miércoles, 12 de febrero de 2014

Las mujeres que no amaban la comida: apuntes sobre ayuno femenino radical y misticismo




Nota bene: el autor de este artículo no tiene titulación en materias académicas relacionadas con la salud, por lo que en ningún momento el texto debe entenderse como otra cosa que la expresión de unas reflexiones, y en modo alguno ningún tipo de consejo nutricional. Quien quiera que acuda a un especialista.


La vida es una sucesión de ciclos. El día, la lunación, la sucesión de estaciones e incluso la propia duración de la existencia. Hay tiempo para cada cosa, como dice Eclesiastés. Tiempo también para celebrar y para hacer duelo. Tiempo para expandirse y tiempo para volver sobre los propios pasos. Tiempo de excederse y tiempo de curarse de los excesos. Ese subir y bajar de la marea vital forma parte de nosotros y de cómo las distintas sociedades tradicionales encaraban el mundo así como nuestra actividad en él. Tras el Carnaval, la Cuaresma, por ejemplo. Sin embargo, la sociedad actual de la Gran Rueda no parece estar muy de acuerdo con eso. Para la Gran Rueda todo el tiempo debería ser de exceso, de gasto, de consumo, de marea creciente. Y si se da un flujo y un reflujo -como en la Navidad, fiestorro esperpéntico y vacío de su verdadero significado, seguida de la cuesta de enero-, no es por un ajuste de la naturaleza, sea la nuestra o la que nos rodea, sino por un ajuste contable. 

Las sociedades tradicionales han observado la abstinencia de comida o ayuno como una práctica no menos tradicional, observada de modo milenario. Es de imaginar que las sociedades europeas cazadoras de tiempos prehistóricos lo conocieron, en una época en que se disponía de pocas alternativas entre presa y presa. Resulta ocioso ponerse a enumerar ejemplos de tiempos paganos, durante los cuales el ayuno era tenido por algunas de sus mentes más descollantes como una eficaz arma de purificación, no estrictamente espiritual sino también física. La victoria del cristianismo no supuso la desaparición del ayuno, que recibía el espaldarazo de la "religión verdadera" como una mortificación grata a Dios. La expresión mortificación no es gratuita, aunque no siempre tuviera ese sentido. 

Así, un ejemplo bíblico sería el de Jonás 3, cuando la gigantesca y pecadora megalópolis de Nínive quiso evitar su destrucción por Yahvé vistiéndose todos los habitantes con telas de saco, revolcándose en ceniza y ayunando, incluso los animales. Así también, en Judit 8: 6 la bella Judit de Bethulia, tras haber enviudado, ayunaba casi todos los días sin dejar de resultar muy grata de ver. Así, en Ester 4: 3 los judíos ayunaban, se tiznaban de ceniza y se vestían con sayales ante el anuncio de su inminente exterminio. Así también, ya en el Nuevo Testamento, según Mateo 4: 2 Jesús supera en el desierto un ayuno de cuarenta días antes de ser tentado por el Diablo (I), lo que guarda ecos de los cuarenta días que pasó Moisés en el monte Sinaí esperando las instrucciones divinas (Éxodo 24: 18), y durante los cuales se supone que no probó bocado.



En generalidad los ayunos tienen un propósito terapéutico o cúltico, así como también salvífico y prefigurador de una epifanía como en los ejemplos bíblicos. Son pequeños lapsos de tiempo durante los cuales la persona interrumpe el caudal de actividades sociales al que está acostumbrada, haciéndose a un lado del discurrir de los acontecimientos en pos de un objetivo personal -o, en casos como el de Nínive, un objetivo comunitario de supervivencia-, fundamentalmente purificador de cuerpo y alma. Completado el pequeño ciclo de ayuno, el humano está listo para reintegrarse en el río de la vida.

Las terapias de ayuno están más extendidas de lo que se cree, y no sólo por la moda del naturismo sino también por la herencia cultural que nos ha llegado, mejor o peor. Y eso a pesar de que la abstinencia de los viernes se ha ido suavizando en el mundo católico. Los estamentos nobiliario y clerical solían disfrutar de una dieta abundante en carne, pescado de río, pan, cerveza y vino, que purgaban con el ayuno del viernes. Con el tiempo, reyes y nobles comenzaron a obtener dispensas papales para saltarse ese ayuno, lo que hizo que su dieta altamente acidificante les pasase factura. La gota, derivada de un exceso de ácido úrico, se convirtió en la enfermedad clásica de los acomodados -aún no hacía furor el azúcar-. Mientras, el campesinado disponía de una dieta más pobre, pero quizá más equilibrada y menos ácida, aparte del hecho de que seguramente el ayuno entre la clase llana fuese muchas veces no una opción terapeútica sino una pura necesidad, lo que no impidió su desarrollo físico: se sabe que el inglés medio del siglo X tenía la misma estatura que el de finales del XX, ése que tenía la nevera atiborrada.

