lunes, 4 de agosto de 2014

Levitación y mística





Como supongo que saben los lectores habituales, este blog es militante contra el oscurantismo y la pseudociencia, algo que por otra parte no me ha impedido en ningún momento dedicarle tiempo al tema del esoterismo. Eso sí, siempre un esoterismo sano, basado en los datos razonables y no elucubraciones ni en poesías sensibles, pues creo que si trabajamos a partir del convencimiento de que el alma empieza siempre a partir de un cuerpo tendremos una buena base para llegar lejos sin extraviarnos por el camino. Me gusta el tema del misterio, me ha gustado siempre, aunque algunas cosas más que otras. El campo de los fenómenos místicos que desafían los límites aparentes de nuestra humana capacidad física es algo que en su momento comentamos hablando del ayuno femenino radical, y por ese camino seguiremos en el presente texto así como en otros ulteriores que también me parecen a priori interesantes. 

Cuando hablamos de la levitación, estamos hablando del mayor prodigio de todos. Creo que nada se le puede comparar. Lo que cuando éramos niños nos parecía más demostrativo de superpoderes era el de ir y ponerse a volar, rompiendo la gran barrera que nos ata al suelo. De todos los poderes de Supermán, éste es el más llamativo, el más simbólico, más aún que la fuerza sobrehumana o el poder congelar un lago soplando. Significa que te vas a una dimensión que desafía la percepción cotidiana. Hace mucho tiempo, décadas atrás, había salido la noticia de que una niña de tres años tras ver la peli de Superman subió a la azotea del edificio en el que vivía y se lanzó al vacío esperando poder volar. De haber sido cierto, veríamos que lo que le llamó la atención más intensamente fue el hecho de que Superman volara, no que levantara grandes moles ni que pudiera tumbar una pared de un papirotazo.

Para la mitología californista la capacidad de volar tiene el mismo valor supremo que para los cultos paganos tradicionales de nuestros antepasados, pues en ambos casos bajo ese superpoder subyace una conexión con la divinidad. Para los primeros esa divinidad serían entes transhumanos de rasgos nórdicos relativos a astros con Venus como el más recurrente y cuyo poder orgónico se canaliza hacia el humano. Para el paganismo milenario ciertamente se trataba de algo muy similar, si bien más que de canalización se solía hablar de posesión. Quien levita para los antiguos es porque está poseído por una divinidad. Como sabemos, ese concepto ha tenido un gran éxito, pues el cristianismo lo ha adoptado sin problemas generando una arboleda mitológica frondosísima, e incluso el neopaganismo del siglo XXI la ha reclamado como algo propio -especialmente en el oportunista reverdecer de la religión tradicional en una Grecia machacada por la crisis, reverdecer patrocinado por pseudohistoriadores y activistas anticristianos como Vlasis Rassias y adornado con griegas histéricas que aseguran estar siendo poseídas, habitualmente por Artemisa-.


CONSIDERACIONES GENERALES

Así como en el tema del ayuno místico radical nos detuvimos en Epiménides de Cos para ofrecer un precedente pagano de los iluminados cristianos, en el tema de la levitación corresponde hacer más o menos lo mismo en la figura del filósofo neoplatónico griego Yámblico, nacido en lo que hoy es territorio libanés y que vivió a caballo entre los siglos III y IV. Según su biógrafo Eunapo, el filósofo levitaba en plena meditación a la vista de sus discípulos, mientras su figura se nimbaba con una delicada luz dorada. Según parece, el personaje también dejó escritos sobre levitación y elongaciones de miembros cuando trató los misterios egipcios. Es interesante saber que Yámblico fue un teurgo, es decir, alguien mitad pensador mitad mago que aspiraba a ser médium o canalizador de entidades no-humanas, y que era tenido en alta consideración por el emperador Juliano el Apóstata. Juliano, empeñado en una obtusa política anticristiana, pugnó por recuperar la religiosidad tradicional pagana -ya muy pasada de fecha y convertida en un carrusel de supercherías lamentables y de corruptelas económicas y morales-. Siguiendo esa política, quiso iniciarse en los misterios de Diana junto con su preceptor, el asceta e igualmente teurgo Máximo: durante la ceremonia de iniciación ambos levitaron. La fuente de estos prodigios es doble y enemiga: los cristianos Gregorio Nacianceno y Teodoreto de Ciro. Se nos cuenta que Máximo, asceta del templo de Diana, hallándose en una gruta sagrada, extendió los brazos, echó hacia atrás la cabeza y comenzó a flotar en el aire, quedando inmóvil y suspendido, nimbado por una nube de luz. Juliano se le acercó. Entonces Máximo le asió por el cabello y Juliano comenzó también a levitar, como si el santón le hubiera "contagiado" la ligereza. Ambos, entonces, comenzaron a dar vueltas cada vez más rápidas por el aire en el interior de la gruta.

