sábado, 22 de febrero de 2014

Alemania como centro neurálgico de Europa: unas reflexiones



El sueño de una Europa unida está en relación con los pueblos que la habitan. Muchas veces se ha intentado, sin el debido éxito, o sin la debida continuidad. De todas maneras, los europeos no nos hemos resignado a no llegar a sentirnos parte de una comunidad plena. No obstante, la geografía impone sus leyes.




No existe en Europa la suficiente continuidad geográfica, entendida como tal la ausencia de grandes frenos naturales, para hacer de ella un solo país. Eso nos ha estado vedado hasta hoy. En cambio, dentro de su seno se han configurado un conjunto de potentes y fructíferas naciones que han marcado el devenir del continente. España debe contarse entre ellas, como broche atlántico y mediterráneo. Así también Britania, isla peculiar, y Francia. Son éstas naciones que han tomado cuerpo con relativa prontitud. Tanto es así que la misma Francia es tenida convencionalmente como ejemplo de país centralizado y moderno, cohesionado, patriótico -incluso chauvinista- e irradiador de cultura e ideas. La favorece que buena parte de su territorio es una benigna planicie, con el valle del Loira como santo y seña. Su ubicación relativa -es llamada coloquialmente el Hexágono- le permite tener relevancia atlántica y mediterránea, así como intereses transalpinos y transpirenaicos, sin olvidar que por el este dispone de acceso al corazón del continente. 

La centralización de Francia parece algo casi dado por las circunstancias. Es por eso que en tiempos de Luis XIV era ya un Estado-nación plenamente moderno tal y como se entiende hoy, con una administración racionalista y eficiente -capaz de mantener y pertrechar holgadamente un ejército de medio millón de hombres-, una casta burocrática con vida propia y una conciencia plena de núcleo duro europeo. Por contra, otros países europeos han tardado secularmente en unificarse. La Grecia clásica es el mejor ejemplo, pues en ella todos tenían conciencia de pertenecer a una civilización especial, aparte, pero no estaban unificados políticamente sino más bien lo contrario, atomizados -véase de nuevo el mapa y entiéndase por qué- y guerreando entre sí a las primeras de cambio -los juegos atléticos y las consultas al oráculo de Delfos eran de las pocas instituciones que compartían, garantizando así una frágil paz-. Cuando Grecia fue unificada, se consiguió desde fuera. Los casos más palmarios son, en la modernidad, Italia y obviamente Alemania.

Pero si bien Italia lo tuvo más crudo, pues se trata de una accidentada península bloqueada por un enjambre de islas, tanto grandes como pequeñas -hay más de mil islotes en el Adriático-, Alemania es un caso similar a Francia, pues en su territorio las barreras geográficas son relativamente escasas -e incluso algunas pueden ser aprovechadas en beneficio nacional, como el curso del Rin-, con lo que su proceso de unificación estaba servido, aunque como sabemos el camino histórico la ha estorbado permanentemente.

Dos ejemplos siguen el camino francoalemán. Si uno observa el mapa físico de Usa y Canadá, concluirá que era cuestión de tiempo que la colonización europea fuese empujando a los pueblos amerindios hacia las Montañas Rocosas, dadas las pocas barreras geográficas serias que se encontraría esa colonización a su paso. En cambio, para dar el salto y atravesarlas, hizo falta el señuelo del oro californiano. Esa gran barrera montañosa y desértica puede explicar en parte la excepcional peculiaridad de California como ente integrado en Usa pero haciendo la guerra por su cuenta. Observando mapa en mano el caso de Rusia, también parecía cuestión de tiempo que se produjese otra expansión colonizadora, a costa esta vez de los mongólidos asiáticos, protegidos allí donde no hubiera estepa sino territorio especialmente accidentado, que en tiempos de la rusificación de Asia resultaba prohibitivo por la ausencia de motorización.

Un caso bastante suyo es el español. Iberia es una semi-isla, y eso imprime carácter, ayuda a unificar. Con todo, lo complicado de la orografía ibera y su doble vertiente atlantomediterránea le ha conferido una tendencia centrífuga al país, materializada en Portugal, un Estado más fácil de racionalizar por disponer de una geografía menos laberíntica. Los casos de regiones españolas con pretensiones separatistas son por ello necesariamente periféricos, abocados al mar.

El caso más extremo de atomización es el de la ribera mediterránea, lo que en el blog llamamos Nea Talasia. Su factor de dinamización es exactamente el mismo que su factor de freno: la gran masa de agua salada. Nea Talasia reproduce a lo grande el problema europeo: si hay comunión cultural entre las distintas partes, las distancias geográficas disminuyen; si el divorcio cultural es completo, su desarticulación geopolítica también. Hoy la ribera sur del Mediterráneo no es Europa.

Alemania lleva al menos un milenio presentando su candidatura para ser el centro neurálgico de Europa. Para quien sienta aprecio por la dimensión simbólica de las cosas, hay que recordar que Alemania significa algo así como "todos los hombres". Parece llevar el destino escrito en el nombre. Si en el primer milenio después de Cristo no fue así, fue porque Europa todavía pivotaba hacia el Mediterráneo, e incluso una segunda Roma mantenía su existencia en la ribera oriental. Pero tras el Imperio carolingio las tornas cambian.

El propósito de este artículo no es hacer una colación de hechos de la historia alemana ni mucho menos, sino más bien reflexionar acerca de las implicaciones geopolíticas de su presencia así como de la tendencia de este gran pueblo hermano a constituirse en la capital europea, a despecho en numerosas ocasiones de la opción francesa. Es por eso que la primera unificación alemana bajo una perspectiva cristiana medieval previene precisamente de la segmentación de la obra de Carlomagno. Si Europa no es ahora un único país, menos lo era por entonces, teniendo en cuenta además la tensión con la autoridad papal y con la nobleza. Carlomagno tenía un ascendiente poderoso sobre las fuerzas vivas, pero el hijo que le sobrevivió -Luis el Piadoso- carecía de su talento, y la costumbre germánica de dividirlo todo entre los herederos varones llevó a disgregar en instantes un imperio que no se ha vuelto a reconstruir en más de un milenio. El Reich alemán tiene su oportunidad en esa época de desorientación del poder de lo que hoy es Francia. Desde 962 hasta 1806 -fecha en que se da por finiquitado, no por casualidad por fuerzas francesas, dirigidas por un estratega que se había coronado emperador al modo de Carlomagno poco antes-, nominalmente al menos, el Imperio subsistió. La bibliografía sobre el Imperio es inagotable, de modo que quien quiera satisfacer su apetito intelectual sabiendo más sobre aquel proceso y aquellas épocas encontrará con qué. Nosotros nos centraremos en otros puntos.

