jueves, 27 de marzo de 2014

Comer y enfermar en tiempos de los faraones



Nota bene. El autor del texto no tiene títulos ni especialización en temas de salud ni de alimentación. Lo que sabe es algo que ha leído anteriormente, sin más, expresando con posterioridad su opinión de aficionado. Por tanto, que nadie busque en este blog asesoramiento alguno sobre esos temas.


Como en todo blog que se interese por la historia, tarde o temprano teníamos que dedicarle una entrada al Antiguo Egipto, una de las civilizaciones más celebradas y mitificadas de toda la andadura humana. Tanto es así que, como sabemos, la egiptología es una de las ramas históricas más nutridas de aficionados (habitualmente las revistas de historia que se ven en los kioskos suelen llevar en portada algo del Egipto antiguo, o misterios de cristianismo -Jesús, templarios, cátaros-, o curiosidades del Tercer Reich), de igual modo que los amantes de lo misterioso y esotérico tienen en aquella cultura campo abonado para especulaciones y fantasías. Ingleses y franceses se apasionaron con aquel perdido mundo de las pirámides que parecía haber enmudecido, pero ya antes de la campaña napoleónica y de los forcejeos entre ambas potencias lo egiptológico había calado hondamente en el naciente ocultismo aristócrata-ilustrado, a través de figuras como Cagliostro, para después extenderse por toda la Cristiandad. Es poco sabido, por ejemplo, que el cofundador de los Testigos de Jehová, Charles Taze Russell, llegó a calcular la supuesta fecha del fin del mundo haciendo caprichosos cómputos basados en las dimensiones de la pirámide de Keops.

La civilización egipcia es un buen exponente de la idea misma de civilización, grupos humanos que van ascendiendo lenta y parsimoniosamente la senda de una mayor culturización y división social a partir de núcleos urbanos-hormigueros, llegan a una serie de cimas en las que el continente -las formas socioculturales- y contenido -la población- se manifiestan en plena y eficaz consonancia, y finalmente caen rodando en una decadencia caracterizada por un elemento humano que no puede mantener la estructura que heredó de sus antecesores. Esa decadencia, a veces más meteórica que el ascenso de esa civilización, a veces no, parece dar la razón al escritor Norman Mailer cuando afirmó que llegados a un punto el mero mantenerse cada vez cuesta más, con lo que al paso de los años y las vicisitudes el mantener el cenit de una civilización, simplemente quedarse como está, arroja un coste que crece en progresión geométrica hasta hacerla quebrar y ser sustituida por otra civilización en auge. Ese ir y venir de las mareas humanas deja pueblos postrados, con derrota en la mirada, a diferencia de los ojos incandescentes de los pueblos que emergen, y deja también hermosas ruinas como prueba de un lejano esplendor. El ciclo del mundo y la vida se curva y cierra encapsulando la cultura de las civilizaciones muertas, haciéndolo pasto de la Ultratumba que tan detalladamente imaginaron las gentes del Nilo. Sólo el deseo de saber y de inmortalidad de aquellos franceses e ingleses permitió abrir resquicios en la cerrada cápsula egipcia, dejando entrar la luz de hoy y con ello permitiendo el regreso del hechizo de aquellas gentes, hechizo que ha hecho de los egiptómanos toda una legión.


Milenios después, la fascinación permanece.


No es mi intención presumir de egiptómano, porque no lo soy. Nunca he sentido esa fascinación que otra gente con inquietudes sí parece sentir por aquella sociedad. Tengo por costumbre no idealizar sin medida. Hago mío el consejo de Eslava Galán, que recomienda que intentemos ver los sucesos de hace miles de años como si hubieran ocurrido hoy, y los ocurridos hoy como si hubieran ocurrido hace miles de años. La civilización del Antiguo Egipto fue la primera gran civilización del espacio de Nea Talasia, en el engranaje de dos continentes y de numerosas rutas, gracias al Nilo. Nunca un pueblo debió más a su río nacional que los egipcios al Nilo. Egipto forma una especie de embudo geopolítico que aglutina pueblos relacionados con el Nilo y obviamente con el Mediterráneo, donde aquél desemboca, pero también con el Mar Rojo. No es de extrañar que su civilización como tal pase a un segundo o tercer plano histórico cuando llega la hora de otras civilizaciones mediterráneas más pujantes, significativamente la Hélade vehiculada por el poder macedónico. Pero más allá de todo esto, hay dos cosas que sí han atraído mi curiosidad en lo tocante a la sociedad de los faraones, las referidas a lo que comía aquella gente y a las enfermedades en las que caía.

Aunque tengamos la costumbre de considerar la alimentación y la salud como un asunto menor a la hora de conocer cómo eran los pueblos pretéritos (lo que contrasta con la obsesión actual por la salud, obsesión que se traduce en resultados más bien modestos, y con el pasmoso aparato sanitario-farmacológico bajo el que vivimos), no son asunto menor en absoluto. Si es cierto que a fin de cuentas, como decía Spengler, una civilización es defendida por un pelotón de soldados, convendría que estos soldados estuvieran sanos y bien alimentados. La relación inequívoca entre alimentación y salud es un hecho observado desde que el hombre y la mujer tienen ojos, y cada nuevo descubrimiento en ese campo no hace sino confirmar tan fraternal relación entre lo uno y lo otro. Ya le decía don Quijote a Sancho, cuando éste se encaminaba a regir la Ínsula Barataria, que "la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago". En tiempos faraónicos, las célebres Máximas de Ptahhotep -todo un tesoro de sabiduría- también recomendaban frugalidad, considerando los excesos de la gula como algo detestable y a evitar. Los excesos se pagan, ya lo sabemos. Y la relación entre una mala alimentación y una mala salud está ya de sobra contrastada. Pero entremos en materia para verlo mejor.