En ese punto, no se puede negar que el mundillo evangélico le ha hecho un adelantamiento en toda regla al católico. Mientras que el ayuno parece haber desaparecido de la predicación eclesiástica -¿cuál ha sido la última vez que habéis oído hablar a un cura de ayunar, salvo lo de sustituir la cena por un consomé o una fruta?-, abundan en YouTube y demás portales prédicas de pastores, generalmente iberoamericanos, en las que desgranan sus experiencias ayunatorias y las recomiendan abiertamente como un rito de paso que, una vez superado, da pie a una relación más directa y sana con la divinidad. En un sentido más laico, a efectos meramente terapéuticos, lo cierto es que las predicaciones como tales no existen, sino que tienden a limitarse a experiencias aisladas, que llevan a cabo tanto hombres como mujeres (II).

Ahora bien, ¿qué se puede decir de aquella gente que simplemente deja de comer, y punto, sin más, sin formar parte de un plan? ¿Tiene acaso algún sentido terapéutico hambrearse así? Alguien que se arrincona, incluso se encama, se aparta de todo y deja de comer, hace algo tan absurdo para nosotros que nos lleva a preguntarnos a santo de qué se mortifica así, pues lo que hace es morir en vida, perder su vitalidad, ese entusiasmo por la actividad y la conquista del mundo. Así como el entusiasmo es etimológicamente tener a Dios dentro, la mortificación parece sugerir algo muy distinto, a Dios y el alma abandonando antes de tiempo un cuerpo mortecino, que ya no es capaz de realizar actividad, que no genera nada hacia fuera de sí pues tampoco nada entra en él, bloqueando el vaivén de la energía que a todos nosotros atraviesa y cohesiona.

Pero ¿y si no fuese así? ¿Y si en virtud de esa abstinencia la gente hambreada alcanzase unos estratos del Ser que los demás no podemos entender, facetas de lo real que nos están vedadas? ¿Y si algunas de esas gentes, al igual que las que se mortifican de otras maneras, hiriendo y lacerando su propio cuerpo, encontrasen así la iluminación o quizá un secreto placer en vez de dolor? Entremos en materia.


Epiménides de Cnosos. Imagen: Wikimedia Commons.

El grueso de la mística cristiana parece tener una raíz anterior o, si se prefiere, unos predecesores paganos. Para entender el tema se hace imprescindible presentar a un personaje, Epiménides de Cnosos, del que casi nada medianamente estructurado se supo hasta que un erudito alemán, Hermann Diels, comenzó a dirigir la publicación de Die Fragmente der Vorsokratiker a principios del siglo pasado. En ese estudio crucial para la profundización en los pensadores presocráticos de la Hélade aparecía el tal Epiménides, un singularísimo cretense al que se le debe no sólo una célebre paradoja (III) sino también la primera descripción realmente completa de un místico europeo, hasta tal punto que prefigura a los más acrisolados santos católicos. Las experiencias místicas no llegaron a suelo continental europeo desde fuera (algo por otra parte obvio si nos acordamos, por ejemplo, de los druidas célticos), pero el caso del cretense aporta una serie de características que hacen de él un ejemplo inmejorable. Éstos eran sus dones:

-Bilocación. Podía estar en dos sitios a la vez, u observar algo que ocurría lejos de donde estaba él.

-Clarividencia. Podía saber lo que estaba pensando otra persona.

-Profecía. Atenienses y espartanos le apreciaban mucho por ello.

-Taumaturgia. Solón recurrió a él durante una peste, allá por el 596 a.C., que estaba asolando Atenas.

-Paradojas temporales. Se quedó durmiendo 57 años en una cueva sagrada de su isla, y tras despertar creyendo que sólo había dormido una siesta se encontró con todo cambiado y a su hermano convertido en anciano.

-Marcas espontáneas en la piel que eran entendidas como símbolos, algo similar a los estigmas cristianos o a la armadura de Buda.

