viernes, 22 de agosto de 2014

Post veraniego: en la playa




Gran parte de lo mejor de la vida es gratis, o casi. Suele ser aquello que ya estaba cuando nosotros llegamos. Una de esas cosas es el mar. Y concretando más, la playa. 



Somos unos egocéntricos de cuidado, los humanos. Le llamamos Tierra a nuestro planeta porque vivimos en suelo seco, cuando deberíamos haberlo denominado Océano. La mayor parte de su superficie es agua, así como la mayor parte de nuestro volumen corporal. En fin, el caso es que como animales peculiares que somos tendemos a buscar encrucijadas, y una de las más hermosas que hay si no la que más es la playa, la playa de arena fina. ¿A quién no le gusta la playa?

Bueno, pues cuando me hacen a mí esa pregunta me sale del alma decir que no me gusta. No es cierto, naturalmente que me gusta, pero el concepto "playa" se ha convertido en algo tan horrible que lo rehúyo. Para mí la playa es ese hermoso arenal que se extiende perezoso, lamido por las olas, en una declinante tarde de invierno. Lo otro, lo que se entiende por "playa" hoy en día, más bien es una "playasada", y perdón por el ridículo juego de palabras -tampoco tengo nada contra el noble oficio del payaso, que tantos contemporáneos nuestros con cargos de relevancia se empeñan en ejercer en un evidente acto de intrusismo profesional- pero la playa masificada de julio-agosto es algo a lo que ni me asomo siquiera. Si es una playa apartada y poco transitada, o si vamos pronto, o en un día nublado, ya es otra cosa. Qué placer que te abracen las olas. Una de las imágenes más bellas para mí es apreciar la curvatura del planeta en el horizonte, allí donde la masa de agua azul se comba y la mirada se pierde. Es imposible no sentirse niño nadando y jugando en el mar. De todos los recuerdos de infancia que he revisitado en la etapa adulta, todos parecen más pequeños, con la excepción del mar. Nunca he sido fan de Pedro Guerra, pero tiene una canción que va de eso, y lleva toda la razón. También me gusta el río y nadar en agua dulce. Son placeres distintos y gratuitos, o casi. 

Pero lo de la playa masificada es horrible. Antes, un siglo atrás, las mujeres se protegían el cutis del sol con sombreros y velos. Ahora se chamuscan inmisericordemente bajo el sol, como si estuvieran cumpliendo un rito pagano. Se le ha perdido el respeto a Lorenzo. Si me apuráis, diría que era peor hace unos 20 años atrás, en que aún era un espectacular signo de estatus lucir un moreno aterrador; ahora parece que el personal se ha relajado un poco al respecto y no se tuesta tanto. En contrapartida, las sesiones de rayos uva permiten mantener el "colorcillo" durante todo el año, algo que determinado pijerío aprecia mucho y que es el nuevo signo de estatus. A mí siempre me pareció muy insano. 

Hay gente jugando a singulares juegos con pelotas y balones que no botan, una turba de chiquillos que gritan de alegría o se pillan incomprensibles berrinches, sombrillas, toallas, bocadillos a medio comer, morenos de ciclista, guiris despellejados y de color bombona de butano, señoras que sólo se mojan hasta los tobillos y luego regresan, señores que entran en el agua despacito entre "huys" y "ays", chuletas tatuados, guapitas que no se quieren mojar el pelo, la típica gordita color blanco-nuclear en monokini negro, chavales haciendo el pino o saltando por encima de quienes están tumbados, algún rubio de melenas haciendo wind-surf en la lejanía .... Un montón de gente. Demasiado estresante. Hora punta. Al llegar a un límite de saturación, lo placentero deja de serlo. Pero existe el convencimiento, todavía muy inoculado dentro de nosotros, de que si no te has escapado a la playa y no te has peleado a cara de perro con el prójimo por un metro cuadrado de arena de cantería, es que no has disfrutado el verano. ¿Alguien ha dicho California?

Y, como no puede ser de otra manera tratándose de España, en la playa te encuentras un montón de basura. Platos de plástico para picnic, latas de refresco, bolsas de compra, trescientos millones de colillas, preservativos, envoltorios de snacks,  palitos de helado como para construir un fuerte, cáscaras de pipas, chicles haciendo croqueta con la arena, trozos de cable e incluso vidrios rotos, del mítico vidrio verde botella, listos para amargarle la existencia al bañista desprevenido que los pise.

