miércoles, 21 de mayo de 2014

Balas de plata: el origen español de la globalización




Hermoso y noble animal, el lobo. 


Allí donde el hombre todavía no ha dejado su asfixiante huella, el lobo sigue reinando. El aislamiento respecto del hombre salva al lobo. Por eso a menudo el espléndido cánido ha simbolizado la soledad, la incomprensión social, la rebeldía contra lo establecido, la vida en la Naturaleza o la mera existencia. La hirsuta, excitante, palpitante existencia.

¿Cuál sería su antítesis, su némesis, aquello que simboliza todo lo contrario? Algo inerte, dúctil, mezclable,  bastardeable, fácil de laminar y de acumular. Algo tan carente de identidad que se puede acuñar. Algo que sustituya al esfuerzo o que promueva el esfuerzo ajeno en vez de la mejora propia. La antítesis del lobo es un metal precioso. La Plata es la gran enemiga del Lobo.

Sin embargo, el lobo que vive en el seno del hombre aúlla a ese gran disco que parece plata pura y brillante, la Luna, sustentada en el vacío de la noche. El factor masculino representado por el Lobo añora al satélite Plata, etéreo y femenino (por ejemplo: generalmente la Inmaculada se representa con un cuarto menguante bajo los pies de la Virgen). Tal vez el Lobo siente añoranza del Cielo, ahora que la Tierra ha sido sacudida en los últimos siglos por la Plata. Llevamos medio milenio largo viviendo en una silenciosa y discreta Edad de la Plata, sin haber reparado mucho en ello. Este artículo pretende, modestamente, arrojar algo de luz.

Entre las leyendas que adornan el célebre caso de la Bestia de Gévaudan -que inspiró el film "El pacto de los lobos" (2001) dirigido por Christophe Gans- figura la presencia de la plata. Ese descomunal lobo, que aterrorizó al campesinado francés a mediados del siglo XVIII (cobrándose más de cien víctimas), fue finalmente abatido por un granjero llamado Jean Chastel. Aquí la leyenda nos dice que Chastel mató a la Bestia con balas de plata proveniente de un medallón de la Virgen María. Éste es el origen de la creencia de que las balas de plata acaban con los hombres-lobo.

Pero entremos en materia.


IBERIA ROMPE EL MARASMO EUROPEO

A la altura del siglo XV, el panorama en la Cristiandad no es halagüeño. En 1453 cae Constantinopla en manos turcas y el Imperio Bizantino concluye su milenaria existencia. El Islam, representado por el poder otomano, tiene en su poder los Santos Lugares. Toda la ribera de Norteáfrica está en manos musulmanas, incluido el reducto nazarí de Granada. La navegación por el Mediterráneo, hostigada por los piratas berberiscos, es una empresa muy arriesgada. Una sexta parte de Europa continental yace en manos otomanas. El Imperio otomano, además, se había apoderado de la desembocadura de las dos grandes rutas comerciales, la de la Seda y la de las Especias, ejerciendo una dura posición de monopolio con alzas de precio de hasta 300 veces el valor en origen de la mercancía. Al Este, las belicosas tribus asiáticas son una amenaza constante. El Renacimiento y el conocimiento científico se abren paso con suma lentitud, quedando las mejores cabezas del continente enfrascadas en debates teológicos, a las puertas del cuarteamiento de la catolicidad. El Papado es apenas un poder mundano. La impresión general es de parálisis y de asedio.

Esta situación geopolítica (que tardó en ser aliviada: los otomanos llegaron a sitiar Viena en 1529 y 1683, y los tártaros de Crimea arrasaron Moscú en 1571) convertía a Europa, de facto, en una isla. Ante eso, ¿qué se supone que hacen los habitantes de una isla si quieren buscarse la vida para comunicarse con países lejanos a los que antes les unía una lengua de tierra? Pues aprestar barcos y enviar expediciones navales. Fue eso lo que los europeos hicieron. Para llegar al fértil Oriente los aislados y desabastecidos europeos optaron por la vía explorada por los portugueses: bordear la costa africana para así llegar al soñado destino, preferentemente India y China. Los españoles buscaron, con una raquítica expedición (apenas dos carabelas y una nao), alcanzar el mismo objetivo siguiendo un paso al Oeste, más allá del finis terrae, donde el Sol parece morir cada día, circunnavegando el planeta. Es bien sabido que el 12 de octubre de 1492 la expedición española se topó con un continente intermedio: América. En suelo americano comenzarán a sentarse las bases de una revolución que modificará Eurasia para siempre.