La sociedad egipcia faraónica, intensamente agrícola -toda civilización debe serlo, en principio al menos-, le daba una gran importancia a la alimentación no sólo por la obvia razón de que necesitamos comer para vivir sino porque los egipcios de aquella época mostraban un notable gusto por los placeres de la vida en su justa medida, algo muy propio de la espiritualidad mediterránea, y porque no limitaban la alimentación al mundo de los vivos sino que la observaban escrupulosamente para el culto de los muertos y de las deidades. Uno de los ritos funerarios que practicaban era el de la apertura de la boca, gracias a lo cual el difunto podría disfrutar en Ultratumba de sus viandas favoritas. En la imaginería funeraria de aquel mundo, abunda la representación de mesas y paneles de ofrendas que aluden a la alimentación en el más allá. De hecho, quienes descubrieron la tumba de Tutankamón no sólo dieron con tesoros artísticos de inmenso valor sino también con platos, jarras, vasos y escudillas. Es más, la intensísima profanación de tumbas del Antiguo Egipto no sólo buscaba los tesoros funerarios sino también el avituallamiento para el difunto, con lo que los profanadores solían darse prisa en realizar sus pillajes por el carácter perecedero de los alimentos. Además de las tumbas, nos podemos hacer una idea bastante aproximada de lo que comían los egipcios gracias a sus obras sapienciales -merece la pena citar las Lamentaciones de Ipuwer y la Sátira de los oficios-, a sus sugerentes representaciones artísticas, a sus ceremonias, al estudio de los restos orgánicos -momias, basureros- y a una gran cantidad de albaranes y documentos de contabilidad en que se vigilaban al detalle las cantidades de alimentos a los que se referían. Igualmente hay referencias en autores clásicos extranjeros, si bien escasas. Por Heródoto sabemos de sus fiestas y romerías por el Nilo, bien regadas con vino de Palestina -apreciadísimo en la Antigüedad, y que se consumía a mares-; una curiosa anécdota de Plutarco narra que los súbditos de dos nomos (provincias), para hacer burla unos de otros, organizaban banquetes donde devoraban en grandes cantidades ejemplares del animal totémico respectivo del nomo vecino: unos comían perro, otros pez oxirrinco.

La sociedad egipcia era tremendamente desigual, como imaginamos. De cada diez egipcios, nueve eran campesinos, y la vida rural en aquel entonces resultaba dura. El pilar básico de la alimentación popular era el pan, hecho con trigo de una variedad distinta de la nuestra actual, y con cebada. Empleaban ambos cereales para elaborar igualmente una cerveza casera llamada henequet, que también era fundamental en su subsistencia. Aparte de su graduación alcohólica, la cerveza era para aquellas gentes "pan líquido", en feliz expresión del escritor William Dufty. Cada casa solía cocer su propio pan y elaborar su propia cerveza.

El pan y la cerveza se empleaban  también como base para alimentar a los trabajadores cuando había que realizar una gran tarea -por ejemplo, la construcción de un templo, o el servicio en la guerra-. En ocasiones tanto el pan como la cerveza fueron empleados como moneda. La provisión en estos casos también incluía pescado -bastante abundante en el Nilo-, cebollas, leche, queso y legumbres como las habas y las lentejas. Un tipo de trabajador privilegiado era el decorador de tumbas reales, gran consumidor de aceite de oliva, toda una joya alimentaria del mundo mediterráneo. Si fallaba el suministro de aceite, los decoradores -que también disfrutaban de mayor cantidad de pescado en su nutrición diaria- podían incluso llegar a realizar huelgas, algo insólito en aquellos tiempos. En general, aunque hubo hambrunas en aquel mundo -recuérdense los sueños de José y las vacas gordas y flacas, según Génesis-, los gobernadores de los nomos procuraban evitarlas -han pervivido declaraciones póstumas en las que el personaje se ufana de no haber permitido que nadie muriera de hambre en su demarcación- y el clero acostumbraba a darle al pueblo lo sobrante de las ofrendas y ceremonias religiosas, gracias a lo cual mucha gente tenía acceso puntual al consumo de carne.

Como es de suponer, la mesa del faraón estaba gloriosamente bien servida y atiborrada de toda clase de viandas. Eso no habrá ni qué decirlo. El soberano degustaba además las exquisiteces de los mejores cocineros del país. Parece ser que los antiguos egipcios estaban convencidos de que en su país se cocinaba mejor que en ningún otro -una convicción que comparten con otros pueblos, como el español de hoy-. La cocina nubia era considerada, directamente, una "porquería". Los egipcios se horrorizaban de cómo otros pueblos (posiblemente los antiguos hebreos, que los egipcios llamaban algo así como "beduinos de Yehwuó", tal vez una referencia a Yahvé) usaban la leche para hervir alimentos. A fin de cuentas, aquella gente se consideraba, como muchos otros pueblos posteriores a lo largo de la Historia, como el no va más de la aventura humana y la cúspide de todo lo que puede llamarse civilización, y observaban con suficiencia a los demás. En eso no seguían el consejo de las Máximas que dice que hay que aprender incluso del necio (en el supuesto de que lo sea, claro).


BUENO PARA COMER

Se hacían tres comidas al día. Desayuno al alba, almuerzo en el campo (habitualmente a la intemperie o detrás de un árbol: fue rara la presencia de "barracones" para que los operarios comiesen resguardados del sol) y cena en casa. Los braceros podían tomarse un tentempié de pan y cebolla. La cena era la comida principal del día, en la que se aprovechaba para invitar a otras familias y estrechar lazos. Como sabemos, hoy se recomienda que las cosas sean al revés: un buen desayuno, un almuerzo potente y una cena frugal, o bien varios tentempiés estratégicamente repartidos pero igualmente rematando con una cena suave.

-Hemos adelantado ya que el pan de trigo y de cebada es el alimento básico de la dieta egipcia (I). Se hacía pan de todas las formas y variedades imaginables, añadiéndole a menudo ingredientes extra -como higos y semillas de otras gramíneas- para enriquecerlo. Abundan las representaciones del pan, los moldes donde se cocía y el proceso de panificación en numerosos frescos y bajorrelieves. El Antiguo Egipto fue fundamentalmente la tierra del pan, pan, pan y más pan, al que se añadiría la cerveza hecha de los mismos cereales. De hecho, el impuesto principal en el país era la exacción de grano, que debía pagar el sufrido campesino y se cobraba el funcionario, generalmente un escriba escoltado por nubios armados con porras. Si el campesino no cumplía con el cupo estimado, los nubios entraban en acción. Así era la época. En realidad, agricultura cerealera de subsistencia y tiranía suelen darse la mano a lo largo de la andadura humana.

