miércoles, 9 de octubre de 2013

Las dentelladas de la Loba: la destrucción del mundo antiguo a manos de Roma





La expresión bárbaro tiene un origen sánscrito, que alude a la tartamudez o al chapurreo, a buen seguro por la onomatopeya "bar-bar-bar" con la que quienes escriben la historia se burlan de los idiomas extranjeros, como si fuesen gruñidos inarticulados incapaces de expresar ideas. Fue adoptada por nuestra cultura, como sabemos, hasta el momento presente, originando una contraposición ideológica entre lo propio -tenido por refinado y culto- y lo foráneo -considerado como algo desdeñable o amenazante-. Tal ideología se ha instalado en nuestro subconsciente cultural, por lo que a ella recurrimos a menudo para darnos a nosotros mismos una visión del mundo y una explicación de los procesos históricos que bien pudiera estar viciada de origen, pues proviene de ese fenómeno cultural que llamamos romanización.

Todos estamos romanizados. Millones de humanos pensamos en lenguas neolatinas. La arquitectura y el arte recuerda con distorsionada nostalgia el pasado romano. Nos gusta adornar nuestra pretenciosidad intelectual -bueno, quien la tenga- con citas latinas. Tendemos a pensar que Roma era el centro del mundo, de nuestro mundo, incluso quienes pertenecemos a naciones invadidas por ella. Nuestro punto de vista, incluso el de los españoles, no ve a Roma como un ente extraño y colonial que nos ataca, esclaviza y roba sino como el avance de la civilización sobre pueblos toscos y que no saben gobernarse a sí mismos. Roma salió victoriosa de muchos enemigos y escribió la historia a su modo, silenciando las versiones ajenas que pudieran hacerle sombra o teñir de crítica sus actos. Se trata de una constante universal, la del propagandismo del vencedor que por ánimo patriótico, mala conciencia, cálculo político o puro encubrimiento del lucro personal y de casta silencia las voces de los perdedores y amplifica aquellas otras que le ofrecen un eco favorable. Ha ocurrido, está ocurriendo y -seguramente- ocurrirá. Como dice el refrán, cada uno cuenta la feria como le va en ella, y si el relato de parte de los feriantes no nos llega, serán los demás quienes impongan su propia narración. Ya se sabe: ¡ay de los vencidos!

El padre Feijoo (1676-1764), uno de los pensadores más brillantes del siglo XVIII -la Pardo Bazán opinaba, con toda la razón, que era muy superior a Voltaire-, dejó reseñado en su monumental Teatro crítico universal el poco aprecio que le inspiraban los logros de la Roma antigua. Encontraba miseria humana, debilidad, doblez y traición por doquier. Se hizo eco de las peripecias romanas en Iberia. De cómo Viriato sólo pudo ser eliminado mediante el empleo de traidores en su círculo cercano, pues de otra manera no se le habría podido vencer. Así también se quitaron de enmedio a Quinto Sertorio, el militar romano rebelde que se postulaba como caudillo de una Hispania independiente. Igualmente, puso el ejemplo de Numancia, que contaba con cuatro mil soldados frente a cuarenta mil, y aun así Roma tuvo que pedir la paz en dos ocasiones, y en ambas quebrantó el acuerdo. Los numantinos declinaron en una ocasión la posibilidad de aniquilar a todo un ejército en retirada, "inspirados quizá por algún dios". Finalmente los romanos rindieron Numancia por el hambre (en caso contrario posiblemente jamás la habrían tomado: estuvieron dos décadas enfrascados allí sin resultado).

Sin embargo, para el lector ibero moderno la identificación con Viriato o con los numantinos no suele darse. Prefiere identificarse con Julio César, o con los Gracos, o con Agripa, o con Constantino, o con Juliano el Apóstata (eso ya depende de la decantación ideológica de cada uno), personajes que poco tienen que ver con él como no sea en función de representantes de una nación invasora y depredadora. Lo que ocurre es que el relato de la romanidad ha sido escrito por cortesanos, por pelotas, por plumillas palaciegos, por aduladores del sol que más calienta, que justificaban las campañas romanas generalmente contra enemigos más débiles que ellos. Y cuando no era así, y el enemigo era mínimamente presentable desde el punto de vista militar, Roma sufrió las derrotas más escalofriantes, vergonzosas y patéticas de la Antigüedad. Se llegó a un punto en que el ejército estaba casi completamente compuesto por los llamados bárbaros, pues de los descendientes de los romanos republicanos no quedaba apenas nadie.

Roma ha llegado en nuestro recuerdo y en nuestra cultura porque su comportamiento fue, casi siempre, más vil y despiadado que el de los demás pueblos con los que le tocó convivir. No se debió a su mayor capacidad militar, ni tampoco a su talento intelectual. La Hélade protagonizaba la mayor explosión de creatividad de la historia humana al menos hasta la Revolución Industrial mientras Roma era un belicoso y atrasado pueblo enzarzado en guerras con sus vecinos. Las habituales derrotas romanas solían ir acompañadas de reformas y mejoras urgentes en cuestión de táctica, equipamiento y suministro, donde muy a menudo eran más ineficaces que aquellos a quienes llamaban "bárbaros". De hecho, tomaron buena nota del casco, la lanza y el escudo galos. Los celtas tenían la tecnología precisa para crear llantas de una sola pieza de madera para las ruedas de sus carros, protegidas después por un aro de hierro, mientras que los etruscos -mucho más civilizados y adelantados que los romanos- disponían de llantas mucho peores.

La "gloriosa" historia de Roma habría terminado en el 390 a.C. si el caudillo galo Breno, tras tomar la ciudad de la Loba, se hubiera molestado en inhumar los cadáveres de los vencidos, que se convirtieron en un foco de peste, de modo que se conformó con un rescate en oro calculado con pesas trucadas (cuando los romanos protestaron, Breno gritó "¡ay de los vencidos!") para abandonar rápidamente el infestado lugar. También se habría terminado si los samnitas se hubieran aplicado con todo un ejército romano que capituló entero en la batalla de las Horcas Caudinas en el 321 a.C. como los romanos se aplicaron con ciudades y pueblos enteros extirpados sistemáticamente.¿Y qué habría pasado si Aníbal no hubiese detenido su marcha hacia la urbe de la Loba tras aniquilar en Cannas en el 216 a.C. un ejército de setenta mil soldados contando sólo con la mitad de efectivos?

Por ser bien conocido, más que otros casos, el padecimiento del pueblo judío bajo la Loba (donde los invasores llegaron incluso a torturar y ejecutar al personaje más célebre y amado de la historia de nuestra especie, el artesano y predicador galileo Jesús de Nazaret), no nos detendremos en él en esta primera parte, ni hablaremos tampoco de la institución de la esclavitud ni de los sangrientos espectáculos circenses (impensables para un "bárbaro"). Considero que son suficientemente sabidos.


VECINOS INCÓMODOS

T. E. Lawrence se queja amargamente del triste destino del pueblo etrusco, nación comerciante, próspera y culta, generadora de un arte delicioso, caracterizado por un delicado naturalismo. Destaca su modernidad social por la existencia de una burguesía con influencia política y por la relativa emancipación de que las mujeres etruscas disfrutaban. No es de extrañar que el centro geopolítico de Etruria haya sido la actual región de la Toscana, donde hasta la brisa y el polen parecen puro arte, y donde -por fortuna- las condiciones idóneas para la creación de alta cultura no fueron erradicadas por la brutalidad romana.

Pero ya sabemos que la historia es redactada por los vencedores. Tanto es así que la famosa talla de la Loba Capitolina, símbolo romano por excelencia, es de origen etrusco (en el siglo XVI se le añadieron los monigotes que representan a Rómulo y Remo). Es más, casi todo el alfabeto latino (el más universal y difundido de todos) fue adoptado del etrusco, que tenía un posible origen rúnico.

Uno de los acontecimientos más decisivos de la historia humana fue la destrucción de Cartago, en mi opinión. Derrotados tras la Segunda Guerra Púnica, en la que tan poco faltó para que Aníbal aniquilara Roma para siempre, los cartagineses habían aceptado un tratado de paz muy draconiano, a pesar del cual habían vuelto a florecer. La ciudad era poblada y muy próspera. Se cuenta que Catón el Viejo presentó a varios patricios una canasta con higos frescos y deliciosos que, ante sorpresa de ellos, ¡venían de Cartago! La ciudad se había convertido en un rival comercial intolerable para Roma, algo que los latifundistas sentían a la hora de intentar comercializar los productos de sus tierras. Por otra parte, la región norteafricana prometía ser un surtidor de cereal para la Loba, y las compensaciones por la anterior guerra iban a expirar en breve. La guerra, provocada por un ultimátum humillante, no se hizo esperar. Roma perpetró en Cartago un abominable genocidio, destruyendo la ciudad hasta los cimientos, arándola y sembrándola de sal después, como reforzando simbólicamente los motivos materiales que en realidad motivaron esa monstruosidad.


ESTÁN LOCOS, ESTOS PRORROMANOS

¿Hay algún antiguo lector infantil de las aventuras de Astérix y Obélix al que estos galos le caigan mal, y los romanos le parezcan admirables? ¿Nadie soñó con unirse a ellos en sus viajes, o sentarse a la mesa del banquete a ponerse morado de carne de jabalí? ¿Hay alguien que no haya sentido ese entusiasmo infantil, hay alguien que haya nacido viejo?

 Los galos no eran bestias selváticas. Así, disponían de un calendario que combinaba el lunar con el solar de un modo complejo y eficaz. Hacía coincidir el arranque del mes con el novilunio, y conseguía que las festividades cayesen cuando correspondía. Consta el resto arqueológico llamado Calendario de Coligny. Por contra, los romanos arrastraban un calendario muy deficiente desde Numa Pompilio, que ya acumulaba un desfase de más de cuarenta días. Además, los romanos -dado su atraso cultural- se vieron incapaces de hacer una adecuada reforma, por lo que para diseñar el llamado calendario juliano tuvieron que recurrir a un extranjero, el egipcio Sosígenes de Alejandría. La cultura celta disponía de excelente armamento, cotas de malla y carros muy maniobrables. También habían creado calzadas, de madera de roble preferentemente, con la anchura suficiente para que se cruzaran dos carros (es famosa la Calzada de Corlea). El pueblo galo, ocurrente y laborioso, disponía de reja para el arado y de cosechadoras, un rastrillo sobre ruedas que contaba con un depósito para la recogida directa del grano. Eran expertos en la forja de metales, y acuñaban moneda en abundancia. Eran también amigos de la higiene. Las mujeres tenían un gran peso en su sociedad (una jefa gala llamada Onomaris fundó lo que hoy es Belgrado).