Pero antes de entrar en materia, hagamos un inciso y atendamos a uno de esos cambios silenciosos que, en las últimas décadas del siglo XV, se estaban produciendo en suelo europeo. Durante la Edad Media, que fue una época -generalizando mucho y con todas las salvedades que haga falta hacer- de economía entumecida y de desabastecimiento, las monedas que circulaban eran de oro, plata o aleaciones con porcentajes variables de esos metales preciosos (como el vellón). Los soberanos acostumbraban a bastardear los metales preciosos ligándolos con metales vulgares (de ahí la expresión "vil metal", monedas tan devaluadas que apenas sirven para adquirir nada) cuando andaban escasos de financiación, nada raro por otra parte, con lo que sometían a una terrible inflación solapada al conjunto de la población. Las monedas medievales tenían un aspecto ridículo: pequeñajas, mal troqueladas, envilecidas y fáciles de doblar e incluso de marcar con la uña.


Anverso y reverso de la lira Tron. Fuente: Wikimedia Commons, atribución: Classical Numismatic Group, Inc.

Cuando, volviendo al siglo XV, se hallaron extraordinarios filones de plata en Sajonia y el Tirol, ese flujo de metal precioso fue aprovechado por el Sacro Imperio para aliviar sus deudas con las pujantes ciudades italianas de Venecia y Milán. Aprovechando la buena nueva de esa plata excedentaria, en Venecia se acuñó en 1472 una moneda cuyo concepto cambiaría el mundo: la lira Tron, bautizada así en honor del dux Nicolò Tron, cuya efigie aparece en el anverso. Mucho más pesada y gruesa que las moneditas típicas del Medievo, ofrecía en sí un poder adquisitivo enorme, que "rompía la baraja", atrayendo el interés de todos, otomanos incluidos. Dos años después, Milán se suma a la corriente y aprovecha el excedente de plata para acuñar testones (llamados así porque aparece la testa del duque en el anverso). En las siguientes décadas más ciudades italianas y varios países europeos acuñan monedas de similar naturaleza. Una de las más exitosas, acuñada sobre plata de Bohemia, es el tálero, que terminará por dar nombre al dólar. 

El poder adquisitivo que garantiza la abundancia de plata anima el comercio. Ahora, con poderosos testones de plata, las naciones europeas encuentran la ansiada liquidez y los precios de los recursos orientales no son tan inatacables. Pero .... volvamos a América.

Los españoles vivieron en suelo americano una auténtica fiebre del oro. Esa fiebre (que ya se prefiguraba en el propio Colón, aunque investida de cierto misticismo: auguraba allí una especie de dorada Nueva Jerusalén, un viejo sueño templario, diametralmente opuesta a la Europa menesterosa que quedaba a popa), fiebre que parece acompañar siempre a los metales preciosos y a las joyas (y satirizada con energía por Jonathan Swift en sus Viajes de Gulliver, cuando el médico llega al país de los Yahoos), llevó a los españoles a protagonizar episodios sin cuento de la vileza más extrema, llevándose por las malas -lo que solía significar que echaban mano de la tortura y del asesinato- el oro ornamental de las civilizaciones vencidas (palacios expoliados, templos profanados, adornos personales arrancados a la fuerza) y fundiéndolo para hacer  barras, lingotes redondeados, sin preocuparse de la desaparición de infinidad de tesoros artísticos.

