus ingresos a base de hacer tributar todas las nuevas actividades económicas, ha extraído equivalentes monetarios (es más, habrá preferido ingresos en efectivo) de todo lo que se ha estado cociendo, cobrando por licencias de obra, por contrataciones, por actos documentados, por nuevas rentas, por bien puesto a disposición del público, etc. Y viéndose rico ha creado una gran red administrativa que se superpone a la realidad económica del país, pero viviendo de ella. Con esa red ha generado clientelas y sinergias varias, y se ha asegurado una estabilidad que se vería en peligro si el sistema recién creado (generar unidades monetarias para luego poner al país a extraer riqueza equivalente a ellas) va y se gripa. Por tanto empresarios, banca y sector público tienen un objetivo común: que esa rueda no se detenga. De modo que toman las decisiones pertinentes.

Dos decisiones serán fundamentales. Una de ellas es que el billete no se destruye. Pasa a ser igual a la moneda clásica y a valer igual que ella. Por tanto, la emisión de billetes podrá cubrir la demanda de monedas obligando a la gente a que tenga por idénticos a unos y a otras. La otra decisión es seguir alimentando la rueda con nuevas emisiones, con nueva creación de dinero. Ese dinero aparece, activa la creatividad económica del país procurando el retorno en riqueza de lo que se ha generado virtualmente. En este escenario, los bancos se han salvado de la espada de Damocles de la convertibilidad en monedas, pero los empresarios siguen expuestos porque su obligación de devolver las unidades monetarias (en el formato que sea) permanece. Por eso cada cierto tiempo hay crisis. Cada cierto tiempo el sector productivo no puede devolver todo lo que se ha prestado porque la creación de dinero y la de riqueza no suelen ir a la par, y se producen bancarrotas. Algunos bancos quizá se hayan expuesto demasiado y también quiebran. Los operarios de las empresas en problemas o quebradas van al paro. El sector público ingresa menos, puede dar menos servicios paliativos de la situación y empieza a notar el descontento social. Hay que salir de ahí. Hay que volver a poner en marcha la Gran Rueda. Hay que volver a producir y consumir. El consumo es fundamental. La gente tiene que consumir. Si consume, el Estado cobra y se genera empleo lo que genera nuevos cobros y la posibilidad para el empresario de devolver la inversión y quedarse con su plusvalía. Siempre hay que crecer. Porque la cantidad de dinero crece. Y los precios suben. Siempre suben. Si bajan, el sistema empieza a desgañitarse diciendo que hay amenaza de ruina. El precio de las cosas debe subir ininterrumpidamente.

Ese crecimiento continuado es novedoso en nuestra especie. Los humanos del Solutrense no se preocupaban por cosas como si su PIB había crecido o no, pues no fundamentaban su sociedad en eso. Las sociedades antiguas eran bastante estables, con cierta vocación de permanencia aunque como toda sociedad también tenían su fin, y no estaban metidas en ese tipo de vorágines. No necesitaban esquilmar permanentemente la naturaleza, porque la tenían delante y vivían primariamente de ella, ni precisaban continuos avances tecnológicos para obtener más cosas ni les hacía falta una presión psicológica permanente para incrementar su apetito por novedades y sensaciones. Pero en los últimos dos siglos eso es lo que está pasando en Occidente.

Y está fundamentado en una falacia. Durante la Edad del Progreso y más concretamente durante la Belle Époque (curiosamente, cuando la creación de dinero nuevo estaba bastante contenida por el patrón-oro) se produjo un salto absolutamente extraordinario, prodigioso, en la capacidad técnica humana. Antes para llevar mercancías o iban a lomos de burra o se embarcaban en un barquito de vela. Pero el ferrocarril y los buques a vapor revolucionaron el panorama. La prensa, el teléfono y el telégrafo permitían un fértil acceso a una información más fresca y rápida. Infinidad de aplicaciones industriales, que sería muy prolijo analizar aquí, hicieron que la productividad de los países occidentales creciese año a año más que nunca en la historia. Eso hizo pensar a las élites que ese tipo de crecimiento, basado en la innovación tecnológica renovada año a año, era lo normal en una sociedad avanzada y fundamentada en el método científico. Pensaron que era normal crecer un 10% anual y planificaron la creación de un Estado-providencia basándose en esa suposición. Pero esos crecimientos fueron anormales, producto de innovaciones que dieron giros copernicanos que probablemente ya no se darán. El ferrocarril sigue siendo más barato energéticamente que el avión, y además puede salir de la estación con mal tiempo. Un salto como el del motor de explosión no parece ahora mismo repetible. ¿En qué hemos avanzado mucho? En la miniaturización y en la transmisión automática y continua de información. Es decir, en sectores asociados a las élites californianas, que lo están vendiendo como la gran revolución cuando ésta en realidad se dio a caballo entre los siglos XIX y XX. Las élites piensan y pregonan que nuestra sociedad fabril ha hecho bien en dar el paso a sociedad de servicios y de la información, a una sociedad postindustrial, que eso significa seguir avanzando más y más. De ahí que en el imaginario colectivo se estableció en su momento la imagen de la sociedad futura del siglo XXI, el mismo siglo que estamos pisando torpemente ahora, como una especie de Arcadia ultratecnológica perfecta, limpia e insípida de terrícolas en extraños pijamas, con coches que vuelan, casas-torre imposibles y robots-chacha que te hacen la cama y la comida. Nada de eso se ha verificado, a excepción de los productos de la élite californista (entretenimiento, internet, tabletas, smartphones, geroprotectores, porno las 24 horas del día), la única que parece ser capaz de decir al mundo "nosotros sí hemos cumplido lo prometido".

