martes, 24 de junio de 2014

Desgraciados vocacionales





Iba a escribir sobre otros temas, pero una frase que he leído hace poco me ha hecho recordar y recapacitar, en el obituario de María Josefa Wonenburger, nacida en 1927. Como sabéis, la californista Google celebra aniversarios de nacimientos, no de defunciones. Forma parte de su visión transhumanista de las cosas. Una ves has nacido, has nacido para siempre. Pero no quiero hablar ahora de eso. Quiero hablar de una frase suya en la que decía "tengo tendencia a ser feliz". Así de sencillo, así de transparente. Los humanos tenemos tendencias. Nacen con nosotros y se van manifestando con el paso del tiempo y de las andanzas vitales. Hay gente que tiene tendencia a ser feliz, y otra gente que no. Eso, creo, tiene una importancia mil veces mayor a la hora de formular una definición de inteligencia que cualquier test de CI. 

También creo que, confesándome, mi vida personal cambió -tal como lo estoy visualizando ahora: la memoria vital no es exacta, sino creativa- cuando me di cuenta de que yo, quien esto escribe, tengo tendencia a ser desgraciado. No me avergüenza reconocerlo: es así. Hasta que no me di cuenta de eso -es decir, hasta que no fui consciente de quién y cómo soy, hasta que no me conocí a mí mismo un poco- no puede cambiar muchas cosas en mi vida. Es importante conocerse a uno mismo, y aceptarse. Ya sé que esa reflexión ha sido tan sobada por tanta gente más sabia que yo que se ha convertido en un lugar común, pero eso no le arranca ni un átomo de verdad. Mucha gente llega a edades respetables sin conocerse a sí misma.


Fuente: The Yorck Project, visto en Wikimedia Commons.


Uno de los intereses del autor del blog es la psicología, como he indicado en el margen derecho. Es más, he barajado en más de una ocasión matricularme en la Uned, pero por una cosa o por la otra lo he ido dejando. Pienso que la psicología no es sólo una ciencia para paliar o resolver enfermedades y conflictos anímicos, sino también un arte para potenciar lo mejor de nosotros mismos. Aliviar al que sufre, y animar al talentoso para que se autoconstruya, por decirlo así. Pero tiene sus límites, y estos límites residen en nuestra propia naturaleza. El progresismo ambiental nos dice que somos algo así como tablas rasas, que nacemos exactamente iguales unos a otros. Eso implica que la cultura lo es todo en nuestra formación como personas -lo que implicaría que la cultura humana es siempre anterior al humano, una contradicción que siempre han ignorado-, y que el humano es 100% dúctil y maleable, que puede cambiar con suma facilidad. Lo cierto es que el cambio personal, que atormenta a muchas personas en nuestra sociedad, es extremadamente complicado, más que nada por una tendencia nuestra, una de esas tendencias que según el progresismo psicologista no existen, la tendencia a no cambiar.


Dios sabe que no puedo cambiar.


De ahí que la abundantísima literatura de autoayuda no funcione, y por eso continuamente llueven sin piedad más y más libros sobre arcoiris interiores, ratones mangaquesos, ejecutivos de la propia vida, bonzos visitando concesionarios de coches y demás. Creo que sólo una pequeña, muy pequeña parte de esa producción es realmente valiosa y puede ayudar al lector. Pretende hacernos cambiar cuando nuestra resistencia al cambio es enorme. Cada vez estoy más convencido de que en nuestra naturaleza, muy terca ella, se da una especie de fatalidad biológica, que afecta al 90% de nuestra personalidad y de nuestras aspiraciones y posibilidades. Y no me preocupa. Ese 10% restante es enorme, decisivo. Pero tiene que contar con el otro 90%, no ignorarlo ni darle la espalda porque quien quiera darse la espalda a sí mismo se abona al fracaso. Ese 10% son los actos. Sin actos, nuestra personalidad puede como mucho formular promesas de futuro y visiones color-de-rosa que parecen salidas de la mente calenturienta de un publicista naif, y formularlas muchas veces, una tras otra, porque el gasto en esfuerzo mental es mínimo, acumulando más y más frustración porque nunca se cumplen, lo que no impide que volvamos a emitir más ocurrencias voluntaristas. Ésa es la propuesta, publicitaria más que nada, que subyace a esa literatura de autoshaping. Este tónico hace crecer el pelo y alarga la vida, decían antes. Este libro es la llave para tu felicidad, dicen ahora. Ve y háblales de fatalidad biológica. Eso no entra en los planes del sonriente mundo californista, que lleva al extremo el optimismo antropológico useño, y para el que la felicidad es un software fácilmente diseñable, comercializable e descargable en cualquier hardware bípedo que lo demande.

