miércoles, 21 de mayo de 2014

El Cuerno del Diablo: el Nejd y el corazón de Arabia





A modo de aclaración previa, conviene decir que el presente texto no pretende de ninguna manera ser un análisis exhaustivo del tema del fundamentalismo islámico, permanentemente cambiante y de actualidad, y casi inabarcable, que no precisaría una entrada sino un blog entero, actualizado día sí día también, algo que -debo decir que- me supera. Este texto está más interesado en hallar raíces ideológicas, en trazar una línea de ideas, en desbrozar un poco el campo de juego de las corrientes que reivindican la Yihad. Por descontado, me veo en la obligación de dar por supuesto que el lector conoce el marco histórico y religioso, como -muy importante- las diferencias doctrinales entre chiíes y suníes, imposibles de soslayar si queremos enterarnos un poco de qué va todo, o el peso que el Hadiz  -prolija colección de dichos del Profeta, citados y  asegurados  por una cadena de autoridades- tiene en la vida espiritual de la Umma, que no se reduce sólo a la observación del Corán. Por eso, lo que voy a exponer ahora tiene un alcance modesto y concentrado, con el propósito añadido de no escribir una entrada excesivamente larga.

Entremos en materia. Generalmente, la idea que se tiene de los musulmanes difiere bastante del concepto actual de las gentes cristianas. Una visión sesgada del musulmán le presentaría como alguien fanático, de mentalidad estrecha, viril, hosco y poco dado al refinamiento, alguien de fuerte voluntad en una sociedad sufriente pero unida, mientras que la caricatura del cristiano mostraría a alguien pacífico, melifluo, algo afeminado, comprensivo con los defectos ajenos y entregado al consumismo, alguien débil y rodeado por una sociedad acolchada pero desunida.

No siempre fue así, desde luego. Vayámonos casi un milenio atrás. Tal como sucedieron las cosas durante la Primera Cruzada (1096-1099), los cristianos embarcados en ella no dieron esa impresión caricaturesca. Violentos, bruscos, bestias, ignorantes, fanáticos, intolerantes y hechos una piña, penetraron en territorio musulmán dividido por la hostilidad entre suníes y chiíes provocando una impresionante ola de terror. Es famosa la crónica de Raimundo de Aguilers, según la cual durante la toma de Jerusalén la sangre musulmana llegaba a los cruzados hasta la rodilla. Los judíos fueron quemados en masa dentro de la sinagoga, cosa que por otra parte se estaban convirtiendo en una  macabra costumbre por donde pasaban los cruzados.

Un ejemplo realmente extremo del empleo del terror como arma de guerra, que habría hecho las delicias del coronel Kurtz de Coppola y John Milius (I), fue lo acontecido en Maara, antes de que cayese Jerusalén. Allí los cruzados se dedicaron al canibalismo a gran escala. Hervían a los adultos, y clavaban a los niños en asadores, y tras asarlos se los comían. No sólo lo relataban las fuentes musulmanas, sino también cronistas cristianos (Raúl de Caen y Alberto de Aix) y una carta enviada al Papa disculpando la acción porque los soldados "tenían hambre". Tanto terror infligían que la fortaleza que luego sería el Krak de los Caballeros, y que era un enclave absolutamente estretégico, fue encontrada desierta cuando quisieron tomarla: los defensores habían puesto pies en polvorosa durante la noche. 

Algunos lances de aquella cruzada recuerdan incluso a Cortés y Pizarro. Así, el normando Tancredo, tras la toma de Jerusalén, con sólo cien hombres se hizo con Nazaret, el Tiberíades y el monte Tabor, declarándose príncipe de Galilea. Así las cosas, hay que afirmar que en temas de fanatismo y crueldad los cristianos no se quedaban atrás, algo que desgraciadamente ya habían demostrado desde hacía mucho tiempo.


Por el Reino de los Cielos.


Eso no significa que no existiera, por entonces, lo que ahora llamamos de modo algo difuso "fundamentalismo islámico". En aquellos convulsos siglos hubo ejemplos de ese fundamentalismo, como la famosa secta de los Asesinos o, tocando suelo ibero, la tremenda oleada almorávide de finales del siglo XI, nacida de la prédica del bereber Yahya ben Ibrahim (II), al parecer escandalizado por la laxitud de costumbres en la Umma, y configurada como institución en el reino de Marrakech, bajo la dirección del emir Yusuf ibn Tasulin. Por aquel entonces el panorama del mundo musulmán mostraba una rica variedad. Numerosos pensadores comenzaban a poner en valor la herencia clásica, preferentemente la helénica, y se practicaba el Ijtihad o interpretación, un interesante esfuerzo intelectual por armonizar la revelación del Profeta con las nuevas realidades del día a día, algo que tardó bastante más en hacerse en suelo cristiano y todavía no se ha conseguido del todo (véase el porcentaje pasmoso de useños (III) que hoy día piensan que el relato de Génesis sobre la creación del mundo y del hombre es literal). En cierto modo, el Itjihad no se ha abandonado en el seno de la comunidad chií (es recomendable leer el excelente libro La enfermedad del Islam de Abdelwahab Meddeb al respecto) aunque prontamente se cerró entre los suníes. 

