miércoles, 30 de abril de 2014

Zoroastrismo en el tiempo: todos los fuegos el fuego




"Jesús dijo: he arrojado fuego sobre el mundo, y ved que lo mantengo hasta que arda" (Tomás 10)


La distinción tajante entre Bien y Mal no es originaria del cristianismo, como afirman -para intentar denigrarlo- los relativistas morales de la presente era. Hunde sus raíces más atrás. Nada nace por casualidad, y nuestras ideas derivan de quienes nos precedieron así como nosotros mismos como seres vivos. Pero toda historia tiene un comienzo. El comienzo de la presente nos dirige a Persia.

Lo que conocemos como Eurasia, la unidad territorial continuada de Asia y Europa, se corresponde básicamente con la gran Placa Tectónica Euroasiática, de la que grosso modo estarían únicamente excluidas Arabia, India y la porción más oriental de Siberia. En la estribación sur de ese monstruo telúrico nos encontramos con la Meseta de Irán, que se extiende desde los montes Zagros hasta el Hindu Kush pero que también grosso modo se podría prolongar desde Anatolia hasta las estribaciones del mismo Himalaya. Al sur llega al mar, mientras que al norte alcanza el Kopet Dag. Básicamente la Meseta se corresponde con la nación de Persia o Irán. Según el libro de geopolítica La venganza de la geografía (2013, Robert D. Kaplan), la correspondencia entre ese marco geográfico y el pueblo que lo habita es lo que ha dado continuidad y estabilidad al pueblo iraní durante milenios hasta hoy. En ese marco es donde se encuadra el culto a Ahura Mazda.

El dios Ahura Mazda es una entidad sobrenatural de concepto bastante moderno, a mi entender, pues es un creador increado, similar al Dios de Abrahán. La cultura protoindoirania se desgajó en dos poderosas ramas culturales, la basada en la literatura védica en la India y la que se recogía en la literatura avéstica en la Persia antigua. El Avesta es uno de los textos religiosos -una compilación en realidad- más influyentes de toda la andadura humana. Escrito en avéstico, una lengua indoeuropea, y codificado en tiempos de los sasánidas, es la base del zoroastrismo o mazdeísmo. En buena medida conserva características de la religión protoindoeuropea, con esa referencia al dios celestial o identificado con el Cielo, y mantiene cierto paralelismo con las creencias hinduistas -así por ejemplo es el caso de la bebida sagrada haoma, similar incluso fonéticamente al soma hindú-. Su sedimentación como culto religioso se atribuye a Zoroastro o Zaratustra, figura nimbada por el misterio. No se sabe muy bien dónde nació, quizá lejos de Persia, y si su nombre es en realidad un título ejercido por varios Zoroastros. Se corresponde simbólicamente muy bien con el sabio de las montañas que, una vez se ha puesto en contacto con los demás, les transmite una revelación. Esa revelación es la de la majestad de Ahura Mazda, en contraposición a una deidad solar llamada Mitra, también conocida por los hindúes, y que fue arrinconada por el mazdeísmo, si bien vivió un gran momento de popularidad más tarde cuando fue adoptada -y adaptada- por los romanos. Estamos ante una religión monoteísta, quizá rudimentariamente monoteísta o henoteísta, o primer motor de emanaciones divinas a él subordinadas.

Según una inscripción hallada en el complejo palaciego de Persépolis, la antigua capital aqueménida, concretamente en la puerta de todas las naciones, se nos dice que Ahura Mazda creó el cielo, creó la tierra y creó además al hombre, para crear también la felicidad. El dios invistió asimismo de dignidad real a Jerjes. Es dios de dioses -creador de ellos: no es por tanto un monoteísmo estricto-, bondad suprema, sabiduría suprema, luz suprema. Es el Bien, y como tal se encuentra en lid perpetua con una aglutinación personalizada del Mal, llamada Ahrimán, deidad de lo tenebroso. Esa lid terminará con la victoria del Bien. Existen también varios aspectos o facetas de la divinidad mazdeísta, llamados amesha spenta, del que es interesante retener el que tuvo más calado histórico, el Asha, que puede traducirse e interpretarse llanamente como lo justo, la verdad, el orden, la rectitud en todos los aspectos de la existencia, sagrados y profanos, una idea unificada de lo que los romanos entendían en dos vertientes, ius y fas: el Asha reuniría ambas. Al Asha se contrapone el Druj o falsedad, fuente de  todo mal.