Lo que estamos diciendo seguro que le suena familiar al lector, pues no se diferencia gran cosa de los prodigios atribuidos a los brahmanes hinduistas del lejano subcontinente indio. Lejano, sí, pero llegaban noticias de él. Según cuenta Filóstrato, el biógrafo de Apolonio de Tiana (singular personaje del s. I), un alumno de éste llamado Damis, también griego, vio a yoguis hindúes levitando aproximadamente un metro por encima del suelo durante la oración. Así, parece ser que tanto orientales como occidentales parecían haber penetrado en el secreto de cómo, en virtud de la oración, de la extrema concentración, del despojamiento respecto del mundo, el orgón universal (I) les llevaba a vulnerar las leyes físicas más elementales.

A la hora de vehicular procesos de beatificación y canonización, la Iglesia católica se distingue por su considerable cuidado -al menos desde las reformas del siglo XVI; anteriormente tenían mucha más manga ancha- y su gusto por el acopio de documentación. La cantidad de informes acerca de levitaciones sagradas en el catolicismo es enorme. La lista de religiosos con expediente de levitación es muy granada: Francisco de Asís, Catalina de Siena, Ignacio de Loyola, Felipe Neri, Teresa de Jesús, Juan de la Cruz, Catalina Emmerich, Magdalena de Pazzi, Carlos Borromeo, Francisco de Sales o la bella Gema Galgani -añádasele el rey Esteban de Hungría- son sólo una selección de ellos.

Una característica bastante común de los casos de levitaciones en el mundo místico católico es que suelen estar acompañados de llamativas hipertermias. El sujeto levitante emite un calor anormal durante el acontecimiento, un calor que en ocasiones "hace estallar los termómetros" -así se testificó acerca de uno de los más célebres místicos del siglo XX, Pío de Pietralcina-, quizá debido a un metabolismo desmandado. Estas hipertermias -reportadas en decenas de casos de místicos levitadores- contrastan y mucho con las habituales olas de frío que suelen acompañar a los fenómenos mediúmnicos, y cuanto más intenso sea ese fenómeno más helado se vuelve el ambiente. La hipertermia podría tener, imagino, relación directa con la luminiscencia que irradia el levitante o que le envuelve. Luz y calor son el binomio de la vida para las sociedades humanas.

También acompañan a la levitación, de modo previo al fenómeno, como si fuesen una "preparación", prácticas de abstinencia sexual, de ayuno prolongado y, no siempre, de mortificación corporal.

Hay que dejar claro que estoy exponiendo estas cosas desde la distancia. Lo último que pretendo es convencer a lector alguno de que hay gente que levita sin ayuda tecnológica -con un cañón de aire vertical también yo sé levitar-, sino que como he procurado hacer con entradas anteriores de tema esotérico manifestar mi interés por el misterio, no tanto por el misterio en sí -lo que equivaldría a quedarse embobado mirando algo "raro": una actitud pasiva y acrítica- sino por la inquietud intelectual que inspira en mí y por el convencimiento de que hay en nuestro Universo una cantidad enorme de leyes que desconocemos, algo que no me desazona sino que, muy al contrario, me alegra y anima.

Y recordando, amable lector, que el mundo del esoterismo está trufado de fraudes, contra los que asimismo soy militante.


Penoso y gracioso. Eso sí, hay quien pica.