Los galos estaban también duchos en minería. Empleaban, por ejemplo, el llamado tornillo de Arquímedes, inventado por el sabio homónimo -asesinado por Roma- aunque quizá ya existiese antes. Con ese método extractivo, explotaban yacimientos varias decenas de metros por debajo de la superficie sin demasiado esfuerzo. En la sociedad gala abundaba el oro, que se empleaba con profusión incluso en su ajuar diario y en sus túnicas. Por contra, Roma era deficitaria en oro. En tiempo de Julio César, se acuñaba moneda de plata y de bronce, pero la carestía de oro impedía un acuñado regular (el caudillo númida Yugurta había asegurado, tras su visita a la metrópoli, que ésta solamente necesitaba un comprador). Además, el ambicioso militar estaba muy endeudado (se había ganado la popularidad en base a abultadas dádivas, bello eufemismo por "sobornos"), por lo que la invasión de la Galia era lo podríamos calificar como un paso natural según estaban las cosas.

Cayo Mario, tío de César, había acometido una profunda reforma del ejército, que había profesionalizado. Roma disponía de algo que era novedoso por entonces: un ejército profesional, algo que de lo que no disponían los galos, que no podían permitirse ni un tiempo prolongado de instrucción de combate ni una guerra demasiado dilatada en el tiempo. La Galia era una presa codiciada, pues podía convertirse -gracias a su superioridad agrícola sobre Roma- en el granero de la metrópoli, y su riqueza en metales preciosos no tiene ni que ser comentada. El resultado ya se sabe, una ciclópea guerra (58-51 a.C) y el genocidio de un pueblo cuyo gran pecado fue hacer las cosas mejor que Roma y no tener deudas. Además de la pérdida de población (una gran mortandad, la esclavitud de poblaciones enteras y el éxodo de los galos a territorio "bárbaro" para vivir en libertad), la Galia retrocedió siglos. El presunto granero tuvo que recibir grano de Britania.

César rehízo su fortuna, pero a la larga para el imperio de la Loba los metales preciosos galos no cundieron gran cosa. En el siglo III d.C. no sólo la Loba no disponía de bastante oro sino que además escaseaba la plata. Las monedas de plata tenían más de la mitad de bronce, y hacia el 270 era simplemente bronce bañado chapuceramente en plata (los partos, otro pueblo técnicamente más avanzado que los romanos, tenían medios más eficaces para chapar materiales). El ejército era una muchedumbre bastante ineficaz pero muy numerosa, quizá unos seiscientos mil hombres, que absorbía las cuatro quintas partes de los tributos, y como la moneda no valía nada, buena parte de los pagos eran requisas.


"NO TOQUES MIS CÍRCULOS"

Poner la civilización romana a la altura de la griega es un insulto a la inteligencia y a la humanidad. La Antigua Grecia es uno de los momentos histórico-culturales más grandes de nuestra especie. Somos hijos de la Hélade. Ése debe ser uno de nuestros mayores orgullos: somos alumnos de los antiguos griegos. El pensamiento libre, que lo analiza y cuestiona todo, vino parejo con el amor por las artes y la vida dulce, la astronomía, el teatro y el espíritu ciudadano. Todo lo que se puede decir de la Helenidad es poco, injusto e insuficiente.

No tiene sentido, en el marco de este texto, ponerse a hablar de Platón o de Aristóteles, o de Fidias y Praxíteles, o de la institución democrática, existentes ya antes de que los romanos hicieran el ridículo en las Horcas Caudinas y los samnitas les permitieran seguir habitando el mundo. Pero apuntemos algunos detalles que pueden dar una idea de cómo estaban las cosas. A Eneas el Táctico se debe el primer tratado erudito conocido sobre el arte de la guerra. Aristarco de Samos propuso el modelo heliocéntrico, adelantándose unos diecisiete siglos a Copérnico. Ctesibio de Alejandría escribió el primer tratado sobre el uso balístico del aire comprimido, e inventó la clepsidra (el reloj más preciso de los siguientes dos milenios) y un órgano de agua. Filón de Bizancio inventó el molino de agua y la bomba de agua, además de una ametralladora: una ballesta que se cargaba y disparaba automáticamente hasta agotar el repuesto de flechas (en Rodas también contaban con una catapulta-ametralladora de piedras que se servía sola). Eratóstenes de Cirene, el creador de la criba de los números primos, calculó el diámetro de nuestro planeta e inventó la esfera armilar. Hiparco de Nicea inventó la trigonometría, dividió el día en 24 horas iguales y afinó el cálculo del diámetro terrestre de Eratóstenes. También calculó la distancia de la Tierra con la Luna.

Los griegos habían llegado a crear autómatas, incluidos teatros enteros de robots que dejaban pasmados a los visitantes, que lo consideraban obra de magia. También inventaron máquinas expendedoras de vino (aguado a voluntad) e incluso de pastillas de jabón. Habrá quien considere que estos logros son fruslerías fáciles de realizar (de hecho, sólo hemos tardado 2000 años en llegar a ese nivel), pero dan la medida cabal del genio heleno. El maravilloso Mecanismo de Antiquitera merece que le den de comer aparte: era un complejo engranaje que permitía calcular el recorrido aparente del Sol, la Luna y varios planetas así como predecir eclipses.

Herón de Alejandría ideó una forma para que las puertas de los templos se abrieran al paso humano, lo que imitan las actuales aunque por otro dispositivo. Diseñó las fuentes-surtidores y un primitivo cuentakilómetros. Llegó a inventar 78 autómatas (uno de ellos es el  famoso Teatro de Dionisos). Pero lo mejor de todo: ingenió la Eolípila, la primera máquina a vapor. El genio alejandrino presentó una polea que elevaba enormes pesos al emperador Vespasiano, que tenía que afrontar la enésima reconstrucción de Roma. Aunque esa máquina ahorraba mucho trabajo o, mejor dicho, precisamente por eso, el césar compró el instrumento y lo destruyó, porque eliminaba puestos de trabajo ("tengo que alimentar a la plebe", dijo). Vespasiano, el primer ludista de la historia.

Hay que tener en cuenta que casi todo el saber de aquella gente, casi todos sus escritos y tratados, se ha perdido. La involución cultural producida por la dominación romana convertía casi todos los adelantos griegos en meras curiosidades, no en eficaces medios de habitar el planeta. No podemos hacernos una idea de todo lo que se ha perdido. El descarnado sentido práctico de los romanos descartaba todo aquello que no tuviera una utilidad inmediata. Eso, en el mejor de los casos. En el peor, se apostaba por la destrucción, como fue el caso de Corinto en el 146 a.C: todos los hombres fueron asesinados, y tanto mujeres como niños convertidos en esclavos. De la ciudad quedaron durante un siglo sólo algunas ruinas. Todo lo valioso fue saqueado o hecho polvo. Pax Romana.

Un caso célebre fue el de Arquímedes de Siracusa, uno de los mayores genios de la Humanidad. Durante el sitio de su ciudad por los romanos (214-212 a.C.) diseñó una garra mecánica que desbarataba las naves invasoras y una batería de espejos que concentraban la luz solar sobre la madera de los barcos, incendiándola. Por ello, el teóricamente sencillo asedio siracusano se prolongó desesperantemente. Es sabido que, cuando la ciudad cayó, Arquímedes fue muerto por un soldado romano a pesar de que el general Marcelo había avisado de que se le respetase la vida (dado el atraso técnico de los romanos, no les habría venido mal contar con el ingenio del gran inventor en sus filas): era la forma típica romana de razonar espada en mano.


LO QUE HOY ES RUMANÍA

Roma perpetró sobre la Dacia uno de sus mayores genocidios, hasta el extremo de que Luciano, el médico personal del emperador responsable de tal atrocidad, un ibero llamado Trajano, hizo saber que éste afirmaba haber dejado vivos a solamente cuarenta dacios. Es sin duda un dato legendario, pero supone un buen indicio para saber cuál fue la línea de actuación romana en tierras dacias.

Los dacios, considerados un pueblo derivado de los getas, no eran en absoluto unos bárbaros asilvestrados. Antes de que en Roma hubiera emperadores ya podían presumir de un espléndido arte cerámico y de acuñado de moneda. Además, empleaban un alfabeto que combinaba el griego y el latino. Su líder aglutinador había sido Salmoxis o Zalmoxis, del que se afirma que fue discípulo de Pitágoras y que se empapó de trascendentalismo en su visita a Egipto. De regreso a la Dacia, predicó con gran éxito la doctrina de la inmortalidad del alma. Diodoro Sículo llega a decir que Salmoxis fue uno de los tres grandes filósofos de origen no heleno, junto con Moisés y Zoroastro. Los dacios le deificaron, convirtiéndole en el dios supremo de su particular panteón nacional.

El siguiente personaje imprescindible para entender la Dacia fue el caudillo Berebistas o Burebista, quien llegó a forjar una confederación que podríamos entender como unificación del país, con todas las reservas necesarias ante un concepto más bien extraño para los pueblos "bárbaros" al norte de la Loba. El país abarcaba desde la Llanura Panonia hasta el mar Negro, un tamaño muy respetable. Tanto dependía de su impronta personal esa confederación que a su muerte se deshizo. Burebista recuerda en la distancia al rey Arturo, pues tenía como mano derecha a un mago, Deceneo o Decaneo, que también se había impregnado de espiritualidad viajando a Egipto; también recuerda a Licurgo, por su decisión de arrancar los viñedos de su tierra. Tan poderoso se hizo Burebista que el triunviro Pompeyo tendió puentes diplomáticos hacia él, algo que no se le escapaba a su gran rival, Julio César, quien antes de ser asesinado barajó una posible campaña contra los dacios.