Hay gente que tiene tendencia a amargarse la vida. Es así. Algunos lo llaman anhedonia. Al parecer, el amigo Woody Allen iba a llamar así a su primer film no-bufo, "Annie Hall" (1977), en el que ya aparece su típico personaje de neurótico que se recrea en sus neurosis y con un aspecto muy lejos del surfero sonriente bronceado, ergo en las antípodas del mundo rosa y añil del progresismo globalista californiano -por cierto, la cultura popular del Estado Eureka es duramente criticada en el film-. Si lo ponemos en perspectiva histórica, nos sentiremos como mínimo extrañados. Supongamos que a un siervo de la gleba del siglo X le decimos que en el siglo XXI la gente vive la tira de años, conservan todos los dientes -y si no se ponen implantes eternos-, se comunican con quien quieren con una especie de pizarritas parlantes, si se rompen algo al poco rato les están atendiendo solícitamente en un hospital, y a partir de una determinada edad reciben papel moneda sin tener que trabajar hasta que fallecen, no se lo creerá. Y menos se creerá que en ese marco tan fabuloso hay gente que no es dichosa. A lo bueno se acostumbra uno pronto. Por eso todos conocemos a personas que no tienen en realidad ningún problema que no sea ellos mismos, su personalidad que les tiende a ser desgraciados, como esa imagen tebeística del tío cabreado al que una pequeña nube justo encima de su cabeza le llueve torrencialmente en un día de sol espléndido.

Asimismo, la idea de la tabla rasa para aproximarnos a la psique humana -en la que han dejado huella millones de años de evolución- implica igualmente un olvido del pasado. Es la clave de esa manida frase de "hoy es el primer día del resto de mi vida". Cierto que hoy lo es pero, al igual que un pueblo que olvida su historia lo paga caro, algo muy parecido nos ocurre a cada uno de nosotros. Necesitamos recordar nuestro pasado. Ojo, no obsesionarnos con él. El pasado es pasado. No digo que haya que repetirlo, en absoluto. Pero es imprescindible conocerlo, porque en el pasado se manifiestan nuestras tendencias más personales. Tal vez el progresismo psicológico ambiental haya influido en la baja consideración de la memoria, lo que en mi opinión hunde sus raíces tiempo atrás, y lo digo porque habitualmente se piensa que los occidentales estamos perdiendo capacidad de memorización debido a los avances tecnológicos-informáticos de los últimos años, y puede que no sea así, puede que el paradigma psicologista haya primado otros factores, como los antipáticos tests de CI y recursos similares. En muchas conversaciones otras personas me han afirmado despreocupadamente que tienen una memoria pésima, sin darle mayor relevancia. O que entienden algo con agudeza pero luego se les olvida. Parecen preferir lo rápido a lo reflexivo. Así, no es raro que en nuestro mundo muchos no sólo no se conozcan bien, sino que encima recuerdan su vida de un modo distorsionadísimo. El progresismo es, básicamente, un odio sentimentalista al pasado.




Con el paso del tiempo, me doy cuenta de que he tenido mucha suerte. Cuando hablo de mi tendencia a ser desgraciado, estoy hablando de un defecto serio y constitutivo de la personalidad. Es como quien tiene una enfermedad somática: debe cuidarse, y sabe que ha de contar con ese hándicap. Forma parte de la historia personal de cada uno. El día que por primera vez formulé para mí la afirmación "tengo tendencia a ser desgraciado" fue como decir "estoy enfermo y tengo que cuidarme", y empezando por ahí ya comencé a sanar un poquito. Recordar la historia de uno mismo, insisto, es como recordar la del propio país: no te obliga a repetirla, sino más bien te ayuda a no hacerlo. Digo que tuve suerte porque desde que entré en el mercado laboral nunca me ha faltado trabajo, he hecho amigos, he conocido a chicas maravillosas; a otra gente le ha ido mucho peor, y hoy son almas en pena.