De ahí que la Gran Rueda no puede detenerse so pena de que se acabe esta civilización. Por eso "antisistemas" como Podemos ni piensan en decrecer sino en volver a reactivar el consumo. Consume, consume, consume. Y se me dirá "bueno, pero es una vida agradable la de la abundancia". Cierto, es agradable. Incluso anestesiante. Para muchos y muchas el mejor remedio contra un altibajo del ánimo, de esos peculiares altibajos a que es tan dada nuestra cultura, es "quemar la visa". El cuerpo social, mediante las tarjetas de crédito, contribuye a la creación de dinero virtual ayudando a que la Gran Rueda dé más giros. Nadie quiere bajarse de esa rueda porque fuera de ella, como dicen los castizos, hace mucho frío. Es más, desde niños se nos alecciona y prepara para ser insertados en esa Rueda. Entramos, nos deslomamos y después somos excretados como si hubiéramos pasado por el tubo digestivo de un dios indiferente a nuestro destino. Si sales a tiempo de jubilarte, has completado el camino. Si sales antes y no puedes reincorporarte, ¿qué destino te espera? La tecnificación y automatización han ido destruyendo la necesidad de mano de obra, pero el excedente de dinero ayudó a crear otros mercados, otras necesidades, otra demanda (a menudo mediatizada por el sector publicitario, otra rama muy poderosa del macrosector servicios) y otra exigencia de mano de obra donde se podrían colocar los expulsados de la robotización. Pero si la fabricación de dinero virtual se frena .... ay.

Por eso hay que seguir, en una huida hacia adelante cada vez más rápida y de vericuetos, eses y zigzags cada vez más impredecibles. Ese sprint con apariencia de perpetuo ha recibido el nombre sociológico de Juggernaut.

Imagen: Proyecto Gutenberg, vista en Wikimedia Commons.

El juggernaut (Yaganata originariamente) es un concepto hindú asociado a Khrisna y que se refiere a una fuerza imparable que aplasta todo lo que se encuentre a su paso. El carro juggernaut, una aparatosa carroza que en la procesión anual llegaba a pasar incluso por encima de los fieles acostados en el suelo, era desplazada poniendo maderos redondeados debajo de ella para hacerla avanzar, pero haciendo que su movimiento fuese bamboleante y traicionero. Si te pillaba, te aplastaba para luego seguir indolente y ciegamente su cada vez más temblequeante desplazamiento. Y en algún momento, si la velocidad iba a más, el carro terminaba hecho añicos en el no menos indolente suelo. Ese concepto fue aprovechado por los sociólogos para referirse a una sociedad que está en trance de perder su equilibrio pero que antes de perderlo se lleva por delante todo lo que pille.

Ese mundo que pierde su equilibrio es lo que los indios hopi llaman Koyaanisqatsi, como el maravilloso documental (1982, Godfrey Reggio). Se trata de un mundo artificial, creado por los humanos, no proyectado por la naturaleza y que al chocar con ésta deriva en ruina. Observado desde la distancia, no cabe duda de que es así. Pero para un urbanita occidental hundido hasta las cejas en una pantagruélica dieta de estímulos sensoriales, memes clavadas en el cerebro, condicionamientos sociales y demás subproductos de la noosfera, no hay la suficiente distancia, le falta la pausa para reflexionar, para darse cuenta de a dónde va y si puede detener el proceso .... aunque el proceso no tenga visos de detenerse: los empresarios quieren plusvalías, los bancos quieren generar deuda y el sector público quiere cotizaciones e impuestos para seguir engordando sus capas administrativas y políticas. Y si la situación se resfría, acuden a toda clase de resortes de ingeniería financiera para seguir exhibiendo números de crecimiento aunque realmente no se esté creciendo. Y si el sistema socava la natalidad de los occidentales, tanto empresarios como bancos y sector público sustituyen el hueco en la fuerza de trabajo por otra venida de fuera. La Gran Rueda no se puede detener. Hay demasiado en juego.

Y podrás pensar "pues por mí genial que no se detenga, porque vivimos mejor que nunca". Por una parte, no lo creo: se vivió mejor en otras décadas. Con todo, los primeros años del presente siglo fueron muy buenos pero gracias a la confluencia de cuatro fuentes de dinero: el useño (tras el batacazo de las puntocom, la FED abarató al máximo el precio del dinero generando una espiral a la que le perdieron la pista desde marzo del 2006, cuando dejaron de controlar cuántos dólares había en el sistema, pero que reencontraron al año siguiente con el crack de Lehman Brothers), el alemán (fondos de cohesión a cambio de establecer una economía clientelar en Europa), el árabe (los fondos del Golfo comenzaron a orientarse hacia Occidente tras unos años de locura suntuaria) y el chino (que reorientaba sus plusvalías hacia los mercados exteriores sistemáticamente mientras atenazaba a su propia mano de obra). Esa confluencia dejó de darse y ya no se dará más, me temo. Pienso que si tenemos en cuenta unas cosas y otras, quizá -y digo quizá- la mejor época fueron los años ochenta, pero si analizamos otras variables quizá habría que pensar en los años cincuenta -digo en Occidente, no en España, que todavía estaba muy mal el tema-.

Por otra parte, se está deteniendo. Una de las características de la Gran Rueda es que la inflación de dinero lleva aparejada inflación de extracción de riqueza y también inflación de gente: las sociedades disparan su población. Eso sí, dentro de esas sociedades los procesos inflacionarios y todo lo que llevan aparejado (como la creación de Estados-providencia que de otra manera no podrían aparecer al no tener la debida financiación) terminan provocando una aterradora crisis de natalidad, tema ya tratado en otro post. La enferma pirámide poblacional de Occidente terminará cargándose el sistema. La cuestión es si será de manera suave o apocalíptica, y eso es algo que tenemos que plantearnos como ciudadanos. Pero ocurrirá.

En tercer lugar, aunque se viviera como nunca y no hubiera problemas estructurales como la natalidad, olvidaríamos que un escenario de crecimiento infinito es imposible en el marco de un planeta finito. Tarde o temprano llegaremos a lo que Guillaume Faye llamó un muro físico. En ese muro nos pegaremos un topetazo antológico. Es cuestión de tiempo. El hombre sin perspectiva, el hombre de hoy que ha perdido de vista los ciclos de la naturaleza e incluso los ciclos biológicos propios, que vive en una fábula irrealista progre según la cual la naturaleza no tiene por qué ser escuchada y no digamos obedecida, el hombre que todo lo fía a las élites presuntamente racionales de California pensando que le van a dar soluciones a todo, el hombre que no piensa en la muerte, que no se detiene a meditar sobre el sufrimiento en otras latitudes, que siente aversión a la historia porque la asocia a la escasez, ese hombre y esa mujer deberían saber que no pueden seguir por este camino de derroche de acuíferos, hidrocarburo, aire, biodiversidad y tiempo. Que la tierra no es plana y que lo que envías te vuelve. Que no se puede sembrar el planeta de plástico sin topártelo tarde o temprano. Que los recursos se acaban y cuando se acaben también se acabó su civilización, su cultura. Que "realidad" proviene de res, cosa, y cuando no hay cosas de poco vale lo demás.  Y que la escasez es la norma. No es ni la excepción ni tampoco es un "error" de la "reaccionaria" naturaleza.

