miércoles, 20 de agosto de 2014

Entusiastas (I)





Hace unos cinco años, un compañero de trabajo y sin embargo amigo comenzó a acudir a reuniones de una congregación religiosa de contenido doctrinal inequívocamente new-age. Al poco tiempo de empezar a ir, comenzó a comentarme cosas de aquel grupo -ni él ni yo empleamos nunca el término "secta"-, bastante conocido y -faltaría más- californista-ufológico-orientalizante hasta la médula. Me prestó entonces dos libros, uno de nutrición que le habían recomendado -y cuyo contenido andando el tiempo me resultó útil, aunque como diría Michael Ende ésa es otra historia y será contada en otra ocasión- y otro doctrinal, escrito por el fundador. Reconozco que la lectura de ese texto dogmático me resultó insoportable desde el primer momento, así que no lo terminé. En realidad apenas lo comencé.

Mi colega me dijo que nunca le habían pedido dinero. Supongo que se trataría de una congregación inofensiva, en la que contribuyes si te apetece, y en la que entras y sales con plena libertad. Nada que objetar por mi parte. Como liberal, creo en la libertad religiosa como creo en muchas otras libertades. El caso es que comencé a ver mejor a mi colega. Mal antes no estaba, pero empezó a llevar una vida sana. Dejó de fumar, dejó de tomar alcohol, dejó el sedentarismo. No estaba gordo, le "sobraba" algo de peso, unos 8 kgs así a ojo de buen cubero, y se puso fibroso en poco tiempo. Vigilaba lo que comía. Hacía deporte y ejercicios de relajación y de meditación. Estaba entusiasmado.

Con el tiempo, se fue dejando de tener reuniones con aquella gente. Recuperó en buena medida sus antiguos hábitos, volvió al tabaco y a tomar unas cervezas a la salida del trabajo, aunque ha seguido haciendo bastante deporte y se mantiene en forma. En su caso, el acercamiento a una vivencia religiosa le sentó bien. No es tan raro. Vivimos en una época de eclipse del espíritu, porque estamos sobreprotegidos por el Estado-beneficencia -sobreprotegidos más en teoría que en la práctica, viendo la de gente que no encuentra trabajo ni tiene hijos-, y asociamos religiosidad a oscurantismo y maguferío. Pero para mí es evidente que se puede vivir la religiosidad de manera constructiva, que sea algo que sume y no que reste ni degrade. Nuestra sociedad tiende a minusvalorar el sentimiento religioso, al que asocia a una pérdida o peor, a una represión.

Lo hemos visto más veces, cómo gente desorientada encuentra una orientación adhiriéndose a un culto, a una creencia, a un sistema de ritos, a una iniciación, a una devoción. Si se hace desde una perspectiva sana y razonable, los efectos suelen ser positivos. Cuando uno está desorientado en un lugar que no conoce y se topa con un sendero antiguo y pelado de tanto que parece que ha pasado la gente por él, sin duda se antoja la mejor elección. Eso ayuda a entender la situación del occidental medio, que ha perdido ese camino tradicional, ese sendero poco ocurrente pero sí muy fiable de las religiones estables convencionales, y al que un sistema ha hipnotizado para que se deje seducir por otros senderos novedosos. El humano desorientado es crédulo, necesita creer, porque sin fe en un camino se da cuenta de que no es nada. La desorientación occidental ha sido una constante del siglo XX, tomando carta de naturaleza en los años sesenta, precisamente una época de altos estándares de vida y notable libertad personal. Por entonces los jóvenes repudiaban todo lo anterior e improvisaban a cada momento. La vida no era un camino iluminado por principios firmes y sostenibles, sino un discurrir zigzagueante y caprichoso, una mera acumulación de vivencias sin un hilo conductor que pudiera enjuiciarlas moralmente.


El cine de la "nouvelle vague" captó con frescura el espíritu de esa generación autoindulgente y desorientada, sin condenarles, ofreciendo una instantánea ingenua de aquellos jóvenes carentes de maldad pero también de objetivos claros.