Tal fue la rapacidad y la crueldad que los jíbaros llegaron a arrasar por dos veces la ciudad de Logroño de los Caballeros, en sendas sublevaciones, como forma de venganza. Con todo, puede ser legendaria la anécdota de que obligaron al gobernador a beber oro fundido (también contada de Marco Licinio Craso a manos de los partos, y que pudiera estar inspirada en el libro del Éxodo, 32, 19-20).

La depredación del oro, al no dar más de sí, obligó a los españoles a buscarse la vida acometiendo la explotación minera, en la que los amerindios corrieron con las tareas ingratas y peligrosas. Los metales preciosos parecían asociados a la servidumbre y el sufrimiento.

Bien, pues a mediados del siglo XVI se descubren en suelo americano dos yacimientos de plata de impresionante valor. Uno en Zacatecas, al norte de Ciudad de México (con la cual prontamente se unió mediante una gran carretera); otro en Potosí, actualmente en Bolivia, situado a la friolera de cuatro kilómetros sobre el nivel del mar, donde se fundó una ciudad que en pocas décadas experimentó un crecimiento exponencial (hasta 150000 habitantes donde poco antes no había nadie). Una innovadora técnica de amalgama de mercurio favoreció el óptimo aprovechamiento de la plata, de modo que se apoderó de las zonas mineras una atroz sed de mercurio que se aplacaba con el de Almadén y con importaciones hasta de la mismísima China (país que visitaremos en este artículo) hasta que en Huancavelica se encontraron grandes reservas de esa "plata líquida", que atravesando las zonas más accidentadas del continente, a lomos de llamas, ayudaron a paliar esa sed mortal.

Desde entonces hasta el final de la dominación española en América atravesarán el Océano, según un cálculo conservador, más de ochenta mil toneladas de plata, la mayoría en barras y una pequeña parte acuñada ya en origen. El registro de la plata que entraba en España se realizaba en Sevilla, en la Casa de Contratación de Indias -a partir de 1717, por decisión borbónica, la Casa se trasladó a la muy cosmopolita Cádiz-, lo que no impedía el contrabando (muchas veces la mitad de la plata que abarrotaba los barcos quedaba sin ser registrada, y hasta tal punto de picaresca se llegó que a mediados del siglo XVII la Corona renunció a mantener los registros).

La ruta marítima, la llamada Carrera de Indias, era surcada cuatro veces al año, dos de ida, dos de vuelta, generalmente en formación de fila india, con sendas naves escoltando a proa y popa. Rara vez llegaban navíos desperdigados. Esta Carrera de Indias, aunque sometida a la furia de los elementos y al acoso de piratas y corsarios (a menudo ingleses, formidables marinos con pocos escrúpulos), tuvo un grado de eficacia muy elevado a la hora de hacer llegar la plata a Sevilla.

El intercambio metrópoli-colonia era desigual. De España llegaba toda clase de objetos útiles, imposibles de encontrar en suelo americano. Las colonias solían estar desabastecidas de enseres, y vastas regiones ni siquiera disponían de moneda corriente. El trueque, o el empleo de telas o granos de cacao como sucedáneos de moneda, era la tónica general. El proteccionismo de la Corona fue muy intenso: durante mucho tiempo rigió la prohibición de que los extranjeros se estableciesen en las tierras descubiertas, y varias medidas parecían impedir el desarrollo colonial (un ejemplo: la prohibición de plantar viñedos, de modo que quien quería vino tenía que esperar a que llegase por la Carrera de Indias). En los fondeaderos la llegada de la flota provocaba una especie de animado mercadillo en el que cada uno vendía, a un precio exageradamente hinchado, lo que buenamente traía.

Un sencillo razonamiento explica lo ventajoso de la situación de la metrópoli. Un bien determinado, que me cuesta 1 de elaboración, puede ser vendido por 3. Dado el desabastecimiento del mercado de Indias, me puedo permitir venderlo allí por 10. ¿Quién paga la diferencia de 9? La plata. El flujo de plata no proviene de un monopolio estatal de extracción, a buen seguro ineficaz, en el que no habría incentivos personales para mejorar el trabajo, sino del ahínco -y la falta de consideración- del sector privado para hallar más plata, sometida después a registro, aranceles e imposiciones por la Corona.