La gente tiende a decaer, a dejarse ir. Es la ley de la entropía. Tu vida se va desordenando, salvo que le opongas un trabajo descompensadamente mayor que el que hacía falta antes para mantener el orden. Con el tiempo, el trabajo a aplicar ha crecido de un modo tan exponencial que no puedes aportarlo o ya no te compensa. Nos vamos y otros nos sustituyen en esta gran representación cuya trama conocemos apenas en parte, y cuanto más conocemos de la trama más próximos estamos a dejar el escenario. Es así, el cambio personal es casi imposible, más conviene aceptarlo sin resignarnos, poco de nosotros vamos a poder cambiar, y conviene centrarse en el comportamiento, en la actitud -de "acto"-. Eso hacían los conductistas, sobre todo los skinnerianos, pero lo hacían porque para ellos la psique humana era totalmente indescifrable. Aplicaban criterios extremadamente empíricos, que sí se podían observar en el comportamiento pero de los que no había manera de rastreo en la mente -de ahí que para ellos las técnicas basadas en la introspección, que requieren de un enunciador subjetivo, no eran científicas (I)-

Centrarse en la conducta ayuda a hacer cosas que no queremos hacer. Ése es uno de los grandes problemas, que lo que nos viene bien no nos apetece. Por eso es importante la compañía humana, porque nos obliga a observar determinados comportamientos que dan pereza pero que a la larga redundan en nuestro beneficio -y en el de los demás-. Es lo que encierra la famosa expresión "en el futuro me darás las gracias", y en gran medida es muy cierto. Por eso la soledad es peligrosa. Quienes tienden a ser solitarios y a ser desgraciados, cruzan en su vida una doble tendencia asfixiante y que les hace degenerar. Lo primero que abandonan son la higiene personal, la elaboración de lo que comen y el aliño en la vestimenta. Si se cruzan esas líneas rojas, el solitario tiende a ir más y más abajo. Por eso conviene verse a uno mismo reflejado en el rostro de los demás, algo que por otra parte estamos evolutivamente adaptados para hacer muy bien. El hombre, como decía Marañón, se conoce a través de los demás, y por eso las personas más intravertidas son las que se conocen peor a sí mismas, aunque pudiera pensarse lo contrario.

Lo primero que te aconsejan es que no te aísles. Todo hombre y toda mujer son, como ya dije en otro sitio, realidades peninsulares, pero no llegan a ser islas: eso es una tragedia íntima. Si pierdes el contacto de los demás, que te va frenando y pulimentando, sólo puedes apelar a una voz interior, el famoso Superyó que te obligue a no ceder y no desparramarte. Es la célebre frase la vida es milicia atribuida a Séneca. Así, para que tu vida no degenere, has de verla como si fuese un cuartel. Contra la dejadez, toque de diana y ponerse a funcionar. Pero no funciona si no está alguien contigo "obligándote" a cumplir los patrones mentales a los que dices que sí pero que luego no cumples. ¿Cuánta gente está metida en esa rueda hamsteril? ¿Cuántos se están prometiendo permanentemente votos que no van a cumplir, y lo saben, pero se sienten aliviados por un rato sólo con prometerlos? Es el problema de la libertad, te propone muchas cosas pero si no las haces tú nadie las hace por ti.

De ahí también el fenómeno de las conversiones modernas. Mucha gente que proviene del agnosticismo o del ateísmo, o desorientada sin más, abraza una determinada religión pensando que sus patrones de conducta rígidos y exigentes le servirán para hacer de su vida milicia, para conseguir el ansiado orden, la ansiada claridad de mente, y una buena batería de respuestas ante los desafíos de la libertad. Puede ser un trotskista convertido al islam, un judío secularizado que recupera la religión de sus padres, o una persona con inquietudes que se mete en una secta, sin más, o que tras una crisis vuelve a visitar la iglesia. No suele funcionar del todo mal ni del todo bien, porque dentro de nosotros late una oposición hacia una determinada creencia por mucho que nuestro raciocinio haya considerado que adherirnos externamente a ella nos traerá más beneficios que males.

Otro caso muy parecido del miedo a la libertad y su carácter deletéreo consiste en suspirar por un orden social racionalista, que nos regle de la cuna a la tumba, que decida por nosotros, es decir, que nos libre de la odiosa carga de tener que tomar decisiones y mojarnos el culo llevándolas a cabo en la realidad. No pretendo decir que la verdadera razón del totalitarismo ideológico sea la sociopatía ni mucho menos, pero es evidente que la pertenencia a una comunidad que nos quita responsabilidades puede resultar algo muy tentador para muchos, y más si está nimbada de respetabilidad "científica".