Ya se sabe que el hombre propone y Dios dispone. Para nosotros es relativamente cómodo suspirar por la unidad europea completa, pues nos movemos en el campo de los deseos, fácilmente renovables con escaso gasto mental (de ahí, por ejemplo, lo fácil que resulta emitir proclamas progres sin necesidad de que se verifiquen en la práctica); la realidad, por contra, impone sus frenos inapelables. La idea de una Europa plenamente cohesionada, unida políticamente, es medieval, pues corresponde al concepto de Cristiandad, mientras que la Europa fragmentada en Estados-nación que establecen un equilibrio de poder tiene que ser obligatoriamente moderna, surgida tras la Reforma. A día de hoy no se nos escapa que detrás del luteranismo tomaban posición los principados alemanes que querían sacudirse la pesada influencia de Roma, tras quienes discurrieron las coronas escandinavas -sorprendentemente, todavía hoy el luteranismo es religión oficial en Dinamarca, y se sigue la ridícula distorsión de que haya más musulmanes que católicos en ese país-. Con todo, la idea unificadora de Europa no se abandonó por completo ni mucho menos. Siguió ardiendo en las mentes de la intelectualidad alemana, para la que el equilibrio entre opuestos y el Estado-nación no pasaban de ser soluciones con próxima fecha de caducidad. El caso extremo fue el de Hegel, quien tras la victoria napoleónica en Jena proclamó con excesiva precipitación "el fin de la Historia". Otro alemán, Beethoven, dedicó a Napoleón su tercera sinfonía Heroica. Ambos compartían origen católico. Por motivaciones geopolíticas, mientras Inglaterra ha apostado por el liberalismo en general -estaba volcada al mar- y por influir en los equilibrios de poder desde una relativa distancia, Alemania parece haber desconfiado siempre de ellos. En cuanto a  Francia, que los alemanes no se hicieran excesivamente poderosos pasó a ser una necesidad nacional.

La cuestión católica-protestante tiene una gran relevancia. La imagen de la Europa unida remite inevitablemente al Medievo católico, con sus tiras y aflojas entre el Imperio y el Papado. El catolicismo -al igual que su versión eslava y oriental, el rito ortodoxo- parece funcionar como eficaz freno en contra de los excesos de la modernidad, proclamada desde esferas netamente anticatólicas como las camarillas ilustradas, la masonería continental, los derivados del marxismo y en las últimas décadas el californismo. Por eso es odiado a fondo. Mientras, las iglesias reformadas parecen llevarse bastante mejor con todo lo que resulte socialmente novedoso, de igual modo que apuestan claramente por el Estado-nación en el que el jefe de estado lo sea también de la iglesia reformada nacional -y si es también el Gran Maestre del rito masónico al que deben obediencia todas las logias del país, pues mejor que mejor-. Desde esa perspectiva se entiende mucho mejor que los "padres de la unión europea" (Monnet, Adenauer, Schuman y De Gasperi) fuesen todos católicos, dignos herederos del propósito de universalidad de la Santa Sede.

La historia parece dar la razón a los desconfiados, y entre ellos hay que contar a ingleses y franceses, si bien éstos tuvieron sus veleidades continentales con Napoleón. Si Alemania atesora un gran poder centralizado, como Imperio antiguo -el momento de mayor concentración de poder se dio con Carlos V, quien también ciñó la corona española-, o como la postulación de Prusia en el papel de gran potencia, o como los dos siguientes imperios -el del Káiser y el del Führer-, la guerra parece estar servida. En cambio, la disgregación alemana en varias entidades políticas ha venido acompañada de razonables tiempos de paz. Veremos por qué.

Francia tiene un problema geopolítico serio, y es que su capital París se encuentra demasiado cerca de Alemania. La toma de París desde el noreste supone en términos prácticos la toma de toda la nación, pues tras la ville lumière el invasor encuentra terreno llano de campiña, relativamente sencillo de cruzar y controlar con un ejército regular. Es el caso contrario de España, segundo país más montañoso de Europa, y bien lo supo el ejército napoleónico que controlaba Madrid pero que era hostigado y batido continuamente desde terreno idóneo para la guerrilla -no en vano término castellano incorporado al acervo universal-; también fue el caso de la resistencia corsa, que se hacía fuerte en el bosque mediterráneo de la macchia -de ahí viene la palabra "maquis"-. Ese problema se fue haciendo cada vez más sensible según el aparato burocrático racionalista típicamente francés -poco amigo del campo y más aficionado a gravitar hacia la capital- se iba fortaleciendo y densificando: la toma de París suponía el descabezamiento de las élites decisorias mediante un solo tajo. Por tanto, conjurar la amenaza alemana se convirtió en razón de Estado.


Richelieu, hombre de Estado con varias caras.

Una de las soluciones, que sólo se dio tras el napoleonismo, fue la creación de una especie de Estado-tapón, Bélgica, en una zona especialmente sensible para la pugna francogermana (allí se libró Waterloo y se infiltraron las invasiones alemanas en las dos guerras mundiales), con lo que se convertía en tierra de nadie a efectos militares. De paso, el puerto de Amberes -un goloso objetivo estratégico- quedaba fuera de la disputa. Gran Bretaña, caracterizada por su habilísima diplomacia, se convirtió en garante tradicional de la neutralidad belga.

Pero la solución más eficaz fue sin duda la atomización de Alemania. La razón de Estado llevó a la católica Francia a guerrear contra el bloque católico durante la guerra de los Treinta Años (1618-1648), tras la cual el Reich, pisoteado permanentemente por innumerables ejércitos, quedó hecho un montón de ruinas, perdiendo además un tercio de su población. El tratado de Westfalia convirtió al pueblo alemán en un mosaico de 350 principados, completamente desarticulado como alternativa centralizada precisamente en un momento histórico en que Francia estaba pisando a fondo el acelerador de la centralización. La jugada francesa ha dejado una profunda huella ideológica según la cual todo centralismo es malo y autoritario, mientras que la descentralización es el no va más de lo progresista .... con excepción de Francia, cuya centralización ha quedado como sinónimo de modernidad e ilustración.