Así pues, España comenzó a llenarse de plata .... y a vaciarse.


PLATA VISTA Y NO VISTA

La España del siglo XVI, la misma del Siglo de Oro, era la España de las deudas. La Corona debía hasta la camisa. Además, la continua presencia española en guerras obligaba a que cargamentos enteros pertenecientes a la Corona, tras su registro en la Casa de Contratación, se fueran directos a los teatros de operaciones para pagar a la tropa. 

Por otra parte, la balanza comercial con el exterior era desfavorable para España. Importaba por mucho más valor de lo que exportaba, de modo que la lógica antes vista (plata a cambio de género) en suelo americano se repitió en el suelo español. La plata española comenzó a circular intensamente por toda Europa. España había aumentado, gracias a la ventajosa arribada de plata, su poder adquisitivo sin que la productividad como país hubiese experimentado un auge ni lejanamente similar. Eso implicaba que la plata no iba a tardar en volar al extranjero, dejando atrás una considerable alza de precios (que se repetiría a nivel de toda Europa durante aquel siglo). 

No era la primera vez que nos ocurría. Los Reyes Católicos quisieron poner fin al desmadre monetario de sus reinos con medidas reformistas, una de las cuales fue el acuñado de excelentes de oro, monedas de gran poder adquisitivo que duraron un suspiro en suelo español, terminando en Flandes al poco tiempo.

Una moneda española de plata se hace famosa: el real de a ocho, en la línea ya vista de los testones y los táleros, pesada y gruesa, aunque de acuñado algo deficiente. El real de a ocho se convierte en la moneda más difundida del mundo, perdiendo la Corona todo poder sobre ella. Circula alegremente por Francia, Amberes, las plazas italianas, Alemania, Portugal, las naciones bálticas, Rusia, Persia .... Y viaja al Oriente por tres vías:

-la primera es el Imperio otomano, cuyo concepto de soberanía monetaria era nulo (las cecas estaban en manos de la minoría hebrea), hasta tal punto que las cuentas de algunas provincias llegaron a estar expresadas en reales;

-la segunda son las Compañías inglesa y holandesa encomendadas del comercio con las Indias orientales;

-la tercera es el trato directo de España con China (básicamente plata por seda) atravesando el Pacífico y recalando en Manila, donde esperaban solícitos los mercaderes sederos.

Y en esta situación nos volvemos a encontrar con el mismo caso ya visto en dos ocasiones: un país (ahora un continente, Europa) excedentario en plata y con una balanza comercial desfavorable con Oriente no puede retener ese metal precioso, que sigue viajando, desplazándose gradualmente hacia el Este. El proceso globalizador, vehiculado por la plata, empieza a tomar cuerpo. 

Efectivamente, Europa tiene un déficil comercial muy destacado con Oriente. El sector asiático de Eurasia ofrece una infinidad de mercancías que el sector europeo  ambiciona: té, seda, canela, componentes para explosivos, colorantes, clavo, terciopelo, plantas medicinales, lacas, astracán, porcelana, tapices, pimienta, incienso, maderas, nuez moscada, mobiliario exótico .... Por contra, el sector europeo tiene muchas menos cosas que ofrecer al sector asiático. Ni siquiera el gran arte europeo interesa en Oriente, al ser casi siempre de marcada temática cristiana. Los orientales parecen admirar mucho más el sencillo bosquejo de un elemento de la naturaleza, como un árbol o un animal, antes que una elaboradamente artística tabla de algún motivo bíblico.

Eso sí,  Europa dispone de plata a raudales. Plata que, sin prisa pero sin pausa, desemboca en China.


CHINA, DESTINO PROVISIONAL

Según nuestros reales de a ocho llegaban a la India, sobre todo en navíos portugueses, eran rápidamente fundidos para acuñar rupias con la pasta de plata. El caso chino es más peculiar. En China las monedas que circulaban eran tradicionalmente de bronce (el papel moneda, en sí una letra de crédito garantizada por el Gobierno e impresa xilográficamente, llevaba siglos siendo utilizado también), idóneas para transacciones comerciales modestas. La plata era empleada no como medio fiduciario de pago, sino como bien en sí mismo, como mercancía que se permuta. Cuando había que llevar a cabo un desembolso económico lo bastante grande como para convertir la moneda de bronce en ineficaz, se pagaba con plata al peso.