¿Un mundo feliz?

Eso me recuerda lo que un amigo me decía una y otra vez mientras atravesaba un fracaso amoroso, "ojalá fuésemos robots", que ya se sabe que un robot no sufre por amor -salvo en algunas canciones y pelis- y siempre toma las decisiones correctas sin interferencias emocionales. Pero nos aferramos a nuestra imperfección, sabemos que es nuestra y que no hay nada comparable en el Universo entero.



Cuanto más lo pienso, más lo creo, hay algo muy equivocado en la educación infantil. Cada vez que veo a la gente con la que iba a la escuela más imposible me resulta encontrar en ellos huellas de lo que nos enseñaban. De mi clase en primaria hay una odontóloga, un ingeniero industrial, una abogada, pero también una cajera, un administrativo, una encargada de charcutería, uno que tiene un bar, otro que tiene una agencia de viajes, amas de casa, etc etc. ¿Era imprescindible hacerles memorizar cosas que no les han servido de nada? ¿No sería mejor conocer qué es lo que les gusta, hacia qué sienten inclinación, y potenciarlo para que den lo mejor de ellos mismos para el bien común y, por descontado, para su propia felicidad? Y que no me digan que eso es muy difícil, porque nuestra especie ha pisado la Luna y sabe qué son los púlsares, y eso sí que es difícil de veras. ¿No deberíamos hacer de los niños el futuro, y no la repetición del presente?

Una buena educación implica muchas cosas, no sólo saber qué son los falansterios o quién fue el príncipe Eugenio. Implica cosas tan sencillas como saber respirar, saber alimentarse y saber dormir. Y también saber autoconocerse, detectando desde muy jovencitos si somos proclives a la felicidad o a ser desgraciados por nuestra propia mano. Puede sonar a ingenuo desde nuestra perspectiva de adultos que comemos cosas que no sabemos qué son y firmamos documentos que no entendemos. Pero creo que no me equivoco.





Nadie puede estar toda la vida como pretenden algunos que esté España, preguntándose quién es todos los días delante del espejo. ¿Qué soy, monarquía o república?, y así todos los días, ¿autonómica, federal? Eso es invivible. Ése es otro de los problemas que tiene el cambio personal. Te instala en un paraje de perpetua inseguridad. A cada instante te estás interrogando si ésa ha sido una buena decisión, con lo mullidito que estabas en casa. Si estás acuartelado, o en una continua serie de compromisos sociales, no te vienes abajo; pero cuando vuelves a encontrarte solo también vuelve tu termostato particular a ponerte en la situación de partida. Y ese termostato no se cambia así como así. Somos entes biológicos, sí, pero también somos abismos insondables.

En nuestro pecho se abre un gran abismo que no se puede llenar con nada. Ni con materia, ni con experiencias, ni con cosa alguna, más que nada porque hemos olvidado la sabiduría de otro tiempo, el conocimiento profundo del alma, que nos indica que ese agujero del pecho no está para echarle cosas como quien tira monedas a una fuente, o forraje a un hipopótamo de zoo, sino para extraer tesoros de él. Por eso debemos aventurarnos en su inmensa profundidad, bien asegurados con cuerdas de espeleólogos: los dioses sabían que en el último sitio en que buscaríamos sus tesoros sería en nuestro propio ser -en cambio, los rastrearíamos por montañas, grutas, lechos marinos y fluviales ....-, de modo que en nuestro propio ser los escondieron.

Aquel que quiere cambiar parece que va dando brazadas en la oscuridad. Pero si la cuerda está bien sujeta, si es segura, no debe tener miedo. Por eso cada vez que vamos a hacer algo debemos evaluarlo como Dios manda, usando la cabeza; y una vez evaluado, no seguir re-evaluándolo y recocinándolo como ese país que se pregunta todos los días qué es ante el espejo. No. Una vez tomada la decisión, conviene ponerse en piloto automático y aplicar los pasos correspondientes sin hacer de cada uno de esos pasos una especie de dramón romántico de titán en lucha contra el tiempo y la historia. Menos literatura y más realismo. Somos realidades modestas.

Resumiendo:

-Estamos condenados a ser quienes somos. En lo que podemos intervenir es en qué versión de nosotros podemos ser. A veces el abanico de opciones es estrecho, pero siempre hay abanico de opciones.