Gran Bretaña también se vio beneficiada pues su diplomacia podía desplegar toda su capacidad de influencia, que no era poca. En este punto se hace obvio que la atomización obliga a la negociación permanente, por la que se ha de pagar el precio de la eterna vigilancia (recordemos: el precio de la libertad según Jefferson) y el desgaste psicológico que conlleva; por contra, la existencia de bloques geopolíticos bien soldados tiende a favorecer las alianzas y enemistades perennes. Se trata de una dicotomía universal de la que no hemos podido librarnos.

En fin, como no se puede evitar lo inevitable, la atomización alemana comenzó a generar un nuevo centro de poder, a partir de una nueva potencia: Prusia. La obsesión de Federico el Grande era "proteger Berlín", el núcleo de la reorganización germana, presentado ante todo como una necesidad defensiva. Según nos dice el mapa, Alemania tiene demasiada frontera, por lo que las posibles amenazas son mayores. La visión de Federico implicaba necesariamente que el territorio controlado por Prusia tuviera que crecer, lo que garantizaría su viabilidad y su independencia respecto de potencias extranjeras. Pero toda potencia que crece va creándose enemigos. Desde entonces los estrategas alemanes en general han vivido zaheridos por la pesadilla de una gran coalición en su contra, y más específicamente la simultaneidad de dos frentes abiertos, uno al este y otro al oeste, la gran preocupación del Estado Mayor alemán. A ello se le unía que, al menos por entonces, no eran un pueblo particularmente estimado por los demás europeos.Y no olvidemos el factor económico.

En la segunda mitad del siglo XV se encontraron en Sajonia y el Tirol espléndidos yacimientos de plata que ayudaron a cambiar la idea que se tenía del mundo, pero que antes de nada ayudaron a que el Reich viviera un auge económico muy notable, durante el cual florecieron los burgos y llegó a su cenit el Renacimiento alemán, especialmente durante el primer cuarto del siglo XVI. Sin embargo, las rutas comerciales portuguesas y la plata española supusieron el fin de aquella época de vacas gordas, lo que dejó la huella de un severo trauma anímico en el alma germana. La idea de unidad económica acompañando a la política, en buena medida, proviene de aquella decadencia. Un acontecimiento importante fue el establecimiento de una unión aduanera. Ya Napoleón -jugando al "divide y vencerás"- había patrocinado en 1806 la Confederación del Rin, a la que se habían adherido varios príncipes, en lo que resultó ser un antecedente embrionario. Sería en 1834 cuando nació el Zollverein, en lo que ya décadas atrás había dejado de ser el Reich, pasando a llamarse Confederación Germánica (a pesar de que Francia, en la figura de Napoleón, había sido la derrotada en 1815, a los muñidores del Congreso de Viena no se les escapaba el peso que podría tener una Alemania cristalizada alrededor de Prusia, así que optaron por seguir aglutinando principados con Austria de gendarme).

El Zollverein -que consiguió atraer a los atomizados miniestados hacia Prusia, en detrimento del poder austríaco- era el reverso proteccionista del librecambismo a la inglesa, personificado en un Adam Smith. Los economistas proteccionistas alemanes hacían hincapié en las tarifas arancelarias para las importaciones, la desconfianza hacia los fabricantes extranjeros y la autarquía continental. Una nueva dicotomía entre la talasocracia inglesa y el continentalismo alemán estaba servida, y de ella tampoco nos hemos librado. Como se ve, la tendencia hacia la unificación alemana y la repercusión crucial en el equilibrio de fuerzas europeo parece ser, lisa y llanamente, un proceso histórico irresistible. Alemania parece condenada a ser el centro neurálgico de Europa, entre un eje anglosajón marítimo y otro ruso que se hundía en la misteriosa Asia.

En ese punto, el equilibrio de poder europeo volvía a estar en peligro.


Otto von Bismarck. En tiempos pre-californistas, los políticos no sonreían en los retratos.

La guerra francoprusiana (1870-1871) mostró a todos el tremendo avance alemán, tras haberse impuesto previamente en una rápida contienda a los austríacos, y dio la razón a quienes temblaban por la debilidad estratégica de París. Otto von Bismarck tuvo la habilidad necesaria para galvanizar al pueblo alemán en general con el esfuerzo bélico prusiano. La política bismarckiana resultó crucial para la unificación alemana, finalmente proclamada en enero de 1871 siendo él canciller y Guillermo I el káiser (derivado de césar: Alemania volvía a ser imperial a la vez que Francia abandonaba la monarquía hasta hoy) del Reich alemán -el primer Reich o Imperio antiguo no era totalmente alemán en realidad-. El propio canciller dio pasos no demasiado entusiastas pero sí seguros para que Alemania tuviese colonias y, en lo que parece un eco histórico, se desembarazase de la influencia católica -Kulturkampf-. Se trataba, sin duda, de un estadista con todas las letras, de los que -como él decía- pensaban "en décadas" -hoy en día lo hacen Putin, Netanyahu y Francisco (I)-. Sus sucesores no tuvieron tanta finura diplomática, optando más bien por la carrera armamentística; eso sí, heredaron la idea bismarckiana de que Alemania no podía limitarse a esperar un ataque exterior. Pero esa idea, como hemos visto, hunde su origen en las raíces de todo este proceso que estamos viendo, como si existiese un determinismo geográfico y poblacional.

Como hemos comentado, una estrategia de grandes bloques geopolíticos tiende a las alianzas rígidas así como a las enemistades perpetuas, en comparación con la flexibilidad de la estrategia de equilibrio de poderes, tan grata a estadistas del corte de Richelieu. Desde la perspectiva del Estado Mayor alemán, como podemos imaginar, ese equilibrio de poderes no pasaba de ser una estupidez o, pensando mal, la demostración de la injerencia inglesa en los asuntos continentales, injerencia que ha perseguido el objetivo secular de mantener la Europa continental permanentemente balcanizada con el propósito de "meter cuchara" con mayor facilidad en pro de sus intereses nacionales. Aunque hay un innegable fondo de verdad en ello, el tópico de la diabólica diplomacia inglesa se convirtió en un fetiche al que adjudicar cualquier cosa que jugase en contra de los intereses del Reich alemán -es más, el marxismo continental heredó ese esquema conspirativo si bien no refiriéndose a Gran Bretaña en su conjunto sino a la "City" y la "alta finanza" en particular: cualquiera que tosiera a la ortodoxia del partido se convertía inmediatamente en un agente de los especuladores, con ejemplos a millares-. 