-El Antiguo Egipto era pródigo en platos dulces, si bien existe menos iconografía y la preparación se conoce peor. La repostería egipcia se apoyaba en la miel, los dátiles, las algarrobas, los higos, las uvas pasas y el arrope, o mosto cocido que adquiere textura de légamo. Cuando hablamos de repostería, eso sí, hay que pensar en productos más bien duraderos y que resistan la temperatura media del país, por lo que el alimento dulce por excelencia era la galleta, habitualmente hecha con pasta de dátiles, miel y grasa de toro. También conocían la chufa -que por entonces no existía en Iberia (nos llegó con la cultura árabe) pero ya los chinos apreciaban por sus cualidades medicinales-, elaborando galletas de su tubérculo.

-La carne, como no podía ser menos, era el plato estrella, por su gran densidad nutricional y por su relativa escasez. Los egipcios apreciaban enormemente la carne, como la inmensa mayoría de las sociedades humanas, estando ese aprecio en proporción inversa a su disponibilidad, también como casi siempre en los asuntos de los humanos. El campesino del país del Nilo tenía acceso ocasional a la carne, siendo en sí un vegetariano práctico en la casi totalidad de su dieta. La donación de carne, despojo ritual, por parte de la casta sacerdotal se convertía en una pequeña fiesta para aquella gente.

Animales domésticos comunes eran el cerdo y la cabra, si bien no han calado tanto en la representación artística ni en la divinización. En este caso el ganado bovino se ha llevado la palma (recordemos al buey sagrado Apis). De los bóvidos se aprovechaba todo. No obstante, el recurso cárnico era más amplio. Curiosamente, al parecer desconocían las gallinas, que llegarían tiempo después tal vez por influjo helénico. En su lugar criaban patos y ocas. Éstas tenían criadores especializados que las cebaban a la fuerza: la grasa de estas aves tenía un gran valor para la farmacopea egipcia, entonces ya muy desarrollada. También le hincaban el diente a palomas, perdices, codornices, garzas y prácticamente cualquier plumífero que se les pusiera al alcance. En la caza entraban igualmente el ónix, la gacela y el íbice, si bien más ocasionalmente. Muy de tarde en tarde, algún hipopótamo.

Un detalle muy chocante es que criaban en cautividad, cebaban y comían ¡hienas! También se zampaban otros mamíferos no menos sorprendentes como erizos e incluso ratones. Los erizos aparecen en bajorrelieves funerarios cuyo contexto es la pitanza post-mórtem. Huesecillos de ratones, plato particularmente poco adecuado para darse aire -no los esperéis en el arte ritual-, se han encontrado en el estómago de algunas momias. Ay, las técnicas modernas, que no respetan nada.

La manera más habitual de preparar la carne era hacerla a la parrilla en un espetón, o asada. Aparte de que está muy rica, tiene un sentido ritual, pues el olor asciende hacia la divinidad. En otros ámbitos religiosos, tanto Zeus como Yahvé se sienten complacidos con los churrascos olorosos. También se conservaba deshidratada, o en un medio de conserva como la miel, la grasa o incluso  la salmuera (si bien ésta se aplicaba preferentemente al pescado). Los egipcios, dado que el tema no estaba para tirar nada, aprovechaban bien los bichos que comían: sesos, lengua, entrañas, tuétano, sangre ....

-El Nilo era por entonces, antes de la pesadilla de Darwin, un río muy generoso para los pescadores -aquella civilización, dicho sea de paso, apreciaba el placer de irse de pesca en plan dominguero: no lo inventaron los useños-, lo que ayudó a que el pescado se convirtiese en la principal y más socorrida fuente proteínica del pueblo egipcio. Imagino que si las aguas del Nilo hubiesen sido más tacañas, aquella civilización no habría podido tener lugar o, tal vez, no habría durado tanto.

Las gentes en el campo podían sacar la cabeza y soportar su fuerte ritmo de vida gracias al pescado, sin duda. No sólo de pan vive el hombre, y menos arando y sembrando como un campeón. Los bellos bajorrelieves de la mastaba de Mereruka (donde las generosas aguas nilóticas parecen bullir de carpas, percas, jibias y mil sabrosos bichos más), en la necrópolis de Saqqara, nos dejan constancia de lo mucho que apreciaban los frutos del Río. Uno de los más deliciosos eran las huevas de mújol, pez de mar que remontaba el curso inferior nilótico para desovar.

-Otro buen apoyo nutricional para aquella gente lo fueron los derivados animales, entendiendo como tales la leche, el queso, la mantequilla y los huevos, entre ellos los de avestruz. Aquí también hay que sumar la miel, que empleaban para mil cosas, si bien de todos los alimentos de origen animal apuntados aquí es sin duda el menos nutritivo.

-Hortalizas. Tenían notable peso las legumbres, como sigue ocurriendo en la cocina egipcia contemporánea. Habas, garbanzos y lentejas sobre todo. La cebolla y el sanísimo ajo estaban presentes en sus recetas. Apreciaban el pepino, el puerro, las lechugas y el apio. También la calabaza, si bien pudiera haber sido introducida en tiempos muy tardíos. Curiosamente comían papiro, la parte tierna del tallo, y loto blanco (II), las raíces y las semillas, también muy valoradas en farmacopea. Aquí no está de más citar algunas de las especias más empleadas por los egipcios: cilantro, sésamo, albahaca, anís y tomillo sobre todo.