Si uno reflexiona sobre el sistema en el que vive, puede encontrarlo apetecible. Entiendo esa postura. A mí también me regocija ver los hipermercados a rebosar. Pero la clave no está en que critiquemos o condenemos moralmente nuestra civilización por su superficialidad, su ausencia de espíritu o su materialismo galopante. No. La clave está en que, la condenemos moralmente o no, va a desaparecer porque se quedará sin recursos. Un recurso que está perdiendo a toda prisa es el manpower, el capital humano, debido a la crisis demográfica que acabará en una generación con el "estado de bienestar". Y otro recurso que agotará más temprano que tarde es la energía asequible. Por eso no nos esperan en el futuro próximo aquellos panoramas de ciencia-ficción benévola y optimista, sino otros muy distintos.


EXCURSUS PARA CINÉFILOS

En 1968 se estrenaron en cines dos films de ciencia-ficción francamente antitéticos y divergentes pero que han merecido hasta hoy un hueco en el corazón de los amantes del cine. Por una parte, tenemos "2001, odisea en el espacio" (Stanley Kubrick), del que no se exagera si se dice que es uno de los mejores de la historia. En él se ilustra la elevación de la Humanidad desde un estadio de desesperante escasez, en el que un clan de homínidos vive un cuello de botella, próximos a la extinción. Una intervención alienígena o divina, o ambas cosas, encefaliza milagrosamente a esos homínidos: inmediatamente después, gracias a la capacidad de abstracción, descubren que pueden conseguir una dieta de carne (matan un suido) y ya erguidos derrotan a otro clan que les había expulsado de un abrevadero (matan a otro homínido). Sin embargo, en el resto del film la lucha por los recursos desaparece, dando la sensación de que la tecnofilia humana ha erradicado la necesidad. Cuando el humano, en pleno proceso de nueva y milagrosa mejora evolutiva, se ve a sí mismo envejeciendo plano a plano, tira una copa con agua al suelo: los recursos pasan a ser algo simbólicamente prescindible. Al final, el humano es transformado en un transhumano similar a las categorías californistas de niño índigo y cristal, benevolente y angelical, sin necesidad aparente de matar para comer y que se desplaza sin esfuerzo por todo el Espacio.

Por otra parte, "El planeta de los simios" (Franklin J. Schaffner) es todo lo contrario. Spoiler: unos astronautas llegan, tras un viaje larguísimo, a un planeta donde encuentran a humanos degradados que reciben trato de alimañas por parte de simios parlantes y con capacidad técnica; a pesar de que el astronauta superviviente del grupo demuestra una evidente inteligencia, la casta dirigente simia quiere deshacerse de él porque sabe o intuye que los humanos son seres destructivos: en efecto, ese planeta tan raro es la Tierra, devastada por una lejana guerra nuclear. 

El film de Schaffner no tiene la extraordinaria categoría artística del de Kubrick pero su realismo es mucho mayor. Allí donde Kubrick recurre al mito y el símbolo para ejemplificar un optimismo antropológico innegable, Schaffner recurre a una narración realista, a ras de tierra, mostrando que los humanos se mueven siempre en un escenario de escasez y de peligro, y que su tendencia es a destruir el entorno y con él llevando aparejada la destrucción de ellos mismos. Y lo que son las cosas, el film de Kubrick quedó aislado en el panorama de la ciencia-ficción, como si fuese un monolito, mientras que el de Schaffner dio pie a una corriente de obras apocalípticas que discurseaban sobre el fin de nuestra civilización e incluso de nuestra especie.

Y es que los años sesenta fueron años alegres y optimistas, años hippies, que recibían el "american way of life" de la administración Eisenhower cruzado con nuevas corrientes contraculturales que anteponían la conciencia por delante de la realidad. Pero, ay, los años setenta vieron el final de las utopías. Los hippies fueron borrados del mapa mediático. El sesentayochismo derivó en ideologías débiles o en sectarismo polpotista. Estallan las dos crisis del petróleo. La de 1973 fue, quizá, el principio del fin de este mundo como lo conocemos. Prolifera el cine catastrofista, y la ciencia-ficción se hace eco de ese hervor espiritual. "Soylent green" (1973, Richard Fleischer) expone un mundo hipermasificado de humanos hacinados hasta tal punto que deben ser alimentados con unas galletas proporcionadas por una multinacional llamada Soylent que teóricamente tienen un origen inocuo pero que en realidad se elaboran con cadáveres humanos. Muchos habitantes de las ciudades-hormiguero optan por la eutanasia en una clínica llamada Hogar mostrando imágenes de una naturaleza ida para siempre:


El espíritu de Edward G. Robinson -que agonizaba realmente durante el rodaje- danzando en los campos de su infancia.

En "Naves misteriosas" (1972, Douglas Trumbull) ya no queda prácticamente nada de vegetación en la Tierra, de modo que en tres naves orbitando Saturno se conservan muestras de flora que podrían ser útiles en una futura repoblación. En "Sucesos en la cuarta fase" (1974, Saul Bass), los humanos se verán desplazados del dominio sobre el planeta por unas hormigas que han desarrollado intelecto. En "La fuga de Logan" (1976, Michael Anderson) los humanos supervivientes de la aniquilación viven en una cúpula controlada por inteligencias artificiales, y para evitar la proliferación humana cuando un habitante de la cúpula cumple los 30 se le da matarile en una ceremonia llamada Carrusel. Los australianos aportaron un pequeño clásico rodado con cuatro duros llamado "Mad Max" (1979, George Miller) en el que la gasolina y los motores son lo que decide vida o muerte en un escenario post-apocalíptico. Los recursos cobran su importancia capital en un mundo que parece haber despertado a los fantasmas de la escasez.