Durante el siglo I d.C. se mantuvo el statu quo entre las dos potencias. Es posible que, para reforzarlo, Augusto proyectase emparentar con la realeza dacia. Lo cierto es que poco a poco los propios dacios se hicieron minoritarios en su propia tierra (un fenómeno bastante recurrente en la historia humana), donde se establecieron comunidades célticas e iranias, además de los bastarnos, una tribu posiblemente de etnia germana. En el año 85, un tercer personaje crucial llamado Decébalo, que demostró ser excelente estratega, osó pasar el Danubio -con un ejército en el que no escaseaban los desertores romanos- y caer sobre jurisdicción romana, matando al gobernador. El impresentable césar Domiciano delegó sus tareas de defensa de los intereses romanos en Cornelio Fusco, quien repasó el Danubio dos años después buscando la confrontación abierta y decisiva contra un enemigo que a buen seguro despreciaba. En Tape, en un desfiladero llamado las Puertas de Hierro a los pies de los Cárpatos meridionales (también llamados Alpes transilvanos), una legión romana quedó prácticamente aniquilada y Fusco perdió la vida. La guerra no se enderezó para los romanos, que en el 89 solicitaron una tregua. Domiciano estaba enzarzado en una campaña contra los suevos que pintaba mal, de modo que recurrió a aceptar la victoria dacia. Eso sí, de puertas adentro lo quiso hacer pasar por victoria, organizando desfiles de victoria, aparatosas naumaquias y numerosos combates circenses, entre cuyos combatientes se incluían mujeres y enanos.

Trajano, nacido en Itálica, llegó a ser el césar que con sus conquistas amplió el poder de Roma hasta su máximo histórico. Cinco millones de kilómetros cuadrados y según algunos cálculos tal vez un tercio de la población mundial englobada en esa enorme extensión: se ha arriesgado el cálculo de que, por entonces, de cada tres humanos uno era chino y otro súbdito romano (una proporción así sólo se repitió con el Imperio Español: de cada tres humanos había un chino y un súbdito de los Austrias). El nuevo emperador, que pertenecía a lo que convencionalmente se ha llamado dinastía de los Antoninos, tenía entre ceja y ceja el asunto dacio. Algo bastante habitual para los césares recién llegados es abordar una campaña militar que les dé prestigio y tirón popular. La Dacia se antojaba una candidata ideal para recibir el "interés" de Roma, que por entonces atravesaba una situación de carestía, agravada por la obligación de pagar tributo a los dacios en virtud de aquella malhadada tregua de Domiciano. Y allí había oro, mucho oro. El patrón se repite.

La guerra contra los dacios abarcó del 101 al 106, en dos actos. En ellos empleó a fondo sus energías militares (llegó a destinar al teatro de operaciones a trece legiones). Curiosamente, para atravesar el Danubio se diseñó el llamado puente de Trajano, de más de mil cien metros de longitud, y para esa impresionante obra de ingeniería tuvieron que recurrir al genio de un sirio, el arquitecto Apolodoro de Damasco. Trajano venció a Decébalo, que se suicidó. Muchos supervivientes optaron por perderse atravesando los Cárpatos. La cultura dacia fue extirpada, y la zona fue repoblada con esclavos y gentes de otros rincones del imperio. Que esa tierra se llame ahora Rumanía y no Dacia es buena prueba de aquel genocidio.

Un minuto después de la victoria militar, Roma se aplicó al verdadero asunto: la extracción y requisa de todo el oro y toda la plata que se pudiera poner a tiro. Tal vez 1650 toneladas de oro y aproximadamente el doble de plata. El mercado de oro se vino abajo, y Trajano comenzó a derrochar a manos llenas. Los juegos circenses, esos abominables espectáculos que sólo una sociedad enferma puede aplaudir, celebrados a continuación se extendieron durante cuatro meses. El itálico emprendió una nueva revolución urbanística, el Foro Trajano, con ese dinero (buena parte de las ruinas romanas que llegan hasta hoy fueron financiadas mediante el genocidio dacio), pero para sus mayores obras tuvo que recurrir al sirio Apolodoro, pues según parece en toda Roma no había un arquitecto de su calibre.



Cabeza de guerrero parto.

MÉTETE CON LOS DE TU TAMAÑO

Dos pueblos resistieron los embates romanos: germanos y partos. E hicieron bien, porque el propósito de la Loba para con ellos era un propósito de exterminio.

Dos pueblos germanos, los cimbrios y los teutones, desplazados posiblemente por el anegamiento de sus tierras por el Mar del Norte, cayeron sobre territorio sujeto al dominio romano hacia el 113 a.C., derrotando al ejército republicano una vez tras otra en la Galia Narbonense en desastres militares cada vez mayores, hasta que en el 105 a.C. le propinaron en Arausio quizá la mayor derrota de la historia de Roma: un ejército completo, inmenso, de ochenta mil legionarios y cuarenta mil tropas auxiliares fue completamente pulverizado. En la metrópoli cundió el pánico: Italia estaba a merced de esas belicosas tribus de gentes grandes como torres y que se alimentaban casi exclusivamente de carne y leche cuajada. Ahora bien, además de belicosas eran desorganizadas y sin un objetivo político claro, pues desistieron de aniquilar a la Loba (eran los enésimos que declinaban esa decisión) y se entretuvieron con los saqueos. De hecho, los cimbrios llegaron a entrar en Hispania y quedarse aquí tres años, una eternidad en términos geoestratégicos incluso para la Antigüedad, tiempo que Mario aprovechó para regresar a Roma tras haber eliminado la amenaza de Yugurta, acometer la forja de un ejército estable y conseguir conjurar la amenaza, haciendo desaparecer a las dos tribus de la Historia, lo que llevó a darle la consideración popular de un segundo Rómulo.

Roma ambicionaba Germania. Varias razones se daban para su propósito: madera (imprescindible en grandes cantidades para la arquitectura romana), el siempre ansiado oro, muchedumbres de esclavos y los sueños de gloria del naciente imperio de la Loba. Ésta llegó a tener una provincia, la Germania Magna, que llegaba hasta el Elba, aunque ese dominio fue de corta duración. Quintilio Varo, un individuo cruel, soberbio y con escaso sentido de la realidad militar, que había comenzado su tarea de gobernador en Siria pobre como una rata y se había ido de allí colmado de riquezas, era conocido por sus terribles represalias. En Judea había incendiado Emaús, población donde décadas después se aparecería Jesús resucitado, y había ordenado la crucifixión de dos mil judíos. Pero en Germania encontró la horma de su zapato en el caudillo querusco Hermann o Arminio, germano romanizado que en el año 9 d.C., en la Selva de Teutoburgo, aplastó a tres legiones hasta prácticamente el último hombre. Augusto, ante el desastre (Desastre de Varo se le llama comúnmente), cayó en una depresión profunda durante la cual exhibía públicamente un aspecto de pordiosero e imprecaba a gritos a su ya muerto gobernador (se había suicidado a la vista del desastre) exigiéndole que "le devolviera sus legiones". La política de Roma fue sencilla desde entonces: abandonó la Germania Magna, dejándola por imposible. No habrá más emplazamientos en la ribera oriental del Rin. La sociedad romana tendió un velo de silencio y censura sobre el tema. Tanto es así que, según parece, la principal ciudad de aquella provincia no conserva nombre romano (pero sí germánico: Waldgirmes). Los germanos se habían librado del exterminio, la esclavitud masiva y la rapiña generalizada. Así lo dejó escrito Tácito, al decir que Arminio "había librado a Germania de la esclavitud".

Los partos fueron otro pueblo que le plantó cara a la Loba. En los tiempos convulsos del Primer Triunvirato, un repugnante especulador enriquecido de manera innoble, llamado Marco Licinio Craso, se las dio de gran estratega aprestando una gran expedición militar con la intención de aplastar al ascendente Imperio parto. Fue en el año 53 a.C., tras dos años que aprovechó para ir sumando efectivos, cuando se topó con los partos en Harran o Carras. Lo que descubrieron los romanos allí fue chocante. Por una parte, los partos disponían de una notable caballería pesada (en la que abundaban los galos, por cierto). Por la otra, los arqueros partos manejaban un arco de una eficacia portentosa, técnicamente mucho mejor que los conocidos hasta entonces, y sabían emplearlo de modo letal incluso cuando emprendían retirada, siendo tan certeros al disparar como cuando estaban en posición de avance. En aquel territorio desconocido, Roma sufrió una estrepitosa derrota más, perdiendo veinte mil muertos y diez mil prisioneros (algunos de ellos, presumiblemente, llegaron hasta la región china de Liqian, "legión"): a la metrópoli sólo regresaron quinientos soldados.

Los partos mantuvieron con la Loba una pugna continuada con tiras y aflojas de variado signo (la capital parta, Ctesifonte, llegó a estar en manos romanas: sólo lo consiguieron con un césar no italiano, sino norteafricano, el soldado-emperador Septimio Severo; el resultado de los saqueos en tierras partas saneó las cuentas de la Loba durante un tiempo). Aquel pueblo, que practicaba una suerte de sincretismo religioso pero basado sobre todo en la adoración a Ahura Mazda y al carácter sagrado del fuego, no era "bárbaro" en modo alguno. Prueba de ello es, por ejemplo, el iwan o cúpula parta, primoroso elemento arquitectónico conseguido gracias a agudizar el ingenio en unos territorios donde el arbolado escaseaba. (mientras, en Roma se empleaba una cantidad exagerada de madera en forma de andamios provisionales para asegurar sus bóvedas). Un gran logro técnico fue la batería de Bagdad, una serie de jarras que funcionaban como pilas eléctricas y que empleaban para chapar impecablemente objetos en oro (a saber cuántas veces habrían dado los partos gato por liebre). Sea como fuere, el continuo guerrear con la Loba y los enfrentamientos intestinos de su aristocracia precipitaron la caída del Imperio parto y la llegada del Imperio sasánida. El segundo monarca sasánida, Sapor I (215-272), reanudó la guerra contra los romanos, una guerra con alternativas y en la que posiblemente murió el césar Gordiano III. Un aventurero político, Felipe el Árabe, se hizo con el poder y pactó una tregua vergonzante con Sapor. Éste aún tuvo tiempo de hacer caer a un tercer emperador, Valeriano (que tan desesperado estaba por falta de fondos que empezó una persecución anticristiana con miras a exprimirles sus bienes), al que hizo prisionero y que murió en cautividad (a su muerte, fue taxidermizado y expuesto en el palacio imperial sasánida). El enfrentamiento entre ambos imperios continuó, de todas formas. Uno de los momentos más lamentables de aquella pugna fue la destrucción de la fascinante ciudad de Palmira, en el 273. Ni que decir tiene: a manos de la Loba.