Hay que destacar al que quizá haya sido el más influyente de todos los defensores de una vuelta a la pureza islámica, aunque eso supusiera un choque inevitable con todo lo demás bajo las estrellas. El ulema sirio Ibn Taymiyya vivió a caballo entre los siglos XIII y XIV, naciendo cinco años después de uno de los momentos más desastrosos para la Umma, la caída y masacre de Bagdad a manos de un nieto de Gengis Kan, Hulagu, en 1258. Tal catástrofe, que acabó con el califato abasí y dejó la maravillosa ciudad en poder del Imperio mongol, supuso un trauma impresionante para todo el mundo islámico. Por doquier se levantaron voces -muy similares a las que se oían en el mundo cristiano cada vez que ocurría una calamidad así- afirmando que aquello había sido un castigo divino, por el relajamiento de las costumbres y de la estricta observancia de la revelación del Profeta. Ibn Taymiyya fue una de esas voces, tal vez la que más tronó. Según él en los días del Profeta el Islam era perfecto, pero había ido degenerando por culpa de los heterodoxos (básicamente chiíes -como los ismailíes- y sufíes, para los que dictó anatema o fatwa), de modo que había que volver a la pureza originaria y combatir las desviaciones con rigor (por ejemplo, autores sufíes como Ibn Arabí habían derivado hacia el panteísmo). Para ello, el poder político debía estar sujeto a lo religioso. 

Aunque Ibn Taymiyya terminó cayendo en desgracia, su doctrina no se perdió. Lo veremos más adelante. Lo cierto es que el clérigo sirio era un hombre de su época, sinceramente preocupado por lo que veía, y resulta complicado juzgarle con criterios del presente, desde la lejanía temporal  y geográfica. Pero se puede decir que, aunque no fue el primero en predicar en pro de la purificación de las creencias islámicas, seguramente sí fue el más influyente.


LA IMPORTANCIA DE EMMANUEL GOLDSTEIN

En la célebre novela 1984 de George Orwell (publicada en 1949), se nos muestra una distopía estatalista fundamentada en la represión, el control social y la mentira. Esta obra imprescindible de Orwell nos ha legado ideas institucionales amenazadoras que han calado hondo en nuestra sociedad. Así: el Gran Hermano, la Policía del Pensamiento, la Neolengua, la Habitación 101 y los breves pero muy intensos Dos Minutos de Odio. Pues sí, para que la maquinaria del gran Estado socialista -llamado Oceanía, uno de los tres bloques geopolíticos en permanente disputa que se reparten el mundo- permanezca engrasada los súbditos de Oceanía necesitan un enemigo -tanto da si real o supuesto- al que odiar, hacia el que canalizar su frustración crónica, no sea que la canalicen hacia donde no conviene que lo hagan. 

Esos Dos Minutos de Odio consisten en la proyección de la imagen de un personaje, un traidor a Oceanía llamado Emmanuel Goldstein, descrito como la típica caricatura de judío, detrás del cual marchan incontables soldados asiáticos. Las imágenes van acompañadas de una columna de sonido donde se mezcla una perorata inconexa del personaje con ruidos chirriantes y extremadamente desagradables. Quienes ven esa proyección -siempre obligados- comienzan a mostrar un paroxismo de ira: gritan al personaje, arrojan cosas a la pantalla, adoptan un comportamiento histérico, vuelcan todo su odio en Goldstein, en algunos casos primero fingiendo para no ser tenidos por traidores pero después dejándose atrapar por la manipulación de las imágenes y el ruido. 

El fanatismo religioso -al igual que el laico- contiene muchos ingredientes, pero hay uno que no puede faltar nunca: un enemigo. Ese enemigo, a ser posible, debe presentarse como el mal absoluto, sin matices, pura vileza a la que resulta fácil odiar. Y cuando se puede odiar, se puede infligir daño injustificado. En el mundo religioso de cuño abrahámico ese concepto va creciendo hasta convertirse en el genérico Diablo ("el que acusa o separa"), antagonista absoluto de Dios plenamente perfilado en el Nuevo Testamento y que engloba a figuras asimilables previas: representaciones de antiguos cultos ctónicos (la Serpiente de Edén), el ángel rebelde Satán o Satanás ("enemigo") y deidades rivales de Yahvé como Belcebú ("señor de los ejércitos" o "de las moscas", dios de los filisteos de Ecrón) o el enigmático Lucifer ("el que porta luz").