La creación de Ahura Mazda establece una gradación: cielo, agua, tierra, el Árbol Primigenio, el Buey Blanco y un patrón ideal de ser humano llamado Gayomart, el primer hombre. Parece darse un cierto aire de familia con el relato de Génesis, con idéntica gradación creadora, la presencia de árboles sagrados -otro motivo sacro en numerosas religiones de eco indoeuropeo: la verticalidad como manifestación divina frente a la horizontalidad de lo inerte- y un Adán que correspondía a la idea del hombre perfecto según la divinidad -recogida en el judeocristianismo igualmente: según algunas doctrinas, Adán y Jesús deberían ser físicamente idénticos, y en los árboles de piedra de los cruceiros se suele representar bajo el árbol suplicial de la Cruz una calavera que corresponde a Adán: así como Adán nace de la tierra, Jesús parte hacia el cielo, completando el itinerario de la Creación-. Faltaría en el primitivo yahvismo-elohísmo el buey, muy importante en una zona montañosa y ganadera como la que seguramente vio nacer a Zoroastro y menos crucial desde el punto de vista de los redactores y compiladores del Génesis -recuérdese que Abel, el ganadero, es muerto por Caín el herrero y agricultor-. Pero ese hermoso bicho muere al igual que Abel, pues Ahrimán ataca la creación mazdeísta haciéndose con una victoria momentánea. De la simiente purificada del buey nacerán las plantas medicinales, el cereal y todos los animales. De la simiente de Gayomart nació una pareja humana, Mashye y Mashyane, que fueron engañados por Ahrimán y pecaron al pronunciar una mentira -es decir, al violar el Asha y acogerse al Druj-. El paralelismo bíblico continúa, como vemos. Abundan los seres demoníacos, masculinos y femeninos, que tientan a los hombres y nublan su entendimiento.

Cerca del fin del mundo, ocurrirán innumerables catástrofes naturales y aparecerán los sashyant o profetas reformadores, con uno de los cuales se quiso identificar a una personificación de Zoroastro. El último de esos personajes, Astva-terata, derrotará a la muerte y al sufrimiento, suscitará la resurrección de los muertos y restituirá la Creación, tras un último juicio en que los humanos tendrán que responder de sus actos, y anunciando el infierno -no perpetuo- para los condenados. El paralelismo con la espiritualidad cristiana es más que notable.

Antes del imperio persa, quienes dominaban esa gran lengua accidentada de la meseta irania eran los medos, un pueblo aún bastante enigmático que fue derrotado por Ciro el Grande (I) hacia mediados del siglo VI a.C., entronizándose la dinastía aqueménida. El imperio persa adquirió unas dimensiones fenomenales, convirtiéndose en el mayor que había visto el planeta hasta entonces, pues llegó a abarcar desde lo que son hoy Bulgaria y Libia hasta rozar China e India. Los reyes presumían de aplicar los principios del mazdeísmo y especialmente el Asha, como gobernantes justos y benevolentes. Éste es un punto importante, pues en contrapartida el Asha investiría de legitimidad real para gobernar a aquella dinastía. No puede decirse que el zoroastrismo estuviese institucionalizado, es decir, que fuese la religión oficial, si bien el culto imperial a Ahura Mazda era común. Los reyes tenían el título de "reyes del mundo" y "de las cuatro esquinas de la tierra", algo que podría ir más allá del autobombo personal y tener origen en el monoteísmo mazdeísta y el carácter omnicomprensivo de aquel dios.

Pero aquel imperio tuvo su final. Los persas se imaginaban que el día en que la Hélade, que ya les había derrotado en las Guerras Médicas -algo que saben hasta los que aprenden historia viendo películas-, se unificase bajo un poder militar resuelto eso podría significar la ruina aqueménida, por lo que procuraron mantener divididas y enfrentadas a las polis. La estrategia funcionó hasta la llegada de Alejandro Magno. Las tropas macedonias derrotaron totalmente a las persas, entrando como un ciclón y desabaratando el estado de cosas. Si Alejandro hubiese vivido más, no habría dejado títere con cabeza en toda Eurasia. Desde el 334 al 326 a.C, el macedonio atravesó todo el arco meridional de la placa euroasiática, amén de Egipto. A su muerte, Seleuco Nicátor se hizo en calidad de sátrapa con buena parte de aquellas tierras, incluyendo lo que es hoy Irán, partiendo de él la dinastía seléucida. Bajo su mandato el zoroastrismo consiguió una notable autonomía, sin ser aún religión institucional pero lamiéndose las heridas que la violenta irrupción macedonia le había infligido -en modo de sacerdotes asesinados y de templos y textos sagrados destruidos-.