Y soy militante porque el oscurantismo oscurece, como su propio nombre indica, y suele cebarse en los más humildes de nuestra sociedad, que en situaciones de emergencia emocional pueden acabar en las zarpas de desaprensivos. Mientras sea un numerito en un atrio para arañar unas monedas, eso sí, poca importancia le veo, al menos en comparación con los programas de tarot que algunas cadenas emiten por la madrugada. En cuanto a que el católico ABC tenga sección de horóscopo, dejémoslo para otro día.

Dejando a un lado cuestiones de carácter general, vamos a centrarnos a partir de ahora en un personaje realmente peculiar y muy suyo, el mayor levitante que se recuerde, el santo José de Cupertino.

EL MONJE VOLADOR

Nos tenemos que dirigir, cómo no, a Italia, el país por excelencia de los santos y los místicos católicos -aunque España desempeña un florido segundo puesto: pasa lo mismo con el patrimonio artístico, y ello debido en buena medida a la hinchazón estética que suscitó la Contrarreforma-. Protagonista de un film de Edward Dmytryk -"The reluctant saint" (1962)- del que he leído buenas críticas y al que el propio director tenía mucho cariño, y que lamentablemente aún no he visto, Giuseppe Desa nació en 1603 -año realmente notable para no ser muy citado, en el que  Jacobo Estuardo fue coronado rey de Inglaterra, el clan Tokugawa se hace con el shogunato en Japón y un señor de Palencia llamado Gabriel de Castilla descubre la Antártida- en el lugar de Cupertino, próximo a Lecce, en la Apulia, el "tacón" de la península-bota italiana. Se trata de uno de esos casos que se dan a veces de místicos casi desde la cuna. Siendo muy niño pasa días y noches en un estado contemplativo y extático, no se sabe si escudriñando los cielos o su interior. El pequeño era la versión siglo XVII de los niños índigo y cristal del californismo del XXI -no en vano, el californismo quiere ocupar el sitio del catolicismo, por lo que el actual papa Francisco les ha doblado la apuesta siendo más progre que los propios progres, batallando en su mismo terreno, ya veremos con qué resultados-. Se gana el mote de bocca aperta, tal es la expresión de pasmo con que pasa los días. Como muchos santos, tiene una salud pésima. Al querer ingresar en los capuchinos, rondando los dieciséis años, su estado es de una anemia tan difícil de disimular es que incapaz de hacer ningún trabajo, así sea el más liviano. Los aperos y las herramientas se le caen de las manos. Lo único para lo que encuentra fuerzas es para aplicarse un cilicio. Según los superiores, Giuseppe -que había empezado a profesar con el nombre de fray Esteban- era un inútil integral, de modo que fue expulsado.

Giuseppe no desiste y poco después ingresa como mulero en el convento franciscano de Grottella, cerca de su pueblo. Digamos que su primera vocación había sido la de ser franciscano. Allí se gana a los frailes, aunque sigue con su peculiar manera de ser. Entre 1626 y 1628 recibe el hábito de novicio para después conseguir la ordenación sacerdotal. Recurre continuamente a la automortificación, con cilicios, cadenas llenas de trozos metálicos cortantes y frecuentes azotes que se aplica a sí mismo. Suele hablar con desprecio de su propio cuerpo. También por entonces comienzan a evidenciarse en él una serie de prodigios tan escandalosa para sus superiores que optan por apartarle de sus compañeros de convento y recurren, en octubre de 1938, a que sea examinado por el Santo Oficio. Éste le confina en un monasterio napolitano, donde es interrogado, sin que haya cargos de ningún tipo contra él. Allí quedará constancia oficial de una levitación.

Así, mientras asistía a misa en honra de Gregorio el Iluminador -un santo de linaje real parto que evangelizó en Armenia y es venerado tanto por católicos como por ortodoxos-, en mitad del oficio pegó un grito y comenzó a elevarse, con los brazos en cruz,  para dirigirse levitando hacia el altar ornado de flores y cirios. Unos instantes después, dio otro grito y se puso a levitar hacia atrás, de espaldas, hasta casi las puertas de la capilla. De rodillas, comenzó a girar y a elevarse mientras alababa a la Virgen. En vista de lo ocurrido, el Santo Oficio remitió a Giuseppe a Roma.