Sea como fuere, a principios del siglo XX los bloques geopolíticos parecían haber cristalizado eficazmente. Y, como se podría esperar en un entramado de alianzas de acero y de enemistades eternas, bastó con que saltara la chispa en julio de 1914 para que en un abrir y cerrar de ojos casi toda Europa estuviese combatiendo a muerte y con el mayor entusiasmo. Aquélla fue la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Y en ella se cumplió la gran pesadilla de los estrategas alemanes, un doble frente al este -donde el ejército austrohúngaro, aliado de Berlín, no se lució mucho que digamos, con lo que el mayor peso militar recayó sobre el Reich- y otro al oeste. La necesidad de diversificar tropas hizo imposible la maniobra envolvente pensada para que París cayera, con lo que el Reich se vio privado de una victoria definitiva a las primeras de cambio. A pesar de que los buenos oficios alemanes consiguieron hacer de Lenin una alternativa cuyo triunfo supuso el cierre del frente oriental en diciembre de 1917, el Reich se había quedado sin aliados -habían colapsado en la contienda-, sin reservas y sin abastos. Un estallido revolucionario en la retaguardia será la excusa para la capitulación.

Resulta muy simbólico que el tratado que redefinía la situación tras la guerra fuese el de Versalles. Fue un ejemplo perfecto de cómo las buro-castas racionalistas vivían en un mundo lleno de esquemas y tecnicismos muy alejado de la realidad política de los pueblos. No lo digo solamente por el revanchismo aplicado a Alemania, que se veía condenada a desempeñarse como potencia de segunda, con su poder militar reducido a lo vecinal, y obligada a una compensación de guerra simplemente absurda. Tampoco lo digo por las abundantes disposiciones alucinógenas que contenía el tratado, como la devolución de la calavera de un cacique africano o la prohibición de llamar champán al vino espumoso. Lo digo fundamentalmente por la pasmosa ignorancia geopolítica que se transparentaba. La comisión de técnicos apadrinada por el peculiar Woodrow Wilson promovió la desaparición del Imperio Austrohúngaro, que seguramente para ellos no pasaba de ser un anacronismo pintoresco con música de vals como fondo, pero que podría haber resultado un contrapeso muy importante para la nueva Alemania, que en pleno Tercer Reich absorbió Austria y Checoslovaquia como quien se toma un café. Al este quedaba un rosario de nuevos estados a medio cocinar, listos para ser engullidos en cuanto el bloque alemán cristalizase y se topase con el ruso.

El revanchismo versallesco tuvo el efecto rebote de excitar nuevamente el chauvinismo germano, que elevaba la voz en nombre de una nación machacada y empobrecida. En vez de una Alemania atomizada, ésta se recentralizaba, siendo el espíritu nacional el gran banderín de enganche para salir del marasmo. El resto de la historia es de sobra conocido. El Tercer Reich se lanzó a la conquista europea total, tras haberse asegurado el frente oriental mediante el pacto con la Urss. El Estado Mayor francés, que creía haber ganado la anterior guerra por su cara bonita, seguía viviendo entre esquematismos racionalistas y fantásticas líneas defensivas; el alemán, mucho más modernizado y con una industria de guerra pasmosa, le ganó la partida tomando París y con ella zanjando la primera parte de la Segunda Guerra Mundial. Buena prueba de ello es que el principal teórico tanquista alemán, Heinz Guderian, estaba en el teatro de operaciones corriendo como el rayo, mientras que el principal teórico tanquista francés, un joven Charles de Gaulle, era permanentemente desoído por su Alto Mando.

Antes de la guerra, en Alemania habían arreciado las voces en favor de un nuevo orden, fundamentado en el europeísmo continental. Varias organizaciones y numerosos pensadores apostaron por una unión europea de nuevo cuño que superase las divergencias nacionales en beneficio de todo lo que es común para los habitantes del continente. Quizá el más famoso a nivel popular haya sido el singular aristócrata Coudenhove-Kalergi y su manifiesto Pan-Europa de 1923, en buena medida porque él concebía la unidad europeísta a partir de la homogeneización étnica como una tendencia natural de las cosas (II). Pero seguramente será Mitteleuropa, publicado en 1915 por Friedrich Naumann, el más importante de todos. El término Mitteleuropa corresponde a una gran franja de territorio europeo que va de Alemania hasta las mismas puertas de Rusia, y que no tiene sólo una validez cultural y geográfica sino también política o, al menos, esa relevancia se le quiso dar. Naumann ampliaba el espacio mitteleuropeo abarcando Bélgica, los países bálticos e incluso llegando a Bagdad. Se trataría de un imperio ante todo cultural y económico. Es decir, Alemania debería convertirse en el vórtice absoluto de un gran remolino de riqueza, industria, pueblos florecientes, influjo cultural y expectativas de imperio continental: una corona de humanidad filogermana con Berlín en el meollo.

Los teóricos afectos al nacionalsocialismo, de Carl Schmitt a Walther Darré pasando por Martin Heidegger, se sintieron subyugados por esa idea de Nuevo Orden Europeo que tendría al pueblo germano como paladín, como gran valedor, como estandarte en suma. Con la Italia fascista conformaría un nuevo eje alrededor del cual giraría el resto del mundo. Los geopolíticos alemanes insistieron especialmente en bascular el peso de ese eje hacia el Este, allí donde habría lugar para una expansión del pueblo alemán, en esos momentos históricos encorsetado entre fronteras. Comienza a distribuirse en grandes cantidades una serie de panfletos de título La Nueva Europa, editados por Walther Körber, que se convertirían en fundamentales para popularizar esa idea de una Europa unida económicamente con Berlín como capital no ya europea sino realmente mundial. Todo está ya ahí, incluida la aversión a Inglaterra, considerada el reverso alemán. También la aversión a los judíos, tema que hemos visto en otras ocasiones a lo largo del blog. La idea del espacio económico propio, proteccionista, arancelario y receloso del librecambismo a la inglesa, no podía ver con buenos ojos la existencia de una minoría transnacional que no parecía desvelarse por los intereses alemanes. Será otra más de las razones que hicieron de Alemania un territorio inhóspito para los judíos, allí donde anteriormente habían sido paulatinamente equiparados al resto de la población -incluida la Declaración de Emancipación en 1812, gracias a la que tenían la puerta abierta para ser ciudadanos prusianos- mientras en Polonia, por ejemplo, se realizaban pogromos hasta bien entrado el siglo XX sin que la peripuesta comunidad internacional dijera ni mu.