Una cosmovisión divina como la griega clásica, por ejemplo, carecía de personajes perversos químicamente puros. No lo eran, desde luego, deidades que aportando detalles ayudaron a formar la idea cristiana del Diablo, como Hades o Pan. El fanatismo parecía más bien asociado a un monoteísmo excluyente en franjas geográficas no menos excluyentes para la vida, aplastadas por el calor y la sequedad del terreno, donde la vida era precaria y la relación fecundadora Cielo-Tierra resultaba lejana. Satán, o Shaitán (al que, en un reflejo similar al judeocristiano, se asimiló el poderoso efrit Eblis), encontró campo abonado en suelo árabe.

Y a suelo árabe nos dirigiremos.


EL CORAZÓN DE ARABIA

Hace poco estaba entretenido leyendo hadices por el mero placer de leer, sin buscar nada en concreto, cuando me topé con uno que me llamó muy poderosamente la atención. Dice así:

"Relata Muhammad al-Bujari que según Abdullah ibn Umar el Mensajero de Alá (la paz y la bendición de Alá estén con él) dijo "¡Oh Señor mío, bendice para nosotros Siria!, ¡oh Señor mío, bendice para nosotros el Yemen!" La gente dijo: "¿y el Nejd?" Siguió: "¡Oh Señor mío, bendice para nosotros Siria!, ¡oh Señor mío, bendice para nosotros el Yemen!" Dijeron: "¿y el Nejd?" y creo que en la tercera vez dijo "en este lugar habrá terremotos y sediciones, y es también en este lugar donde aparecerá el Cuerno del Diablo"."

Intrigante. ¿Qué sentido tenía esa profecía?

El Nejd es una región del interior de la Península Arábiga, una meseta relativamente elevada sobre el nivel del mar, árida y de clima muy riguroso, algo así como un implacable mar de arena cuyos puertos eran los oasis y sus buques los camellos. Ese paraje hipnótico, monótono, que parece diseñado para que sólo puedan vivir allí alacranes y demonios, y al que el lamento del muecín le sienta estéticamente como un guante, vivió una revolución religiosa de signo fundamentalista que ha cambiado en buena medida la Historia, revolución nacida en el siglo XVIII, el mismo siglo que en Europa fue de las Luces. Conviene retener ese dato, pues puede ayudar a entender la divergencia creciente entre ambos bloques geopolíticos. También conviene notar el carácter central y desolado de la región, que la convierte en amenaza de todas las regiones costeras y a su vez la hace difícil de controlar por ejércitos no motorizados. En el Nejd nació el wahabismo.

El wahabismo es una línea doctrinal nacida en seno suní, y articulada a partir de la predicación del árabe Abdel Wahab, hijo de una modesta familia de cuidadores de caballos en el oasis Unaiyah. Se dice de él que a los diez años era capaz de recitar el Corán de memoria, punto que nos evoca las imágenes de niños recitando y cabeceando en las madrasas pakistaníes. En Medina su formación teológica se completó a partir de la recuperación y el estudio de la doctrina del sirio Ibn Taymiyya, antes aludido. Abdel Wahab rechazaba el Ijtihad y ansiaba por volver a beber en las fuentes puras del Islam originario. Esas fuentes serían el Corán y el Hadiz. Ambos textos, al ser la vasija que recibía la revelación del Profeta, se bastaban por ello para dar explicación de todo y ninguna otra fuente podía matizarlos. Es la vieja tendencia al literalismo, a la aplicación palabra por palabra de los textos sagrados, que no sólo ha traído de cabeza a la religión musulmana, sino también a la cristiana, y desde tiempos muy remotos (recuérdese, por ejemplo, la frase credo quia absurdum atribuida a Tertuliano), que sólo dio su brazo a torcer, y no del todo, en Occidente a partir de la aceptación general de la teoría sintética de la evolución y del mayor conocimiento de la edad del Universo y de la Tierra.

El fundamentalismo de Abdel Wahab le llevaba también al rechazo de las novedades y a preconizar la Yihad contra quien se le opusiera. Existía un Enemigo. Todo lo que no fuera Dar al-Islam, el núcleo duro de la pureza musulmana, y que entonces era el Nejd, era tierra de politeístas (así juzgaban a los chiíes) e irreligiosos (prácticamente el resto del mundo) y por tanto posible campo de batalla, al menos teóricamente.