La balanza importaciones-exportaciones era muy favorable para China (y especialmente desfavorable sobre todo para Gran Bretaña, muy acuciada tras perder las colonias que serían Estados Unidos, y el Imperio otomano; en el caso inglés, la East India Company -que actuaba como gobierno británico de facto allí donde estaba asentada- se reveló corrupta y económicamente ineficaz, de modo que la Corona intentó, a partir de Jorge III, contratar directamente con los emperadores manchúes mediante misiones diplomáticas). El té chino era altamente apreciado. En Inglaterra arrinconó con éxito al café y al chocolate, hasta convertirse en la bebida inglesa por excelencia. No sólo el té: seda, porcelana, especias, mobiliario exquisito, telas finísimas, componentes para explosivos, farmacopea, lacas .... Algunos productos occidentales tenían una demanda moderada en China, como la grasa de ballena, el algodón y las armas de fuego, pero eran claramente insuficientes para romper el statu quo favorable al gran país amarillo. Como consecuencia, la plata española arribaba a suelo chino en enormes cantidades. El largo trayecto desde Potosí y Zacatecas, habiendo atravesado fronteras físicas y humanas sin cuento, parecía tener su fin en el Extremo Oriente. El Tesoro chino acumulaba montañas de barras de plata, una reserva asombrosa que permanecía inmóvil y creciendo a buen ritmo.

Mientras, una Europa sin liquidez había atravesado un siglo XVII especialmente duro e insatisfactorio, agravado por la Pequeña Edad de Hielo. La solución estribaría en que China se aficionase a un producto controlado por europeos que permitiese el equilibrio de la balanza y el regreso de la plata. Esa mercancía milagrosa fue el opio.

El opio ya se consumía tradicionamente en China, comiéndolo. Incluso se empleaba en repostería. La adormidera existente en suelo chino e indio tenía una baja proporción de principio activo, en comparación con la de la cuenca mediterránea y de Asia Menor, de efectos más poderosos. Los portugueses fueron los primeros en encender la mecha de una escalada de adicción al narcótico, ofreciendo al mercado chino un opio más contundente. 

Ya en las postrimerías de la dinastía Ming, el consumo de opio (que empezaba a ser fumado, en sustitución del tabaco) comenzó a aumentar de un modo que las autoridades juzgaron alarmante, lo que llevó a su prohibición. Los chinos aprenderían de primera mano una regla infalible del tráfico de drogas: la prohibición dispara la demanda interna y el sobrecoste de la mercancía, enriqueciendo al intermediario y empobreciendo al consumidor. Los emperadores manchúes prohibieron la adquisición de opio del exterior (labor teóricamente sencilla, pues el comercio estaba limitado al puerto de Cantón, siendo en principio fácil de fiscalizar) pero permitiendo el cultivo en suelo nacional; sin embargo, a poco de concluir el siglo XVIII, se decretó la prohibición absoluta. La prohibición convirtió el tráfico de opio en el negocio de moda. Incluso los novatos useños, cuyas exportaciones a China eran básicamente algodón y armas de fuego de las manufacturas de Connecticut, se metieron de lleno en el tráfico, rivalizando con los británicos. 

Entre unos y otros inundaron China de opio, la adicción al cual se extendió como una plaga por todas las capas sociales, incluida la corte imperial y la alta administración civil. Los pudientes se empeñaban y arruinaban. Los pobres llegaban a vender a sus propios hijos. Se llevaron a cabo notables proyectos sociales de desintoxicación, según el principio de odiar la droga y compadecer al adicto. Y la plata española, que dormía el sueño de los justos en el Tesoro chino, comenzaba poco a poco a desperezarse y abandonar el país asiático.