Se me dirá ¿es que en otros países no hay playas sucias? Señores, por mí como si chapotean en una ciénaga-vertedero. Es asunto de ellos. Estoy hablando de mi país y de lo que veo cada vez que piso una playa. Porque las playas tienen algo, un no sé qué, que las hace apocalípticas. Playa y fin parecen poéticamente unidos. El primer sueño que recuerdo, tendría unos cinco años, consistía en una sencilla estampa en blanco y negro: mi hermana y yo caminando por la playa. Y yo tenía la sensación de que aquella playa era la muerte de la humanidad, el fin del mundo. No sé por qué, pero estaba convencido de ello, de que aquella playa era el fin de todo. Sí: Hombre-Lupa, raruno desde crío.


 Uno de los mejores finales de película que se han hecho. Todavía hoy.

 De la playa, supuestamente, salimos para seguir evolucionando en tierra firme. Quizá a la playa volveremos, o de ella vendrá aquello que nos barra para siempre, condenándonos al olvido. Varios films apocalípticos han ubicado su final en la playa, como "La hora final" (1959, Stanley Kramer), "El planeta de los simios" (1968, Franklin J. Schaffner) o "La última ola" (1977, Peter Weir). Eso por no hablar de aquel legendario vídeo-clip de Bowie, "Ashes to ashes", un clown tristón deambulando por una playa virada en rosa y sepia. La playa nos recuerda esa fina línea entre vida y muerte, entre habitable e inhóspito, entre placer y ahogamiento, entre tranquilidad y elementos naturales traicioneros. Siendo así, faltarle al respeto a la playa es casi un pecado por nuestra parte.

Al caminar por la playa y dejar volar la mente, se te manifiesta una verdad que sólo percibes cuando estás fuera de la burbuja urbana artificial, esa misma verdad que te asalta cuando haces senderismo por el corazón del monte, o cuando exploras una gruta: que el mundo es enorme, inabarcable, y tú eres muy pequeño. Pero, a pesar de tu pequeñez, estás en condiciones de ponerte en orden con ese mundo, de sintonizar con él. Porque formas parte de él.

John von Neumann, uno de los hombres más inteligentes que han existido, estaba aterrado con la idea de la muerte. Lo he comentado en otra ocasión. Al final de sus días se convirtió al catolicismo, habiendo sido agnóstico casi toda su vida, intentando ahuyentar así el miedo a la muerte. No lo consiguió. Murió aterrorizado. Cuando leí esta anécdota, fue todo un shock, como un descubrimiento. A pesar de todos sus esfuerzos, de haber luchado consigo mismo, de haberse desesperado, Von Neumann se fue como se ha ido todo quisque, mientras el mundo continúa girando y cada año se pone de moda un modelito distinto. No le sirvió de nada. Como decía Pla, "mentre moria Aurora / sortia un sol radiant". Entonces descubres que la muerte es un camelo, que morir es nada. Von Neumann estaba pagado de sí mismo, sabía que su cerebro era privilegiado, y le angustiaba saber que ese cerebro se diluiría en la entropía como la víscera de cualquier otro ser vivo. Von Neumann, tú y yo somos a efectos de las leyes del Universo básicamente lo mismo: bolsas de agua con pelos. Y, como decía Pascal, no podemos abarcar el Universo, eso no está en nuestra mano.

Eso me hizo pensar en otro genio del siglo XX, el futurista Bucky Fuller. A punto de suicidarse por la depresión que le produjo la muerte prematura de su hija, desistió de ello cuando le asaltó un pensamiento: "no tienes derecho a quitarte la vida, pues ésta no te pertenece a ti sino al Universo". Estamos aquí en cumplimiento de una serie de leyes universales que en gran medida no conocemos. Conocemos más o menos cómo funcionan algunas de ellas. Pero la razón última de nuestra presencia en la realidad nos está vedado conocerla. Puede que un día la conozcamos. O quizá sea mejor así. Al fin y al cabo, pertenecemos al Universo.

El conocimiento de las leyes universales pertenece a la divinidad, a lo sobrehumano. Y su recelo a la hora de enunciarlas es comprensible. Muchos místicos, al sentirse cerca de la divinidad en sus meditaciones, no sentían placer ni arrobo sino un sentimiento inesperado para nosotros, que estamos tan influidos por la ñoña new-age californista: un sentimiento de terror. Tal vez la cercanía excesiva de Dios nos mata, nos destruye, y por ello debemos vivir en una relativa equidistancia. Igual pasa con el Sol. Pero ve y díselo a los playistas que se ofrecen a él durante horas y horas.




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