Una interpretación sesgada de todo texto sagrado, descontextualizando la cita literal del sentido de un párrafo o de un capítulo, u olvidando el espíritu con que fue redactado, puede llevar a la conclusión que se desee si media el interés y el empeño necesarios para ello. En el Corán y en el Hadiz se hace referencia a la Yihad, sí, y ahí acudió Abdel Wahab olvidando los valores que la atemperan o incluso la prohíben. Los especialistas no se ponen de acuerdo en qué se debe entender por Yihad. ¿Supone una agresión para doblegar al resto del mundo? ¿O es una respuesta ante una agresión externa? ¿Es una guerra en sentido estricto o simplemente se refiere a la pugna del musulmán consigo mismo y con el pecado, y con el esfuerzo por uan sociedad mejor? ¿Las alusiones a la Yihad son circunstanciales o de cumplimiento rígido? ¿No debe ser la Yihad matizada por la misericordia y la justicia? Si acudimos al Corán, en la famosa sura 2 o "de la vaca", en las aleyas 190-193 lo que se expresa es un combate en defensa propia, ante una agresión exterior, y además un combate matizado por los valores de misericordia e indulgencia. Si acudimos al Hadiz, encontraremos alusiones mucho más descarnadas a la Yihad, que parecen fruto más de las circunstancias que de una ley general e inmutable. Sin embargo, estas sutilezas no tienen sentido para el fundamentalismo, que precisa de un instrumento tajante para imponerse. La Yihad, para imponer esa visión árida de Abdel Wahab, no puede andar con matizaciones, so pena de resultar ineficaz. El propio teólogo lo supo en carne propia, pues tardó en asentarse como líder respetado, escapando de un oasis a otro, hasta que de regreso a su localidad natal y respaldado por la autoridad comenzó una breve escalada de terror que le granjeó el odio general y un nuevo exilio, esta vez hacia el oasis de Dariya, donde le recibió con los brazos abiertos Mohamed ibn Saúd, a la sazón gobernador y descendiente de un linaje enriquecido hacía siglos por el cultivo del olivo, así como tambien  simpatizante del incipiente wahabismo. Ambos personajes emparentaron, haciéndose consuegros, y comenzaron a practicar una política expansionista desde el corazón del Nejd pero recurriendo también a la diplomacia ante posibles rivales demasiado poderosos. Tres factores jugaron a su favor: la fluida continuidad de poder entre Abdel Wahab, ya imán, y la casa Ibn Saúd; el impecable trabajo de fanatización aplicado a sus guerreros, que se volvieron temibles; y la adquisición de armas de fuego, que les dieron una obvia ventaja (lo que recuerda aquella famosa frase de Cromwell: "confiad en Dios, y mantened seca la pólvora"). La Yihad ya no es, como en la cita coránica, un instrumento de defensa de la fe, sino de su propagación. Las iniciativas wahabitas recuerdan en cierta medida al protestantismo más riguroso, y no sólo por su atención única al texto sagrado (lo que en términos cristianos sería la regla sola Scriptura), sino también por los detalles: quedaron prohibidas la música, la adivinación, el rasurado de la barba, fumar o usar talismanes. Rasgos de religiosidad popular como los rosarios o la peregrinación a las tumbas de los santos quedaron proscritos. Los lugares santos de Medina y La Meca fueron profanados.

El linaje de Ibn Saúd y el de Abdel Wahab han estado colaborando estrechamente hasta el día presente. Los primeros reinan en Arabia Saudí -la bandera tiene el fondo verde de la dinastía Saúd- y de los segundos sale quien ejerce la función de Gran Muftí, promulgador de anatemas, a lo largo de de más de dos siglos y medio de historia, con alguna excepción puntual.

Es interesante reseñar que la fiereza wahabí produjo un notable "efecto rebote" en sus vecinos. Los chiíes, principal objetivo de la violencia del wahabismo -por ejemplo, las matanzas cometidas en las ciudades santas de Nayaf y Kerbala-, comenzaron a reaccionar y a crecer en número. En comparación con el Nejd, árido y duro, Mesopotamia se ofrecía como un vergel apetecible, donde la vida era algo más cómoda. Allí, ante las oleadas wahabíes, buena parte de la población suní se pasó al chiísmo, en un proceso que sobre el papel debería haber sido el contrario, es decir, que el terror llevaría a la conversión a esa variante extrema del sunismo. La minoría chií experimentó un notable aumento, especialmente en el Líbano y lo que hoy son Iraq y Pakistán (que ha llegado a tener jefes de estado chiíes).