-Frutas. Las que comían se caracterizaban por su dulzor en boca. Como estamos viendo, los antiguos egipcios abusaban de los sabores dulces. Citemos las algarrobas, si bien el algarrobo en puridad de conceptos es una leguminosa. Las algarrobas y los dátiles eran frutos muy queridos por su gran proporción de azúcar y por formar parte de numerosas recetas. De ellos y del higo era de donde los egipcios solían extraer el azúcar (todavía no conocían la caña ni la remolacha azucarera). Obviamente, conocían las uvas, que solían pasificar o aprovechar para hacer vino y mosto. Valoraban en alta medida el sicono, una variedad de higo que daba un árbol muy asociado a la divinidad y al rito, el sicómoro. También comían el fruto de una variedad de persea y de la palmera dum, otro árbol divinizado. Conocían la granada, el melón y la sandía. También conocían la sanísima manzana, pero parece ser que su consumo era ocasional y como curiosidad.

-Ya que citamos el vino, digamos que el Antiguo Egipto no escapó de la ambivalente influencia de la invención de Noé. Los egipcios lograron aclimatar cepas venidas de Siria y Palestina en su suelo, prestándole -como en general a toda la alimentación: fueron unos adelantados en intendencia- suma atención al detalle y hasta a la trazabilidad, pues en las tinajas de vino casi siempre venían reseñados el año de cosecha, el origen geográfico concreto, el viticultor, la clase de vino y el destinatario.

Dentro del vino había clases, de mejor y peor calidad. Tenían su "peleón", el que podían permitirse los braceros. Y, como parece ser una constante, gustaban mucho del vino dulce. Para endulzarlo le añadían puré de higos, o miel. O bien aprovechaban el primer mosto, lo prensaban y lo cocían hasta conseguir arrope, un jarabe que empleaban profusamente.

La embriaguez y el alcoholismo fueron norma en el Antiguo Egipto. No escasean los textos que por una parte critican y censuran esa actitud, recomendando mejor un camino de moderación y sensatez, así como otros que celebran la faceta más orgiástica de la costumbre de beber un trago, como si la vida fuese una celebración continuada o, quizá, una horrible cárcel de la que evadirse por el aturdimiento y la vana euforia del alcohol. Por entonces ya tenían casas de la cerveza, locales a medio camino entre el pub para moscas de bar y el club de alterne. La mayor variedad de bebidas espirituosas que se podían consumir en aquella sociedad se encontraban sin duda en aquellos antros. La savia de algunas palmeras -muy dulce, como parece tónica del mundo egipcio- era fermentada con levaduras obteniendo un sucedáneo de vino muy apreciado.


ERES LO QUE COMES

Llegados a este punto, si uno observa el listado de productos que componían en grueso de lo que aquellas gentes se llevaban a la boca, tendrá que admitir que al menos en principio es muy equilibrado, hay de todo en él o, al menos, los famosos "grandes grupos alimentarios". El equilibrio, la variedad llevada con mesura, es distintivo de una idea que ha quedado como marca, la dieta mediterránea. Ésta ha pasado al acervo mental de la gente como parte del Patrimonio Inmaterial de la Humanidad según la Unesco, entre el 2010 y el 2013. Su mayor impulso vino de un think-tank useño, Oldways, en cuyo seno se ideó la famosa pirámide alimentaria con los cereales en la base y las grasas animales y la carne roja en la cima -estoy de acuerdo con ese gráfico, pero por motivos muy distintos de los que les llevaron a idearlo así: la grasa animal y la carne roja son nutriente top, y el cereal justo lo contrario, si bien más abundante-. La identificación con el ámbito de Nea Talasia es, en buena medida, un freno a la homogeneización gastronómica y la globalización del carbohidrato-basura, un rasgo de particularismo cultural. 

Admito que la dieta mediterránea gana por goleada a la dieta occidental contemporánea. Asimismo, la abundancia de sol y aire libre del Mediterráneo unida al gusto por la mesura y la proporción, expresado en la filosofía y el arte paleotalásicos, tan admirados hoy, son invitaciones a la salud en un mundo como el actual que se desarrolla en desproporcionadas burbujas de ruido blanco, polución de todo signo y prisas hamsteriles que llamamos ciudades. Ahora bien, dicho esto, la alimentación egipcia no era equilibrada.

El humano extrae energía para sostener su capacidad de trabajo a partir de dos fuentes alimentarias principales: la grasa y el carbohidrato. Dado que la dieta egipcia era relativamente deficitaria en grasa, más cara de conseguir, el carbohidrato era el recurso idóneo. Ahora bien, el carbohidrato procedente del cereal es bastante pobre nutricionalmente hablando. Los restos humanos paleolíticos europeos tienen una constitución esquelética mucho mejor que los datables en la llegada del Neolítico: la agricultura cerealera parece venir a la par con una disminución de la estatura, mayor tendencia al encorvamiento, deterioro y pérdida de dientes, enfermedades antes desconocidas y una menor esperanza de vida. Cada vez es mayor el convencimiento de que una dieta basada en harinas de granos de cereal -a la que mucha gente manifiesta intolerancia- es negativa para el organismo. 

El reconocido cirujano cardiovascular useño D. Dwight Lundell ha sido de los autores que más revuelo han levantado con sus libros, en los que afirma sin dudar que toda dolencia cardíaca es un proceso inflamatorio, derivado del daño que hace al delicado revestimiento de nuestros vasos sanguíneos cada "pico"de insulina. Veamos. Cada vez que ingerimos un comestible de alto índice glucémico, nuestro páncreas reacciona liberando insulina para estabilizar el azúcar en sangre. ¿Qué hace con ese azúcar? Lo transforma en grasa. Por eso mucha gente obesa sigue siéndolo aunque no pruebe la grasa nunca. Cada vez que el páncreas -un órgano delicadísimo: es el único órgano humano que, arrojado a una pared, no rebota sino que revienta y se queda adherido hecho papilla- es soliviantado, más riesgo se corre de que se deteriore y deje de hacer su crucial trabajo, entrando el organismo en riesgo de desarrollar diabetes. 

La marea de insulina tiene un efecto rebote: tras un atracón, deprime en exceso la presencia de glucosa en sangre, con lo que el organismo entra en hipoglucemia. Paradójicamente, gente obesa que toma muchos azúcares y mucha fécula tiene poco azúcar en sangre, algo que les lleva a sufrir un perfil anímico deprimido (que se refuerza por el rechazo que nuestra sociedad californizada muestra hacia los gordos) y una baja energía vital, lo que compensan comiendo más, en un penoso círculo vicioso. La presencia de insulina, además, estorba la segregación de hormona del crecimiento, que es fundamental para nuestro potencial inmunitario y que sería idónea para la quema de grasa acumulada.