La imagen de Alemania como un sol alrededor del cual giran las naciones-satélite nos resultará familiar. Ya hemos citado a Luis XIV en este artículo. Por algo le llamaban el Rey Sol. Al igual que con el soberano francés residente en Versalles -retornan una y otra vez los mismo símbolos-, sobre el papel el plan pangermano funcionaba. La realidad fue bastante distinta, y se llamó Segunda Guerra Mundial. Ésta fue entusiásticamente recibida por el ex-káiser Guillermo, a la sazón en el exilio, pues aunque no fuese él quien capitanease ese proceso histórico, las tornas de la Historia parecían dar a Alemania el protagonismo en la forja de unos Estados Unidos de Europa.

Lo que vino a continuación ya lo conocéis. El Tercer Reich repitió meteóricamente el dominio continental que una vez tuvieron Roma y Napoleón. También como ellos, se estrelló contra los siempre infravalorados ingleses (si bien en tiempos de la Loba aún eran britanos). Al igual que Napoleón, perdió la guerra en el frente ruso. Y al igual que Roma, su colapso implicó un reflujo que se tragó media Europa políticamente desarticulada (en el caso de Roma, la mitad de Nea Talasia fue embolsada por un islam sin obstáculos de consideración y que sin la tarea romana de laminado de naciones ribereñas jamás habría salido de Arabia; en el caso del Tercer Reich, la Urss se zampó casi la totalidad de lo que iba a ser Mitteleuropa). La diferencia es que Roma y Napoleón siguen teniendo fans.


Darth Vader, hechicero y espadachín de una Orden Negra, personificación del Mal, lleva un casco típicamente alemán y un cyborg-uniforme que recuerda mucho a una equipación antigás de la Gran Guerra.

¿Pudo haber sido de otra manera? En 1926 Aristide Briand y Gustav Stresemann recibieron el Nobel de la Paz en reconocimiento de sus iniciativas pacifistas y reconciliadoras a nivel europeo. Briand estaba convencido de la necesidad ineludible de que una segunda guerra total tenía que ser evitada a toda costa, y que el mejor modo de hacerlo era un federalismo continental, idea que -como hemos visto- podía encontrar terreno abonado en la intelectualidad germana. Tanto el francés Briand como el alemán Stresemann eran primeramente patriotas de sus respectivas naciones, pero no por ello dejaban de sentirse miembros de una misma familia europea. La posibilidad de una federación europea, aunque no podía satisfacer a un jingoísta defensor de la idea de Mitteleuropa y que quería que Berlín fuese la capital mundial, sí se revelaba como un buen equilibrio. Según Briand, esa federación sería algo así como una telaraña de pactos, influencias, intereses creados y componendas que en cierta medida enredaría a Alemania en una serie de compromisos civiles, ahuyentando la sombra de un militarismo agresivo. Según Stresemann, su país tenía que volver a ser poderoso y económicamente boyante, para lo cual eran imprescindibles la recuperación de sus recursos y territorios, la forja de un ejército razonablemente competente, los lazos de clientelismo con el Este europeo y la ineludible pacificación con Francia. 

El prematuro fallecimiento de Stresemann dio paso en Alemania a iniciativas más mitteleuropeístas, como sabemos que ocurrió. Tal vez si hubiera vivido más otro gallo habría cantado. Pero no podemos saberlo.

En las últimas décadas se ha hablado y no se ha parado de un nuevo orden mundial similar al proyectado por alemanes, pero esta vez con Usa en el eje y los demás países gravitando a su alrededor. Esa idea adquirió verdadera fuerza tras el colapso del bloque soviético, y que los Bush padre e hijo han empleado en varias ocasiones. Como eco histórico, ese "nuevo orden" ha recibido de manera general un trato peyorativo, pues ha de leerse no como un equilibrio de poderes que garantice un modus vivendi sino como la imposición de un centro despótico sobre una periferia explotada e infiltrada por redes de inteligencia. En lo que va de siglo, la postulación de Rusia y China como nuevas grandes potencias ha diluido el citado nuevo orden en favor de un nuevo equilibrio de poderes.

La Unión Europea de hoy parece haber resuelto el problema de la agresividad alemana, si bien no el de su preeminencia y postulación como centro de poder. Uno de los cinco personajes más importantes del mundo es la canciller Angela Merkel. Alemania vuelve a estar donde estuvo. Es un proceso que parece imparable. En gran medida, el Este europeo tiende a mirar a Berlín, a depender del gran pueblo del centro que lleva el nombre de "todos los hombres", así como algunas naciones balcánicas (recuérdese el rápido reconocimiento de Croacia y Eslovenia en 1991). Políticas como la francesa -que ha vuelto a otanizarse, ha renunciado a sus proyectadas bases en los Emiratos y se dedica a la gendarmería de los intereses alemanes en el Sahel- o la española -enfrascada en una dolorosa "austeridad" para aplacar la deuda con los gigantes alemanes, algunos de ellos en la cuerda floja y necesitados de inmediatos reembolsos- son buena señal de lo dicho. La UE es fundamentalmente ahora mismo la coraza alemana. Y, como era de esperar, eso no hace sino reforzar el euroescepticismo inglés. En cuanto a la situación de Ucrania, pienso que la lectura adecuada debe hacerse en el marco de esa progresiva germanización europea que no para de empujar hacia el Este.