Otro efecto producido por el wahabismo fue, como el lector puede suponer, la alarma en el Imperio otomano, que tomó cartas en el asunto delegando en el valí de Egipto, Mejmet Alí, quien comenzó en 1811 una campaña fulminante empleando guerreros albaneses (el propio valí era también de origen albanés), y que terminó con la derrota saudí. La Meca y Medina, las rutas de peregrinación y las vías de comercio quedaron aseguradas. El restablecimiento de esas rutas comerciales le interesaba también a Gran Bretaña, que respaldó financieramente levantamientos tribales contra la casa Saúd. El gobernador egipcio convocó un concilio de ulemas wahabíes en su último reducto, Dariya, y posiblemente cansado de la falta de espíritu parlamentador que mostraban, optó por ejecutarlos a todos. Menos de una década después de la intervención de Mejmet Alí, el wahabismo parecía liquidado.

No obstante, décadas más tarde los linajes saudí y wahabí se habían recuperado, habían creado fuerza alrededor de Riad (actual capital de Arabia Saudí) y volvían a dar señales de deseos expansionistas. A principios del siglo XX, los linajes dependen del destino de Abdelaziz ibn Saúd, que empieza a acumular un gran poder. La punta de lanza de su potencial militar y de su proselitismo serán tribus beduinas que, abrazando el sedentarismo y la interpretación islámica más rigorista, buscarán lo que a lo largo de este texto es una constante: alcanzar la pureza originaria. Conocidos como los Hermanos (no confundir con los Hermanos Musulmanes, nacidos en Egipto aproximadamente un cuarto de siglo después, cuando el Imperio otomano ya era historia) y distinguidos por su costumbre de enrojecerse la barba con alheña, formaron una red de captación wahabí en suelo árabe que fue socavando la identidad tribal y fortaleciendo las pretensiones saudíes. La Primera Guerra Mundial aceleró el proceso. La casa Saúd y la Sublime Puerta eran enemigos mortales, y Gran Bretaña (puntera en espionaje y diplomacia: de hecho, Arabia había sido atravesada varias veces por exploradores ingleses en décadas pasadas) aprovechó la situación. Durante el conflicto, una cierta idea unificada de Arabia se va imponiendo. Terminadas las hostilidades, el linaje saudí se impuso a las pretensiones del jerife Feisal y poco después, cuando era obvio para todo el mundo que en subsuelo arábigo dormía una riqueza colosal de hidrocarburo, el propio ejército británico ayudó a los saudíes a pacificar el territorio, pues los Hermanos estaban descontrolados (V).

Arabia Saudí es un país cuyos parámetros internos no se corresponden ni con el desarrollo de otros países del mundo ni de muchos de mayoría musulmana. Aspectos que son afeados en otros lugares son pasados por alto en el caso de ese Estado abrumadoramente rico en petróleo. Incontables voces dentro del propio mundo islámico denuncian la situación que allí se vive. Los ejemplos que denuncian son incontables y enumerarlos llevaría otro blog. ¿Por qué la teocracia iraní se ve tan demonizada mientras que de la teocracia saudí no se dice nada en lugar alguno?

A estas alturas, y regresando a la cita del Hadiz en la que el Profeta alude al Nejd como el lugar terrible donde aparecerá el Cuerno del Diablo, ¿sería exagerado decir, como han dicho muchos musulmanes, que estamos ante una profecía que condena el fundamentalismo, el rigorismo exagerado de la letra por encima de la experiencia religiosa y de la alegría de creer? ¿Podría decirse que el Profeta entendió que en aquel paraje tan árido, donde la Naturaleza parece reducirse a lo mínimo y lo estéril es la norma, la versión más intolerante de su revelación encontraría el sitio perfecto para hacerse realidad?



CONCLUSIONES

 -El propósito de pureza religiosa tiene un devenir cíclico en las religiones de raíz abrahámica. Esa pureza está relacionada de modo muy intenso con la sacralización de la palabra escrita en un texto sagrado. Sin textos sagrados no hay pureza. Tal ánimo de retroceder y de beber en las fuentes del agua menos incontaminada de una fe se nos antoja imposible (la historia no es una línea que se anda y que también se podría desandar) pero no nos cabe duda de que la sed de pureza no desaparecerá de la garganta de las gentes.

-Todas las religiones, incluso las más universalistas, parecen estar misteriosa y poderosamente adheridas a un entorno geográfico e histórico concreto. Si se difunden y transplantan, adquieren características peculiares locales que necesariamente chocarán con la idea de pureza primigenia.