Uno de los momentos que más me gustan de "Malcolm X" (1992, Spike Lee), film discutible pero "con miga", con cosas aprovechables, es el de la conversión del delincuente Malcolm Little en adepto de la Nación del Islam. En prisión, el hermano Bains le introduce en la dogmática de esa religión, siendo uno de los primeros pasos el de ponerle prohibiciones -alcohol, tabaco, drogas, mujeres blancas, carne de cerdo-. Malcolm cambia, se convierte en un guerrero espiritual, y su arrogancia de macho-alfa mal entendida y desperdiciada se concentra, como si fuese un láser, en dirección a una meta. Eso ocurre muchas veces, hay cosas en nuestra vida que nos hacen daño y aunque razonemos con nosotros mismos no conseguimos dejar de caer en ellas. Hay quien puede, pero pienso que son los menos. La mayoría sigue reincidiendo en sus errores, amigablemente, como parte inseparable de su personalidad, hasta que recibe una ayuda de fuera. El hombre no es una isla. El hombre necesita ayuda, necesita a los demás. Así ha evolucionado, flexible para los idiomas y dotado como ninguna otra especie para la mímica: el hombre busca a los demás.

Cada palabra que ha llegado hasta nosotros en plena vida, sin haber caído en el desuso, es una herramienta que el paso del tiempo ha aprobado porque contiene en su raíz, en su étimo, una chispa de autenticidad. Las palabras huecas caen, las radiantes de contenido se mantienen entre nosotros. La palabra entusiasmo parte de la raíz en-theos, por lo que al decir que alguien está entusiasmado nos estamos refiriendo a que tiene un dios dentro de sí. El entusiasmo primigenio, para los griegos, no podía ser sino el de las sibilas. Estas mujeres, inspiradas por un dios -habitualmente Apolo-, entraban en trance y eran capaces de lanzar profecías. Por eso el entusiasmo en los idiomas modernos que conservan la voz griega, como el nuestro sin ir más lejos, incluye una connotación física, de excitación, de vibración, de intensidad palpable. No en vano las posesiones a cargo de otras entidades, lo que hoy entendemos también como canalizaciones, implicaban temblor, inquietud, la sensación de que la persona canalizada adoptaba modos de fiera en pleno frenesí depredador o de fuerza de la naturaleza desatada. Los antiguos tiñeron el entusiasmo profético de las sibilas con colores de divinidad, haciendo de la profetisa Sibila hija del mismísimo Zeus en algunas tradiciones y asociándolas a fuentes de agua y grutas, una constante en las apariciones marianas -que son una cristianización de un fenómeno fascinante, la recurrente presencia en nuestro universo físico y mental de la Señora de las Alturas-. Por tanto, cuando hablamos de entusiasmo estamos hablando de un sentimiento o, mejor dicho, un estado mental con unas determinadas características:

-Apela igualmente a cuerpo y mente, se traduce en una actitud de concentración mental hermanada con efervescencia física, carnal.

-Se evidencia en la irradiacion del centro cálido del individuo, como vimos en el artículo sobre la levitación. El entusiasta siente un ardor en el pecho, relacionado con chakras intermedios: se trata de un estado mental global de la persona, en el que no vibran sólo los chakras del inframundo ni tampoco únicamente los celestes.

-Hay "algo" dentro de nosotros que es nuestro pero que no nos pertenece del todo, que incluso nos sorprende. A menudo los entusiastas que reflexionan en tiempo presente durante un acceso de entusiasmo y son conscientes de ese plano mental, al igual que los onironautas en el sueño, se dan cuenta de que llevan un tesoro en su interior, como una antigua luz mucho tiempo apagada y que vuelve a encenderse con gran fulgor.

-Ese "algo", al irradiar, se vacía y nos vacía. Seguimos a ese "algo" entregándonos a él, y por ello dándonos, ofreciéndonos a los demás, notando que las barreras del tiempo ordinario parecen haberse desvanecido sin dejar rastro.