Sapor II el Grande (309-379) fue el inaugurador de la época más brillante de los persas sasánidas. Durante su reinado la pugna con Roma se mantenía, aunque de modo estéril, con escasos avances. El intento más serio por parte de la Loba de destruir a los sasánidas provino de un mitificado personaje llamado Juliano el Apóstata, que como tantos césares una vez alcanzada la púrpura se embarcó en una ambiciosa expedición bélica (I) - más de sesenta mil soldados- en el año 363 con el deseo de comenzar su reinado con el prestigio de una gran victoria. Esa victoria no llegó. Tras un infructuoso asalto a Ctesifonte, Juliano perdió la vida en una refriega de escasa entidad, su ejército quedó paralizado en tierra de nadie sin enlazar con refuerzos y un nuevo césar llamado Joviano, elegido por los oficiales a toda prisa, pactó una humillante paz con los sasánidas.

Éstos, al igual que los germanos, se habían salvado del genocidio. Y es que Juliano lo había dicho muy claro: quería "borrarlos de la faz de la Tierra". Pero ya se sabe que, en este mundo, el fuerte es respetado.

Con todo, Persia había quedado debilitada por una guerra tan insistente. Ese debilitamiento fue aprovechado por un singular pueblo, los hunos, que siguiendo el cauce del río Amu Daria (que, debido a variaciones de caudal, a lo largo del tiempo desembocó a veces en el mar Caspio y no en el de Aral, como hace hoy) atravesaron territorio de influencia sasánida, llegaron al Mar Negro y terminaron en Panonia, provocando el desbarajuste poblacional y estratégico de todos conocido. Aquellos hunos causaron impresión por su aspecto, su dieta (basada en más de cien derivados de la leche de cabra, camello, yak, oveja y casi lo que se pusiera por delante) y sus impresionantes arcos (cuya fabricación llevaba un año entero: el semiarco inferior era mucho más corto que el superior, con lo que se manejaba con gran facilidad yendo a caballo), y provocaron una serie de éxodos concatenados, en los que un pueblo desplazado hacía lo propio con el siguiente. Y aquí aparecen los vándalos, unos competentes granjeros germanos que ya en tiempo de Constantino el Grande se habían establecido en territorio panonio y engrosaban con sus jóvenes las filas romanas. Los vándalos comienzan a migrar, siendo acompañados pronto por los alanos y los suevos. A principios del siglo V estaban a los pies de los Alpes. Estilicón permite, en principio, ese avance pues no se trataba de invasión militar alguna. El Rin es atravesado pacíficamente.


CUESTA ABAJO

Volvamos temporalmente a la Dacia. Una característica del territorio dacio, geopolíticamente hablando, era la porosidad de sus fronteras, esencialmente al este y al norte. Por allí comenzó la entrada pacífica de más pueblos bárbaros. Adriano no se animó a dar ese territorio por perdido, pues eso supondría abandonar a su suerte a un notable número de ciudadanos romanos, pero la cuenta atrás demográfica ya había comenzado. La demografía marca el destino, y así fue pues el emperador soldado Aureliano optó por olvidarse de la Dacia en el año 272, cuando la abrumadora mayoría poblacional era bárbara. De hecho, desde tiempo atrás ni había tropas acantonadas ni siquiera inscripciones latinas. La inmigración bárbara venció a Roma sin derramamiento de sangre. De modo que, como era de esperar, la frontera volvió a ser el Danubio.

Aunque la lejana Armenia merece el puesto de primer país convertido al cristianismo, adoptándolo como religión oficial en la entrada del siglo IV, numerosos godos y suevos se habían convertido también, de un modo pacífico. El obispo Ulfila contribuyó en gran medida a esa evangelización con una traducción al gótico de la Biblia empleando un alfabeto de su invención en el que combinaba caracteres griegos, latinos y rúnicos (es interesante saber que de la traducción excluyó Reyes, por considerarlo un texto demasiado incitador a la violencia). Por entonces los godos de la Dacia habían prosperado y vivían en aldeas ricas, pero tenían en el horizonte el problema de las oleadas de los hunos, que amenazaban con la aniquilación de aquella sociedad. De modo que los godos optaron por pactar con el césar del momento, Valente: podrían pasar el Danubio y establecerse en suelo romano, pero a cambio de servir como fuerza militar ingresando en las filas imperiales y de la conversión de los pocos paganos que aún quedaban entre ellos.

La afluencia de gentes godas -tal vez unos doscientos mil- no se distinguió gran cosa, probablemente, de las avalanchas de refugiados de los tiempos presentes. Muchos godos se ahogaron en las crecidas del Danubio. Se crearon campamentos para los inmigrantes, en los que pronto apareció el espectro del hambre pues los corruptos responsables de los campos se incautaban buena parte de los víveres que llegaban. El asunto terminó en la sublevación de los godos. Valente tiene que dejar su villa imperial y ponerse al frente de un colosal ejército que, a pesar de su tamaño, sufrió una derrota apocalíptica en Adrianópolis el 9 de agosto del 378. Valente perdió la vida, los caídos romanos doblaron la cifra que arrojó el Desastre de Varo y el imperio ya no se recuperó pues, aunque el ibero Teodosio equilibró la situación, los godos fueron plenamente conscientes del poder que tenían. Con estatuto de federados, llegaron a ofrecer guerreros con los que engrosar las exhaustas filas romanas con sus gentes a cambio de fuertes sumas del tesoro imperial.

En las postrimerías del siglo, Alarico comandaba ya a unos veinte mil hombres. Con ese ejército, ayudó a Teodosio en la victoria del Frígido contra un usurpador pagano llamado Eugenio que le discutía el poder en la parte occidental del decadente imperio. Por entonces casi todas las tropas romanas eran de origen bárbaro, y su indumentaria no recordaba ya a la clásica. La batalla costó mucha sangre visigoda, lo que distanció a Alarico del emperador. A la muerte de éste no sólo el imperio se dividió en dos (regido por Arcadio y Honorio) sino que además Alarico fue proclamado rey de los visigodos, que se sacudieron el estatus de federados. El rey visigodo, aunque frenado por el genio de Estilicón (un vándalo: Roma no tenía capacidad de aportar estrategas a su propio ejército), contribuyó enormemente al proceso de caída del otrora floreciente imperio. Se daba a esas alturas tal ruptura psicológica con la tradición romana que Estilicón, cristiano arriano, ordenó la quema de los Libros Sibilinos, símbolos sagrados de la romanidad.

A la muerte de Estilicón en el 408, todo se empieza a derrumbar definitivamente. En Roma se produce una insensata matanza de godos, que envenena las relaciones entre pueblos. Vándalos, alanos y suevos, sin ser estorbados por los bagaudas, entran en Iberia al año siguiente para cambiar nuestra historia. En el 410, un Alarico con sangre en el ojo toma y saquea Roma. En realidad, se puede decir que la Loba murió ese año. Pero se mantuvo como un títere bamboleante hasta el 475, cuando el hérulo Odoacro depuso al césar-monigote Rómulo Augústulo (nombre simbólicamente muy bien elegido).

Antes del fin, los vándalos se superan a sí mismos y protagonizan un nuevo movimiento poblacional aún más asombroso, dejando Iberia y estableciéndose en el Norte de África, en una lengua de tierra cuyo centro corresponde a lo que hoy es Túnez. Eso supuso la pérdida del cereal, el aceite de oliva y abundantes regalías y tributos para Roma. Pero a esas alturas importaba poco. El Imperio de Occidente era un entretenido tráfico de etnias que iban y venían, regiones que iban a su aire y aventureros que se proclamaban césares con la misma facilidad con la que eran arrinconados. Curiosamente, los vándalos no causaron una impresión particularmente negativa. Su arrianismo sin duda escandalizó a los escritores católicos, pero por lo demás eran considerados gente decorosa. Les gustaba la caza, la higiene, las termas y el refinamiento. Salviano habla de la "castidad de los vándalos", en contraposición a la nueva Cartago romana, un buen ejemplo antiguo de shrinking city, que fue perdiendo población y decayendo económicamente hasta quedar abandonada en el siglo VIII. Los vándalos se hicieron fuertes primeramente en el campo, donde se ganaron la popularidad de las gentes al reducir drásticamente la carga impositiva que secularmente sufrían, para  finalmente entrar en Cartago, que vivía en una perpetua y desesperante rueda de orgías alcohólicas y resacas, con la población adicta al vino procedente de Palestina, que era consumido a mares. Cuesta llamar "bárbaros" a los vándalos, en comparación con aquellos urbanitas.

Y así, entre ríos de vino y ocasionalmente de sangre, la Loba pereció.


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Hemos visto, un poco por encima en los casos más conocidos y con algo más de atención en puntos menos tenidos en cuenta, cómo fue la ejecutoria de la civilización romana a la hora de relacionarse con los pueblos de su entorno geográfico. Hemos podido ver en sus rasgos generales cómo esa civilización tuvo un éxito expansivo desproporcionado respecto de sus méritos, dado su atraso cultural y la baja calidad de su técnica y de su pensamiento en comparación con el de sus vecinos, y observó una conducta indigna y atroz que no resiste el más mínimo análisis ni la menor justificación. 