Dentro del mundo musulmán, donde el fundamentalismo ha calado de un modo más estable y continuo ha sido en la región del Nejd, central, desértica y complicada para vivir. Es como si ese factor climático y geopolítico hubiera dejado lo absolutamente esencial y más fácil de manejar en un desierto, el texto sagrado o incluso sólo su memorización, eliminando así todo soporte material cuya conservación resultase engorrosa.

En ese sentido, no es de extrañar la reacción pro-chií en la feraz Mesopotamia ante la amenaza wahabí. En parajes más verdes, con más riqueza de formas de vida, encontramos el marco ideal para el florecimiento de otras manifestaciones afines al hecho religioso (el folclore, las romerías, la veneración de santos y de lugares concretos, los amuletos) que van más allá del texto sagrado.

-Una religión que aspire a convivir con la sociedad en la que se desarrolla y no a ahogarla y someterla ha de ser una religión que aprenda a integrar los elementos culturales previos que encuentra en esa sociedad. En el ámbito cristiano, ha sido el caso del catolicismo, que ha absorbido todas las romerías, lugares mágicos, cultos virginales, copas sagradas, arte renacentista de inspiración mitológica y demás manifestaciones paganas que ha podido encontrar, y en ello reside el secreto de  buena parte de su éxito.

-El fanatismo religioso necesita una figura que catalice miedos y odios, la figura de un enemigo en el que se condensan todas las maldades y bajezas imaginables. Es difícil que una religión que no disponga de semejante personaje llegue a desarrollar fundamentalismos tan radicales como las que sí cuentan con un Satán.

Curiosamente, el fanatismo suele descargar su ira no tanto entre quienes están más alejados doctrinalmente de él y, por tanto, más se aproximan a la figura del Diablo, sino entre quienes se encuentran más cerca geográficamente, incluso compartiendo ciudadanía del mismo Estado, aunque las diferencias doctrinales sean leves.

-El fanatismo otorga una fuerza excepcional a quien lo experimenta. Al igual que otros fanatismos, el religioso mueve a los hombres a conseguir victorias allá donde un cálculo frío recomendaría no atacar. El mundo se mueve por las pasiones, buenas o malas. Y las religiones están transidas de pasión.

-Es posible que  las religiones estén aquí para quedarse, de un modo indefinido. Habrá a quien eso le parezca genial y habrá a quien le resulte una idea insoportable. Pero los procesos históricos son como son, nos gusten o no (y muchas veces sobreviven cuando parece todo perdido, o se desintegran con todo a favor). Por tanto, las religiones se deben conocer, si uno desea conocer el mundo y que no se le presente como una realidad incomprensible, y de ellas también se puede aprender. 

-El dominio del corazón de un territorio es la llave para el dominio de la periferia. Si ese corazón es difícilmente habitable, se puede conquistar y someter, pero sólo por un tiempo, pues los factores ambientales imponen la independencia de ese centro inhóspito.

-El triunfo de una doctrina religiosa está relacionado con factores materiales y prosaicos, pero también -no lo perdamos de vista- con la voluntad de un grupo, a veces muy reducido, de personas absolutamente convencidas de su misión, de su destino. El destino humano se crea, pero también puede decirse que el destino humano se encuentra. El destino a su vez crea y encuentra el camino, así como de igual manera crea a las personas y las encuentra (V).

-Quien esto escribe definiría el fundamentalismo como el propósito de hacer, del destino, origen y del origen, destino.




(I) - Guionistas -y el primero director- de "Apocalypse now", film imprescindible acerca de la locura y lo ilógico como armas terribles. 

(II) - He decidido emplear, a lo largo de este mini-ensayo, la grafía que personalmente me resulte más familiar, así como la cronología anual cristiana, no la islámica, que cuenta los años desde la Hégira.

(III) - Empleo este término, que tomo prestado de Pío Moa, en vez de los más largos y rimbombantes "estadounidense" o "norteamericano".

(IV) - El encontronazo entre una columna de la Hermandad y un cuerpo expedicionario británico en lo que hoy es Jordania, en 1924, fue tan desigual que de los mil quinientos guerreros wahabíes sólo quedaron vivos ocho.