En esto el cereal no es el único culpable. Los egipcios comían demasiados dulces, como hemos visto. Las frutas que consumían tenían generalmente un alto índice glucémico (y la manzana, muy buena para regular el azúcar en sangre, era de consumo residual por entonces). Su sociedad estaba muy azucarada para su época. Menos, eso sí, que ahora .... pero nosotros al menos tenemos una clínica dental casi en cada calle. Un organismo que recibe azúcares tenderá a quemar éstos en vez de la grasa acumulada. Bueno, se dirá que los egipcios de la Antigüedad estaban delgados. Sí, pero por deficiencias nutricionales más que delgados estaban desnutridos. Mientras, los egipcios que no trabajaban en el campo -es decir, un 10% de la población- comenzaron a sufrir obesidad y los efectos perniciosos de ésta. Por ejemplo, el archifamoso visir Hemiunu trabajaba -muy bien- con su mente y se movía mucho menos que un campesino, y lucía una llamativa ginecomastia. 

Nuestro organismo, habituado a crear sinergias metabólicas, aprecia comestibles ricos en nutrientes no sólo porque tienen "más de todo" sino porque vienen acompañados adecuadamente. Por ejemplo, una buena ratio para absorber calcio es que venga en 2:1 con el fósforo. O que el ácido graso omega-3 esté como mínimo en 3:1 con el omega-6. Cuando las ratios adecuadas no se dan, el organismo se desprende de sus propios minerales para intentar compensar el desequilibrio, empobreciéndose. Por otra parte, existe el problema de la mala compatibilidad de la fécula en la digestión, pues es descompuesta por una enzima que tenemos sobre todo en la saliva, la ptialina. Ésta se estorba con la pepsina, enzima que en el estómago se encarga de la digestión de la proteína en un medio súper-ácido. El resultado es un bolo alimenticio a medio digerir, que no nutre como debiera y produce toda suerte de desarreglos en el tracto intestinal pues la tarea que no hicieron las enzimas es rematada por las bacterias. Se rompe el equilibrio entre probióticos y bacterias putrefactivas, que comienzan a proliferar con intensidad (se aprecia en el arte egipcio a gente delgada de miembros pero con el vientre hinchado). Buena parte de la mala fama de la carne proviene de digestiones incompatibles. Por otro lado, la sacarosa -que los egipcios ya empleaban, y muy profusamente- dificulta la digestión de las féculas pues inhibe la secreción de ptialina. No sólo la proteína mal digerida causa problemas, pues esa ausencia de digestión del carbohidrato tendrá que ser realizada en el intestino por la amilasa del atareado páncreas, y para entonces el carbo estará ya comenzando a degradarse y pudrirse. 

A eso hay que añadirle otros apuntes. El exceso de cerveza dificulta la digestión, no ya porque el alcohol sea dañino sino porque un exceso de líquido diluye la necesaria acidez del medio estomacal para realizar su tarea. También la presencia continua de pan, un alimento cocinado, dificulta la sana costumbre de comenzar una comida con alimentos crudos. Se sabe que comenzar una ingesta con alimentos cocinados genera un pico tóxico de leucocitos en sangre. También que la cena sea la comida principal del día es contraproducente. Para la digestión necesitamos cortisol, pero ésta es una hormona diurna, por lo que para ayudar a las tareas del hígado éste requiere adrenalina (de ahí que, mientras un buen almuerzo da sueño, una buena cena da "ganas de marcha"): si abusamos continuadamente de las cenas, el órgano termina pasándonos factura. 

También está el exceso de acidificación corporal. La sangre humana tiene un PH levemente alcalino, entre 7.35 y 7.45. Si nuestra dieta amenaza ese PH con una excesiva acidez, el organismo reacciona evitando que la sangre baje su PH (podría causarnos coma o la muerte súbita), generalmente arrojando a la marea ácida minerales alcalinos de nuestros propios tejidos, empobreciendo nuestra salud. Cuando eso no llega, el organismo se acidifica terriblemente, originando numerosos males. Los problemas de la acidificación humana son prolijos de contar. Ahora, que si la carne y los huevos, potentes nutricionalmente, son algo acidificantes, acompañados de una guarnición alcalinizante -las hortalizas comunes, por ejemplo- la cosa se compensa. Si esos acidificantes son acompañados de otros acidificantes, como los derivados del cereal, el azúcar y el alcohol, el equilibrio desaparece y nuestra salud corre peligro. El organismo hace lo que puede. El pluriempleado páncreas llega incluso a segregar bicarbonato de sodio para frenar esa acidez.

En general y según lo que hemos comentado, se puede afirmar que los antiguos egipcios estaban mal alimentados. Demasiado pan -para terminar de complicarlo, en la harina se colaba abundante arena de desierto, que deterioraba las dentaduras-, demasiado alcohol, demasiados azúcares y poco alimento con verdadera densidad. Incluso el pescado, que sí era abundante, al ser de río tenía menos cantidades de omega-3 que el pescado marino. Todo esto que estamos diciendo, ¿tiene alguna relación con lo que conocemos de la salud en el Antiguo Egipto? ¿Enfermaban mucho o poco, y de qué enfermaban? ¿La casta dirigente se salvaba de la situación? Veremos.

La esperanza de vida de los antiguos egipcios, puede asegurarse, no llegaba a los 30 años. La imagen hollywoodiense de un Egipto opulento y versallesco debe entenderse como lo que es, un tópico burgués similar al de la pintura de un Alma-Tadema, por ejemplo (sin entrar en la calidad de unos y de otro), y no la realidad. Pero es que ni siquiera las castas altas se escapaban de una mala calidad de vida.

-Las epidemias eran frecuentes. Incluso costaron la vida de faraones, como el célebre Tutankamón -cuya constitución ósea era deficiente-, quien murió a los 19 años a buen seguro por la malaria.