A mediados del siglo III a.C. la dinastía arsácida se sacude el dominio seléucida y comienza el llamado imperio parto, que se extiende por la famosa meseta y sus estribaciones al este y al oeste, más Mesopotamia, conquistada hacia el 141 a.C. Poco después, los partos abren la famosa Ruta de la Seda, con lo que ejercen de bisagra de Eurasia. Es posible que el zoroastrismo se convirtiera en religión oficial, pero no es seguro. Parece ser que en la interpretación religiosa existía una notable y beneficiosa flexibilidad, algo en principio reñido con la ortodoxia que todo culto oficial cumple. Esa flexibilidad se notó en la aparición de variantes, como los zurvanistas -que hablan de un dios previo llamado Zurván, o "tiempo sin límites", de quien sería hijo Ahrimán- o los más conocidos maniqueístas. La consideración totalista de Ahura Mazda se relaja un poco, pues comienza a ser antropomorfizado y deja algo de hueco para que renazca el culto a Mitra. 

En el siglo III ya de nuestra era, un imperio parto debilitado por la pugna con Roma cae bajo el empuje de la dinastía sasánida, que se hará con el poder hacia el año 224, lo que para muchos iranios de la época fue una especie de restablecimiento de los aqueménidas, tras siglos de dinastías extrañas. Se trataba según el sentir popular de un regreso a la identidad desde un punto de vista étnico, diferenciándose de otros pueblos indoeuropeos pero también de los beduinos del suroeste. El emperador Ardasir I, nieto de Sasán e instaurador del nuevo imperio -una fórmula para llamar a éste era "tierra de los arios"-, recurrió al Asha como principio rector de su buen gobierno en búsqueda de armonía con la voluntad divina. No en vano a fin de cuentas este personaje era un usurpador. La permisividad religiosa anterior fue condenada. La religión y el sentido de Estado pasan a formar parte de la misma esfera. Puede hablarse de intolerancia, derivada del miedo al Maligno pero también patrioteramente contrapuesta a la despreocupación del enemigo romano a la hora de admitir a nuevos dioses.

La institucionalidad del mazdeísmo sasánida, que se permitía ciertas discrepancias con la doctrina avéstica, hacía hincapié en la influencia del clero. El sacerdote o moubed siempre tuvo su importancia en el mazdeísmo, pero sería a partir de entonces cuando más se hizo notar su carácter de miembro de una casta. La sociedad sasánida era estamental y rígida, con cierto parecido con la medieval europea -incluida la aparición de una ideología caballeresca-. La regimentación social recuerda el sistema de castas hindú: primero están los sacerdotes, después los guerreros, y después vendrían los burócratas, poetas y artesanos. También aparece un moubedan moubed o sumo sacerdote, que se encarga de fijar la ortodoxia doctrinal, dirigir el culto e interpretar los lenguajes sagrados. Pudiera ser que el clericalismo del Irán chiíta de hoy sea un eco de lo que estamos comentando. Otra señal de ortodoxia: se codifica el Avesta. El mazdeísmo se vuelve también anicónico, de modo que toda manifestación visual se reducirá en la práctica al empleo simbólico del fuego.

Así, se crea una gran red de templos del fuego o Dar-e-mer, en los que se custodiaba la llama sagrada o Atar. Los templos fueron en principio montículos donde se encendían fuegos rituales y propiciatorios. No forman parte del mazdeísmo primigenio como tales. Con el tiempo, hacia el siglo IV a.C. ya podemos encontrar templos propiamente dichos, pero será la era sasánida la que los potenciará más y los estratificará, como reflejo de la composición estamental de su sociedad. Así, hay un fuego real, destinado a la dinastía regente, un fuego farnbag referido al clero, un fuego gushnaps para los guerreros y un fuego burzin mihr de la plebe.