-Empuja al entusiasta a realizar actos, hazañas, que parecían vedadas antes para el mismo individuo mientras se movía en una realidad física y mental más plana y prosaica.

-Parece pertenecer a un designio ajeno a nosotros. De repente, entra en nuestro ser sin avisar y, tras vaciarnos, se va como si fuera un dios caprichoso. Ah, si se pudiera suscitar la entrada del dios en nosotros para volver a entusiasmarnos, para volver a vibrar en otro plano, sería extraordinario .... ¿e imposible?




El californismo, la cosmovisión que ha embrujado a Occidente, ha empleado el entusiasmo como una herramienta para la expansión de su ideario progresista, optimista e infantojuvenil. El surf, protagonista de films marcadamente californistas como "El gran miércoles" o "Le llaman Bodhi", sería seguramente la actividad entusiasta por excelencia: jóvenes bronceados, sol, playa y la relativa ingravidez que concede el agua y que es un sucedáneo de levitación: los ideólogos californistas saben que a la gente le gusta flotar, flotar sin más. Sin embargo, no es tan fácil. El mundo consumista moderno -que, para más recochineo, nos vende fantasías de paraísos gratuitos y de felicidad no menos gratuita- parece tener muy claro cómo suscitar el entusiasmo, de igual manera que parece tener respuesta para todo y capacidad para mercantilizar las sensaciones. ¿Hasta qué punto? ¿No hay otras vías hacia el entusiasmo que no sea la reproducción de patrones ideados en las tormentas de ideas de las agencias publicitarias? El 99% de la población occidental piensa en entusiasmo y en felicidad mediante imágenes prefabricadas, mediante inputs mentales que otros han puesto en circulación. Esos inputs asocian el entusiasmo juvenil a una felicidad que cueste poco, en consonancia con el escaso poder adquisitivo de la adolescencia. Olas, una tabla y hala, a buscarse la vida, a tragar agua, mantener piques con otros jóvenes y hacer ojitos con las chicas. La felicidad publicitaria asociada a franjas de edad con más poder adquisitivo está orientada en otra dirección, si bien es cierto que el progresivo alargamiento de la esperanza de vida y el mantenimiento de la neotenia juvenil de los pueblos occidentales -hacia donde se dirigen nuevos artículos de consumo con el sello californiano, como la tecnología vestible, los geroprotectores, la cibercirugía y muchos otros exponentes transhumanistas- permite atribuirles algunas características de juventud, como el descaro, la pillería y la continua improvisación de decisiones y respuestas emocionales. Echad un vistazo a una tanda de anuncios televisivos y decidme si miento.

Sin embargo, existen otros caminos hacia el entusiasmo, hacia la entrada de la divinidad en nosotros. Caminos olvidados, o puede que difíciles de transitar, que exigen virtudes que aterran al californismo: exigen autodominio, austeridad, reflexión, un plan y fuertes raíces en el saber antiguo. Es el camino de la tradición espiritual europea y la verdadera espiritualidad oriental, no ese feo popurrí para turistas confeccionado en tiempos de decadencia cultural. Es el camino del laberinto. No en vano, nuestro propio ser es en sí una sinergia de aparatos, sistemas y órganos endiabladamente laberínticos. Pero eso será tema de una futura entrada esotérica. Mientras, hablemos de entusiasmo. ¿Existe en nuestra sociedad?



Lo veo a menudo por la calle, me cruzo con gente que no transmite vibraciones. Puede que yo sea uno de ellos, a fin de cuentas, y no me haya enterado todavía porque no me veo desde fuera. Creo que uno puede verse a sí mismo reflejado en el rostro de los demás, sí, pero ¿y si esas caras-espejo están empañadas, a medio descascarillar o con el azogue revocado? Dámaso Alonso nos hablaba de Madrid como ciudad de más de un millón de cadáveres. Me pregunto cuánta gente con la que compartimos la burbuja artificial urbana conduce su vida sin sentir a lo largo del día el menor entusiasmo por nada, sin experimentar el placer de sentirse llena por dentro con la presencia de esa entidad benéfica de mil nombres, uno por cultura, que inspiraba a las sibilas. Noto mucha apatía en muchas vidas.