Significativamente, el californismo mediático optó por mirar hacia otro sitio. La mejor prueba de ello fue la saga Star Wars, en la que la escasez desaparecía de la problemática, sustituida por el discurso optimista de un Universo en cuyo marco un hombre podía convertirse en un dios gracias a la orden Jedi (no estamos tan lejos de la conclusión kubrickiana) y a una visión mágica y divertida de la tecnología punta, capaz de cualquier cosa. De todas maneras, la ciencia-ficción con fondo serio y realista siguió funcionando. Es interesante ver que el papel de "villano" en varias películas de la época se desplaza hacia las grandes compañías, que empiezan a ser vistas como "Estados dentro del Estado" y como nuevos señores feudales, con la citada Soylent como pionera. La Weyland-Yutani de "Alien" (1979, Ridley Scott), la Con-Am de "Atmósfera cero" (1981, Peter Hyams), la Tyrell de "Blade Runner" (1982, Ridley Scott), la Skynet de "Terminator" (1984, James Cameron) y la mítica Cofradía Espacial de "Dune" (1984, David Lynch) son buen ejemplo de la creciente desconfianza del imaginario colectivo occidental hacia las corporaciones de su época, su complejo militar-industrial. La saga Dune es tan simbólica al respecto que me servirá para hacer entender un par de cosas.

Esta saga, creada por el escritor Frank Herbert, arranca con la novela homónima de 1965. Herbert, apasionado del ecologismo y de los misterios de la psique, volcó sus inquietudes en ella con singular éxito, pues ganó los premios Hugo y Nebula, generó varias continuaciones y fue adaptada a cine y televisión. En un mundo futuro, los humanos han colonizado la galaxia, dividiéndose en casas nobiliarias que dominan sus respectivos planetas. Los viajes interplanetarios están mangoneados por la Cofradía Espacial. Esos viajes tienen el problema de que las inteligencias artificiales han sido erradicadas, pues en el pasado se produjo una guerra entre humanos y máquinas, llamada Yihad Butleriana, de la que los humanos salieron vencedores y que conllevó la prohibición de construir máquinas pensantes. Por tanto, sin informática esos viajes se harían "a pelo" de no ser porque la Cofradía dispone de navegantes que han desarrollado poderes precognitivos para encontrar rutas seguras, gracias a vivir literalmente en tanques llenos de especia Melange. Esta especia alarga la vida y mejora las cualidades físicas, amén de conferir capacidades paranormales. Quien controla la especia Melange, lo controla todo. Esa especia sólo se encuentra en el planeta desértico Arrakis, también conocido como Dune por su monótono paisaje de dunas, y es simplemente el exudado que producen unos gigantescos gusanos de arena. Ese misérrimo planeta, habitado por escasa fauna extremófila y por tribus humanas llamadas Fremen, pasa a ser la clave de la trama. Es la lucha por los recursos, veinte mil años después de nuestra era actual del Creciente Fósil.

De entre los elementos que hacen disfrutar la novela (un auténtico festín de ideas, metáforas y sugerencias para el lector inteligente), se podría destacar un paralelismo con nuestro mundo actual. Llama mucho la atención la gran abundancia de términos arábigos o arabizantes en la trama. La inclusión de jergas no suele ser inocente, y menos a la hora de recrear panoramas distópicos (otro ejemplo célebre de la época fue La naranja mecánica de Anthony Burgess, dialogada en nadsat, un slang trufado de palabras rusas). Y en la saga no lo es. Incluso el propio nombre de Arrakis parece sugerir el de Iraq, y no digamos cuando el emperador del universo conocido se llama Shaddam. Las casas nobiliarias Atreides y Harkonnen podrían ser Usa y Urss, respectivamente. O bien Occidente en general (a los Atreides se les sugiere un origen helénico) contra un despótico poder allende estepas. Y Arrakis sería el mundo árabe. Y la especie Melange sería el petróleo.

El petróleo cumple esas mismas funciones que la Melange. Ha activado, "dopado", nuestra civilización llevándola a un vértigo antes impensable. Nos hemos convertido todos, los humanos, en un fiero ogro generador de novedades, de falsas necesidades, de inflación de todo signo, de ansia, de expectativas de crecimiento perpetuo, de humo, de plástico, de carcasas, de maquinaria. Nos hemos lanzado más que nunca a aquello que Papini llamó "la ebria conquista del mundo". Y para eso, para semejante salto, la clave ha sido el petróleo. Éste es un regalo excepcional que los dragones han enclavado en el subsuelo, una maravilla de la naturaleza, una fuente riquísima y altamente versátil de producir bienes y energía. Pero esa maravilla ¿está siendo bien o mal utilizada? ¿No la estamos malgastando? ¿No le estamos dando un uso inadecuado? Tened en cuenta una cosa, que todo lo que veis alrededor deriva del petróleo, directa o indirectamente.

De modo directo, del coche a la bandejita de polispán pasando por el móvil hasta el carbohidrato base de la dieta actual (fertilizado, tratado, cosechado, cocinado y distribuido gracias a derivados del petróleo) y que ha permitido un Peak People, un crecimiento astronómico del número de personas en el mundo. Así es. En los albores de la Era del Petróleo, a principios del siglo XX, había 1700 millones de personas; hoy hay 7200 millones y subiendo. Y eso sin contar con la demencial ola de guerras y genocidios que el mundo sufrió durante el siglo pasado y que sigue sufriendo hoy. Muchas de esas guerras y muchos de esos genocidios habrían sido imposibles sin petróleo. El tren de vida que empezamos a llevar los occidentales generó varios genocidios. Por ejemplo, tras la invención de los neumáticos, el planeta vivió una "fiebre del caucho" que en los comienzos del siglo pasado supuso en el Congo del belga Leopoldo II la muerte de entre cinco y diez millones de congoleños, en una de las mayores bajadas al infierno de nuestra especie. También en la cuenca amazónica se produjo otro rosario de monstruosidades a cuenta del caucho, menos conocidas que las africanas pero igualmente horrendas, y que hacen evidente que las nuevas naciones iberoamericanas les dieron a los indios muy mala vida, algo habitualmente ocultado por la tendencia a atribuir todos los males a la dominación española (y portuguesa), la famosa "leyenda negra".