La construcción y el mantenimiento de ese despliegue arquitectónico y cúltico suponía un gasto muy abultado que recaía, como de costumbre en las sociedades estamentales, en el pueblo. Es muy posible que las persecuciones religiosas que se produjeron durante el período sasánida estuvieran relacionadas con el deseo de realizar pillaje sobre los bienes de las minorías perseguidas -básicamente cristianos, judíos, maniqueos e hinduistas-. O puede que no. Puede que esas persecuciones fuesen simplemente un exponente esperable de una sociedad con un riguroso culto oficial.

El Irán sasánida tuvo también su final. Una pugna con Bizancio, llena de alternativas y de tiras y aflojas, a lo largo del siglo VI y el arranque del VII había dejado el país exhausto, y una campaña exitosa del basileo Heraclio -que en el 627 obtiene una decisiva victoria en Nínive- desarticula la situación, en la que se suceden reyes continuamente y el poder fáctico pasa a manos de los administradores locales, convertidos en caudillos -en una organización feudal que acrecienta el paralelismo con el Medievo europeo-. Es entonces cuando aparece un tercer actor en franca ascendencia: tropas árabes entran en suelo persa, encontrando poca resistencia en un imperio que caminaba hacia la atomización política y social. La batalla de Qadisiya -en suelo de lo que hoy es Iraq- en el 637 decide la suerte de ese imperio, cuyos despojos pasan a formar parte -a menudo a base de acuerdos de los árabes con cada caudillo local, el llamado dehqan, que se comprometía a pagar un fuerte tributo- del creciente dominio islámico, regido por el califato omeya de Damasco.

El zoroastrismo se encuentra a partir de entonces en una posición que no conocía desde hacía siglos, pues como es obvio ha sido apeado bruscamente de su condición de culto nacional. Con todo, se puede apreciar una cierta corriente de simpatía, o siquiera de posibilismo, por parte de los musulmanes a la hora de procurar una convivencia armónica. En Corán  2: 62  los judíos, cristianos y sabeos son observados con benevolencia; ha de ponerse en conexión con Corán 22: 17, donde aparecen citados los zoroastrianos en un plano de igualdad con esos tres cultos. Un hadiz cita a Salmán el Farsi, afirmando que había traducido al persa parte del texto coránico. La tradición ha enriquecido la andadura de Salmán, del que se afirma que fue el primer persa convertido al islam, convirtiéndose en compañero de andadura de Mahoma. Otro hadiz se refiere a una colonia persa en Yemen que también se convirtió en masa al visitar Medina y conocer al Profeta. Considero evidente, además, que el mundo árabe se enriqueció mucho culturalmente al contacto con los persas -y también con los bizantinos-. El gran sabio Abenjaldún o Ibn Jaldún afirmó que fueron los persas los verdaderos  preservadores del conocimiento y de las ciencias en tiempos sombríos, un papel similar al atribuido a los monjes irlandeses en la Cristiandad.

Con todo, la posición que le tocaba a los adeptos del zoroastrismo -¡vae victis!- era el de emigrar o el de aceptar una posición social de inferioridad. La primera opción permitió el establecimientos de comunidades mazdeístas ricas e influyentes sobre todo en India, pero también se pueden rastrear asentamientos zoroastrianos en suelo chino, particularmente desde el siglo X. La segunda opción era aceptar el estatuto de dhimmíes, que correspondía a las gentes del Libro -los cultos abrahánicos judío y cristiano- y que vimos que había dejado una puerta abierta a los zoroastrianos. El estatuto dhimmí implicaba, si era aplicado rigurosamente, que quien no deseaba convertirse al islam se convertía en un súbdito de segunda, que debía pagar unos impuestos más altos que los musulmanes, que debía llevar una ropa distintiva y sin lujo,  tenía que desplazarse exclusivamente a pie o en un asno, no podía acceder a cargos públicos y le estaba prohibido reparar los templos de su religión. Eso precipitó las conversiones, de modo que se puede afirmar que hacia el 800 eran musulmanes cuatro de cada cinco persas. La mayoría de los templos del fuego se reconvirtieron en mezquitas. A buen seguro en el abandono del zoroastrismo influyó que esa vieja religión se considerase pasada de fecha, corrupta y débil en comparación con el pujante mahometismo. Las mujeres zoroastrianas nunca velaban su rostro, y trataban de manera normal y llana a los varones, con los que bailaban y consumían  licores en las festividades de su culto, lo que les granjeó una necia y absurda fama de disolutos, siendo como es el mazdeísmo una religión altamente moralizante.