A día de hoy Europa está viviendo un singular equilibrio de poderes en que ya no se habla de naciones que parlamentan y negocian, sino de socios en la buena marcha de un negocio común. La dinámica creativa y fascinante de otras épocas ha sido sustituida por un aburrido juego de poderes burocráticos a cargo de una casta funcionarial políticamente correcta que ha convertido la vida ideológica europea en un gigantesco Versalles a medida. Europa ya no combate en su seno. Se ha reconvertido a la Gran Rueda. Al menos no hay muertes ni sufrimiento, pero a cambio hemos entrado en un remolino de consumo y sobreabundancia de bienes y equipos, de materia en suma, que nos ha convertido en un bloque geopolítico obeso y de reflejos aturdidos, amortiguados. Nos hemos sobrecargado de masa, pesamos más que nunca y nuestra presencia deforma el Espaciotiempo generando un gran socavón hacia el que se dirigen, rodando, gentes del resto del mundo para participar de una ceremonia cuyo desenlace se hace más confuso a cada paso.


No todo en el fútbol es feo.


Habrá quien considere que nuestra analgesizada existencia de hoy es el fin de la Historia. Pero, al igual que Hegel, se equivoca. Y un día lo veremos.



(I) - Mientras que Hussein Ophrama, Cameron de la Isla y Fransuá Follande viven más al día; lo de Rajoy mejor no comentarlo.

(II) - Dudo que en esa conclusión no tuviera nada que ver el propio carácter mestizo de Kalergi, de padre europeo y madre japonesa.

9 comentarios:

  1. El tema III Rech/Gran Bretaña es curioso. Hitler quería aliarse con Gran Bretaña, su propaganda era favorable y no en contra. Hasta en su libro lo dijo. La ariomanía le servía como justificación mientras los eslavos del este eran los "bárbaros" inferiores y "asiatizados". Ya se sabe el rollo de los antropológos alemanes midelotodo y sus estudios de poblaciones, con los germánicos a la cabeza. A los ingleses los perdonó en Dunkerque y no paró de buscar amistad con ellos. Pero los ingleses le dieron largas y lo de Rudolf Hess ya fue la gota que colmó el vaso. A partir de ese momento ya no tuvo otro remedio que hacer la guerra en serio contra ellos. Pero su sueño incial siempre fue entrar en territorio eslavo, echar a los ¨übermensch" de allí y repoblarlo con la supernatalidad de alemanes teniendo un gigantesco espacio vital con manganeso, oro, acero, petróleo y de todo. El entusiasmo para él era esa idea, pero dos frentes a la vez es imposible. Y más aún si uno de esos frentes es la gigantesca Rusia. Al final cayó por el este y no por el oeste.

    El caso es que Alemania, nazismo aparte, siempre ha tenido esa voluntad de centro unificador de Europa ya sea de forma pacífica o militar. Y es normal porque literalmente está en el centro. Las tentativas de Bismarck, en mi opinión quizá como la tuya, fueron las más realistas aún con sus defectos. Tras el desastre de 1945, Alemania parece que se avocó a un dominio europeo más comercial, utilizando la economía como punta de lanza. En ese sentido, no parece que les vaya mal. Realmente no se puede negar que son la locomotora y que su peso en la UE es innegable, incluso quizá mayor que una potencia nuclear como Francia. Pero aún así, en un país tan fuerte como Alemania, yo creo que se echa de menos una capacidad militar estratégica un poco más fuerte. Parece muy descompensado una economía tan fuerte y un gasto defensivo tan bajo. Cierto que no tienen ningún vecino peligroso, pero yo creo que a un país tan comercial le vendría bien un portaaviones. Lo que pasa es que los ideales alemanes siempre son de vocación terrestre y no marítima. Saludos.

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  2. Estoy bastante de acuerdo. La verdad es que por ahora no les va nada mal, ni a ellos -que tienen una red engullemercados tendida al Este; a ver si el bocado ucraniano es demasiado grande o no- ni a los franceses, que han conjurado la amenaza sine die y desde entonces han aprovechado para que su capacidad de influencia imperial siga subsistiendo en sus antiguas colonias. De ahí que un experimento tan insatisfactorio como la UE siga a todo trapo, absorbiendo más países eslavos y controlado por una casta a lo Versalles. Las cosas no suceden por casualidad en esta vida.

    Sin duda a Hitler le preocupaba que una marina como la británica pudiera bloquearle, y no poder disponer ni de un metro cuadrado de terreno lindante con los ingleses para tener la oportunidad de batirles. En cuanto a la expansión en territorio eslavo, no quedaba otra. Al oeste se encontraba con países de tremenda densidad de población -premio especial para Holanda, a la que consideraban más o menos "hermana"-, al sur y al norte barreras naturales, mientras que hacia el este no es que fuese coser y cantar pero resultaba la mejor opción. El error de los muñidores del Diktat de 1919 fue desarticular Austria-Hungría, con lo que todo el este se quedaba en bolas y no había un árbitro importante como los austríacos un siglo y dos antes. No es de extrañar que el sufrimiento poblacional de Polonia y Bielorrusia -los dos países que separaban Alemania de Rusia- fuese particularmente marcado, en porcentaje.

    La Alemania economicista y sin militarismo de hoy produce más sosiego, pero es como si les faltase "algo".

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  3. Aprovechando el tema de Ucrania, creo que a nadie se le escapa que la absorción alemana de poder europeo está detrás. Alemania pesa cada vez más, deformando el Espaciotiempo y haciendo rodar a los pueblos próximos. Y Ucrania es un plato muy sabroso, mucha población, mucho campo cultivable y muchos accesos a todas partes.

    Hay tres poderes que tiran de Ucrania: la UE meta-alemana, Rusia y Usa. De los tres, a Alemania y obviamente a Rusia les interesa la partición del país en dos mitades, y supongo que dentro de no mucho veremos movimientos en Crimea. A quien no creo que le interese es a Usa, pues una Ucrania que mantuviese a Crimea bajo su soberanía neutralizaría en parte al menos la salida rusa al sur (la permanencia de las bases rusas allí no es indefinida sino renovada con el tiempo, y puede que para 2030 no se renueve, o se extinga antes ese protectorado).

    Con todo, Kiev tiene poco margen de actuación, un vecino poderoso y resuelto, crisis seria, dependencia energética, división étnica interna, etc etc.