-Ayunos prolongadísimos, a veces aliviados con tisanas vegetales cuyo secreto le había sido confiado por las ninfas del bosque.

Todo lo que se atribuye a Epiménides tiene su correlato en los futuros místicos cristianos. Incluso la paradoja temporal, con la que estamos actualmente familiarizados gracias al viajero de Einstein. Un ejemplo ibero de esto último es el de San Ero (relatado por las Cantigas de Santa María), quien escuchando cantar a un pajarillo se queda ídem 300 años regresando a su monasterio en Armenteira pensando que habían sido unos pocos instantes (IV). No será raro, y eso lo saben quienes conozcan un poco el tema de las manifestaciones místicas cristianas, encontrar en la misma persona al menos dos o tres de esas características, incluida alguna otra no vista todavía como es la levitación.

Ahora bien, cuando nos centramos en las gentes que simplemente parecen dejar de comer radicalmente, según afirman sus allegados y la gente que las conoce, y se pasan así días y semanas y meses y años (algo que teóricamente no es posible según la ortodoxia médica y nutricional pues un ayuno tan brutal lleva a la muerte por inanición: se considera que el cuerpo aguantaría de media alrededor de unos 60 días sin alimento), veremos que suelen ser habitualmente mujeres.

Es poco conocido el caso de una ayunante mística española, la espiritada de Gonzar, que así se ha terminado conociendo a la gallega Josefa de la Torre, mujer que vivió en una parroquia próxima a Santiago. Nacida en 1773, fue una niña distinta de los demás críos, pues era marcadamente piadosa, espiritual e inclinada al retiro. Se casó joven, costumbre de la época, y enviudó muy pronto, con treinta años y tres hijos a su cargo. En 1806 sufre un ataque nervioso, seguido poco después de otros, que la dejan postrada y casi totalmente ciega. Desde entonces hasta 1845, año de su muerte, no volvió a probar bocado, dicen. 

Aunque ahora la gente no la conozca, en su momento fue una pequeña sensación nacional, recibiendo por ello numerosas visitas. El clero local ordena que se la espíe. La criada encargada de seguir sus evoluciones asegura que no come cuando se cree a solas, aunque a veces se levanta y se peina. El arzobispado toma cartas en el asunto, despide a los criados y encarga a cuatro religiosos la vigilancia. Tras semanas de ayuno, el arzobispado da por bueno el suceso y retira la vigilancia. Un catedrático compostelano, Varela de Montes, la examina. Josefa no exuda secreción alguna. Su aspecto es bueno y tiene el rostro redondo. Sus sentidos estaban reducidos prácticamente al mínimo. Casi no ve, casi no tiene tacto ni olfato, casi no realiza el menor movimiento. Así muere en 1848. Su funeral fue un acontecimiento comarcal. Su línea se extingue: llega a tener tres nietos, que mueren todos a muy temprana edad.

En buena medida, el patrón se repetirá según citemos algunos de los casos más descollantes. Son famosas dos místicas del XIX, Ana Catalina Emmerick y Louise Lateau, especialmente por sus estigmas (y la primera por sus visiones precognitivas, que incluso aprovechó Mel Gibson para su film sobre las últimas horas de Jesús); no obstante, hay que apuntar que quienes estudiaron estos casos afirmaron que Emmerick pasaba largas semanas de ayuno, y que Lateau simplemente no comía (una vez bebió leche, vomitándola al poco rato sin que se hubiera cuajado -que es lo que ocurre rápidamente en nuestro estómago-: hecha analizar, no tenía restos de jugo gástrico). Veamos otros casos.

-Catalina de Siena (1347-1380), canonizada y doctora de la Iglesia, autora además de un epistolario de gran interés. Desde que comenzó a profesar hasta su muerte, ayunó con la excepción de la hostia consagrada. Ella misma dejó escrito que diariamente intentaba forzarse a sí misma a comer aunque fuese una sola comida, pero que no podía, simplemente le resultaba imposible. Catalina estaba igualmente estigmatizada y tenía visiones. Nada de esto le impidió una actividad intensa y fructífera.

-Santa Liduvina (1380-1432), holandesa, ayunará completamente con la excepción de la hostia consagrada.

-Isabel de Reute (1385-1420), franciscana alemana, era conocida por ayunar completamente, amén de por sus estigmas y su capacidad precognitiva.