-Las afecciones del sistema circulatorio estaban a la orden del día. Es lo que esperaría el doctor Dwight Lundell, sin duda. Existe registro de ateroesclerosis, angina de pecho, calcificación arterial y varices entre otras varias afecciones.

-Los egipcios padecían de tuberculosis pulmonar, así como de formas de neumoconiosis.

-Las mujeres sufrían específicamente decenas de tipos de calcificaciones, quistes y bultos, prolapso de útero y amenorrea patológica.

-Conocían y sufrían la viruela, que incluso le costó la vida al faraón Ramsés V.

-Sufrían de tétanos, a juzgar por las descripciones de los papiros, si bien no conocían la enfermedad como tal.

-Sufrían de poliomielitis -también la casta alta, e incluso el faraón Siptah, que murió casi adolescente y con un físico enclenque-, aunque no la tenían diagnosticada.

-No era rara la degeneración del esqueleto. Hay numerosos casos de momias con encorvamiento patológico temprano, y varias concretamente con espondilitis anquilosante. Abundantes ejemplos de osteoartritis.

-Sufrían varias enfermedades parasitarias. Se han encontrado oolitos del parásito de la esquistosomiasis en numerosas momias, por ejemplo.

-Es altamente probable, según las descripciones médicas, que padecieran lepra.

-Padecían cálculos renales y vesiculares, incluso individuos muy jóvenes. También los varones padecían dolorosas dolencias como la prostatitis y la estenosis uretral.

-Padecían toda clase de dolencias oculares, si bien eso era debido fundamentalmente a la arena desértica en suspensión. Nutridos casos de ceguera. Es de suponer que el típico ojillo pintado egipcio se corresponda con un protector ocular.

-Padecían cáncer. Sí conocían la diferencia entre tumores benignos y malignos. Describen ocho tipos distintos de cáncer de mama. En momias de tres dinastías reales se han encontrado tumores malignos calcificados, según el estudioso Augustus Grenville, quien además adjudica al cáncer como responsable de la muerte prematura de la faraona Hapshetsut (que también era diabética y estaba casi desdentada).

-Se daba con gran frecuencia la acondroplasia -abundan las momias que la testifican- y la espina bífida. Otras enfermedades de nacimiento con cierta incidencia fueron la hidrocefalia, el paladar hendido y el pie equino.

-Diabetes. Ya estaba descrita en el s. XVI a.C, pero puede que se conociese ya en el 3000 a.C, por Hesy-Ra, el primer médico egipcio.

-Afecciones dentales. Es la más extendida de todas las dolencias. Gentes desdentadas prematuramente, con caries insoportables y en los casos que se lo podían permitir con prótesis y dentaduras postizas bastante logradas. El Antiguo Egipto fue el pueblo del dolor de muelas. De hecho Hesy-Ra, padre de su medicina, era también "el maestro dentista". Añadamos que el hecho de tener una bien surtida placa bacteriana no es un problema meramente estético, pues como se ha sabido la entrada de algunas bacterias (como el streptococcus gordonii) en el torrente sanguíneo puede formar trombos, endocarditis y hasta la muerte.

La mala dentición es algo muy común en sociedades neolíticas así como francamente raro de ver en pueblos cazadores-recolectores (con algunas excepciones: pienso ahora en los amazonios piraha, con una dotación dental pésima en edad adulta). Sólo gracias al triunfo del liberalismo capitalista -que aceleró como jamás en la historia humana el avance científico y técnico, y permitió la entrada de una gran cantidad de alimentos mejores que el pan de centeno en nuestra dieta- y a su derivado luciferino el californismo -que ha impuesto la sonrisa como icono mundial de la gestualidad humana: desde la fundación de Hollywood todo el mundo sonríe- las dentaduras occidentales ya son otra cosa. La democracia exige tácitamente líderes que no estén mellados, que tengan una sonrisa agradable, tranquilizadora (quien no sonríe por estar mellado transmite desconfianza, y no es votado). Antes daba igual. Y en los países no democráticos también daba igual: véase cómo Stalin y compañía estaban desdentados. Además, la impresionante explosión demográfica de gentes europeas lograda por el liberalismo capitalista aseguraba un mercado muy poderoso para los profesionales de la odontología. Por eso no podemos hacernos una idea cabal de lo que tuvo que ser aquel Egipto faraónico en el que los mismos monarcas tenían una dentadura impresentable.

Desconfiad de quien no sonríe.


CONCLUSIÓN, O ALGO PARECIDO

Es evidente que quien esto escribe es sólo un aficionado con culturilla y que no tiene nada particular que aportar al tema, y que nada puede probar al respecto. Está claro que en la sanitarizada-farmacologizada sociedad de hoy si a la gente le haces un chequeo te sale de todo. Cuanto más avanza la medicina, menos gente totalmente sana hay, porque más cosas te encuentran. Que coincidan una mala alimentación y una mala salud puede ser eso, una coincidencia. Lo dicho no prueba nada.

Cierto, a día de hoy nos pueden encontrar de todo. Pero la esperanza de vida -disparada tras la aparición del liberalismo capitalista, y que hasta que apareció seguía siendo raquítica y prometía seguir siéndolo per saecula saeculorum: seguro que también es una coincidencia- en España es de 82 años. Los achaques no te salen a los veinte, por regla general. A los treinta la gente no suele estar desdentada, encorvada y llena de cálculos y parásitos, como los antiguos egipcios. A pesar de la insistencia de la Gran Rueda en que nos sumemos al carbohidrato basura, insistencia que ya se está haciendo notar en nuestro panorama sanitario, nuestra sociedad ha podido compensarlo con mejor acceso a la carne y al pescado de agua fría, a mayor variedad de frutas -muchos cítricos entre ellas- y a una reivindicación de la verdura como fuente de salud. Eso ha permitido que en la Inglaterra actual hayan podido igualar la estatura de los ingleses del siglo X. Dentro de nuestras posibilidades, e incluso en el mismo corazón del Neolítico Tecnoindustrial, alguien con ingresos moderados se puede permitir una dieta low-carbs, no sólo tiene acceso a ella gente millonaria, como Novak Djokovic cuando empezó a ganarlo todo. También puede permitirse el lujo de optar por una dieta vegetariana sabiendo que con poco poder adquisitivo puede obtener carne cuando quiera.