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  4. De paso, comentar que ahora Berlín es una de las ciudades "de tendencias", lo que antes se consideraba una urbe tristona y heroinómana, y esa puesta de moda está en plena comunión, uña y carne, con la postulación de Alemania como centro geopolítico tras la unificación nacional. Creo que es desde entonces que toma cuerpo y va en serio. Año y pico después de unificarse, juega a gran potencia reconociendo a Croacia. Ésa fue una jugada de las más importantes de la última década del siglo pasado, jugada que terminó en 1999 con la OTAN bombardeando un Estado soberano. El juego alemán en parte ayudaba a Usa, porque suponía desarticular un posible nuevo paneslavismo, lo que unido a la propia desarticulación social rusa generaba una sinergia.

    La cultura alemana se useñiza y californiza. En eso se le parece Brasil, también idónea para irradiar ese nuevo tipo de subcultura pop a todos los puntos cardinales. Pero Brasil tiene el hándicap del idioma, mientras que Alemania lo evita optando por la música instrumental de pretensión mundialista y orientada al baile, el finde y todo eso, que ya sabemos que una cosa lleva a la otra como en un revoltijo.

    Los noventa fueron eso, Love Parades y tal:

    http://www.youtube.com/watch?v=KO4y3nkJXDA


    A todo esto, yo antes me preguntaba cómo Francia y GB le habían declarado la guerra a Alemania por la invasión polaca, y no a la Urss. Pienso que entender ese proceso de gravitación hacia Berlín de gran parte de Europa nos ayuda a entender aquello otro.

    ¡Salud!

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  5. Unos apuntes a vuelaqwerty:

    -La Urss ha sido sin duda en gran desastre geopolítico de la modernidad. En vez de Rusia en Europa es Rusia contra Europa. La convergencia eurasiática amenaza con retrasarse indefinidamente una vez más.

    -La posibilidad de hacer la jugada de Crimea se abrió seguramente a raíz de la crisis siria de las armas químicas. El presunto bloque occidental se mostró desunido y dubitativo.

    -La crisis en general ha sido un poco a destiempo. Lo digo por el chantaje del gas. Estamos saliendo del invierno y las temperaturas tenderán a suavizarse. Pero estas cosas ocurren cuando ocurren.

    -Ucrania corre el peligro de pasar de médium privilegiado entre la Europa de la estepa y la Europa de la "banana azul", a ser frontera clausurada mientras las fronteras de Lampedusa y las plazas de soberanía muestran que, en efecto, no sólo Rusia ha leído la debilidad europea.

    -Rusia piensa que puede basar su hegemonía en el gas y el número de efectivos. Su lectura es equivocada. Lectura pensada en décadas, pero equivocada.

    -La ruptura de la continuidad euroasiática obligará a distraer la atención rusa de Asia Central, lo que es todo un peligro porque China ha tendido sus redes ahí.

    -China ha asfaltado el camino. Ha "hanizado" Uiguristán y amenaza con hacer que los países mongólidos de Asia Central graviten a su alrededor. Habría una continuidad geográfica que no había en Libia, por ejemplo. Y podría reivindicar "la defensa de sus intereses" y de las minorías asiáticas en suelo ruso.

    -Si hay una guerra a planear en la presente década no sería Usa-Rusia sino Rusia-China.

    -Europa: genera tu propia energía o acomete de una puñetera vez en el Sahel lo que la élite californista ha hecho en el Mojave. Llena el desierto de infraestructura y euros y traslada un millón de cerebritos allí. Que se casen con chicas neatalasias, negocia con los regímenes para que el cristianismo se pueda predicar y de la "letra pequeña" ya se encargarán quienes siempre se han encargado, creo que se me entiende. Resucita y europeíza el Mediterráneo, y deja la estepa como mero satélite.

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  6. Más apuntes breves:

    -Ya dijimos en otro momento que Putin había acabado el 2013 peor que como lo empezó. Los hechos me dan la razón. La geoestrategia rusa se está viniendo abajo.

    -La gravitación hacia Moscú de Bielorrusia y Kazajistán se queda totalmente coja si falla Kiev. El sueño imperial putiniano no puede cumplirse por la terca realidad. Y visto cómo ha caído el régimen prorruso de las cuentas en Suiza, Austria y Liechtenstein, lo que pueda ocurrir de ahora en adelante en Minsk vaya usted a saber.

    -La ocupación de Crimea no es una victoria, sino una derrota. Crimea ya era rusa. Siempre lo fue. El tarao de Jrushev se la concedió graciosamente a Ucrania, dejando un embolado serio a sus sucesores, pero es mayoritariamente rusa y tiene bases rusas. Putin gana algo que ya tenía y pierde al resto del país.

    -Eso acercaría más a Ucrania al seno de la OTAN, pues ya no tendría en su territorio bases de un Estado no-miembro.

    -Una confrontación abierta no le vendría bien a Rusia. Ucrania no es Georgia, y los rusos llevan más de un siglo sin desempeñarse bien en guerras, sino justo lo contrario, fiándose de tener muchos hombres que entregar a la picadora de carne. Pero los tiempos han cambiado y la sociedad rusa ya no soporta bajas muy abultadas.

    -La economía rusa se ha decelerado, y el rublo marca mínimos. Se ha depreciado más de un 6% con el euro en apenas un año. Y no están las cosas para que se aísle más.

    -China apoya a Rusia, hay "amplia coincidencia" de ambos en la crisis. Nos ha jodido. China pagaría lo que fuera para que Rusia se enfrascase en una movida al Oeste dejando a los fondos pekineses que sigan infiltrando su influencia en Asia Central, y para que el criterio "defiendo a mi minoría en otro territorio" se pueda aplicar en Siberia. Cuidado, Moscú.

    -Putin cerró en falso dos guerras en sus dominios, pero la debilidad de Obama le ha hecho tomar carrerilla. Si Usa tuviera un presidente más enérgico, es decir, si Usa hubiera votado a McCain, Putin se habría acojonado y no habría movido un dedo.

    -Pero el pueblo Usa se sintió muy moderno votando a un profesor universitario en vez de a un piloto de guerra que sobrevivió al cautiverio norvietnamita y al cáncer, y cuyo hijo también piloto militar está casado con una afrouseña capitana de la USAF. Pues nada, ya están disfrutando lo que votaron.