Nos hemos detenido ahí y no hemos ido más allá, pues tras ser depuesto Rómulo Augústulo se da por hecho que comienza el Medievo. Poca gente repara en que si las circunstancias hubieran sido algo más propicias, y si los bizantinos (la parte oriental del imperio, que no había implosionado) no se hubieran embarcado en la Guerra Gótica, ese estancamiento cultural de casi mil años no se habría producido, quizás. No podemos saber qué habría quedado de la tarea conciliadora de Dietrich o Teodorico, si no hubiera sido estorbado por el imperialismo bizantino, si habría podido forjar el experimento de un imperio germánico en buena parte de lo que fue antes territorio occidental de la Loba, donde las técnicas y las artes podrían florecer, y tanto arrianos como católicos convivirían. Justiniano lo impidió, sumiendo a Italia en la catástrofe económica y social más completa. No podemos saberlo.

En fin, ante todo lo visto, ¿cuáles son los motivos que llevarían a una generalizada impresión popular de que lo romano es bueno, es constructivo, es cultura, es refinamiento, es intelectualidad, es éxito civilizador? Y ¿por qué razón lo romano es idealizado, exaltado y considerado viga maestra de las sociedades occidentales? ¿A qué se debe la amnesia selectiva de nuestro ámbito cultural y social? Son preguntas que adquieren una profundidad mayor si se tiene en cuenta que vivimos en la edad de oro de la imagen multiplicada.


 LAS RAZONES DE LOS PRORROMANOS

Lo habitual en una sociedad que lee poco es que se le impongan por vía del voceo mediático unas representaciones de épocas históricas que el público poco formado da por buenas. ¿A qué recurre, para saber lo que fue Roma, el espectador al que le aburre leer? A las imágenes. Un caso típicamente español es la programación de películas "de romanos" durante la Semana Santa. En esos días se reponen los viejos clásicos populares de siempre, casi todos de producción useña a pesar de que Italia, entre otros motivos por pura cercanía geográfica y cultural, generó una gran corriente de cine dedicado a la Antigüedad, el peplum, desde antes del sonoro, como la mítica "Cabiria" (1914, Giovanni Pastrone). El caso es que se juntaron el hambre y las ganas de comer: el cine Usa desembarcó en los estudios romanos de Cinecittá para presentar o imponer una visión estereotipada de Roma. La proximidad cultural, unos costes de producción más livianos que en Hollywood y unos excelentes técnicos (la legislación italiana obligaba a asignar un co-director nativo, algunos de los cuales fueron gente como Mario Soldati, Riccardo Freda, Mario Bava o Sergio Leone) facilitaron la moda de un cine popular aparatoso y con ínfulas cultas -el género colossal- que miraba de reojo la creciente competencia de la televisión. La pésima "Quo vadis" (1951, Mervyn LeRoy), adaptación de la soporífera novela original de Henryk Sienkiewicz y bañada con el barniz de producto falsamente exquisito típico de las producciones Metro, nos ha aportado casi todos los tópicos del "cine de romanos": personajes envarados que se mueven con rigidez y se sujetan la toga todo el rato con la mano, escenografías recargadas, monumentalidad pretenciosa, banda sonora relamida y exasperadamente tímbrica inspirada en Chaikovski y Respighi, frases y poses para la Historia, colorido apastelado y tutti-frutti, aire palaciego, moraleja simplona, soldados tocando trompetas a la mínima ocasión, masas enloquecidas, cartón-piedra, carros hechos como de conglomerado, escenas de circo que parecen rodadas en una plaza de toros, etc etc. Y, especialmente, procurar convencer al espectador de que está viendo acontecimientos cruciales en un marco esforzadamente artístico. Puestos a preferir, prefiero una serie actual como Spartacus, a pesar de su sensacionalismo fulero y esteticista, a casi cualquier polvorienta y añeja sucesión de viñetas de ésas con las que la televisión tiene una cita cada primavera. "Ya no se hace cine como antes": en ocasiones es mejor que sea así.

De todas maneras, la idealización de lo romano hunde sus raíces en el tiempo mucho más allá de los hermanos Lumière. Y tiene sus porqués, como vamos a ver a continuación.

-El primero es el imaginado: la ignorancia de nuestro pasado. Apenas nos ha llegado una microscópica parte de todo lo que se ideó, escribió, construyó, compuso, etc, en la Antigüedad. La Loba demolió, siete siglos bajo el signo del águila y del SPQR, más un siglo (y medio) bajo el del pez y de la cristiandad, prácticamente todo lo que se puso a su alcance. La romanización consistía en aniquilar la cultura previa, esclavizar directa o indirectamente (en este caso vía una presión fiscal insoportable) a su población e imponer el estrecho punto de vista del vencedor.

-Otra razón, muy subjetiva, es la de la inercia mental de la gente, que ni se plantea que lo que hemos recibido como historia sea, en gran medida, propaganda. A ello se une la búsqueda de la seguridad que da contar con un asidero cultural, con una base que podamos considerar sólida y resistente al desgaste del tiempo, algo que nos alivie de la necesidad actual de reafirmarnos continuamente ante un panorama cambiante y relativista.

-La base de la civilización occidental es el antropocentrismo renacentista. Ahora bien, aquella explosión de creatividad acudió al modelo romano, más que nada porque no tenía otro a la vista, forjando un constructo ideológico llamado herencia grecolatina, que aparte de ser denigrante para la Hélade le otorgaba un carácter culturalmente enriquecedor a la Loba que jamás tuvo. El renacentismo provocó un curioso efecto de idealización del pasado, que recogieron algunos pensadores dieciochescos pero que fue entusiastamente abrazado por el romanticismo.

Esto ha llevado a comportamientos papanatistas que han llegado hasta hoy, favorecidos por una cultura superficial y esa visión petrificada, romántica, de un historia terrible. ¿Qué se puede decir de los turistas que observan extasiados y como transportados el Anfiteatro Flavio, escenario de tantas monstruosidades? En fin, quizá un día desaparezca esa fascinación por las piedras que tanto embelesa a muchos conciudadanos nuestros.

-La idea de Roma sirve a la causa del nacionalismo. Hay que distinguir entre el patriotismo (que es amor a la patria) del nacionalismo (que es pretender imponer una patria, real o supuesta), y no digamos del jingoísmo (que es llevar el nacionalismo al expansionismo sobre otras patrias, consideradas inferiores). Esta última corriente hizo furor en nuestro siglo XIX, llevando a continuas guerras entre naciones europeas que terminaron desembocando en el ultranacionalismo zoquete de las dos guerras mundiales. La gran precursora del jingoísmo fue la Loba, su principal legitimadora. ¿Quién no querría ser tan "grande" como Roma? De ahí las pretensiones de varias naciones europeas de ser "la nueva Roma", o títulos imperiales derivados de césar: káiser y zar.

-También sirve a la idea del estatismo. Roma es la quintaesencia de la ideología-fetiche que presenta al Estado como un ente providente, todopoderoso, desinteresado, con un lugar privilegiado y sagrado en los procesos históricos y en la gestión de la res publica. La santificación del Estado, ese fenómeno moderno, encontró en la Loba un ejemplo legitimador que todos parecían conocer.

Es más, las ideologías estatistas y antiliberales del siglo XX tendieron a imitar el estilo arquitectónico romano en sus peores características, promoviendo un peculiar tipo de edificio llamado estilo brutalista, que hereda de la megalomanía de un Nerón o un Trajano el gigantismo absurdo, el aplanamiento de lo anterior, la falta de mesura, la sensación de que falta vida (el edificio-hormiguero que recuerda a una desangelada macroprisión o a un tanatorio), y la inarmonía con el entorno. Qué lejos de la máxima griega de "nada en exceso" o del ingrávido encanto del arte etrusco.

-La moda de exaltar lo indoeuropeo, que se consideraba verdadero fundador de Europa y recipiente de todas las virtudes, en contraposición a naciones que se tenían por orientales, decadentes, matriarcales y siniestras (así: Etruria, Cartago y Judea), sobre las que "el viento del destino" ario, o algo así, se imponía cumpliendo así un presunto papel crucial en la historia.

Aunque parezca sorprendente, esa filosofía de la historia ha tenido bastante éxito. Es una filosofía de salón, sin la menor relación con la dinámica histórica, por lo que en principio no reviste mayor importancia. El problema estriba en la justificación de la agresión unilateral y de la "guerra inevitable" que esa desquiciada visión del mundo ofrece.

-La catolicidad, que se subrogó en el papel imperial adquiriendo sus mismos rasgos (incluidas las presencias de un pontifex maximus y de vírgenes vestales, llamadas ahora monjas) y dándole una continuidad espiritual. Roma sigue siendo una de las grandes capitales mundiales gracias al papado, por lo cual se puede decir que lato sensu la civilización romana ha llegado viva hasta nosotros. Es más, el latín es el idioma oficial de la Santa Sede, con lo cual es absurdo llamarle "lengua muerta". Desde Constantino, el catolicismo se envalentona e impone su visión trinitaria a partir del Concilio de Nicea (tutelado por aquél). Desde el 380 y gracias a Teodosio, el cristianismo niceno o catolicismo será la religión oficial del Imperio.


El célebre "Juramento de los Horacios" según David, que se puede contemplar en el Louvre.

-Finalmente, el poder de la imagen. Ya hemos puesto el ejemplo del cine, pero también hay que tener en cuenta la pintura. La nueva clase burguesa no iba a tardar en lanzarse a dejar su impronta social en el arte. Pues bien, a lo largo del siglo XIX, y frente a corrientes pictóricas mucho más apasionantes (como el romanticismo, el simbolismo, el prerrafaelismo y -obviamente- el impresionismo), la idea burguesa del arte con mayúsculas se dirigió en gran medida al academicismo, básicamente de sello francés y que, con el antecedente de un David, mostró una visión conservadurista caracterizada por el detallismo estéril, el falso buen gusto, la visión turística de la Europa meridional, y la mansedumbre ideológica. Bouguereau, Cabanel y Alma-Tadema pintaban muy bien, con gran precisión, pero su arte es decorativo, sin la personalidad arrolladora de un Friedrich, un Repin, un Van Gogh o un Böcklin. Ese arte conservadurista, llamado habitualmente pompier, contribuyó a una visión aseada de la Antigüedad, justo lo que no fue.