Es interesante reseñar que la mayoría musulmana enfocó el tema de las minorías religiosas desde un punto de vista distinto del de la mayoría cristiana en otros reinos. Los cristianos insistían en la conversión, incluso forzosa; los musulmanes optaban por imponer un estatuto civil muy riguroso. Existe un matiz de diferencia fundamentado en la identificación que se producía en los primeros siglos del islam -y que después se relajó totalmente- según la cual la religión musulmana era cosa de árabes, y que si un no-árabe se hacía musulmán pues bienvenido pero no era para ellos una prioridad, mientras que en la Cristiandad no se daba esa correspondencia étnica, pues el cristianismo fue desde el arranque predicable "a toda criatura".


Autor: André Koehne. Extensión del imperio safaví. Se corresponde grosso modo con la Meseta y estribaciones.

A lo largo del tiempo la Meseta Iraní parece ejercer de factor diferencial, garantizando una cierta identidad entre territorio y pueblo, aunque cambien las religiones y las dinastías. En Iberia, por ejemplo, sería relativamente fácil porque es una península, y aun así sufrimos la pérdida de Portugal. Imagínese lo complicado del tema en Irán, zona de paso para unos y otros, por las buenas -la Ruta de la Seda- o por las malas -casi todos los demás casos históricos-. En el siglo XIV los iranios caen en el poder de Tamerlán, convirtiéndose en el hinterland de su imperio. Con posterioridad, la dinastía safaví (1501-1722) crea algo parecido al Irán moderno, dotándole de personalidad política propia y acusada, formando un ejército de considerables dimensiones y adoptando el chiísmo como religión oficial, sobre un territorio que sigue siendo básicamente el mismo que el sasánida, incluida Mesopotamia. Se dice tradicionalmente que el último (II) shah safaví, Hussein, se casó con una princesa descendiente de sasánidas. Por entonces es posible que el grado de influencia del zoroastrismo residual en el chiísmo, y más concretamente en el chiísmo esotérico, se hiciera notar más.

La última dinastía irania, los pahlevíes (1925-1979), fue importante para el zoroastrismo. La modernización del país -que se llenó de técnicos e ingenieros europeos, sobre todo provenientes del Tercer Reich, lo que supuso la ruina del primer shah tras la invasión anglosoviética de agosto de 1941- vino acompañada del fomento de un potente chauvinismo. De hecho, Persia cambia de nombre oficialmente a Irán en 1935, aludiendo al origen ario-iranio, indoeuropeo, de su cultura imperial. Uno de los objetivos de la nueva dinastía era recuperar las "virtudes del antiguo Irán". Los pahlevíes encontraron en el nervio moral y la persistencia territorial del zoroastrismo una inspiración para su patriotismo moderno. Además, la potente diáspora mazdeísta, muy representada tanto en la India como en la misma metrópoli británica, dotó de fondos y de terminales mediáticas a la dinastía pahleví, que al llegar al poder removió todas las discriminaciones -al parecer, sólo pervivió la prohibición de llegar a primer ministro o juez de la corte suprema-. La exigua minoria zoroastriana comienza a florecer, pudiendo entrar en el ejército, obtener títulos superiores y desarrollar sus negocios. Empieza a haber millonarios y capitanes de empresa zoroastrianos, algo no visto desde ni se sabía cuándo (III). Los shah pahlevíes adoptaron los títulos de "rey de reyes" y "luz de los arios", ambos de ecos mazdeístas. El primer shah Reza llegó a cambiar el calendario islámico por uno solar básicamente igual al zoroastriano. Los meses del año volvieron a tener la denominación de la religión antigua, que eran nombres de los arcángeles de Ahura Mazda. Se recuperaron varias festividades de aquel culto -algunas perviven todavía hoy en la república islámica, como el novruz o Año Nuevo, celebrado en el equinoccio de primavera por toda la órbita de influencia cultural irania-.