En la Ciudad Eterna fue enviado a presencia de Urbano VIII, uno de los mayores exponentes papales de nepotismo -no dejó ni un pariente sin colocar- y de realpolitik, concretamente a lo largo de la Guerra de los Treinta Años que estaba asolando el continente. El papa Urbano distaba de ser un ingenuo. Dejó sin condena la adhesión de la católica Francia al bando antiespañol durante la Guerra porque le preocupaba un desequilibrio de fuerzas en Europa, ejerció un notable mecenazgo artístico y fue gran amigo de Galileo, hasta que leyó en su obra copernicanista Diálogos sobre los dos máximos sistemas del mundo frases propias puestas en boca del "personaje tonto" del libro, haciéndole caer en desgracia. Pues bien, nuestro José fue presentado ante este pontífice mundano y escasamente pío. Tras arrodillarse para besar el augusto pie del papa, nuestro José comenzó uno de sus típicos éxtasis, soltó un grito y se elevó en el aire, quedándose quieto flotando para después bajar a una orden de su superior. Urbano se quedó tan pasmado que aseguró que él mismo incoaría la causa de santidad de José y presentaría su testimonio, en caso de sobrevivirle. No le sobrevivió.

En abril de 1639 José es enviado a Asís, la patria chica de los franciscanos. Nuestro pobre fraile, simple como una hoja en blanco y bueno como un ángel, parecía haberse convertido en una presencia molesta para todos. El superior de Asís no albergaba duda de que lo del fraile volador era una superchería, de modo que comenzó a tratar con gran severidad a José desde el primer día. El general de la orden le llamó desde Roma para examinar a José, le dio el visto bueno y le remitió de vuelta a Asís. Todo parecía ir con normalidad. Ahora bien, desde el examen del general vuelven las levitaciones, haciéndose muy frecuentes. Todas tienen un patrón común, algo hace entrar a José en éxtasis -sea la contemplación de una imagen de la Virgen o meramente escuchar la música de unos pastores-, suelta uno de sus míticos gritos y se echa a volar. Se refiere una anécdota que riza el rizo: José ve a otro fraile acariciar cariñosamente un corderito, se llena de ternura, agarra al animal y lo lanza al aire, siguiéndole luego él levitando igualmente, y se pasan un buen rato tanto el franciscano como la azorada res suspendidos a considerable altura, próximos a la copa de un árbol -recordemos que las copas de los árboles suelen estar relacionadas con fenómenos antigravitatorios, como vimos en el artículo sobre las apariciones de Fátima-. Al igual que en el caso de Máximo y Juliano, un extático "contagia de levitación" a otro -en este caso un corderito nada apóstata ;-)

Como el lector puede apreciar, se relatan historias sobre fray José que tienen un aire más grotesco que piadoso. Otro ejemplo que también recuerda a Máximo y Juliano fue durante una visita a las monjas clarisas: José se arrobó tan profundamente al escuchar una antífona del coro que se echó a volar -imagino que tras pegar uno de sus característicos alaridos- asiendo a un confesor que estaba en ese momento poniéndose sus vestimentas litúrgicas, como una ave rapaz prendiendo a una presa, y llevándoselo en volandas, literalmente. Se relatan varios casos de "levitación contagiada" en las actas. Una fue muy singular. Le presentaron a un joven de buena familia llamado Baldassare Rossi, que parecía haber perdido la razón. José le asió por los cabellos y ambos comenzaron a levitar, quedándose suspensos durante un cuarto de hora. Tras esta experiencia, se refiere que el joven aristócrata recuperó la salud mental. En otras ocasiones hacía levitar cosas, y bien pesadas. Durante su estancia en el convento de Grottella levantó una de las tres grandes cruces con las que la congregación quería representar un Gólgota, una cruz tan pesada que no habían logrado insertar en el hoyo excavado para su sujeción. José la elevó como si no pesase nada y la ancló en el hoyo.