La política de mano dura preconizada por un mandarín incorruptible, Lin Zexu -autor de una célebre carta a la reina Victoria-, política que llevó a arrojar al mar unas 1400 toneladas de opio en Hong Kong, terminó por conducir a Gran Bretaña -en su "defensa del sagrado derecho a comerciar"- a una Primera Guerra del Opio fácilmente ganada a un cómico ejército chino pertrechado con un armamento impresentable, en el que el mosquete era el arma estrella y la desmoralización la pauta general. El Tratado de Nankín (1842) garantizó la bancarrota china -el Tesoro tuvo que pagar una alta indemnización-, aparte de perder Hong Kong y de que se abrieran más puertos chinos para el comercio. Eso sí, los británicos no tenían el menor interés en que se legalizase el opio en China, pues su negocio se iría a pique, de modo que la prohibición se mantuvo. La globalización ya era un hecho indiscutible, y su corolario el que el lector imagina: la plata española salió en masa del deprimido y humillado Imperio, de camino a lo que ya puede llamarse con propiedad Occidente. La huella de animadversión hacia lo occidental, tras todas estas vicisitudes, fue profundísima, y la desconfianza mutua entre los dos polos de Eurasia sigue existiendo, como un muro invisible.


CONCLUSIONES

-Los metales preciosos no tienen valor de por sí, salvo el que dicte su aprovechamiento industrial. Su valor es fiduciario, basado en su perdurabilidad, su ley y su facilidad de acuñado.

Por tanto, la presencia de grandes recursos de esta índole en el territorio de un país no garantiza en absoluto la prosperidad de éste. Pasa también con otros recursos muy estimados, como el petróleo, que muchas veces lastran el desarrollo de la nación que los posee, o bien induce a una visión deformada de la realidad y del lugar que corresponde en el concierto internacional.

La misma Castilla, receptora de montañas de plata, atravesó épocas de crisis profunda durante el siglo XVI, especialmente a partir de los años sesenta. La plata no impidió las terribles sequías de aquella década trágica, ni sirvió para frenar la peste que se llevó a un cuarto de millón de personas por delante; sí se notó su influjo en la reactivación de las guerras en el extranjero, que contribuyeron a despoblar el suelo castellano, y en la espiral de inflación, marcada por precios desorbitados y la presencia abrumadora de moneda de cobre.

-La prosperidad depende fundamentalmente de la laboriosidad y de la creatividad de los pueblos, es decir, de factores ligados a la voluntad humana que sean capaces de romper la inercia de las cosas. En buen sentido, la prosperidad no relacionada con un artificial aumento del poder adquisitivo que dan los metales preciosos sino basada en la prevención, el desarrollo técnico, el ahorro y la acertada toma de decisiones es indicativo de bendición, incluso divina en algunas culturas (como las cercanas a la ética protestante weberiana).

-El oro y la plata, así como las piedras preciosas, son catalizadores de lo mejor y de lo peor del ser humano. Representan a menudo aspectos elevados de la Naturaleza, del propio hombre e incluso de la Divinidad; por otra parte, la historia demuestra que los filones de riqueza minera desequilibran el hábitat, inducen a la creación de hormigueros humanos y extraen del hombre las mayores bajezas.

-El dinero es un gran invento, como ya sabían muchos pueblos antes del siglo XV. Elimina los costes de transacción y da fluidez al intercambio de bienes. El dinero real, contante y sonante, resulta imprescindible para una economía próspera. Cuanto mejor fluya aquél, más activa será ésta.

El dinero irreal, el que está envilecido y que no se corresponde con el valor fiduciario legal, se convierte en dinero-basura, que vale lo que pueda valer el metal al peso. Implica, de puertas adentro, un impuesto oculto sobre la población; de puertas afuera arruina la capacidad adquisitiva y negociadora del país emisor.

Las monedas nacionales, gestionadas por gobiernos prudentes, tienen futuro y ofrecen futuro a los habitantes de sus respectivas naciones. Un país sin soberanía monetaria es un país sin futuro.

