viernes, 31 de octubre de 2014

Halloween y todas esas cosas





 
Jack-O-Lantern.


Hoy no he leído el ABC, pero no me extrañaría que Juan Manuel de Prada, ese hombre, le haya dedicado uno de sus recargados y pomposos artículos a la celebración de Halloween diciendo lo de siempre, que es fruto de la yanquilandización cultural, que es una vulgaridad, que nuestra juventud es víctima de la Logse y muchas cosas más en las que puedo apreciar chispazos de verdad pero que no pasarían de una sarta de tópicos que he escuchado una y otra vez.

La víspera de Todos los Santos y el mismo día tienen mucho significado. La gente mayor es la que lleva el peso de revitalizar, cada uno de noviembre, el aspecto de los adornos que dejamos allí donde están los restos de nuestra gente. A mí me gustan los cementerios, así que no me limito a ir una vez al año. Hay quien lo lleva mal; yo no, me encanta la paz de los camposantos, y tanto las piedras y musgos de las tapias como las moras que crecen en las zarzas tienen para mí un carácter sagrado. Será que soy gallego casi por los cuatro costados, con siete bisabuelos gallegos -y una madrileña-, y sintonizo con los vericuetos de mi país -Galicia es mi país, España mi patria, Iberia mi nación-, con cada recodo, con cada arroyuelo allí donde hay miles y todo es verde, en tierra de espíritus y aparecidos. Puede que suene tópico, pero existe una conexión anímica entre la Gallaecia antigua y lo gaélico -música, costumbres, humor, folclore, mitología, un impreciso halo femenino nimbándolo todo-, así como un fuerte culto a los muertos.

La cercanía con los muertos, su carácter de protectores del hogar y de ángeles guardianes frenando nuestras malas decisiones, tiene una ya vieja historia. Nuestros ancestros siguen vivos en nosotros. De ahí que las flores sean un recurso habitual en la ornamentación de las tumbas. Representan la llegada de la primavera tras el invierno de la muerte, la regeneración de la vida tras haberla perdido, el ciclo que no se detiene, y la polinización: la abeja es un animal divinizado y psicopompo de veneno con propiedades farmacológicas, y emblema de la sabiduría -poseen un idioma perfecto que conocen y emplean intuitivamente danzando en relación al Sol, y moran en una sociedad perfecta-.

Los antiguos creían que tal día como hoy los espíritus se volvían más activos que de costumbre y se reunían en las encrucijadas de los caminos. Habitualmente esos espacios sagrados fueron cristianizados con cruceiros. Pero todavía mantienen el sabor ancestral, la porosidad de la muralla que separa a vivos y muertos, porosidad que permite atravesarla, comunicando a unos con otros. A nuestro modo, empleando el pensamiento mágico, hemos querido cosificar ese misterio, atrayendo la muerte al mundo en forma de figurillas, de iconos, de símbolos, de manifestaciones plásticas. Todos conocéis a Jack-o-lantern, la calabaza que es vaciada y personificada con una expresión asustadora, expresión malvada pero un puntillo picarona, para suavizar el miedo que despierta en los niños. Así, éstos se acostumbran a la presencia de la muerte, que es siempre sonriente: las calaveras humanas parecen sonreír. La calabaza ya da pistas de que ésta es una celebración rural.

Su ruralidad, al ser traicionada por la actual sociedad de consumo, es desfigurada de igual modo que le pasa a la Navidad. Se convierten el actual Halloween y la actual Navidad en shows más bien memos, putapénicos e incluso deprimentes. Es sintomático que los niños se lo pasen muy bien, y los adolescentes hagan su rito de paso -son como findes hipertrofiados, igual que otras fiestas como el Carnaval y las Patronales-, pero los adultos odien cordialmente estas celebraciones. Por eso Halloween ha pasado a ser una especie de San Valentín a la hora de convertirse en blanco de todos los comentarios críticos en contra del consumismo y las fiestas artificiales -no es extraño que tanto una como otra hayan inspirado films de fantaterror-.