De modo indirecto, todo lo que vemos no sólo contiene petróleo, sino que además paga petróleo. Éste ha generado burbujas crediticias, pues al disponer nuestra maquinaria creadora de crecientes volúmenes de "droga negra" barata ha prometido mayores expectativas de producción, que implican más préstamos, más emisión de dinero no-convencional para cubrir el gap entre los números anotados en cuenta y los billetes y monedas realmente existentes, más emisión posterior de dinero convencional para no colapsar el sistema, más alzas de precios, más perspectivas de negocios debidas a esos altos precios, más recursos aprovechados (o saqueados, según se mire), más internacionalización de la economía, más intervencionismo en los asuntos de los países-Arrakis de turno, más jaleos y más guerras. Es por eso que cuando charlo con colegas más bien progres y éstos me dicen que el occidental medio vivió cojonudamente durante la segunda mitad del siglo XX "gracias a Keynes", yo les digo que fue "gracias al barril de crudo a dos dólares" y queda la cuestión zanjada. Por otra parte, insistiendo en la influencia indirecta, el crecimiento económico "dopado" de la Era del Petróleo hizo pensar a las sociedades occidentales que eran inmensamente ricas, por lo que podían permitirse la creación de Estados-beneficencia que son una elefantiasis de la llamada administración napoleónica, exageradamente inflada (recordad: inflación como concepto básico) y abarcando terrenos que deberían corresponderle al sector privado mediante un cada vez mayor empleo de mano de obra pública, y con ello el impacto de impuestos, tasas y demás sobre la actividad económica (empezando por los petroderivados, que suelen estar petados de impuestos): por eso cuando haces algo tan nimio a nivel monetario como comprar, no sé, un chupachups estás pagando petróleo dos veces: por el envoltorio y el palito de plástico, y por el IVA.

Los años diez del pasado siglo fueron cruciales en términos petroleros, por varios motivos. Resulta evidente que todo el cortejo de matanzas de la I Guerra Mundial no habría sido tanto sin la concurrencia de los nuevos medios de locomoción, regados con derivados del petróleo. Éstos ayudaron a los pueblos europeos a matarse más y mejor. El petróleo estuvo en el corazón de aquella guerra, como lo estaría en la II (por ejemplo, recordemos el interés alemán en el petróleo soviético, o el desesperado expansionismo japonés tras alcanzar su peak oil en un año tan temprano como 1932). Por otro lado, aquellos años diez nos mostraron dos vías distintas de explotación de los procesos extractivos y productivos. Por un lado, el caso useño: en 1911 la Corte Suprema aniquila el monopolio de la Standard Oil de los Rockefeller y da lugar a una miríada de empresas petroleras progresivamente más poderosas, que llevarán a un fenómeno típico de estos tiempos post-capitalistas: la confusión entre esferas privada y pública. Por el otro, el caso soviético. El petróleo del Cáucaso era uno de los más deseados a principios del siglo XX, y también uno de los más atacados por el naciente bolchevismo: por ejemplo, el joven revolucionario georgiano Koba, después Stalin, intervino en atentados y sabotajes contra intereses de los Rothschild franceses. En 1912 los Rothschild, cansados de tener pozos improductivos y amenazados, los malvendieron a la que sería Royal Dutch Shell, que pensaba haber hecho el negocio del siglo. La Revolución de 1917 fraccionó el dominio ruso del Cáucaso, donde armenios, georgianos y azeríes crearon una efímera república llamada Transcaucasia. Poco después, en mayo de 1918, la rica en petróleo Azerbaiyán se proclamó independiente. Poco duró. El experimento bolchevique de las Rusias necesitaba ese petróleo azerí para apuntalar su viabilidad, como el mismo Lenin había declarado. La política de hechos consumados no se hizo esperar: el ejército bolchevique invadió y sometió al pueblo azerí en 1920, haciéndose con el crudo. La Dutch Shell podía decir misa. El caso soviético es buen ejemplo de cómo el petróleo lleva al intervencionismo en otros países (a veces a lo bestia, como en el ejemplo, y a veces de modo más solapado), y de cómo nace otro tipo de empresa-explotación, la estatal o paraestatal, que se contrapone al emporio privado.

La historia del petróleo, pasadas las dos guerras mundiales, ha sido también la historia del optimismo de generaciones de baby-boomers que vivían mejor que nunca. Durante los años cincuenta y sesenta, con el barril de crudo a precios irrisorios, en Occidente se alimentó la idea del progreso continuo, del asalto a los cielos, del triunfo de la tecnología, del fetichismo del automóvil, del ombliguismo humano en definitiva. Occidente se deja mecer por las nanas del californismo. El occidental medio se siente próspero y libre por su cara bonita, sin tener en cuenta las fuerzas subterráneas que han tejido la trama en la que vive. Ante nosotros se abrían perspectivas gloriosas. En el año 2000 seríamos inmortales, viajaríamos a Plutón como quien va a Cuenca, erradicaríamos todas las enfermedades, tendríamos solícitos robots que nos limpiarían el culete y viviríamos en paz perpetua. Lo imaginamos todo menos Internet y los móviles. Buenos tiempos para dedicarle poesías futuristas al estireno y otros petroderivados (para los cinéfilos más conspicuos, recomiendo una insólita joya del publirreportaje, "Le chant du Styrène" (1958), encargada por la francesa Pechiney -hoy absorbida por una de las muchas insaciables multinacionales canadienses, presentes en todas partes-, y que nos habla de una época y de una mentalidad servida por la gran calidad de los involucrados en su rodaje: dirige Alain Resnais, guioniza Raymond Queneau, musica Georges Delerue .... Si podéis hallarla, vedla).


(continuará)


13 comentarios:

  1. Buen post y muy interesante. Muy probablemente provoque molestias a los creyentes en el Dios Consumo.

    Sin embargo le falta mayor crudeza y autocritica. Que es eso de que la civilización termina por que se acaban los recursos y ya? No es asi, aca hay culpables bien señalados, en realidad todos lo somos en mayor o menor medida, pero esta fiesta va a finalizar y alguien va a tener que pagar los platos rotos. Llamemosle justicia universal si se quiere.

    Muchos son los que deben entender que el futuro no será para todos. Nunca es tarde para prepararse, faltan un par de décadas para que las cosas se pongan verdaderamente mal en Occidente.