-Todo país que aumenta su poder adquisitivo sin mejorar su productividad es pasto de inflación, se descapitaliza y se vuelve dependiente del exterior. Tanto puede predicarse del país que descubre metales preciosos en su suelo como el que se hace con ellos a la brava o a cambio de cachivaches sobrevalorados.

-La globalización es un proceso de apariencia irresistible, que surge a partir del déficit de la balanza comercial del Estado que impulsa ese proceso (o, en el momento presente, de la necesidad de las multinacionales y patronales de sanear cuentas). Todo proceso globalizador tiene vencedores y vencidos, beneficiarios y damnificados.

Tan irresistible resulta la globalización que si un país no desea globalizarse pero su globalización es necesaria para paliar el problema de los Estados o grupos de presión que impulsan ese proceso en su favor, se le "globaliza" de un modo u otro, incluso por las malas.

-La rapidez es un ingrediente fundamental del éxito. La moneda que cambia de mano con celeridad, el alza de precios instantánea al llegar a puerto, la cañonera inglesa de poco calado que remonta los ríos chinos, son ejemplos de ello.

La rapidez viene dada por el mar. La tierra frena el proceso globalizador: nunca se habría conseguido con tanta celeridad unir el Extremo Oriente con el Finisterre europeo yendo por tierra. El mar acelera el proceso globalizador. Quien controla el mar controla el comercio. Quien controla la tierra controla el tiempo.

-La Historia siempre tiene una última palabra por decir. Todo puede cambiar. El proceso de la Europa confinada del siglo XV a la triunfante del siglo XX, genéticamente extendida por territorios antes impensables, da buena cuenta de ello. El pesimismo no es opción. La Historia siempre guarda un triunfo en la manga.

-Cuando un pueblo está en dificultades, el repliegue es contraproducente. El proceso descrito en el artículo demuestra que el despliegue es la opción más aceptable.

Y la globalización, si bien con un futuro incierto hoy por hoy, favoreció entonces los intereses de la humanidad europea, de igual modo que supuso un duro golpe a la humanidad asiática y amerindia.

-Esa globalización se desarrolló a partir de las semillas plantadas por España. Por tanto, España sería siquiera indirectamente el país más determinante de la historia moderna.

Y decimos indirectamente porque el proceso globalizador arroja resultados diversos según sea el enfoque con que se aborda. La España del siglo XVI, como el mismo Portugal, partía de presupuestos mentales aún teñidos de cosmovisión medieval, al contrario de cómo afrontarían la situación otros países como Gran Bretaña y Holanda, fundamentalmente.

-China repite su estatus de gran acaparador de valores fiduciarios, en este caso de deuda useña, circunstancia que sin duda el atlantismo pretende desbaratar. En este caso, la diferencia con lo visto anteriormente estriba en que hoy al atlantismo le conviene no estimular el consumo chino, sino más bien  estrangularlo. Ambos polos están condenados a entenderse o, me temo, a guerrear. Eurasia es el gran proyecto geopolítico a milenios vista. El futuro dependerá de cómo se gestione.


8 comentarios:

  1. En la Introducción HLG has dicho bastante, no digas tanto, o no se has lo que te dicte tu conciencia.
    no publiques esto, es serio
    Diego

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  2. El Lobo solo es noble desde el punto de vista pagano; desde el punto de vista de Cristo el lobo no sirve para el Reino del Cielo, y sin embargo el lo ha creado el lobo. El lobo seria capaz de mentir, robar, asesinar con tal de conseguir su presa. Es muy noble y bello para los pueblos del mundo y repito es creación también del Señor, adecuado para el mundo después de la caída de Adán y Eva.
    Diego

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    1. El lobo vive una vida de lobo. Muchos humanos hacen vida de borregos, o de cerdos, o de urracas, o de lombrices, o de cucos, o de cucarachas. En ese sentido el lobo es mucho más noble, y ello sin traicionar su naturaleza o más bien debido a que no la traiciona.

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  3. Creo que toda buena Nación debe tener buenos economistas, tesoreros o gente que sepa gestionar todo este tipo de cosas. Dejar a los especialistas hacer su trabajo y dejar hacer el mío.
    Diego

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  4. El lobo, ese animal tan noble y orgulloso que sigue lo que dicta su voluntad, no es como las ovejas que siguen lo que dictamine su amo.