    -Pero Usa va a reconvertir su ejército. Los hechos vuelven a darme la razón con el tema del fracking, y el Águila es ya de facto autosuficiente energéticamente. Así que la Unión Europea es la que va a tener que mover ficha en el embolado ucraniano.

    -Y no es tan fácil porque aquí todos son socios. De igual manera que la red de abastecimiento al atlantismo en Afganistán pasaba casi toda por Rusia, también gran parte del gas que se gasta en Europa viene del Oso. Así que ya que todos son socios deben hacer lo que los socios hacen: dialogar.

    -Putin está todavía a tiempo de convertir su gran derrota -la caída de los señores ésos de las cuentas en Suiza, Austria y Liechtenstein- en una pequeña victoria. Piensa con la cabeza y no con los huevos, joer.

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  7. Sobre el frente oriental.

    Hoy trae el ABC unas hojas centrales -bueno, hace tiempo que las trae- desgranando el siglo XX desde la Gran Guerra. Hoy hablaban del auge del nazismo y de cómo crecieron y luego la anexión de Austria y tal, lo que ya sabemos.

    Comentan, y con razón, que el acuerdo de Munich fue clara señal de debilidad de la entente francobritánica, y que obviamente no detuvo a Hitler. Y decían que el anticomunismo feroz de los francobritánicos impidió que se entendieran con la Urss, lo que precipitó las cosas y tal.

    El trabajo de la redacción de ABC es bastante bueno, pero ése es en mi modesta opinión un error muy gordo, sobre todo a la luz de lo que dejó escrito el mismo Winston Churchill, según el cual intentaron atraerse a los rusos durante el 38 y parte del 39 -hasta el Pacto de Acero, claro-. Para ellos Rusia era imprescindible, el gran frente abierto que mantuviese a los alemanes atrapados. Desde un punto de vista geoestratégico muy primario y muy obvio Rusia era el aliado imprescindible. OK, puede que hubieran de taparse la nariz y olvidar los crímenes del sovietismo, pero ya se sabe que la política es así. Pero parece ser las tribulaciones de la Entente no le quitaban el sueño a Stalin -Alemania sí se lo quitaba-. Al fin y al cabo eran democracias parlamentarias decadentes.

    Desde un punto de vista inocente, si la Entente le declara la guerra a Alemania por invadir Polonia, entonces debería declarársela a la Urss por hacer lo mismo. Eso desde un punto de vista de gente legal. Pero claro, desde un punto de vista resabiado, o simplemente un punto de vista geoestratégico sensato, declararle también la guerra a los rusos sería como asar la manteca, una chifladura absurda. ¿Declararle la guerra a quien podría ser tu salvación? Y que ayudase, de paso, a dejar a Alemania neutralizada como potencia.

    Pero neutralizar a Alemania no parece ser designio de la Historia. Siempre resurge.

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  8. A propósito de Rusia, no sé si alguien ha leído el artículo de Juan Manuel de Prada hoy en Abc, todavía no he encontrado el link, lo leí en la edición impresa. Yo también adoro a Rusia, así como a sus escritores, pero no puedo darle la razón.

    Alguien como Putin es un profesional de la política, un político funcionarial o bien un funcionario político, un apparatchik, que ha mamado estructura y sistema desde el principio. Por tanto, que un "self-made man" de los negocios aparezca meteóricamente amenazando con ser el candidato más votado debe resultar, para esa mentalidad de apparatchik, una especie de ultraje, algo contranatura. Esos "aventureros" a la occidental no cuajan en Rusia, y ya sabemos por qué.

    En mi opinión, la pervivencia de las castas "de aparato" en la esfera de decisiones rusa es un serio lastre para el país, y le aleja de la unidad europea. Prefiero la Rusia reformista y cada vez más abierta de otra época, desde mediados del XIX hasta las puertas de la Gran Guerra, lo que César Vidal -toda una autoridad en historia rusa- llamaba "la gran ocasión". Esa Rusia europeísta, incluso afrancesada, pero igualmente muy espiritual y vigorosa, es la Rusia que yo quisiera, porque nos hace falta. Pero no una Rusia lejana, hosca y falsamente "autárquica".

    Hará falta que el mero paso del tiempo y el recambio biológico, dentro de medio siglo, haya desplazado a los apparatchiks y dejado sitio para pensadores de lo europeo mucho más ambiciosos y sabios. Para tener en tu poder los dos grandes puertos de aguas cálidas no necesitas clavar la banderita en ellos: es más que suficiente crear un sentimiento de hermandad con sus gentes. Porque Sebastopol está habitado sobre todo por rusos, pero Riga ahora mismo está a años-luz emocionalmente de orbitar hacia Rusia.

    Y ojo con China. Me parece, por ahora, el gran beneficiado de los bloques geopolíticos por esta crisis.

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  9. ola k asen, no recuerdo exactamente en qué hilo habíamos comentado lo de la jugada de Lenin y el famoso tren precintado, pero aquí no viene mal puntualizar un poco más. El trámite arrancó gracias a los buenos oficios del embajador alemán en Berna -Lenin se encontraba exiliado en Suiza tras haber estado por media Europa-, y la excusa fue un canje de prisioneros alemanes por rusos. Por entonces el zarismo había caído y la situación era propicia, Lenin estaba que rabiaba por regresar. Sale de Zurich el 9 de abril de 1917, y el 11 ya está al final de la red ferroviaria alemana de entonces, Sassnitz. El 12 toman un barco y el 14 llegan a Estocolmo en tren, recibiéndoles el alcalde y todo. Ese mismo día enfilan para Rusia, llegando a la estación de Finlandia en San Petersburgo el 16. El tránsito sueco también fue engrasado por la diplomacia alemana.

    Una de las condiciones era que no se viera ni un alemán en el tren, por eso se dice que iba "sellado", para que no supusiese un incidente con los rusos en ningún momento. De todas maneras, muchos ya se lo habían olido, entre ellos el presidente provisional ruso el príncipe Lvov: al asunto le llamaba el "frente Lenin".

    Ese mismo mes Lenin redactó las Tesis de Abril, la primera de las cuales ya hablaba del fin de la guerra. El cálculo del Alto Mando alemán salió bastante exacto. Con posterioridad lo admitieron por escrito Ludendorff y Hoffmann.

    ¡Salud!

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