Ahora bien, si las gentes de hoy parecen encontrar motivo o excusa para idolatrar lo romano, ¿qué motivos y excusas llevaron a la Loba a comportarse como lo hizo? ¿Qué llevó a una pequeña nación a guerrear e intentar conquistar todo lo que estaba a su alcance?


LAS RAZONES DE LA LOBA

Roma era una sociedad belicosa, quizá la sociedad belicosa por excelencia. Su calendario tradicional arrancaba en marzo, el mes de Marte, su dios de la guerra. Los antiguos romanos participaban de un espíritu social que tendía a solucionar los problemas mediante la agresión, la expansión y la erradicación de culturas que pudieran poner en tela de juicio tan violenta forma de ver la vida. No fueron los únicos, desde luego. Pero que su animal totémico haya sido una loba sin duda marcaba personalidad.

El mito de los bebés ilegítimos expuestos a los animales y arrojados a las inclemencias del entorno (generalmente las aguas) es típico de Occidente. Para subrayar que la estirpe de los niños es excepcional, los animales les respetan y alimentan, y las aguas no les ahogan. Incluso el judeocristianismo conserva ecos de ese mito pagano (como Moisés rescatado de las aguas, y las bestias que calientan con su aliento al Niño Jesús). En el caso del rey tartesio Habis, sobrevivió a peripecias sin cuento orquestadas por su abuelo Gárgoris, criándose a los pechos de numerosos animales salvajes (incluida una cierva) y algunos domésticos sometidos al hambre. Haberse criado gracias a tantos animales sin duda contribuyó a hacer de Habis un soberano justo y equilibrado. ¿Qué habría pasado si su única nodriza hubiera sido una loba? Posiblemente el rey habría sido violento y expansionista. Pero dejemos por ahora el mito y vayamos a la historia.

Desde que su último rex, el etrusco Tarquinio el Soberbio, fuera destronado hacia el 509 a.C., Roma era secularmente una república basada en la desigualdad social, los frenos y contrapesos entre poderes, y el empuje de la aristocracia de los patricios, que encarnaban de modo tradicional las mayores virtudes. La carrera política era llamada cursus honorum, donde -ya lo dice el nombre- lo que importaba era el honor, de modo que quienes la seguían no percibían emolumentos por su desempeño. Por tanto, lo habitual era que entrasen en ella los enriquecidos o descendientes de potentados, o los que se habían endeudado para conseguirlo, o los que tenían el propósito de enriquecerse privadamente con el desempeño de los distintos cargos. O todo a la vez. Si un cónsul o un cuestor podía tener un patrimonio muy modesto, al llegar al Senado, punto final del cursus honorum, ya había apilado una fortuna, por lo que se podría hablar de una plutocracia.

Eso conllevó que la aristocracia no estuviera por la labor de continuar cultivando las ya lejanas virtudes de patriotismo, austeridad y valor de los antiguos patricios. La nobleza que no se había extinguido luchando arrojadamente en las muchas guerras de la Loba estaba corrompida y sólo pensaba en perpetuar el statu quo. Crece la desafección del pueblo, que ya no confía en el Senado y que de forma primero cuidadosa pero después abiertamente suspira por un cirujano de hierro que ponga orden en una República desnaturalizada: aparecen los demagogos, y crece el peligro de guerra civil.

En Roma comienza a escasear la clase media, que es el sostén de las sociedades prósperas y pacíficas. Los pequeños propietarios están arruinados y los agricultores endeudados por la usura. El origen de esa situación reside en la plutocracia. Conforme la Loba se va haciendo, por vía de la conquista y el exterminio, de más tierras -el ager publicus-, ofrece gran parte de ellas al patriciado vía arrendamiento de larga duración para su explotación agrícola o ganadera a cambio de un canon o vectigal. El caso es que la aristocracia dominaba el cotarro, de tal manera que dejaron de pagar y confundieron adrede los grandes lotes arrendados en su propiedad como si fuesen suyos, con lo que nació el latifundismo. Es una de las clásicas inmisciones entre la esfera pública y la privada que suelen caracterizar a las sociedades que comienzan a incubar crisis de calado.

En esa situación, el rico le hacía la guerra al pobre. Los pequeños propietarios rodeados por los latifundistas sufrían mil perrerías, o tenían que endeudarse hipotecando su terreno en un año de mala cosecha; además, los ricos contaban con numerosos esclavos, que reventaban el mercado de la mano de obra. Así, el pequeño agricultor tenía que irse al poco tiempo con la música a otra parte, generalmente a la ciudad. El campo tendía a despoblarse.

La destrucción de la mano de obra tenía como principal motor al esclavo. Al bracero libre hay que pagarle un jornal; en cambio, a los esclavos se les pagaba frugalmente con los productos que generaban con sus manos y con abundantes palos en el lomo. Este dumping, además de ser fuente de injusta desigualdad y de sufrimiento, arruinó el agro romano. Por otra parte, dada la extensión a veces realmente impresionante de los latifundios, los terratenientes optaron por potenciar la ganadería (que necesitaba pocos braceros) en detrimento de la agricultura, lo que tuvo varios efectos: dejó a monte el agro republicano, incrementó el diluvio de gentes pobres y sin trabajo que se dirigían a la urbe y obligó a la Loba a depender del cereal ajeno, especialmente de Egipto y de las orillas del mar Negro.

-El primer efecto, el vaciamiento del rural, desestructuró la sociedad romana, desertizando gran parte del territorio. El reformador Tiberio Graco se había pasmado al comprobar en sus viajes que al cruzar el agro no se topaba con un alma, que todo estaba lleno de malas hierbas y que la única vida que se podía encontrar eran rebaños medio asilvestrados. Tanto él como su hermano Cayo empeñaron sus esfuerzos, y finalmente su vida, en la procura de una solución que pasaba necesariamente por potenciar al pequeño propietario. Como era de esperar, el stablishment patricio precipitó la desgracia de los hijos de Cornelia. Además, el vacante puesto de los reformistas quedó cubierto por los oportunistas y los demagogos, así como por espadones que ambicionaban cerrar la etapa republicana de Roma e imponer un despotismo oriental como el que existía en otros lugares.

-El segundo efecto facilitó un público a esos demagogos y aventureros. La expresión "pan y circo" proviene del esfuerzo de tranquilizar a las masas desesperadas o bien de ganarse su favor. Roma se convirtió en una sociedad especialmente cruel e indiferente al dolor humano. También hizo que el ejército, ya profesionalizado desde el terrible Mario, absorbiera buena parte de esa masa. Las armas parecían ser el único futuro con una mínima salida para muchas de aquellas gentes. Ese ejército inmenso, obviamente, no se estaba quieto. O se desfogaba en una guerra de agresión contra algún país vecino, o corría el peligro de dividirse en pos de las causas personales y la ambición de los caudillos. La hipertrofia del ejército de la Loba fue una de las causas de su ruina. En el siglo III d.C. llegó a absorber el 80% de los impuestos. Gracias a eso Roma, convertida en el primer Estado militarista totalitario a gran escala de la historia humana, mantuvo su preeminencia y sus posesiones medio milenio más antes de implosionar.

-El tercer efecto, la balanza comercial deficitaria de Roma, fue la otra causa fundamental de su expansionismo imperialista y agresivo. Más incluso que su mentalidad belicosa y que su inflacionado ejército. El caso de Cartago fue paradigmático: la Loba destruyó su mundo porque los púnicos eran mejores comerciantes, granjeros más eficaces, trabajadores más aplicados. En el seno de Roma se sufre también una atroz hambre de metales preciosos. Si un país es ineficaz a la hora de autoabastecerse (campo vacío, mano de obra de bajísimo consumo interno, dependencia de rutas comerciales, nivel ridículo de desarrollo técnico y cultural), el camino más rápido para incrementar su poder adquisitivo es acaparar oro y plata, que son commodities aceptadas por todos. Ésa fue la verdadera razón de numerosas guerras, ésa y no la presunta gloria, una gloria consistente en matar, incendiar y robar. Roma es Roba, o Loba, simplemente. Otro motivo del expansionismo, asociado al anterior, es la necesidad vital de asegurar las rutas comerciales. Los piratas del Mediterráneo, en tiempo de las guerras civiles, amenazaban con matar de hambre a la República a base de estrangular sus importaciones. Si no hubiera sido por la campaña antipiratería de Pompeyo el Grande, que conjuró con brillantez y en tiempo relámpago tal amenaza, Roma habría caído. De ahí que fuese geoestratégicamente imprescindible para la Loba hacerse con toda la ribera mediterránea. No en vano llegaron a llamarlo Mare Nostrum.

Ahora bien, cuando un país hace crecer su capacidad adquisitiva sin que lo hayan hecho ni su producción ni su riqueza real, el resultado es triple: inflación, dependencia exterior y desabastecimiento. Por tanto, los metales preciosos le arreglaron la vida a la Loba un tiempo, unas décadas en el caso más exitoso, pero poco después la situación volvió a las andadas por efecto rebote, en una situación más desesperada que antes, algo así como los bajones de los adictos. El imperio necesitaba más oro (y esclavos, y trigo lejano: no producía ni su propia mano de obra ni sus propios carbohidratos) al cabo de un tiempo para sostener un andamio extractivo cada vez mayor y más deficitario, en una burbuja socioeconómica y militar que tarde o temprano reventaría. El refrán "no me regales pescado: enséñame a pescar" les habría sido muy útil, pero los plutócratas no estaban por la labor.

Y no estaban por la labor porque quien vive en una torre de marfil, que no sabe cuál es el valor real de las cosas (que se mide por esfuerzo y talento humanos, no por oro ni por estatuas) y muestra una total indiferencia hacia las alegrías, pesares, miedos y dolores de los demás no está por la labor de preocuparse por el porvenir de su propio pueblo. "Después de mí, el Diluvio", la frase paradigma del egoísmo atribuida a Luis XV, les sienta bien a aquellos corruptos y disolutos dirigentes.