-No sirve de nada querer cambiarnos. Hay que cambiar las conductas, no a uno mismo. Nuestro interior siente pánico al cambio. Y a pesar de ello hay margen para cambiar.

-Hay que aprovechar lo que tenemos. A lo mejor aquello que consideras que es un punto débil resulta ser un punto fuerte de la hostia.

-Pregunta a los demás. Tú no puedes saber por tu cuenta ni siquiera si te huele el aliento. Y procura ser más empático. La gente no se levanta cada día pensando en complicarte la vida.

-Y más que nada porque la vida es complicada de por sí. Siempre aparecen cosas.

-Todos somos desiguales. Es absurdo pretender ser otro. Siempre va a haber alguien más fuerte que tú, más listo que tú o más guapo que tú.



Vivimos en una era de eclipse del espíritu. Y supongo que quienes como yo tiendan a vivir eclipsados tienen el deber moral de no permitirse esa debilidad, en primer lugar por ellos mismos, por mí mismo, y después pero no menos importante por los demás, porque quien no vive dichoso está amargando al vecindario. Lo digo porque nos creemos que estamos braceando en un mundo formado de derechos, perdiendo de vista que cada derecho lleva cosida una obligación, una como mínimo, y que nuestra existencia no estriba sólo en disfrutar de derechos, sino también de desempeñar deberes, el primero de los cuales es el de escoger qué versión de nuestro abanico vital es la mejor. El sentido último de nuestra vida, como se dice en el final de Ana Karenina, es el bien.




(I) - Conseguí tiempo atrás en una feria del libro de ocasión por un precio irrisorio, un euro, dos pequeños clásicos en castellano que me animaron a saber más del conductismo, Una introducción al método científico en psicología (1974, Ramón Bayés) y La utopía skinneriana (1989, José Luis Prieto). Es interesante para completar las nociones en psicología todo aquello aplicable y que venga de ciencia empírica -recomiendo para los interesados que consigan un buen volumen sobre farmacología del comportamiento, los hay magníficos-, porque si no terminaremos metidos en bucles y evanescencias metafísicas.



2 comentarios:

  1. Coincido mucho aquí.

    Yo lo veo todo como en La balsa de la Medusa desde los catorce o así. A pesar de eso, hay una idea fuerza de la que no me desprendo: con voluntad y cojones todo es posible. Ni siquiera creo en la voluntad libre pero esa cosmovisión a mí me resulta ideal y no creo que sea un peligro público siempre que esté dentro de unos límites racionales -uno no puede convertirse en otra persona, violar las leyes de la herencia, las de la termodinámica y estas cosas...-. En este sentido, en el ámbito del individuo, la idea de la tabla rasa no me parece desagradable -otra cosa es la política-. Si me dices que la sonrisa californiana se debe a esta idea yo encuentro un poderoso argumento a favor de ella. La sonrisa siempre es un argumento.

    http://www.risasinmas.com/wp-content/uploads/2013/01/parecidos-razonables-buda-y-bebe.jpg

    Entre Historia de una escalera y La rebelión de Atlas me quedo con la segunda.

    Te animo con lo de la carrera. Yo he empezado tarde y ha sido un acierto. Estoy disfrutando mucho.

    Un saludo.

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  2. Gracias por los ánimos y bienvenido, como siempre. Pienso que la voluntad como motor contra viento y marea -¡cierto!, aunque a veces nos dejemos llevar por la apatía y por la inclinación a una vida banal- se contradice con la tabla rasa, al menos en el sentido que le ha dado la psicología, es decir, que sería un concepto no activo -la voluntad- sino pasivo -el humano es una especie de archivador en el que se puede introducir cualquier documento, o un tfno desde el que activar aplicaciones externas. Creo que hay un núcleo irreductible dentro del humano que no puede ser fácilmente modelado por la ingeniería social exterior y lo más importante, que ésta no puede suplirlo si aquél falla. Nadie te puede dar alegría y ganas de vivir si no te nace dentro. No se compra en tiendas. Si ese núcleo cálido está averiado solamente, aún se puede reparar. Pero primero fue el individuo cazando y recolectando, y después vino el teórico extrayendo conclusiones acerca de quien le dio la vida.

    Recién escapado de sesión de senderismo, la reanudo ahora que el sol cede un poco en su despotismo. ¡Salud!

    -me gustan muchas cosas del californismo; sería incapaz de dedicarle tanto tiempo en caso contrario-

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