(V) - En su momento alguien lo expresó mucho mejor que yo: Por qué tan duro! dijo en otro tiempo el carbón de cocina al diamante; ¿no somos parientes cercanos? ¿Por qué tan blandos? Oh hermanos míos, así os pregunto yo a vosotros: ¿no sois vosotros mis hermanos? ¿Por qué tan blandos, tan poco resistentes y tan dispuestos a ceder? ¿Por qué hay tanta negación, tanta renegación en vuestro corazón? ¿Y tan poco destino en vuestra mirada? Y si no queréis ser destinos inexorables: ¿cómo podríais vencer conmigo? Y si vuestra dureza no quiere levantar chispas y cortar y sajar: ¿cómo podríais algún día crear conmigo? Pues los creadores son duros. Y bienaventuranza tiene que pareceros el imprimir vuestra mano sobre milenios como si fuesen cera, bienaventuranza, escribir sobre la voluntad de milenios como sobre bronce, más duros que el bronce, más nobles que el bronce. Sólo lo totalmente duro es lo más noble. Esta nueva tabla, oh hermanos míos, coloco yo sobre vosotros: ¡endureceos!Friedrich Nietzsche, Así habló Zaratustra.



4 comentarios:

  1. Algunos matizaciones:

    - El enemigo principal para el wahabismo lo ubica usted en el chiísmo y no entiendo el porqué. Creo que no es así, las primeras víctimas del wahabismo, doctrinalmente hablando, fueron los mismos sunnis de entre quienes surguieron y más tarde los sunnis del Hiyad (Meca y Medina), los seguidores de las escuelas jurídicas sunnís (excepto la hambali que los wahabis secuestraron para su uso exclusivo y manipulación) y los seguidores del tasawuf (sufismo sunni). Los chiís fueron el segundo adversario, con posterioridad, ya en el siglo XX, porque todo el litoral oriental de la península arábica, por siglos de colonización persa, eran mayoritariamente chías. Pero el wahabismo solo ha prosperado en el mundo sunní y sus mayores enemigos son los musulmanes sunnis de hoy y de la antigüedad.

    - La primera conquista de la Meca por los ejércitos saudís, contó con la inestimable colaboración británica en forma de tropas de artillería, armas, espionaje, etc. No cuadra esta estrecha colaboración británica con el empoderamiento de la herejía wahabi, narrada por usted como simple "venta de armas", con la frase que usted añade, de que posteriormente a la derrota del saudi-wahabismo por las tropas del Califato, "Gran Bretaña, respaldó financieramente levantamientos tribales contra la casa Saúd". Nos extraña esa referencia a respaldar financieramente levantamientos tribales contra la casa Saúd por parte de los británicos. No nos consta, no solo su existencia sino incluso su necesidad. El saudí-wahabismo y el Foreign Office han sido aliados desde el momento del nacimiento de esta alianza. Tampoco es desconocida del público en general la colaboración judía dentro del Imperio Británico en el desmembramiento del Califato, tanto financieramente como, sobre todo, aportando toda la "inteligencia" necesaria para tal fin, entre la que elemento de primer orden y obejtivo en su mimo fue en todo momento la disgregación religiosa del Islam, en el que los judíos fueron maestros consumados. El apoyo a cientos de herejías sutiles y violentas, disgregadoras del Islam, es el denominador común de esa coalición judeo-británica, que en el caso del wahabismo, también es de sobra conocido, reposa en los orígenes judíos de la casa Saud.

    Lo que desconozco y me extraña, aunque no digo que no sea posible,es que la expansión wahabi hubiera dado lugar al incremento de los fieles del chiísmo. ¿Existen evidencias de algún tipo?


    Muy acertada la distinción entre los "Hermanos" (Ijwani) y la "Hermandad" (Ijwani muslimim).

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  2. Me temo que los wahabíes posaron su atención sobre los chiíes mucho antes del siglo XX. Ya en el XVIII las tribus chiíes de la costa oriental, de Al Hasa, del puerto de Qatif y de Bahréin, así como las de Yemen y Omán sufrieron la intolerancia wahabí. Fuera de Arabia, muy a principios del siglo XIX cayeron sobre las ciudades santuario de Nayaf -cercada en 1803- y Kerbala -donde en 1801 hicieron una gran matanza, en la que fueron ejecutados más de 5000 chiíes en un solo día-. La afrenta contra estas dos ciudades ha continuado en el tiempo. Por ejemplo, el suní Sadam Hussein hizo tender una carretera sobre el cementerio de Wadi-us-Salaam, o los coches-bomba estallados en 2004 por insurgentes suníes. Tanto es así que un chií mató en venganza a Abdelaziz, el hijo de Ibn Saúd, precisamente en el 1803. La violencia anti-chií es muy temprana en el wahabismo, porque es chiísmo es el gran rival geopolítico, una Mesopotamia chií que llegue hasta las cosas libanesas, apoyada desde la meseta iraní, cierra en tapón todo avance suní al norte.