    El que quiera oír que oiga, y el que no que siga viviendo su vida como le plazca, luego ya vendrá el lloro y el crujir de dientes.

    Saludos

    Pd: Soy Ateo por las dudas.

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  2. Hola, si le falta crudeza y autocrítica es porque asimismo le falta la mayor parte del artículo, en la que explicaré cómo será el fin de nuestra civilización y se apreciará mejor nuestra ceguera colectiva. ¡Pero cómo íbamos a vivir este mundo que tenemos si no es en situación de ceguera! Es como vivir en el tiempo de las dos guerras mundiales sin estar permanentemente embadurnados de mentiras. Estamos ciegos de espíritu, nuestra alma parece que se ha aplanado, como si la hubiera aplastado un palé atiborrado de ejemplares de Vogue.

    Me temo que sí, que la civilización acabará cuando se acaben los recursos. Un cuarto de siglo, a lo sumo. Esta civilización ha demostrado que puede sobrevivir a la mayor de las corrupciones morales, mirando para otro lado. Que puede sobrevivir a los jaleos que se montan en otras latitudes por nuestra culpa directa o indirecta. Que puede sobrevivir incluso a líderes de rotunda mediocridad. Pero no sobrevivirá a la falta de petróleo. No puede.

    ¡Salud!

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  3. Hola, concuerdo con tu comentario. Pero permíteme acotar una cosa, no se trata solo del petróleo, se trata de TODOS LOS RECURSOS NATURALES DEL PLANETA. Se trata del Peak EVerything, el pico de todo.

    También hay que acabar con algunos prejuicios sobre la gente que está informada sobre esto temas. Es decir yo no estoy loco ni nada por el estilo, no desearía que se acaben las cosas buenas de este mundo, pero la realidad es otra, lamentablemente es evidente y no se puede negar que los seres humanos han roto el equilibrio con la naturaleza, y esa puñalada tendremos que pagarla. Tal vez no seamos nosotros pero si serán nuestros descendientes( a los que los tienen o los tendrán) los que pagaran buena parte de nuestros "pecados".

    A mi como a casi todo el mundo me gustan ciertas cosas de la vida moderna, es muy triste que muchas buenas cosas se perderán. Cada uno debera tener obligación de resguardar aquello que considere de valor.

    Pd: Esto va dirigido a la gente normal consciente que se encuentra en el medio de la degeneración actual, aquellos que solo conciben la vida actual como la única digna de ser vivida ya están perdidos lamentablemente.

    FInalmente la mejor frase final para toda esta gente moderna, recuerden "La civilización devora a sus hijos".

    Saludos

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  4. Sí, tendremos pico de todos los recursos, es algo que no se le escapa a nadie. Ya hubo pico del oro en el 2000, aunque éste tiene la ventaja de que casi no se aprovecha industrialmente, de modo que seguirá con nosotros los próximos milenios pero los demás .... Los demás picos están necesariamente relacionados con el petróleo, porque cada vez se gastará más de éste para conseguir una producción similar (transporte, maquinaria pesada, fracturar rocas, cribados), como el caso del uranio, que ahora mayoritariamente se obtiene de yacimientos secundarios, de los que se desechaban en los años ochenta. Si no hay combustible para coches, adiós a puestos de trabajo y a cotizaciones de la SS, y a impuestos indirectos, menos gente consumiendo y más parados que atender, más carga impositiva y menos consumo, con ello menos natalidad .... Cualquier sector, cualquiera, que se caiga se lleva consigo todo el sistema. La ropa, el audiovisual, el sector que sea, y si es el tráfico rodado lo mismo, se nos lleva puestos. Para evitarlo la idea es cambiar a pelo coche diésel por eléctrico, y entonces tendremos pico de cobre, litio, tungsteno y demás, con el agravante de que para extraerlos se gasta petróleo. Sin petróleo no hay sociedad contemporánea, así haya una central nuclear en cada esquina, por eso me parece el más importante. Su ausencia se cargará también la revolución verde. Sin petróleo no hay maquinaria agrícola ni fertilizantes ni pesticidas ni transportistas ni embalajes ni nada. Por eso estamos llegando también al "peak people", no sé si esa expresión existe, el pico de la soja, el maíz, el GMS y el aceite de palma.

    Curiosamente, hemos empezado en Occidente a decrecer en población antes del pico total de recursos. En el resto del mundo ocurrirá más tarde, nosotros lo hemos hecho indoloramente -"glaciación cálida"-, con ellos puede que no sea así. Menos población, menos PIB, menos tirar de petróleo, menos producción. El precio bajo del barril hoy simplemente pone fuera de combate yacimientos que hace seis meses eran prósperos. De ahí que el fin del petróleo sea más bien el del extraíble que salga a cuenta.

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  5. Salvo que China se cristianice en el próximo siglo, ella y Rusia irán a la guerra. La dirección demográfica rusa es a quedarse en 80 millones de rusos étnicos dentro de cien años. Y sin petróleo y sin uranio (por cierto, han estado liquidando parte de su arsenal atómico, que ha acabado en las señor-Burns-centrales nucleares useñas por el plan "megatones por megavatios", y puede que accedan en un futuro a seguir desmantelándolo), ¿cómo van a garantizar la unidad euroasiática de su enorme país ante las ambiciones del gran hormiguero chino de infiltrarse? Volveremos a Miguel Strogoff, los tártaros y tal. Es así.

    Eso si China no colapsa antes, cosa que no me extrañaría. Durante décadas la urbanización useña Pruitt-Igoe (que sale en "Koyaanisqatsi", por cierto), emblema del intento de conciliar a blancos y negros, ha sido ejemplo de faraonismo absurdo contemporáneo. Bueno, pues China está petada de millones de Pruitt-Igoes de arriba abajo, inmensas ciudades fantasma imposibles de sostener. Sólo podrían hacerlo si se reconvierten a ciudades-chárter (la élite californista procurará comerle la oreja al PCCh en los próximos años para que lo permita, y si no al tiempo). La desertización del suelo, la contaminación de los acuíferos, el envejecimiento poblacional, las tensiones geopolíticas, el recurso intensivo al carbón, la corrupción institucional y la imposibilidad de establecer una clase media duradera amenazan el invento chino. Huirán hacia adelante. Es decir, huirán hacia Asia Central, convirtiendo Astaná en una segunda Mandalay .... si Moscú lo permite.