Las levitaciones de José se habían hecho prácticamente diarias. Solía interrumpir las ceremonias de la congregación. ¿Qué se podía hacer con este hombre, por lo demás bondadoso y simplón, como él mismo admitía? Lo cierto es que su fama trascendía ya los límites del pequeño mundo de los religiosos. Aquí aparece un español, Juan Alfonso Enríquez de Cabrera, almirante de Castilla. Hijo de italiana -de los Colonna-, recibió el cargo de embajador ante la Santa Sede, en aquel momento -1645- desempeñada por Inocencio X, el del famoso retrato "demasiado verdadero" de Velázquez. Había llegado a sus oídos todo lo que se comentaba de aquel franciscano volador y quiso verlo con sus propios ojos, acompañado de su esposa y su séquito. En presencia de ellos, José pegó una de sus voces y se echó a volar por encima de las cabezas de los presentes -alguno se desmayó, como la esposa del almirante-, deteniéndose en vilo ante una imagen de la Virgen y continuando nuevamente su vuelo.

Otros singulares testigos también llegaron desde el extranjero. Un noble sajón, Juan Federico de Brunswick-Luneburgo -quien andando el tiempo sería mecenas de gente como Leibniz y Sartorio-, se fue en su juventud de viaje a Italia, pasando por Asís en febrero de 1651 junto con otros dos gentiles-hombres amigos suyos. Juan Federico, que quería ver si era cierto o no lo que se contaba del buen José, hizo arreglos para verle sin que él se enterase mientras asistía a misa. Y allí hace lo que el lector seguramente espera: pega un grito y se pone a volar hasta llegar al altar, se queda un rato suspendido ante él y después levita de espaldas hasta volver al punto de partida. Alucinados por la experiencia, consiguieron permiso para verle al día siguiente, igualmente de modo disimulado. Y, de nuevo, José vuela. El aristócrata Juan Federico se convirtió entonces al catolicismo. Uno de sus amigos -del otro nada se sabe-, llamado Johann Heinrich Blume, según parece furibundo anticatólico, se quedó en un estado de incomodidad mental tremendo. Él mismo refirió que había llegado a Italia con la conciencia sosegada, y que se volvía a Sajonia confundido y atribulado, sin saber qué creer. Dos años después, también se convirtió al catolicismo.

 Si bien es cierto que la fama de José animó el embrionario tráfico de viajeros y curiosos de otros lugares que se desplazaban para visitarle y contemplar sus prodigios, una forma de turismo como otra cualquiera que fue bien recibida por los comerciantes y taberneros del lugar, sus continuos vuelos terminaron siendo un engorro para la congregación -eran otros tiempos: ahora habrían hecho mucha caja con el buen fraile-, que veía todas sus ceremonias interrumpidas por prodigios que resultaban ya más chuscos y esperpénticos que moralmente saludables. Sus superiores le apartaron de la asistencia al coro, a las procesiones y a casi cualquier otro acto eclesial hasta el día de su muerte, en 1663. Antes de morir, días antes de la agonía final, volvió a levitar un palmo por encima del asiento donde estaba siendo examinado por dos doctores, Pierpolo y Carosi, quienes testificaron la veracidad de la levitación.

El proceso de canonización tuvo como Promotor Fidei -o, como popularmente se le llama, abogado del Diablo- al cardenal Lambertini, quien sería Benedicto XIV, un pontífice de labor muy fecunda, amigo de las ciencias, enterrador definitivo del geocentrismo en la catolicidad, protector de la matemática pionera Maria Agnesi, y que mantuvo correspondencia incluso con Voltaire. En su amplia obra De servorum Dei beatificatione et beatorum canonizatione, concluida en 1738, ya respalda los milagros de José, reseñando la honradez de los muchos testigos que le vieron elevarse -el término "levitación", un anglicismo, se extendería durante el muy ocultista siglo XIX-. Siendo ya papa, en 1753 dio el visto bueno a la publicación de una biografía muy completa del monje volador, escrita por Angelo Pastrovicchi, y bendijo la beatificación de José, canonizado por Clemente XIII pocos años después, en 1767.