-Apollonie Schreier, suiza del siglo XVI, ayunaba completamente. Pasó en observación tres semanas, durante la cual se comprobó que carecía de abdomen o más bien que éste se había consumido, pegándose la piel a la columna vertebral.. Aparece en ella otro rasgo que se irá haciendo igualmente habitual: la parálisis, generalmente de cintura para abajo.

-Janet McLeod, escocesa, es citada por un estudio de la Royal Society. En 1769 las mandíbulas se le encajan de tal manera que no puede ingerir alimento. Ya antes había tenido crisis epilépticas (tenidas de antiguo como enfermedad de los santos que aproximaba a lo divino) y se había quedado impedida de cintura para abajo. Sus piernas se habían atrofiado y doblado como si fuesen las patas de una mesa plegable. Hasta su muerte, Janet ni comió ni excretó nada.

-Maria Fürtner (1821-1880), campesina bávara, se alimentó hasta su muerte con agua de manantial.

-Zélie Bourriou, una campesina francesa que en 1896, ante la fama local de ayunadora que había adquirido, fue puesta en observación hospitalaria durante cuatro meses, durante los que no ingirió nada. Un dato importante es que había perdido a su marido y a todos sus hijos con anterioridad.

-Domenica Lazzari (1815-1848), mística italiana, detentadora asimismo de estigmas, fue controlada desde 1834 hasta su muerte sin que constase que hubiera comido en ningún momento de ese largo plazo de tiempo.

-Mollie Fancher (1848-1916), protestante useña, fue monotorizada por lo mejorcito de la profesión médica de Nueva York y su caso seguido al dedillo por el NY Herald Tribune. Siguiendo el patrón, tenía visiones celestiales y estaba paralítica. Con el tiempo perdió casi la totalidad de sus sentidos. La mayor presencia de la prensa hizo que el caso Fancher, o "enigma de Brooklyn", se convirtiera en un tira y afloja entre escépticos y creyentes, si bien parece ser que todos aquellos galenos que se molestaron en conocer el asunto en persona terminaron convencidos de que Mollie ayunaba permanentemente, al menos desde 1866 hasta su muerte.

-Therese Neumann (1898-1962), mística bávara famosa por sus estigmas, sin duda uno de los casos más documentados sobre el tema de la abstinencia alimentaria, y puede que el que más. Su ayuno o inedia duró cuatro décadas, renunciando incluso al agua desde 1926. No me consta si es cierto que durante el Tercer Reich su caso resultaba tan reconocido que no se molestaron en darle su cartilla de racionamiento.

-Una joven campesina austríaca llamada Elizabeth, luterana estigmatizada, que consta porque su caso fue estudiado a fondo por Alfred Lechler, estudioso también de la Neumann. Lechler consideraba que Elizabeth sufría una neurosis muy profunda, que la había llevado a una penosa peregrinación de clínica en clínica. Pero a pesar de todo, aunque no comía, no perdía peso, sin dejar de atender sus faenas diarias. Habiéndole preguntado el doctor, Elizabeth simplemente repuso que ante el temor de morir por inanición se decía a sí misma repetidamente "no debo adelgazar". Lechler comenzó a alimentarla por sonda, manteniendo su peso estable. Ahora bien, eran tiempos de psicoanálisis y de autosugestión -aportada por Émile Coué-, de modo que Lechler optó por hipnotizarla, sugestionándola para que a lo largo de una semana ganase 7 libras de peso (más de 3 kgs). Al cabo de la semana, había ganado exactamente ese peso. El doctor se convenció en ese punto del tremendo poder de la mente humana.


UN BREVE COMENTARIO

Las yoguinis inédicas europeas recuerdan las hazañas de los yoguis del hinduismo. No es extraño que desde la India también se interesasen por los viajes a los límites que aquí se realizaban. La Neumann fue visitada por místicos indios, por ejemplo, entendiendo éstos que se encontraban ante un fenómeno universal. Uno de aquellos visitantes, Paramahansa Yogananda, referenció en un libro el caso de Giri Bala, yoguini que llevaba la friolera de 57 años sin comer. 