La apatía es a-pathos, ausencia de padecimiento. Esa ausencia deja un hueco terrible en nuestras vidas. Antes lo teníamos presente de un modo u otro. Por ejemplo, en todas las casas eran habituales los crucifijos, que muestran o simbolizan el padecimiento de un varón en búsqueda de objetivos más elevados. Ahora preferimos no manchar el bonito panorama del que queremos rodearnos con imágenes tan terribles, que nos recuerdan tanto nuestra propia mortalidad. El padecimiento no es bueno ni malo en sí, sino en función de la respuesta que suscita en nosotros. No recuerdo quién lo dijo pero es cierto, las cometas se elevan contra el viento. Así, una fuente de pathos no necesita justificación. El padecimiento existe, sin más. Tarea nuestra es aprovecharlo para nutrirnos de él. Pero si en nuestras vidas no existe un reactivo, ¿qué nos queda? Un profundo aburrimiento. Isaac Asimov atribuía el aburrimiento a un "exceso de cerebro" en nuestra especie. No es tan fácil. Una persona atada a una cama y alimentada con sondas tiene "exceso de brazos y de piernas" desde ese punto de vista. Vale que es un ejemplo forzado, la de alguien encamado a la fuerza, pero ¿no ocurre lo mismo con nuestra mente y la realidad circundante? ¿No estamos "atados" igualmente nosotros en un plano mental que favorece el aburrimiento? Por doquier encontramos estímulos huecos y estériles. Nos asaltan en los medios de comunicación las imágenes de chicas impresionantes, inaccesibles, nacidas espontáneamente como la Venus de Botticelli. Muchas de ellas se emparejan con futbolistas, a quienes vemos todo el rato por la tele, escuchamos sus declaraciones por la radio, aparece su imagen en tu portal de noticias favorito, o en un póster publicitario, o en una revista de tendencias. Todos esos futbolistas tienen cochazos. Con veintipocos años lucen un deportivo espectacular, una churri despampanante y un séquito de admiradores. Y se les oye en el telediario más que a Obama, Putin y Merkel juntos. ¿Qué nos aportan a nuestra vida?

¿Qué dicen de nuestra vida y cómo la enriquecen las cancioncillas MTV-style de las radiofórmulas? Por supuesto que se hace buena música hoy en día pero, querido amigo, la tienes que ir a buscar expresamente, porque no te va a salir al encuentro. En el macromundo mediático, en la Mátrix californista, no encontrarás lo que necesitas. Haced la cuenta de la cantidad de canciones cuyo mensaje es "no soy nada sin ti" y comparadlas con las que dicen "soy el dueño de mi destino". Las primeras tienen el éxito asegurado porque apelan al componente apático que se ha enseñoreado de nuestra sociedad. Las segundas eran más habituales entre hombres cuando el rock era más recio y viril; en todo caso ahora las cantan chicas "empoderadas" que sienten su ego subir por la excitación que generan en el círculo pagafántico que las rodea -es decir, por la atención ajena, lo que demuestra su naturaleza tramposa de falso "empoderamiento"-.

Al revés que en el entusiasmo, en las masas humanas de nuestra sociedad globalizada y excesivamente urbanizada el dios no entra en nosotros para vivificarnos sino que parece estar por encima de nosotros, aplastándonos, como si fuésemos hormigas vistas desde arriba o títeres de un desquiciado guiñol figurando en una mediocre representación cuyos diálogos han sido escritos por otro. Es la sensibilidad que entró con fuerza en el período de entreguerras del siglo XX, ese pesimismo del individuo asfixiado por númenes que no entiende, a lo Kafka, o el mundo sin sonrisas de cierto cine francés de los años 30. Después, entre los 50 y los 60, se pusieron de moda las películas que retrataban la vida vacía y sin alicientes de la burguesía europea, como si fuesen muertos en vida desplazándose por la pantalla. Aquellos films no narraban historias, sino que más bien exponían estados de ánimo. Y yo me pregunto: ¿a cuántos de nosotros, aburguesados como estamos, nos ocurre lo mismo? ¿Cuántos de nosotros vivimos en una niebla mental espesa y desorientadora? ¿Cuántos nos hemos sorprendido a nosotros mismos frente a la pantalla tonta, con la mirada perdida y vacía? ¿Cuántos hemos envejecido antes de tiempo?