No. Nadie puede convencerme de otra cosa. Existe una relación inequívoca entre lo mal que comían los antiguos egipcios y la horrenda vida que llevaban, por mucho que su legado cultural-artístico nos haya dejado en el alma un poso seductor. No pretendo demostrar nada sino, como de costumbre, suscitar la curiosidad, contribuir al debate, animar a un mayor conocimiento. Los humanos estamos abocados a conocer o a degenerar. De nosotros depende escarmentar en cabeza ajena, gozando del legado de nuestros antepasados pero aprendiendo de sus errores.

O eso, o a ver qué legado dejaremos nosotros.



(I) - Un texto que recomendamos y del que hemos extraído sabrosa información es La Cuisine des pharaons (2003) de Pierre Tallet, obra que si no me equivoco está traducida al castellano para la editorial Folio.

(II) - El loto blanco es una de las plantas más simbólicas que existen. Sus propiedades extáticas son conocidas en el Mediterráneo y Oriente, dio nombre a una sociedad secreta china de importancia crucial y su asociación con el lirio la ha convertido en emblema de pureza -dos nombres de mujer, Susana y Lilia o Liliana, provienen de ese bello simbolismo: la pureza en la mujer tenía un gran valor en la Antigüedad-.


16 comentarios:

  1. La imagen del campo de cerales llama la atención. Sus rasgos son claramente neatalásicos pero con el pelo de un color que sería exótico para ellos. En Egipto en general se ve gente neatalásica pero es curioso como aparecen rasgos de otros grupos poblacionales, de una forma más o menos evidente en cada caso. Ya comentamos en una ocasión incluso los ligeros rasgos subsaharianos de algunos egipcios, aunque fueran menores. Prueba de que por aquel entonces ya había mezcla de pueblos y los intercambios poblacionales no son en absoluto un fenómeno de los siglos recientes. Siempre se han producido. Y no cabe duda de que los egipcios de hoy, aunque exista un poco de continuidad, ya no tienen ese aire tan marcadamente propio de antes con esos rasgos neatalásicos tan exagerados que tenían. Sigue habiendo algunos, por supuesto, pero son gente ya cambiada y muy variada y se nota hasta en lo cultural con el islam que rompe una brecha con lo anterior. De la cultura egipcia vieja ya no queda nada en el país, salvo los restos arqueológicos.

    Como curiosidad, según estudios recientes, los esclavos estaban mejor alimentados de lo esperado y se sabe que el faraón hasta llegó a intervenir en favor de alguno en rollos judiciales de derechos.

    Y otra curiosidad, eran tan arrogantes como cualquier otra civilización, en eso todas coinciden. Egipcio en su propia lengua significaba "humano". Muy parecido a los griegos, que pensaban que Grecia era la humanidad auténtica y luego estaba el resto del mundo.

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  2. Muy buena. Es verdadero que existe una cierta continuidad, habría que calibrar cuánto. Pero un cierto grado mayor o menor es innegable.


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  3. Siguiendo la política de contenidos de Blogger, he retirado la imagen de la estela de la XVIII dinastía en la que aparecía un sacerdote con polio, porque al fondo de la estela se aprecia un personaje posiblemente desnudo, no se aprecia bien pero en vista de que Blogger podría interpretarlo como un desnudo y además no-artístico, me curo en salud retirando esa imagen.

    Para la gente a la que le gusta mi blog: si encontráis alguna imagen o vídeo que contenga desnudos (entiendo que Blogger se refiere a desnudos humanos) o sexualidad explícita, hacédmelo saber. Muchas gracias por anticipado.

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  4. Menudo engendro ese sujeto jajajaja....

    ¿Albinos?, entonces como es que la mayoria de blancos nos podemos broncear sin problema. La excepcion serian los pelirrojos que tienen problemas en ese aspecto, solo mira lo que le pasa a cualquier pelirrojo que lo expongas al sol tropical.

    En la prehistoria, Europa sufrio varias oleadas humanas, posiblemente los primeros fueron de tipo koishan (de ahi que hay algun que otro europeo con el haplogrupo paterno A, que no se explica con migraciones recientes o cualquier circunstancia reciente), pero parece que posteriormente llegaron protocaucasicos vinculados posiblemente con el haplogrupo IJ (cromagnon). Europa puede que sea mas bien resultado de esa migracion de los "IJ", ademas claro, de los neoliticos y los misteriosos eurasiaticos del norte (haplogrupos paternos R1a y R1b).

    Interesante ese mapa que puso sobre la evolucion de las religiones, ¿que opinas de ese grafico Hombre Lupa?

    https://i.imgur.com/qc6i6SU.jpg

    Felipe

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    1. Bueno .... es un gráfico ;-)

      A ver cuándo hacen uno pero no de donde vienen las religiones sino hacia donde van.

      La esteatopigia de algunas "venus" del continente europeo parecen apuntar a un lejano origen joisán, siquiera cultural.

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    2. Supongo que el paganismo europeo mas ancestral, (previo al indoeuropeo y a las invaciones neoliticas) era de raices koishanidas. Aunque curiosamente no hay esas venus con esteatopigia en Africa del sur, al menos hasta donde se.

      Felipe.

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    3. Tal vez los habitantes de la Europa de entonces registraban artísticamente algo que les resultaba exótico y evocador, quién sabe, mientras que para los pueblos africanos la esteatopigia era algo cotidiano que no había por qué "inmortalizar". Un poco como el impacto que supuso Sarah Baartman entre los públicos londinense y parisino.

      Esas épocas dejan mucho terreno a la especulación. Vete a saber.

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    4. No se tu, pero a Hesy-Ra si lo veo algo negroide segun esa imagen. Parece de esos tipicos habitantes de Eritrea, Sudan y en general el cuerno africano (mezcla semitica y negroide).