En este punto, y en aras de un razonable sincretismo o al menos de un diálogo sereno entre cosmovisiones, me parece obvio que una visión bastante naturalista como es la del ascetismo hindú, que no encuentra en estos prodigios nada particular, puede servir para entender mejor los ayunos indefinidos de las místicas, teñidos  -por decantación cultural nuestra y por voluntad hagiográfica de sus más fervientes admiradores- de un sobrenaturalismo que quizá no sea tal. Quién sabe. Para los ascetas hindúes, la abstinencia lleva a un control muy eficaz del quinto chakra, el alojado en el cuello y el idóneo para controlar a su vez el akasha, que sería la materia sutil de que está entretejido el Universo. El nudo en el cuello, atravesado por una voluntad visionaria y esclarecida, estaría en condiciones de imbricarse en el tejido universal, recomponiendo su ser y "cargándose de energía" transmutada en materia -el otro tejido, el corporal, que no se pierde aunque se ayune eternamente-, limpiando el camino de doble sentido entre el cuerpo-alma humano y la esencia divina. 

Y es que, mientras que la estigmatización se puede apuntar en la cuenta de lo psicosomático, pues sus verdaderos límites se desconocen todavía, el sobrevivir e incluso no perder peso y mantener un aspecto agradable sin comer contradice lo que sabemos del mundo.


Imagen: NASA / ESA.

Personalmente confieso que determinados extremos de la mística cristiana, preferentemente católica, no me gustan, me repelen incluso químicamente, como eso de los estigmas. Y se me hace difícil entender cómo se puede servir a Dios simplemente dejando de comer, languideciendo en una cama, así sea por largas décadas. Si el hombre debe vivir en el mundo y hacerlo suyo, vencer en la lucha contra la entropía, los propios defectos y las dificultades, debe absorber energía de aquello que le rodea, ponerse en pie y presentar batalla. Todo aquello que simbolice fuerza, salud, voluntad, resolución y valores análogos debe sentirse escandalizado ante las muestras más exageradas de mística cristiana, que incluyen las más espantosas mortificaciones, si bien en este texto nos hemos limitado a la ausencia de alimentación. Entiendo, desde ese prisma de opinión, a quienes califican al cristianismo como una religión que promueve el odio al cuerpo, la enfermedad y la postración. Lo entiendo en buena medida, aunque hoy por hoy no lo comparto completamente -poco tiempo atrás sí-.

Aunque todo extremo es nefasto, y el cristianismo no resulta una excepción en ello, los extremos suelen convertirse en lecciones para los demás. Al igual que los cuásares en el confín del Universo, aquellas gentes místicas que dejaron de comer por años y años y años, así como los que se autoflagelaban y castigaban en la copa de un árbol o en lo alto de una columna en el desierto, nos enseñan nuestros propios confines, es más, se convierten ellos mismos en confines, pagando el precio de pasar a ser fuentes vivas de radiación, transformándose en caminos que nos comunican  con el otro lado.

El precio que pagan es sin duda elevado. No existe en ellos la transición aristotélica de la potencia al acto. Se convierten en acto puro. De eso modo pierden todo su potencial. Se postran en la cama y se atrofian. Un observador agudo habrá apreciado que las mujeres ejemplificadas no dejaron descendencia, o bien ésta murió: la cercanía de Dios las inscribe en otra órbita, retirándolas de la rueda de reencarnaciones. Es una renuncia que poca gente se atreve a hacer, la de agotar en sí un linaje reencarnado ofreciendo un camino expedito hacia la faz de Dios. Son boddhisatvas. Que casi todos ellos sean mujeres refuerza el sacrificio de no tener prole (recuérdese el abdomen vaciado, con la piel pegada a la columna, bastante común entre las místicas ayunadoras), pues la mujer es el centro generador de nuestra especie y la garantía de la pervivencia de los pueblos. Es evidente el valor de su pervivencia, e igualmente se hace evidente el valor de su renuncia.

Algo impensable en los tiempos actuales, de degradación y masculinización de la mujer mientras se le hace creer todo lo contrario desde los medios y las plataformas de opinión. Resulta obvio que el camino hacia el Espíritu a través de las mujeres-confín se ha obturado. El yoyó anorexia-bulimia de las últimas décadas sería un síntoma social y sanitario de una carencia espiritual, el olvido de los confines de nosotros mismos.

Y quien olvida dónde está la frontera no sabrá defenderla cuando llegue el momento. Es así.



(I) - Es interesante apuntar  que las tres tentaciones diabólicas a Jesús se refieren a las tres manifestaciones fundamentales de poder de un mago: transformar una cosa en otra, enriquecerse y volar.