    ¿Sera por eso que los cristianos se la pasaron demonizando y masacrando lobos por aquí y allá por 2000 años?

    Felipe.

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    1. Jesús es el Cordero y el León de Nuestro Señor.
      Si los europeos medievales mataron a algunos lobos se debió mas a que el centro cambió del mediterráneo al norte europeo; de Roma a Paris principalmente. Debido a que las comunidades crecían en el norte poco poblado o como barbaros que vivían como en el bosque en chozas como lo explico Tácito, era necesario abrirse paso a través del bosque indómito y urbanizar(en el buen sentido ario y no semítico, al no encontrar mejores palabras para describir esta situación) esas regiones, no se debió por ninguna razón bíblica o algún pasaje, solo fue por lo que he dicho; el hombre medieval era duro consigo mismo y no con la creación del Señor, pues los reyes belicosos defendían sus bosques para cazar y hacerse de carne y todo tipo de cosas, además de que seguramente veían como saludable que hubiera bosques densos en sus reinos como reminiscencia de instintos arios o germánicos, pues eran descendientes de tribus germanicas.
      Ya les digo pues que el lobo es una criatura de Dios y es todo.
      Primero busquen la Justicia del Reino de Dios, y todas las demás cosas se les dará por añadidura y en abundancia hasta que queden saciados y habrá todavía mas.
      Diego

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  5. ¿Qué opinás de la interpretación larouchista de la Historia? Como supongo que en algunas cosas estarás de acuerdo con ellos y en otras no, cito algunas características:

    -Reivindicación de la ciencia medieval y la ciencia católica.
    -Caracterización del capitalismo histórico como eminentemente oligárquico.
    -La Serenísima República de Venecia como la Gran Babilonia.
    -Reivindicación del Renacimiento y el Humanismo.
    -Reivindicación de la figura del Rey sabio contra la Nobleza rastrera.
    -Traspaso de poder de Venecia a Londres (y estadía en la City hasta ahora).
    -Múltiples etiquetas terribles para Bertrand Russell y otros filósofos iluministas, especialmente ingleses. Rechazo al Iluminismo en general.
    -Caracterización general de Inglaterra como enemiga natural de Europa.
    -Teoría de conspiración de la Reserva Federal.

    Simplemente cito estas características para que te hagas una idea de a qué me refiero con "interpretación larouchista de la Historia", como así tampoco pido una opinión puntual sobre cada característica citada.

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    1. La verdad es que, si bien conozco al personaje y por dónde van más o menos sus ideas, no he leído libros de Larouche, por lo que no me atrevo a entrar a fondo. De lo que comentas, hay muchas cosas algo abstractas así como otras más concretas y plausibles.

      Casi sin tiempo, tengo que ir a entrenar, otra ducha y de vuelta al curro, comento algo. No creo que Inglaterra sea enemiga natural de Europa. Creo, eso sí, que es enemiga natural de la idea que tiene Alemania de lo que ha de ser Europa. Ya Juan de Salisbury les miraba con malos ojos por pretender ser los árbitros del continente. Inglaterra puede haber pecado de querer dividir, pero Alemania en unas cuantas ocasiones ha pecado de querer aglutinar de mala manera.

      A gente como Bertrand Russell ya la calaron hondamente otros ingleses, como Paul Johnson. Pretendían ser los nuevos sacerdotes, investidos del manto sagrado de la Ciencia. No fueron para tanto, y a la vista está.

      El poder de Venecia y de la City ha sido muy notable, pero no basta para explicar las derivas históricas. Sé que es tentador buscar un momento puntual que haga palanca, una familia en concreto, una ciudad en concreto, para así racionalizarlo mejor. En general la historia es más errática de lo que nos gusta admitir.

      La Fed no debería existir, IMHO, al igual que en general los bancos centrales. Espero explicarlo a fondo algún día. Y sin tiempo para más: ¡¡SALUD!!

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