Obviamente, el Diluvio llegó.


La principal conclusión que extraigo por mi cuenta es que la civilización romana supuso un desastre sin paliativos para la Antigüedad. Tal es así que habría sido preferible que Roma nunca hubiera llegado a existir o, en todo caso, que no hubiera pasado de polis confederada con otros pueblos itálicos. Pero, por lo que tienen las profundidades de todo proceso histórico, sabemos que desgraciadamente las cosas ocurrieron de toda manera.

La visión del mundo cambió dramáticamente. Mil años de saqueos, matanzas y eliminación de cultura fueron seguidos por otros mil años de oscuridad, durante los cuales Europa intentó de manera lenta y penosa recuperar algo del tiempo perdido. Sólo empezaron nuestros antepasados a levantar cabeza cuando recibieron de nuevo aquello que les pertenecía naturalmente, el saber de los antiguos, preservado por monjes irlandeses y por sabios árabes (es decir, por gentes alejadas del núcleo geopolítico romano, allí donde la destrucción no había llegado con la suficiente fuerza y el saber era apreciado, atesorado y amorosamente reproducido en copias).




Ahora bien, ¿qué habría pasado si la loba, en vez de amamantar a los dos gemelos, les hubiera ignorado o incluso devorado? La pregunta es legítima. ¿Cómo habría sido el mundo antiguo o, incluso, el nuestro? El relato de los supuestos hechos es lo que se denomina ucronía, algo que no ha tenido existencia en ninguna época de igual modo que utopía es lo que nunca se ha dado en ningún lugar, a partir de un hecho que cambia el curso de la historia.

En realidad toda ficción es una ucronía de igual manera que toda ucronía es ficción, al menos en nuestra dimensión. Para quienes, sin embargo, postulan la existencia de universos paralelos cada acto de nuestra existencia así como cualquier otra alternativa generan, todos ellos, su propio universo, que no podemos conocer porque no nos es dado conocerlo todo. Sólo podemos movernos en el nuestro o, como mucho, llegar a vislumbrar en un relámpago de intuición originaria de no sabemos dónde la realidad de otra realidad, el mundo de otro mundo. ¿Es posible que se haya desarrollado un universo paralelo de Europa y de toda la humanidad sin la huella de Roma? Al menos es posible imaginarlo. Algo es algo. ¿Cómo habrían sido las cosas sin la Loba? Y, no menos relevante, ¿nos es útil planteárnoslo a estas alturas?

Geopolíticamente hablando, la accidentada orografía europea y la aridez africana y próximo-oriental parecen querer "empujar" a los pobladores humanos hacia el mar, poco menos que abocándoles a él. Por tanto, el Mediterráneo es lugar idóneo para el encuentro de una serie de pueblos con características comunes, que se topan de frente en un medio del que nadie puede apropiarse y que no se sujeta a roturaciones permanentes: la masa de agua marina, que es de todos y de nadie. La decantación geográfica implica que antes alcanzará su cenit cultural y técnico una sociedad talasocrática que una telurocrática. De ahí el "mito original", previo a la helenización, de la Atlántida como gran proto-talasocracia.

Por tanto, es hora de soñar, soñar con los ojos bien abiertos. Precisamente Europa significa eso, "ojos amplios".

¿Qué habría sucedido con el helenismo, y con el saber griego? El saber es acumulativo y selectivo. Recibe saberes previos, de otra época, de otros autores, y los recopila o bien los criba, escogiendo lo mejor y desechando lo inapropiado. Para eso son necesarios algunos requisitos. El soporte, la base material donde se escribe el saber. Si alguien destruye el soporte, o deja que se degrade por el mero paso del tiempo o las malas condiciones de conservación sin copiar el contenido en un soporte nuevo, es responsable de la pérdida del saber, que se diluye en el olvido. Otro requisito: la ruta. No sólo viajan el ámbar, el clavo, las tinturas, el oro y los genes. También lo hacen las ideas. No es difícil. La gente establece lazos, invisibles lazos a menudo mucho más numerosos y fuertes de lo que se cree. Martin Gardner reseñó en su momento un experimento muy interesante en su delicioso librito Aha! Gotcha: paradoxes to puzzle and delight (1982). El psicólogo Stanley Milgram eligió a una serie de individuos que tenían que hacer llegar cada uno una carta a otra persona totalmente desconocida para ellos y que vivía en la otra punta del país, mediante el recurso de enviársela a quienes les parecía que quizá estarían más cerca de conocerles, y luego éstos a nuevos destinatarios, etc. Según el cálculo inicial de Milgram, se necesitarían al menos cien intermediarios hasta que la carta llegase al destinatario desconocido final. Hecho el experimento, la media de pasos intermedios fue de .... cinco. Estamos mucho más interrelacionados de lo que creemos. 

 Como cazadores, los humanos no valemos gran cosa. Sí, nos las hemos apañado bien durante decenas de miles de años siguiendo el rastro de las manadas, ejercitando cuerpo y mente en la superviviencia, y viviendo una vida relativamente sana y libre. Pero no dimos la verdadera, cabal medida de nuestro potencial. Como agricultores y granjeros, como constructores, o como soldados, somos buenos, pero no podemos compararnos con determinadas especies de hormigas. ¿En qué somos no ya los mejores sino ontológicamente distintos de los demás animales? En el conocimiento. En aprender, emplear ese aprendizaje para la acción y en comunicarlo a los demás. Nuestra habilidad comunicadora es intrínsecamente especial. Disponemos de la capacidad de emitir sonidos articulados de una flexibilidad inabarcable. Si teniendo dos gemelos recién nacidos envías a cada uno a un país distinto, cada gemelo tendrá una lengua materna distinta del otro, y del modo más natural. El segundo instrumento, quizá aún más prodigioso, es la modulación mímica de nuestro rostro, incomparable con la de otros animales. Tanto es así que incluso la misma inexpresividad es una sutil forma de expresar sentimientos y reacciones.

Desde que manos invisibles nos entretejen en el seno de nuestras madres, estamos programados hacia el conocimiento. Nuestra naturaleza es, por tanto, exploradora, inquisitiva y dialogante. Si a eso se le une la escritura, entenderemos mejor el panorama de la Antigüedad. La humanidad europea tenía los medios para desarrollar su verdadero potencial. El Mediterráneo se postulaba como centro geopolítico universal.

De ahí la importancia del comercio. Con franqueza, no puedo entender cómo tanta gente ve con malos ojos el comercio. El pensamiento antisistema ha crecido en determinados ámbitos de opinión, pero no por verdadera convicción sino por derrotismo. Cuando las cosas iban bien, presumíamos de civilización. Tras unos años de crisis, hay que "regresar a los bosques originarios". ¿Es que nadie piensa en décadas? El Manifiesto Cluetrain (1999, VVAA), ya citado en este blog, un conjunto de breves aforismos con lejana inspiración en Gracián y que reflejan la inspiración globalista del comercio actual, basado en la flexibilidad y la información, comienza con esta afirmación: los mercados son conversaciones. Comerciar es conversar, básicamente. La conversación tenía como medio de paso el mar, que separaba pero a la vez unía a los pueblos de la cuenca mediterránea.

La victoria del pensamiento griego se fundamentaba no en una especie de designio ajeno, sino en la propia dinámica de su sociedad. La fragmentación en polis favoreció la intervención ciudadana en las cuestiones políticas, de igual manera que alejó el despotismo al estilo oriental, caracterizado por lo contrario: imposibilidad de debate, oscurantismo y fisura entre el desempeño de lo público y la masa social. Una de las claves del comercio estriba en que suele salir más a cuenta negociar, intercambiar y aprender que destruir o simplemente arrebatar. Ahora bien, de igual manera que las rutas comerciales sirven para aprender, también son muy útiles para enseñar, para instruir. La cuenca mediterránea se helenizó profundamente. El helenismo podía sacar pecho no ya de la Hélade sino de su floreciente civilización en Asia Menor, Rodas, la Grecia Magna (en Italia) y, en general, de toda la infiltración cultural, que llegó hasta territorios culturales lejanos como los budistas. Influyó, obviamente, el expansionismo macedonio, pero si las ideas griegas no hubieran merecido la pena, no habrían calado de un modo tan espléndido. La mismísima Judea estuvo en un tris de helenizarse (Jerusalén llegó a tener sumos sacerdotes con nombre heleno, y gimnasios donde los atletas hebreos se colocaban falsos prepucios para no ser blanco de los chistes de los griegos), si bien la revuelta de los Macabeos conjuró ese desafío cultural a su identitarismo.

No todo iba a ser de color de rosa, obviamente. Pero lo más interesante de la Helenidad es su promesa de futuro, el potencial impresionante que encerraba, que hacía del hombre medida de todas las cosas, no de un hombre, ni de un conjunto de hombres, sino de cada hombre, y no para mantenerle plácidamente en un sitio sino para llevarle incluso a pisar la Luna. Incluso los defectos de las polis jugaban a su favor. Al contrario que en los reinos más extensos y cohesionados, que podían permitirse tender, mantener y vigilar una red de calzadas, el particularismo griego no podía abordar esos desafíos de la ingeniería por puro cálculo económico por lo que les salía mucho más a cuenta volcarse en el mar.

La palabra clave es confederación. Grecia habría confederado a sus polis, al igual que toda Italia terminaría por confederarse en base a la idea griega. Cada región mediterránea habría albergado su propia confederación que con el correr del tiempo y la pura necesidad habrían dado lugar todas a una supra-confederación, algo así como una reedición de la Atlántida, la gran autopista del conocimiento y la colaboración entre pueblos europeos. Porque Europa sería toda la cuenca del mediterráneo. Y esa Nueva Atlántida sólo habría necesitado un nuevo Pericles, para cuyo alumbramiento ya no se postularía una única ciudad, sino mil, con lo que sería mil veces más probable que ese nuevo forjador de un mundo nuevo y una sociedad nueva (basada en el trabajo, la sabiduría y el intercambio) tuviese la oportunidad de dar forma a ese gran ente geopolítico.