José de Cupertino es el levitante más insistente de la historia. Por ello le han hecho patrono de los aviadores y de los astronautas. También, curiosamente, de los estudiantes, puede que por ser ejemplo de que alguien tan zote como él podía sobreponerse con insistencia y aprobar un examen eclesiástico. La insistencia es una de las claves del éxito, quizá la más importante de todas. Como curiosidad, fue en su honor como se bautizó una pequeña ciudad californiana, Cupertino, donde está la sede de Apple y que tiene uno de los índices de ingresos per cápita y titulaciones universitarias más elevados del país, siendo considerado uno de los mejores lugares para vivir de todo Usa.

Por pura decantación cultural, me he centrado fundamentalmente en los místicos católicos. Me son más cercanos y, por otra parte, no se suele pensar en ellos cuando uno imagina a un santo levitando, sino que recurrimos -cosas de la influencia anglo- a los yoguis hindúes para visualizarlo. En realidad la -alegada- levitación es un fenómeno universalizado, conocido por numerosas culturas, que han dado un valor extraordinario a quienes en virtud de un trance extático quebraban las cadenas de la gravedad, imitando a las nubes. También el mundo islámico ha tenido a sus santos levitantes. Un personaje realmente singular, que ofrece muy chocantes paralelismos con Jesús, fue el místico persa Al-Hallay, quien igualmente levitaba ante multitudes.


Fotograma de "Teorema" (1968, Pier Paolo Pasolini).

CARACTERÍSTICAS CONCURRENTES

-Una de ellas es que el peso muerto del levitante deja de equivaler al que tenía con los pies en el suelo. O bien parece ser un peso inamovible, por muchos empujones que se le dé, o bien parece pesar lo mismo que una pluma, siendo traído y llevado con suma facilidad.

-Otra característica es que el levitante puede hacer levitar a otros -personas, animales o cosas- por contacto, si es ésa su voluntad. Incluso las moles más pesadas. Si su voluntad está centrada en otra cosa, su ropa tiende a caer verticalmente y puede perder el calzado, como a veces le pasaba al buen José.

-Otra es la aparición, ya comentada, de hipertermias y de nimbos dorados, signos de un metabolismo que se ha acelerado en pleno éxtasis.

-Otra es el cortejo de otras manifestaciones místicas, como los ayunos prolongados, las mortificaciones y los estigmas. No necesariamente todos, no necesariamente siempre, pero sí de modo bastante habitual.

-Otro, inusual, es que los levitantes varones son mucho más abundantes que las mujeres, contrariamente a la gran mayoría de manifestaciones sobrenaturales. También las hay, pero muchas menos que ellos. En contrapartida, los casos de levitaciones que no bastan para acreditar santidad son habitualmente de mujeres. Piénsese en Ana Catalina Emmerich o, un caso más radical, el de Elizabeth de Ranfaing, llamada energúmeno de Nancy, cuyos vuelos fueron atribuidos a posesión diabólica. Eran tiempos en que las mujeres voladoras por excelencia, las brujas, eran machacadas por el Santo Oficio.

-Otra son los gritos. Muchos místicos católicos levitantes pegaban un alarido justo antes de echarse a volar. El buen José de Cupertino lo explicaba diciendo que sentía que el corazón le iba a estallar como si estuviese henchido de pólvora. Algo pasa en el corazón


Ahora sabemos que el corazón no es un mero músculo hueco sino un generador de campos invisibles, un segundo cerebro que percibe cosas antes que el primero y que nos "duele" -a veces literalmente, sin comillas- al percibir algo inefable.