(II) - No son raros los casos de chicas que cuelgan vídeos-diarios en los que cuentan cómo evolucionan sus ayunos. Insisto en que no tengo preparación en estos temas, de modo que no entro ni salgo en ellos, ni aconsejo a nadie ayunar. Que cada cual sepa lo que tiene que hacer.
  
(III) - Esa paradoja diría básicamente "soy cretense y os digo que los cretenses siempre mienten". ¿Miente o dice la verdad?

(IV) - Seguramente son reminiscencias célticas buena parte de las leyendas cristianas relacionadas con aves. El ave en general y el pájaro en particular tienen para los antiguos celtas un carácter mágico, pues pueden conectar con el Otro Mundo, curar con su canto o incluso custodiar la entrada del Paraíso.


4 comentarios:

  1. ¿realmente es un confín?. Es tan débil la evidencia, para no decir nula, sobre estos prodigios, tan dudosos los testimonios, siempre ligados a la superchería; como todo supuesto milagro en fin. Recuerdo de familiares ancianos, acá en argentina, que practicaban pequeños ayunos a los que llamaban purgarse, como los perros cuando comen pasto a cada tanto. Sin duda que esa sabiduría ancestral se ha diluido. Más allá de eso discrepo con vos en la diferencia entre la anoréxica actual y la mística ayunante del pasado: ambas son exponentes de algún tipo de patología mental, enlazadas con la superstición del momento.

    ResponderEliminar
  2. Bueno, en lo tocante a ayuno terapéutico, yo mismo lo he practicado, ayunando en ocasiones hasta una semana sólo bebiendo agua. Como no soy especialista en temas de salud, no puedo afirmar nada sobre los beneficios que me ha reportado: me limito a disfrutarlos. Supongo que este año en cuanto cambie a mejor el tiempo y tenga más largo el pelo y menos obligaciones practicaré otro ayuno de una semana.

    Todas las ayunantes citadas en el texto tenían, sin duda, algo que la psiquiatría moderna -y la que entonces existía- considera una patología. Generalmente el ayuno arrancaba tras una experiencia vivencial traumática. Es más, cuando no había psiquiatras los teólogos tendían a no fiarse de ese misticismo. Uno de los grandes reformistas en materia de milagros, Benedicto XIV, había sido Promotor Fidei, lo que llamamos abogado del Diablo, especialista en tirar abajo las canonizaciones y los milagros. Los teólogos de siglos atrás eran tan poco dados a la superstición como los ateos de hoy (es un decir, porque conozco a ateos que tienen miedo al número 13 pero a ningún teólogo que se lo tenga).

    Hoy en día se le llama patología a todo lo que se desvíe de un canon políticamente correcto de actividad ciudadana. Y todo lo que se desvíe tiene tratamiento con pastillitas: negocio.

    No veo debilidad en la evidencia, francamente. Son casos documentados, estudiados, de gente que ha sido visitada, hospitalizada, incluso confinada, y sobre la que se ha escrito mucho. Y los testimonios son de lo mejorcito, incluida la Royal Society nada menos. Además esas mujeres no ganaban nada con eso. No era como el show de las hermanas Fox. Ni, por otro lado, como el hombre de Piltdown.

    Si se duda de Therese Neumann, dúdese también de Alejandro Magno, y con más razón, porque no hay fotos de él.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hombre Lupa ¿Por qué quieres esperar a que te crezca el pelo? ¿Es porque no quieres pasar frío ayunando o hay otro motivo? Disculpa si la pregunta suena estúpida xD

      Eliminar
    2. No, hombre, no tiene nada de estúpido preguntarlo. Durante un ayuno se tiende a pasar algo de frío, por eso es más llevadero en una estación agradable. Y el frío que entra por la cabeza es criminal. Y para mí eso de ir con gorra por ahí en plan Don Omar como que no ;-)

      Es curioso que en nuestra cabeza se reúnan dos excepciones: un cerebro que parece diseñado para aprender eternamente, que supera completamente lo que necesitamos para vivir, que establece durante la infancia más conexiones neuronales que estrellas hay en el Universo, y un cabello y una barba que crecen permanentemente. Estos dos "excesos" parecen complementarse de algún modo.

      Hablando de pelo, a mí se me caía a puñados hasta la primavera del 2011, durante la cual coincidió que entré en una cetosis rigurosa durante semanas. Una coincidencia, naturalmente. Como no tengo estudios en la rama de salud ni de medicina, no hagáis caso de lo que acabo de escribir.

      Eliminar