    Todo lo que he leído está de acuerdo en que el auge del chiísmo en lo que es hoy el centro y sur de Iraq fue inmediatamente posterior a las agresiones, numerosas tribus suníes nómadas se hicieron chiíes, más que nada por una cuestión de supervivencia, el wahabismo amenazaba con desarticular las rutas comerciales y con ellas la supervivencia de aquellos pueblos. Buena parte del chiísmo iraquí proviene de aquel proceso; otra parte, sin duda, se debe al influjo persa.

    El Reino Unido jugó a dos barajas. No era tema del artículo pero voy a apuntar algunas cosas. La primera vez que intervienen los ingleses es contra el wahabismo, por un incidente naval, piratas wahabíes asaltaron en 1818 un barco de la East India Company, y los británicos reaccionaron financiando generosamente a tribus omaníes para que les dejaran la costa limpia de piratas, cosa que hicieron. Por entonces el wahabismo parecía reducido a polvo. Sólo con posterioridad, a cuentagotas, los ingleses comenzaron a infiltrarse en el corazón de Arabia. Sería con William Shakespear en 1914, organizada ya la I Guerra Mundial, cuando los ingleses apuestan por el bando árabe para vencer a los otomanos. Pero incluso por entonces los ingleses estaban divididos. Por ejemplo, Lawrence de Arabia apoyaba a linaje hachemí del Jerife Hussein y el futuro rey de Siria Feisal; mientras, otra parte de la inteligencia británica apostaba por la casa Saúd. El más influyente de los segundos fue St. John Philby, detrás de quien estaban los intereses de la Standard Oil de California: la élite californista ya empezaba a tener peso geopolítico.

    Le agradezco el aporte constructivo, aunque no estoy de acuerdo en unas cuantas cosas. Un saludo.

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  3. Desde el punto de vista occidental, ¿a quiénes consideras como aliados geopolíticos factibles en un futuro a inmediato o corto plazo? ¿A Arabia Saudí-Israel o a Irán-Siria? Por otra parte, ¿cuál sería tu valoración acerca del papel que está desempeñando Rusia en los últimos acontecimientos en Oriente Próximo, así como de la multiplicidad de posiciones que los distintos grupos cristianos de aquella zona están tomando?

    Muchas gracias por tu tiempo. ¡Saludos!

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    1. La pregunta tiene miga, pero también su trampa ;-) No creo que exista ningún bloque Arabia Saudí-Israel, por ejemplo. En cuanto a Irán-Siria, lo que hace Teherán es rellenar el enorme hueco que la influencia soviética dejó en los pasillos de poder sirios, pero dado que ya no es posible un panarabismo allí ha apostado por el factor chií y, más concretamente, por el alauí (de la minoría a la que pertenecen los Assad). Eso no debería ser sorpresa para nadie dado que Irán es nación chií.

      El chiísmo es más "cercano" al cristianismo y al catolicismo, ponle todas las comillas y todos los peros del mundo pero pienso que es así, se trata de religiones más "floridas" que el más árido sunismo, que en cierto modo sería una continuación del judaísmo estricto (también poner aquí muchas comillas). Persia no tiene que ser nuestro enemigo; antes al contrario. Pero lo que digo de Persia lo digo igualmente de Israel (asimismo, el enfrentamiento entre unos y otros es totalmente arficial, todo lo enconado que se quiera pero artificial, sin base alguna que no sea la de los clérigos okupas de Teherán). Si hay país extraño para nosotros de esos cuatro, ése es Arabia, sobre todo por la Casa Saúd, que lleva décadas liando el asunto y a la que nadie ha puesto en su sitio. Ya no entro en otras consideraciones (Roberto Centeno, en su momento consejero delegado de Campsa, afirmó que el anterior monarca nuestro se llevaba comisión por cada barril comprado a Riad).

      No creo que la Casa Saúd siga rigiendo el país al final de esta década. Pero cosas más raras se han visto ....

      Rusia tiene como objetivo número uno encarecer el barril Brent, que ahora mismo está en unos alucinantes 29 dólares. Eso es la ruina para Rusia y también para los emergentes (que aunque no tengan petróleo sí tienen otras "commodities" cuyo precio sube si sube el del crudo) con las que Rusia negocia. Por otra parte, los rusos quieren más puertos de aguas cálidas. El de Riga está imposible, pero a Crimea y Tartus, más el proyectado en Egipto, quieren añadir más. El estrangulamiento de uno de los grandes enemigos geopolíticos de Rusia, que es Turquía (el otro es China), dependería de ello.

      ¡Salud!

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