Cuando escuchamos una música que nos llega al alma, que nos traspasa, no nos toca el cerebro, sino más bien su dedo prodigioso se dirige a nuestro corazón y lo hace vibrar como un címbalo. Entonces nos sentimos elevados, como si nos dirigiéramos a un lugar al que en ese momento creemos pertenecer, aunque sólo por unos instantes, un lugar que está en el cielo, como si allí hubiese una habitación destinada para nosotros, un cuerpo celeste, como el asteroide del Principito. ¿Por qué si algo nos emociona de un modo nítido y puro, no de una emoción vulgar y basta sino purificadora, que parece lavarnos y aclararnos por dentro, lo asociamos a la elevación? Nuestro camino evolutivo parece ser ése. De reptar hemos pasado a las cuatro patas, para después conquistar la postura bípeda. Nuestro camino mental sigue esa misma dirección. Proyectamos a nuestros dioses en el cielo, y nos sentimos incómodos si alguien nos habla de deidades del inframundo. No, ése no es nuestro destino. Nuestra raíz sí. El inframundo, ese infierno en ebullición, gracias al movimiento de traslación de la Luna alrededor de la Tierra genera una magnetosfera que permite la vida. Del inframundo, en ese sentido, venimos. Pero es al cielo hacia donde vamos. Los niños sueñan con ser astronautas, no sepultureros. Eso lo entendió bien el cristianismo, que empieza con Adán arrancado del barro y termina con Cristo dirigiéndose a las alturas.

Al igual que hemos visto en otros artículos de esoterismo, es como si los místicos se hubiesen mudado a los confines de lo real, indicándonos los límites absolutos y sirviéndonos de inspiración para seguirles o, como mínimo, para cambiar nuestras vidas, para mejorarlas, para aligerarlas, para aprender a levitar a nuestra manera, para reducir lo enmarañado a lo esencial, para soltar lastre. Así como el ayuno místico parece aligerar el cuerpo y la meditación aligera el espíritu, el levitante funde cuerpo y espíritu en un vuelo hacia lo que bien pudiera ser nuestro porvenir como especie.

Quizá el siguiente paso evolutivo para nosotros sea ser niños voladores, como el Niño Divino de Kubrick y Clarke, nimbado de luz como los levitantes. Quizá ese paso evolutivo, como creen los californistas, se esté dando ahora con las nuevas generaciones de niños índigo y cristal. La espiritualidad californiana tiene un siglo largo de existencia, más o menos, como la aviación humana. Esas sincronicidades nos indican un camino, el camino de los cielos, buscado y anhelado por los corazones de los más místicos de entre nosotros, de aquellos que ansían volar porque sienten que su corazón lleno de júbilo va a estallar.




(I) - Como curiosidad realmente divertida, en el Tartufo de Molière hay un personaje llamado Damis, hijo de .... Orgón.


9 comentarios:

  1. Me ha parecido muy interesante! Tú crees en la inmortalidad? Supongo que como católico es absurdo preguntártelo. Pero como pensador? Saludos!

    ResponderEliminar
  2. Hola, muchas gracias, sobre todo por lo de llamarme pensador -no lo soy ;-) Tu pregunta es de las más complicadas que se pueden hacer a bocajarro. El alma es necesariamente inmortal, porque no es orgánica. En puridad de conceptos, el alma no puede morir como no puede morir un poema garabateado en un papiro. Muere la persona -su sistema nervioso, que no es sólo el cerebro sino todo su ser, incluso el invisible- y se degrada y deshace el papiro. El poema se queda olvidado y desaparece, pero no muere. El alma asimismo queda quizás desactivada, en stand-by esperando una reconexión -promesa del cristianismo con la resurrección del cuerpo glorioso y del californismo con la extropía del cuerpo cibernético- o bien reconectada a otra fuente nerviosa para mí desconocida, y de la que a buen seguro gente mucho más sabia que yo te podría hablar .... o puede que prefirieran el silencio.

    Me considero católico cultural porque en Cristo, la Virgen, los templos y las romerías late la memoria de mi pueblo y la de antiguas realidades que esperan renacer un día. El Héroe-Profeta, el Niño Divino, la Señora de las Alturas, los espacios santos, la geometría sagrada, el laberinto misterioso, la ruta silente, arquetipos que duermen en nosotros.

    ¡Salud!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hmmm... pero podríamos argumentar que son interdependientes y que al morir uno muere el otro? No lo ves como una autopista de dos direcciones? Yo creo que la muerte es como una bomba de racimo antipìsta que destruye la carretera. Y no va a además contra el principio intuitivo de devenir constante y el cambio eterno? Ese ciclo exige destrucción. Digo esto desde el punto de vista de Heráclito, claro. Tú a lo mejor lo ves como cristiano. Ver el tiempo como lineal o circular también marca mucha diferencia en este aspecto. Yo solo veo al fuego quemándolo todo.