Desde 1979 Irán es una teocracia islámica chií. De hecho, es el país chií por antonomasia, con un 89% de iraníes profesantes de esa rama del islam. La constitución iraní admite la libertad de culto, teóricamente al menos, para cristianos, judíos y zoroastrianos. Hay templos zoroastrianos muy hermosos como el de Yadz. Curiosamente, el culto que se está llevando todos los palos de los teócratas es el bahaísmo, curiosa religión mundialista con fuerte implantación en Irán, a pesar de las persecuciones. Existen lugares abiertos al culto mazdeísta, como es el caso del templo del fuego en Yazd. También existe una representación zoroastriana en el consejo consultivo nacional, el parlamento, en proporción a su peso demográfico. Al ser éste de unas 20000 personas, pues su representación es minúscula.

Como podemos imaginar, hay más mazdeístas en India -cerca de 70000 adeptos- que en Irán. Se calculan unos 10000 en Afganistán, y no más de 140000 a nivel mundial, muy diasporizados.



El más misterioso de los cuatro elementos.


Los humanos somos humanos por el fuego. El fuego destruye, pero si se mantiene controlado, si se conocen sus secretos, el fuego permite la cocción de los alimentos, la cauterización de heridas e infecciones, la victoria sobre la oscuridad de la noche y las grutas, la supervivencia al frío y la polimerización en todas las industrias humanas. El fuego también simboliza el ardor amoroso que hace nacer nuevos humanos, así como el ardor guerrero que los defiende de las amenazas externas. El fuego es también símbolo de divinidad en la naturaleza, pues sigue un sentido ascendente desprendiendo calor y luz, dejando solamente cenizas: es el símbolo del tránsito, del paso de lo material a lo energético, de lo telúrico a lo celeste. Así también, todo hombre y toda mujer deben arder en esta vida, darlo todo en este mundo, desprendiendo cada uno de nosotros su propia luz, su propio calor, sabiendo que el fuego interior les dirige al Cielo dejando en tierra sólo tristes despojos.

El fuego, y con él la luz, como seña de la Divinidad parece tener un sello indoeuropeo, dicho sea generalizando mucho. Los dioses indoeuropeos vivían en los cielos y se manifestaban con señales celestes, como el rayo -gracias al cual quizá descubrimos el fuego-. El titán Prometeo roba el fuego de los dioses. La incineración del cadáver tendría ese sentido de purificación, liberando el alma y dejando el despojo corporal, pero también de ascensión al cielo, en vez de regresar a la tierra o inhumación. Para quienes pensamos que todo está en cierta manera interrelacionado en la Antigüedad, el Génesis hebreo y la futura fe cristiana tienen una serie de patrones indoeuropeos, o si se quiere mazdeístas. Así, Yahvé condena al hombre y a la mujer a volver a la tierra como castigo, no como una consecuencia natural. Así también, Jesús triunfa allí donde Adán fracasó, aceptando la voluntad divina. El fracaso adanita está relacionado con un árbol sagrado, similar al árbol mazdeísta, pero también al árbol Eje Universal de los pueblos nórdicos; el triunfo cristiano se relaciona con otro árbol transformado por la voluntad humana en la Cruz -sintomáticamente, Jesús era carpintero: trabajaba con madera-. El árbol implica verticalidad, victoria sobre la mansa extensión horizontal y conexión con el cielo gracias a la copa dirigida hacia arriba, al fototropismo de ramas y hojas y a la presencia de nidos de aves -animales divinos- así como de panales y enjambres -la abeja es también animal divino-. Así también la identificación o relación de "luz", de origen divino -celeste- o venida del fuego, con Dios y con todo lo que tenga que ver con Jesús y con el posterior cristianismo es continua, así como la relación con las aves -en el bautismo del Jordán, por ejemplo- o con los árboles -Jesús seca una higuera porque no da fruto: la lectura de ese pasaje tiene que ser  simbólica para entenderlo-. Recordemos que la Señora de  las Alturas, identificada con la madre de Jesús, se aparece en la copa de una encina de igual manera que Jasón vence a la Bestia robando el vellocino de las ramas de otra encina. Parte de estas cosas las he contado en el blog, y otras muchas las sabéis, no quiero repetirme. Sólo recordad lo que dicen Mateo 3: 11 y Lucas 3: 16, que Jesús vendrá a bautizar con Espíritu Santo y con fuego. Y así también el Adán nacido de la tierra es completado por el Jesús que asciende al cielo, transformado, purificado, de una esencia divina -en Juan 20: 17 le dice a María Magdalena "no me toques", ¿temía quemarla?-.