La espléndida y olvidada "El día de los muertos" (1985, George A. Romero), a la que corresponde el gif, arranca su trama en Halloween -la civilización ha colapsado y los supervivientes deben tachar cada día en calendarios en blanco- (II).

Toda fiesta es una iniciación. Puede ser iniciación a lo orgiástico, a lo ascético, a lo sexual-fecundatorio y también a lo tanático. Eso es la víspera de Todos los Santos. Es posible que esta celebración concreta, en este día concreto, provenga de un lejano cataclismo que terminó con casi toda nuestra especie. Algo de eso dejé caer en otro artículo sobre los dragones y el Diablo. Quizá. Pero la condición iniciática está ahí. En la iniciación a lo mortuorio, el protagonista atraviesa un trance de pequeña muerte. En ese trance se siente desposeído de toda su fuerza, a merced de la voluntad de lo sobrenatural, inerme, expectante y dispuesto a renacer. Ese trance de pequeña muerte ha sido cultivado por muchas culturas, generalmente con éxtasis psicotrópicos propiciados por vegetación alucinógena, y guarda cierta relación con el orgasmo masculino en el coito, el momento en que el varón está más débil y desprotegido mientras busca el renacimiento en el vientre fértil de la mujer; también está relacionado con la vela de armas en la víspera de un combate a vida o muerte y con la entrada en un laberinto iniciático donde tendrá que hallar la salida en plena oscuridad, en un acertijo que representa la tumba del mundo, y donde se despojará de todos sus miedos, como Jonás saliendo del Gran Pez.

El objeto de la pequeña muerte es programar al individuo para que no tema a la muerte en sí. Las culturas antiguas sabían hacer esto muy bien. Con la llegada de la civilización esa programación se desvirtuó -así, en Roma se programaba a la gente para que fuese indiferente a la esclavitud y el genocidio a gran escala mediante los espectáculos circenses-, pero aún Halloween conserva algo de eso. Una lectura profunda de la celebración de Todos los Santos vivida a fondo implica que nuestros ancestros viven en nosotros, que nuestro mundo no debe perder la conexión con la Naturaleza -encrucijadas, calabazas, flores- y que la muerte nos la sopla.

La encrucijada es también símbolo de comercio, de entrega de bienes preciados entre unos y otros, de conversación fructífera entre mundos distintos. Y la encrucijada siempre se da en zonas despejadas, lejos de los bosques. En el bosque habitan entidades benéficas pero también monstruosas. Del inframundo verde y su espesura sólo los espíritus bienintencionados podrían zafarse, temporalmente al menos durante la víspera de los muertos, y llegar hasta los vivos por los caminos. Como escribió el gran Alan Moore para su excepcional etapa con La Cosa Del Pantano: "la carne tiembla, el bosque sabe".


Moore es el bardo de nuestro tiempo. Según él, un bardo no debería ser sólo un memorioso recitador de sagas: debería ser también una presencia acojonadora, alguien que diese miedo.


Quien lee el foro sabe que me gusta escudriñar los aspectos sociológicos de la vida actual, pero eso no significa que me gusten esos aspectos en sí. El Halloween actual como se vive en España es un remedo chapucero sin alma, una especie de día extra de carnaval en otoño. Lo que subyace en él es otro cantar, un cantar que hemos olvidado porque tenemos un serio déficit de bardos en nuestra era. En fin, es lo que tienen las edades de hierro, que se quedan sin poetas de lo sobrenatural. Lo bueno es que también se quedan sin tiempo. Renaceremos. 

Un saludo en el día de Todos los Santos.



(I) - Curiosamente, el director tiene sangre gallega y en el film parece sugerirse que los zombies en realidad quieren establecer contacto con los humanos, con esa parte de humanidad que han perdido. Eso sí, lo hacen de la única manera que saben, comiéndoselos. En algún plano se les ve lloriquear cuando los humanos escapan.


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