      Y fíjate, que aún con este comentario tan nihilista, pesimista y ateo que escribo, aún así te creo perfectamente cuando dices que probablemente hubo gente que logró el prodigio de la levitación. Te creo, de verdad. Si algo he aprendido en la vida es que somos unos burros ignorantes, que no tenemos ni puta idea de lo que sabían nuestros ancestros, que en la vida no solo existe la razón pura, que los prodigios y lo raro pueden llegar a existir, y que seguramente hay gente que sabe más rarezas de lo que habla y probablemente ha visto cosas que prefiere no contar. Te animo por ello a seguir con este tipo de temas, el esoterismo es muy interesante. Saludos!

      Eliminar
    2. Bueno, para la contraposición entre lo lineal y lo cíclico, podemos visualizar un balón de fútbol rodando por el campo. Eso es la historia humana, algo lineal y cíclico a la vez. Yo también vivo en el segundo principio de la termodinámica, pero ¿cómo puede morir el alma? Quizá, según el primer principio, pasaría a transformarse en otra cosa que desconocemos. El fuego, además de quemar, purifica y marca límites: como diciendo que hasta aquí podéis llegar, mortales, en vuestro afán de meter el hocico en asuntos que os superan.

      Si la autopista es de dos direcciones, nos toparemos con almas purificadas por el fuego en un futuro. Tal vez aquí, en este mundo.

      Me alegra que te gusten los temas de esoterismo, espero dedicarle más entradas de vez en cuando, creo que tienen su público y me están saliendo bastante dignas -y un poco circunspectas-. ¡Salud!, nos leemos.

      Eliminar
  3. Ayer fue el día de san José de Cupertino, el monje volador.

    Gracias a los lectores e intervinientes de estos días por el feedback en el último hilo. En cuanto tenga algo más de un cuarto de hora libre al día atenderé comentarios. ¡Salud!

    PS: No malvendáis jamás vuestro entusiasmo.

    ResponderEliminar
  4. Me gustó mucho esta entrada.Gracias, muy interesante, no conocia a este curioso mistico, Cupertino.

    Lo de la levitacion yo conozco a una persona que me conto que vio levitar a unos treinta cm del suelo a un familiar cercano suyo(estaba sentado en el suelo el levitante), y me lo creo porque es una persona bastante simple y que no tiene ningun motivo para mentirme.

    Este mundo es como la frase de Shakespeare:

    "Hay mas cosas en la tierra y en el cielo, Horacio, que las que es capaz de soñar tu filosofía"

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Me alegra que te haya gustado. Tengo algo abandonadilla la sección de esoterismo del blog. Espero no tardar otros dos años para darle continuidad.

      Sería interesante saber si hubo hipertermia en aquel momento. Creo entender que en el caso que comentas el levitante era varón.

      Eliminar
  5. De lo más original que leo en mucho tiempo. He de investigar más sobre la iglesia católica en tanto comunidad de creyentes.

    En cuanto a anécdotas, al único al que puedo referirme es a mi padre: cuenta que vio a su padre ser elevado del suelo unos 20 o 30 cm, y su cuello parecía ser asfixiado. De esto hay varios testigos. Se cuentan también otras historias paranormales, siempre en esa casa, que mi familia supone relacionadas a la obsesión de mi abuela (germana pura) por el espiritismo decimonónico.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias, me alegra que te haya interesado.

      En el seno de la comunidad católica no escasean los milagros. O, al menos, el indicio serio de ellos. La estructura católica aplica criterios bastante severos, al menos desde el siglo XVI, a la hora de considerar algo como un milagro y la misma cosmovisión católica ejerce de factor distorsión de esos hechos, que también se daban en tiempos paganos y eran interpretados de otra manera, al ser otra cultura. El milagro, lo maravilloso, como tal es recurrente en Europa. El filtro interpretativo es lo que va cambiando.

      Gracias igualmente por comentar tu caso familiar. ¡Salud!

      Eliminar