La metafísica del fuego sagrado -presente también en Roma y en la Grecia de los juegos olímpicos-, el estudio de su simbolismo, de cómo imprime carácter, es algo que me supera. Me limito a apuntar que una misma raíz unifica al mazdeísmo, al cristianismo y a varios paganismos como cultos hermanos, con infinidad de conexiones y similar músculo moral, elevador, ennoblecedor, en vez de ser como muchos creen realidades diametralmente opuestas. No lo son. Participan de la esencia divina, de una esencia divina que allá en el norte, o en el noreste, se identificó con el cielo, la luz y el fuego, un fuego que hizo posible a pueblos misteriosos descender al sur en carros y unificar espiritualmente esa gran franja meridional de la Placa Euroasiática. Un fuego que permitía trabajar los metales, forjar buenas ruedas de carro de una pieza y marcar reses. Un fuego que simbólicamente también es asociado a la sangre, al valor, al deseo sexual, a la ira sagrada, al parto, al aura, a los campos de fuerza, a los lugares santos, a las aras de sacrificio, a los toros sagrados y a las señales en el cielo. Aquellos pueblos que llegaron desde el norte debieron dejar una honda impresión en la psique de las gentes del sur. Quizá por eso los musulmanes llamaban adoradores del fuego a los vikingos: quizá latía en ellos un viejo recuerdo.


 Angelica "Estrella de Fuego" Jones, heroína nórdico-roja, de la Marvel.


Por tanto, aunque el zoroastrismo tenga pocos seguidores en la actualidad, su herencia es enorme. Mucho de lo que había en Zoroastro reaparece en Jesús. Eso no le quita ni un ápice de originalidad al Galileo. Él conectó con el Cielo y ardió en vida, para luego cumplir la promesa mazdeísta de la resurrección y la preparación del juicio y el aviso de la gehenna, quedando para la posteridad como una imagen de juventud eterna y de luz. Kubrick y Clarke lo entendieron muy bien en "2001, odisea en el espacio": el poema sinfónico de Strauss es la mejor elección simbólica posible para un trayecto de ascensión marcado por la luz celestial, y en cuyo final el astronauta "arde" envejeciendo de un plano a otro regresando envuelto en luz como Niño Divino -como Jesús, señalado su nacimiento por una marca celestial ígnea-. La gran diferencia entre Zoroastro y Jesús es que de aquél apenas sabemos nada, y del Galileo sabemos un montón de cosas. Esas pequeñas particularidades históricas han sido cuidadas con mimo y reproducidas en los Evangelios, pero el tronco religioso conecta con el iranio. A lo ya dicho hay que sumarle el horror a la mentira: en Juan 8: 44 Jesús afirma que el Diablo es el padre de la mentira.

Hoy vivimos en un mundo que ruge y se hiere a sí mismo porque no ha entendido que todos los dioses remiten al mismo Dios, y porque ha olvidado su pasado, ha dejado que las rodadas de los carros del Norte se borrasen con el tiempo. Ha olvidado a Dios, en suma, que es el mismo Dios de todos, un Dios con el que no se negocia, que es luz y que se manifiesta en la llama sagrada, en el fuego controlado. En Dios tenemos nuestro hogar.

No en vano, hogar significa fuego.




(I) - Él fue quien dio por concluido el cautiverio judío de Babilonia posiblemente en el 538 a.C y permitió la reconstrucción del Templo de Jerusalén, lo que generó una corriente de simpatía que quizá explicaría la influencia mazdeísta en el tronco religioso abrahánico.

(II) - Sería derrocado por un pastún afgano suní llamado Mahmud Hotaki, que adoptaría a su vez el rango de shah. Su mandato fue fugaz en un país que siempre lo rechazó.

(III) - Y más teniendo en cuenta que durante la dinastía túrquica qayarí (1785-1925), la inmediatamente anterior a la pahleví, aquella minoría estuvo más discriminada que nunca, hasta llegar a contar con sólo 7000 adeptos.


2 comentarios:

  1. http://en.wikipedia.org/wiki/Twin_Peaks:_Fire_Walk_with_Me

    https://www.youtube.com/watch?v=yY1BPjbbeTc

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  2. Bueno, yo lo pensaba más bien en clave granadina:

    https://www.youtube.com/watch?v=qZI9bIafQog

    ¡Salud!

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