    Hace poco dije que los BRICS auténticos que dominarían el mundo en el 2030 serían Usa, Alemania, Canadá, Australia y Groenlandia si se deshiela. La quinta es una boutade pero las otras son inamovibles. Rusia, Brasil etc jamás ocuparán ese lugar. No pueden.

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  6. En el futuro reaparecerán instituciones y convicciones que ahora se dan por perdidas mientras que otras desaparecerán. Nuestra época quedará como paradigma del sibaritismo, o bien de la corrupción y la indolencia, del "parishiltonismo". Se volatilizarán determinados "observatorios" mientras que en puntos del Este europeo resurgirán movimientos que recordarán a los Caballeros Templarios, la Santa Vehme o la Orden Teutónica. Los estados-providencia se vendrán abajo y renacerá la concepción medieval de la libertad individual. Los mercados serán locales, más unos pocos continentales, uno interior y dos marítimos, recuperando el modelo hanseático y el veneciano. Europa como realidad colectiva despertará de este sueño deletéreo que aletarga la sangre y emborrona los símbolos. Porque aunque seamos capaces de empeñar hasta el misal y el rosario de la abuela por prorrogar un día más este sistema envilecedor, ese día pasará, las campanas sonarán y la carroza se convertirá en calabaza. Veo muy capaz a esta sociedad de seguir ciega y hacia delante, obviando las guerras que se avecinan. Unas guerras en las que nadie se abrazará a un pantallazo de Miley Cyrus o a un selfie con Richard Dawkins sino que los futuros guerreros se encomendarán al destino portando estampas de Cristo, la Señora y los santos. Y ganarán.

    ¡Salud!

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  7. Se acaba el petroleo y ya no mas lady gagas, miley cyrus, justin biebers, progres, feminazis, facebooks y demás bazofia moderna, vacía y consumista. Ese seria el lado bueno del fin de los hidrocarburos.

    Yo creo que esas imágenes futuristas que algunos pintan de forma tan idealizada si son posibles, pero no lo son para los mas de 7000 millones que poblamos este mundo. Para hacer eso posible, seria necesario tal vez reducir la humanidad en un 90% y de ese 10% restante que queda, solo un pequeño sector tendría acceso a ese futuro idealizado. Bueno, esa es mi humilde opinión.

    Saludos.

    Carlos.

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  8. Hola, Carlos. Antes de nada quiero pedirte disculpas porque he suprimido un enlace que aportabas en tu comentario, ante la inseguridad jurídica que supone la nueva ley de propiedad intelectual y el problema de los links a páginas españolas de noticias he optado por no incluir ninguno. No lo he explicitado en ningún momento para la gente que comenta, de modo que la culpa es mía, espero que no te lo tomes a mal.

    Todo el carrusel audiovisual que se llama "burlesque" es una de las cosas que más me hacen pensar que el Occidente de hoy es como la Roma del siglo IV. Aquella civilización profundamente declinante tenía sus "lady gagas" en las cercanías de los palacios, en los templos paganos decadentes, en los inmensos suburbios de la capital, en las fiestas dionisíacas infectas, en los cultos iniciáticos corruptos y degradados, en una población hambrienta de prodigios y carente de horizontes grandiosos. El show-biz californista tomó los monstruitos y estetas artificiosos que surcaban las películas de Fellini (a efectos alegóricos, el "Satiricón" que rodó en 1969 es profética, sobrecogedora) y ha hecho de ellos unos homogeneizados productos de consumo hechos en serie. Todo en la cultura actual de masas suena a hueco, a falso.

    La MTV en ese sentido ha sido el estandarte perfecto a la hora de ofuscar al occidental joven medio con un no parar de espectáculos huecos y prefabricados. A esos efectos, un single (canción + vídeo + promociones varias como rumores de romances y tal) no es arte sino un producto como podría serlo un suavizante. Y ahora se dedica a los "realities" que de realidad no parecen tener gran cosa. Aunque es un canal (varios) de la Costa Este, controlado por una familia judía de Boston a través de Viacom, es 100% californista.

    Todo el mundo del espectáculo tan exagerado y tan exasperado son los estertores de nuestra civilización. Según un marxista clásico, sería una superestructura cultural que con su pérdida de norte está dando pistas de que su infraestructura ya está colapsando. El barroquismo siempre acompaña al desastre.

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  9. El plan que tendrían las élites sería el de un mundo hipertecnológico perfecto para ellos, eternos y transhumanizados, y un racimo de ciudades chárter en los puntos estratégicos del globo, con sus presupuestos, su ejército y su autonomía blindadas, y luego un número variable de humanos (puede que los 500 millones de las Piedras de Georgia, oscilando por ahí) desarraigados y sobreurbanizados que se dediquen a ensamblar cachivaches, a reciclar carcasas y cableados, a hacerse casas con el sobrante de los procesos productivos y a tener como folclore propio, religión propia y valores propios los que vomiten esos cachivaches tecnológicos que ellos mismos ensamblan con sus manecitas y que serán pensados y guionizados por otros a quienes nunca han visto ni saben dónde viven. De esos tres estratos sociales, están en fase larvaria los dos primeros, pero el tercero ya existe. Puede que sea el único que llegue a existir, no sé.

    De modo que puede que no te equivoques mucho :-P

    En teoría sería el fin del campo, convertido en un manto intensivo de soja y maíz. Pero pienso que la realidad dará al traste con esos sueños de ciudades perfectas a lo Proyecto Venus (rabiosamente californista, incluido el papel regente de las inteligencias artificiales) y el resto sembrados, o la pesadilla de megaurbes hacinadas y el resto igualmente sembrados: lo primero no se producirá; lo segundo sí pero no será sostenible (a pesar de lo que dicen los profetas del urbanismo hormigueril: según ellos la inmensa pobreza material de esas gentes hacinadas sí haría sostenible el hormiguero) y volveremos a las tierras verdes, no sin dolor.