      Felipe

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    5. También podría pasar por maya, ya puestos:

      https://www.locogringo.com/wp-content/uploads/2010/11/lifemaya.jpg

      Las imágenes del Egipto antiguo son muy dadas al sesgo del observador ;-)

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  5. Interesante, por lo expuesto yo estaría desnutrido (flaco y con el vientre hinchado). Tengo una dieta que se basa sobre todo en pastas, carnes, tubérculos, legumbres y dulces... Frutas no como, ni verduras de colores vistosos... Que me recomendarías comer puntualmente para balancear mi dieta? (y por favor no médicas que todo jeje).

    A propósito ya que andamos en el tema, que efectos tienen la dieta kosher y la halla?

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    1. Hombre, anónimo, me estás pidiendo unos consejos que no puedo darte, pues no soy especialista ni tengo titulación. Creo que sé algo del tema y lo comento en general, pero de ahí a recetarte una dieta va un trecho que no me corresponde cubrir.

      ¿Haces deporte? ¿Pesas, calistenia, marcha, natación? ¿Tomas alcohol? ¿Cuál es tu constitución natural?

      Yo perdí más de 30 kilos en unos cuatro meses, una barbaridad, cortando carbohidratos. Unos días con cero carbos, para entrar en cetosis, y luego iba añadiendo carbos lentamente. Las dietas cetogénicas tienen cada vez más adeptos; ahora, que unos te dirán una cosa y otros te dirán otra. Lo que sí parece claro es que los cuerpos cetónicos tienen un efecto neuroprotector, entre otras muchas virtudes. Quizás un día hablemos más a fondo del tema.

      En mi caso, soy mayoritariamente nórdico-rojo, es decir, provengo en buena medida de un territorio muy frío y de un grupo humano adaptado a él y a una dieta en la que la glucosa era rara de encontrar. La dieta era básicamente cetogénica. ¿Qué ocurría con aquella gente adaptada al frío y que básicamente comía carne y grasa? Pues que cuando encontraba de vez en cuando una fuente rápida de glucosa -como por ejemplo una colmena de abejas, o unos arándanos-, su organismo tendía a "atesorarla" sabiamente convirtiéndola en grasa corporal, que era el combustible de fondo de aquella gente. Vivían de cuerpos cetónicos y de sintetizar glucosa internamente, lo que convertía sus cuerpos y sus cerebros en verdaderas centrales térmicas.

      Claro, los NR viviendo en esta civilización -que en gran medida han ayudado a crear-, rodeados de glucosa por los cuatro costados, tienden a la obesidad entre otras muchas dolencias.

      Yo no comería dulces, oye, francamente. También tenía pensado un artículo sobre la sacarosa pero creo que sobre ella está todo dicho ya.

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    2. Una de dos, o uno recurre a un especialista (que no siempre es la panacea) o hace el trabajo de campo por sí mismo, recopilando info, leyendo, estrujándose el cerebro, memorizando datos, y probando lo que le sienta bien.

      A mí me sienta muy bien estar en low-carbs y hacer ejercicio breve y duro, con ocasionales marchas. Ahora, el carbo es tentador, casi como una droga, y a veces caigo, para después notar que no me siento bien. También me gusta la leche, pero prefiero prescindir de ella, cada vez que la tomo empiezo a crear moco en la garganta así que mejor no la tomo nunca. Mi estado de ánimo, en general, es también muy sensible a los carbos y a sus efectos.

      Si estás flaco y con el vientre hinchado, y tomando esa dieta .... yo de ti pillaría libros y artículos sobre nutrición. ¡Salud!

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    3. Muchas gracias por tu comentario, me interesó lo de la dieta cetogenica (empese a investigarlo), por lo demás pues hago cardiovascular una vez a la semana y voy a empezar gimnasio (y a tomar creatina para formar un poco de masa muscular), y tomó alcohol semana si, semana no... Gracias de nuevo por la molestia de contestarme, y como dices: salud!

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    4. Estoy convencido de algo: para el identitarismo como opción ideológica de cambio social, así como para el individuo concreto que quiere vivir y cultivar su identidad, un buen conocimiento en materia de salud y deporte es imprescindible. Un físico guerrero e inconformista debería acompañar siempre a una alma guerrera e inconformista. Además, es una impronta que se deja en los demás cuando te ven. Se supone que estás representando algo, aunque ese algo aún no lleve unas siglas concretas.

      Señores, a informarse y a disciplinar el cuerpo.

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    5. ¿No estoy muy metido en temas de ideologías, pero, ¿se puede ser liberal y a la vez identitario y racista (en el sentido de desear la preservación y separación de tu propia comunidad "racial")?

      Al menos que yo sepa el identitarismo y el sentimiento de identificacion con tu "raza" va mas con ser conservador.

      Espero me aclares eso.

      Carlos

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    6. Los pioneros del liberalismo eran patriotas, y seguramente tenían una visión racista del mundo, al menos desde la aparición del darwinismo como justificador del sistema colonial. Mientras, el conservadurismo puede ser totalmente antirracista y anti-identidad (sin ir más lejos, cierto pan-iberoamericanismo).

      Lo que pasa es que llevamos un siglo mamando estatolatría pura. Y una de las máximas de la estatolatría consiste en acusar al liberalismo de cualquier mal. ¿Desde cuándo es incompatible defender la supervivencia de un pueblo con ideas como la división de poderes, las libertades personales y la defensa del mercado? Con lo que sí es incompatible el liberalismo es con el sistema de paguitas estatólatra de hoy, cuyas consecuencias vemos. Ya estamos viendo a qué nos lleva el estatolatrismo actual. Estamos viendo su radical fracaso.

      No hay una sola manera de defender la propia identidad y el propio país. Unos cuantos creen que es la suya, concretamente la suya, la "buena". En fin, ahí quedan sus esplendorosos resultados electorales, en los que no les han votado ni sus conocidos.

      Y dirán "a pesar de que nuestra idea es la buena, hemos sacado 1500 votos en toda España, ergo en realidad nuestro pueblo es indigno de nosotros". Pues si lo consideráis indigno de vosotros, cambiad de pueblo o dedicaos a otra cosa. Ya estáis tardando.

      ¡Salud! Y gracias por participar.

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