(continuará)


5 comentarios:

  1. Hola hombre lupa gadner, te felicito por este post, aunque en casi todos dejas caer esta observación de vacio que proyectamos los miembros de la sociedad occidental, me ha gustado mucho, por la claridad y contundencia de tus reflexiones sobre este tema. Yo pienso lo mismo. Me hace recordar a un autor francés Michael Houllebeck, que no tiene pelos en la lengua a la hora de denunciar lo artificioso del mundo en que nos ha tocado vivir y la devastación del espíritu que genera.....
    Bueno sin más que decir , espero con impaciencia el siguiente post. Lo de continuará me ha entusiasmado

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  2. ¡Hola! Muchas gracias, me alegra no ser el único que ve así este mundo actual. No he leído a ese autor -leo muy poca novela- aunque lo que tengo entendido de él probablemente me anime, más gente me lo ha recomendado. Es una pena que nuestro Michi Panero no hubiera legado un par de novelas, algunas frases de uno me recuerdan al otro.

    A veces pienso que la felicidad como tal es un concepto de baja categoría, de poco nivel, al que se dedican esfuerzos terribles que dejan un impacto que por ahora no vemos pero que por pura ley de retribución universal regresará con fuerza allá donde estemos. Y otras veces no sé qué pensar. Una sociedad de ideología felicitaria, es lo que tenemos, y cada día que pasa, que vivo en su seno, más fraudulento me parece todo. Probablemente esta sociedad no dure mucho. O sí, o puede que se convierta en un enfermo crónico inmortal, el peor de los diagnósticos.

    ¡Salud!

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  3. Añado que, antes de la felicidad, hay muchos otros valores mil veces más importantes. Como mantener la dignidad, incluso en un entorno indigno. Incluso en una vida indigna. Es lo que mucha gente llama "tener estilo". Que tu discurso esté en consecuencia con tus actos.

    Es como si, pongamos un ejemplo, en el blog me dedicase a preconizar las virtudes de la vida sana y la buena alimentación mientras en mi vida real mi dieta consiste en doritos y panteras rosas. Si los actos, el "estilo", no respaldan mis palabras, éstas pasan a ser puro desecho, por buenas que parezcan leídas en una pantalla. Autenticidad: eso es imprescindible.

    Noto que falta autenticidad, pero de la buena, autenticidad inspiradora. Eso sí que lo echo en falta. De vez en cuando, muy ocasionalmente, uno se cruza en la vida con gente inspiradora, que le da un empujón, que le ilumina. Esa gente es auténtica pero su autenticidad da inspiración. El individuo vulgar que se pasa el día sentado en la barra de una tasca e increpa a los futbolistas que salen en la tele del local es sin duda muy auténtico, pero esa autenticidad por mí podría ahorrársela, no sé si me explico.

    William Blake: "aquel que desea pero no obra, engendra la peste". Nuestra sociedad ha multiplicado los deseos hasta la náusea, mientras procura mantenernos en quietud. Es innegable que vivimos en decadencia, aunque los logros técnicos de cinco genios y quinientos intermediarios la enmascaren.

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  4. Para entusiastas los podemitas ;)

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    1. Por eso pueden vencer:

      https://www.youtube.com/watch?v=mDT0PV8jhlQ

      En la lucha, en cualquier lucha, aquel que va a muerte es el que gana. Es así.

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