    En cuanto al grafeno, sigue siendo una incógnita y aunque fuese la gran solución, no llegará a tiempo para evitar el fin del sistema. Aunque mantuviera el sistema consumista, éste por su inflacionismo volvería a chocar tarde o temprano con los límites físicos de la realidad. Eso, y la crisis demográfica.

    ¡Salud! Y gracias por participar.

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  10. Estos días ha sido muy comentado que en la saga californiana "Regreso al futuro" la segunda parte está ambientada (en parte) en el 2015, y se han escrito artículos y reseñas sobre lo que se esperaba en nuestros días y lo que éstos han dado. Como es tónica generalizada, en las pelis que ambientan el futuro no-catastrófico de la humanidad se pasan en unas cosas (los coches voladores que todo el mundo tiene: fue un fallo gordo de "Blade runner", peli realista, pero es plausible en el Coruscant starwarsiano, que es irrealista totalmente) y se quedan cortos en otras (todo lo internetero, tabletero, smartphonero, etc etc).

    Mucho más desmelene había hace cincuenta años. Los futuristas soviéticos se imaginaban cosas alucinantes, que ahora veranearíamos en Marte y todo eso, es asombroso pero la gente seria rusa clavaba los delirios de los guionistas useños más desmadrados. En los ochenta se siguió flipando, como en aquel Libro Gordo de Petete que prometía clonación, control del clima, inteligencias artificiales e inmortalidad para el 2030 como muchísimo. Y en los noventa ni te cuento, con las puntocom, Wired y demás. En los últimos tiempos poco a poco vamos aterrizando y soñamos con menos cosas de ésas.

    Últimamente insisto mucho sobre el tema de los recursos pero es que no he terminado este artículo que es donde debería quedar concentrado ese tema. La perspectiva es muy turbia de aquí a una generación vista, por lo que las gentes de ese tiempo nos tomarán por ilusos al pretender que nuestro sistema de comodidades y progresismos buenrollistas universales podía prolongarse indefinida y alegremente en el tiempo, al igual que nosotros tomamos por ilusos a los ingenieros soviets y sus ensoñaciones. Pienso que si uno tiene el radar a punto podrá notar en el cuerpo social señales crecientes de un fin y de un cambio. Cada día.

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  11. Por razones de extensión, espacio, resolución de pantalla y tal, he optado por dividir el miniensayo dedicado al fin de nuestra civilización. He ampliado esta primera entrada, quedando el desenlace para una segunda entrega (si el tema da de sí, puede que hasta una tercera). No es mi intención marear a los lectores, simplemente creo que la lectura queda más cómoda así. Sin tardar mucho, colgaré la conclusión y también completaré la dedicada al rey Arturo, que la tengo algo abandonada ;-) ¡Salud!

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  12. La opinión mayoritaria dentro del peakoilismo dice que se alcanzó el cenit de producción en el 2005 y desde entonces se baja poco a poco en forma de "meseta con baches", siempre declinando y siempre refiriéndonos al crudo convencional, que es el mejor. Bueno, México lleva desde entonces cumpliendo este aserto, pues lleva una década viendo cómo su producción decae. Ha descendido el volumen en casi un 30% y ha regresado a cifras de 1986. Sí, a los tiempos de Wham!, los casios sumergibles y los ewoks. Es una cuestión estructural. También es cierto que el pasado año ha sido ayudada por el abaratamiento del crudo, que tiende a ser disuasorio a la hora de más prospecciones, pero el descenso mexicano ha estado produciéndose con el pico del 2008, las posteriores bajadas, la posterior subida y la situación actual. Parece ajeno al mercado y un caso nítido de agotamiento de recursos. Cantarell y demás campos están maduros. Necesitan inyección de nitrógeno para aumentar extracción, y aun así la extracción declina y la TRE también.

    ¿Lo solucionará la inversión privada? ¿Con el barril bajando habrá inversión privada? Veremos.

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  13. El Brent lleva unos días de rebote hacia arriba, una alza bastante importante a corto plazo, hoy ha llegado a los 58 dólares el barril, recuperando unos 11 en una semana, sigue siendo ruinoso para los productores pero parece que la caída se ha detenido ya. Es muy difícil preverlo, los saudíes pretender abaratar un pelín más su barril y la producción sigue a todo trapo, casi un millón de barriles diarios por encima del tope oficial de la Opep, y llevan así desde junio, casi a la vez de la caída de la mitad de Mesopotamia y de Anbar en manos del califato-basura.

    Por tanto, teniendo en cuenta la estrategia saudí de seguir acaparando mercado (por los motivos que ya apunté en otro hilo) y el exceso de oferta, el repunte hacia arriba del precio tiene que deberse a una reactivación de la demanda. Los países importadores están más dispuestos a consumir y sus reservas, buena parte de ellas almacenadas estratégicamente en buques-cisterna esperando a que haya subidas más serias que la actual, se encuentran ahora congeladas. Si está barato, compras más y almacenas. Al comprar más, subes el precio, siquiera poquito. Usa, por ejemplo, está que lo tira quemando petroderivados como si no hubiera un mañana (su fetichismo automovilístico, evidente en los docus que echan las cadenas temáticas de la tele, vive una fiesta continua). Y China ha aprovechado la coyuntura de un energía abaratada para dar paso al mayor "Plan E" de la historia humana, mayor aún que los que llevó a cabo desde hace década y media, proyectando un PIB mayor que el del año pasado y penetrando hasta la cocina en las economías de los productores (la infiltración en la economía argentina va a ser impresionante, van a hacerse con el país; otros productores iberoamericanos discurren a la par), lo que paradójicamente podría amortiguar su caída, debida ésta a la energía barata. El precio se irá estabilizando a lo largo del año, conforme oferta y demanda encuentren un equilibrio, porque si se encarece demasiado los importadores recurrirán al crudo de reserva y esto volverá a abaratar el producto: volatilidad en una horquilla todavía por definir.

    Ésa es quizá la razón de fondo por la que Rusia no tiene la capacidad de penetración de Usa, China, Francia y Alemania. Es productor, no importador de energía. Otra debe ser su estrategia, la defensa gato-panza-arriba como muchos otros productores .... salvo los saudíes, que están jugando a favor de Occidecadente y por ahora pueden respirar tranquilos: la pinza anbarí-yemení no irá a más mientras sigan a este ritmo.

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