-Abarcaría desde las columnas de Hércules, extremo sur de la Confederación Ibera, hasta el río Indo. No todo serían naciones confederadas: también habría algún reino no-alineado. Uno de ellos sería Judea. La nación hebrea sería independiente y se habría helenizado en gran medida. La lengua franca de todo el arco costero, el griego koiné, habría penetrado profundamente en las costumbres de la intelectualidad de Jerusalén. No se habría producido la Diáspora. El pueblo judío habría permanecido en su tierra de siempre. Tampoco habría surgido el talmudismo, pues el Segundo Templo, clave en la articulación del sistema expiatorio mosaico, seguiría en pie.

-Persia no se habría debilitado en su lucha contra la Loba. Habría mantenido sus fuerzas y su peso estratégico conjurando una y otra vez las oleadas de pueblos asiáticos que de otra manera habrían caído sobre la empobrecida Europa norteña. Habría sido el necesario país-cuña oriental, así como el punto poroso de entrada de las mercancías de la India, del Imperio del centro y de Japón. La Ruta de la Seda no se habría bloqueado nunca. Una segunda ruta, dominada por los partos al sur, la de las especias venidas del Cinturón de Fuego indopacífico, también mantendría Europa abastecida a precios bajos. Seguramente el zoroastrismo habría convivido con la nueva religión, el cristianismo, con la que comparte el nervio moral.

-Cartago se habría convertido en un país próspero, nudo de comunicaciones con Italia, la ruta del Sahel y las dos estribaciones de la cuenca mediterránea. Por la cuenca izquierda, habría fundado en colaboración con Iberia un rosario de polis marineras; por la derecha, más importante aún, habría revitalizado Egipto en todos los sentidos. Aquella vieja nación egipcia que todos, incluidos los lejanos dacios, visitaban para empaparse de cultura, volvería a florecer. Eso reforzaría un segundo acceso navegable que podría no sólo conectar con el flujo de bienes exquisitos indopacíficos sino además permitir la circunnavegación de África.

-La grandeza de Judea, Persia, Cartago y Egipto habría producido un efecto crucial en la historia humana: el islamismo habría sido un fenómeno estrictamente arábigo. Nunca las oleadas musulmanas habrían podido derrotar a cuatro barreras de semejante entidad, además apoyadas por el resto de la macro-confederación mediterránea.

-El cristianismo habría sido unitarista. El catolicismo, reminiscencia del imperialismo romano, no habría tenido sentido. La figura de Jesucristo habría sido entendida como fundamentalmente humana, adquiriendo las cristologías de otro sentido (la joánica, la más célebre) un carácter particular, no predicable de modo universal. Eso habría permitido al cristianismo mantener el mordiente moralizador, revulsivo e incluso revolucionario de sus inicios evitando convertirse en una religión triunfalista, calcada de un modelo pagano destructivo y tiránico. La cristianización pacífica (como pasó con pueblos teóricamente tan distintos como, por ejemplo, los armenios y los suevos) habría sido generalizada. El cristianismo sería una religión de vida, de diálogo y de paz, del que estaría excluido su signo más omnipresente hoy, el único signo romano: la cruz.

-Una nueva era se consolidaría, una era en la que la dominación, la conquista, el robo, el incendio, la eliminación física y cultural, no tendrían cabida, porque la gente no estaría acostumbrada a ver barbaridades (miles de crucificados, ciudades arrasadas, espectáculos infrahumanos en los circos), la levadura moral sería otra y, además, saldría mucho más a cuenta el acuerdo diplomático, la colaboración, el acercamiento de posturas, la libre confrontación de ideas y pareceres. Tener un ejército para conquistar mercados e iniciar guerras para adquirir lo que no se ha conseguido por no haber tomado las medidas necesarias en la órbita ténico-cultural sería no ya una bajeza impresentable sino además un mal negocio.

-El poder cultural de ese próspero espacio mediterráneo habría irradiado por todo el norte de Europa. Por tierra, los pueblos celtas y germanos se habrían federado libremente. Por mar, el poder talasocrático habría tocado a las naciones protovikingas impidiendo la crisis de abastecimiento que las hizo caer en la ferocidad y la rapiña a finales del siglo VIII. La irradiación habría continuado desde entonces. Los protovikingos tendrían una situación privilegiada para intentar el asalto marítimo a lo que hoy es América, relativamente sencillo porque la técnica griega permitía la orientación y el cálculo de distancias con la debida exactitud (no en vano se sabía siglos antes el radio de la Tierra). África, América y el mundo entero estarían, quinientos años después de que los desconocidos pastores de cabras Julio César y Pompeyo se pelearan a garrotazos por un deslinde de tierras, conectados fértilmente al alma europea.

-Así todos podrían celebrar que un europeo, quizá de Rodas, quién sabe si de Marsilia, puede que un ibero, había llegado a pisar la superficie de ese satélite plateado al que ya no aullaba ninguna Loba.


Por eso, a quienes están todavía hoy buscando el emplazamiento pasado de la antigua Atlántida, les digo que yo conozco el emplazamiento futuro de la nueva.


MI CONCLUSIÓN PERSONAL

Es sencilla: odio eterno a Roma. No a Roma como ciudad o como pueblo, ni a sus logros culturales (que algunos tuvo), ni a lo más aprovechable de su legado. No. Odio a la oportunidad que nos hicieron perder.

Hoy en día, es cierto, la globalización y la tecnología han ido tomando el sitio que les corresponde. Por tanto, ¿qué sentido tiene ahora odiar a Roma, si ya hemos rehecho -por fortuna- el camino, y Occidente ha puesto al hombre en la Luna? Tal vez la palabra "odiar" sea un poco fuerte y excesiva, pero no puedo sino lamentar lo perdido. No ya los mil años que se echaron a barbecho. Se ha perdido media Europa, la cuenca sur del Mediterráneo, que ya no se siente europea ni cree que tiene un futuro en común con la cuenca norte salvo que ésta se islamice, cosa que no ocurrirá. Nos ha sido arrebatada la mitad de Nea Talasia, de modo que el Mediterráneo ya no une sino que separa y Europa Occidental ya no es potencia geopolítica, al estar dividida y tutelada por los dos bloques del Águila y del Oso. Es un reproche más hacia la Loba, amén del de la crueldad, el despotismo y la involución hacia la ignorancia.

Sin embargo, prefiero pensar que la oportunidad aún no se ha malogrado de manera irreversible.



(I) - Uno de los planes más llamativos de Juliano, movido quizá por su anticristianismo, fue el de reconstruir el Templo de Salomón, destruido por Tito en el año 70 (¿la Loba sólo sabía destruir?), para lo cual tuvo que recurrir al arte de un personaje no romano, Alipio de Antioquía. Roma no brillaba en las artes como lo hacían otros pueblos. Se cuenta que unos extrañísimos fenómenos, unas paranormales grandes bolas de fuego surgidas de repente y que abrasaron a varios operarios, hicieron desistir al césar de su propósito.




6 comentarios:

  1. Aunque los juegos de gladiadores son cuestionables, mas aun lo son los sacrificios humanos (en mi opinión), cosa que Roma se encargo de erradicar del mundo mediterráneo... dicho sea de paso la afición por estos juegos la heredaron de los etruscos, y al final de cuentas Roma eran una mas de esa liga de ciudades, al menos en sus orígenes.

    Según se, Cesar ya desde su primer año a cargo de las provincias de iliria, cisalpina y la galia narbonense (esta ultima agregada tras la muerte inesperada de su gobernador) ya tenia en mente conquistar dacia, solo que en eso se produce la migración de los helvecios, Ariovisto y sus suevos la lian y la historia que todos conocemos sucede... de no haber sido asesinado es muy probable que hubiera conquistado dacia (a eso mismo se dirigiría antes del magnicidio)... Burebista sin lugar a dudas hubiera dado una dura batalla, pero al final dudo que allá tenido demasiado éxito (irónicamente a el también lo asesinan ese fatídico año de 4 a.c.). Por cierto es curioso que durante los oscuros tiempos del imperio otomano, los dacios hallan rebautizado su tierra como Rumanía es decir "tierra de los romanos"... según tengo entendido, tras su conquista fue una provincia ejemplar en la cual colonos y autóctonos se llevaban muy bien.

    Y una ves sometida dacia, Cesar ya planeaba una operacion a gran escala contra Partia, con alrededor de cien mil hombres (o casi), y con el correspondiente trabajo de inteligencia (de haber vivido lo suficiente, ya tenia como 66 años) la hubiera sometido... si Alejandro lo hizo por que el no?

    Sobre los germanos, si bien son fuertes e inteligentes (y con unos instintos depredadores muy agudizados)... la única razón por la cual conservaron su independencia (pienso yo) fue por que Augusto y sus sucesores no tuvieron las bolas para cruzar el Rin y acabar con el trabajo... ademas sin los romanos lo mas probables es que el mundo germánico se allá comido crudo a los pueblos celtas. Históricamente, no es raro que extranjeros le salven el culo a los franceses de los alemanes (véase Ariovisto y Cesar, las guerras mundiales, o a Napoleón en Waterloo, donde anglos y prusianos, 2 tribus germánicas se lo comen).

    Si me permites, seria interesante un articulo sobre los Cimbrios en Hispania... que fue de ellos aquí? saquearon hasta aburrirse? o los celtíberos los echaron a patadas?

    Si, el lobo (o la loba) es el animal totémico de Roma... y el águila también... has pensado en hacer un articulo para la parte de esoterismo que trate sobre los animales totémicos de los pueblos y de que manera estos representan su carácter? el toro español, el zorro y el león ingles, el águila y el leopardo alemanes, el oso ruso, el dragón chino, el águila useña...

    Excelente articulo por cierto (como todos los que haces va), me sorprende ser el primero en comentarlo después de todo el tiempo que lleva publicado...

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  2. Muchas gracias por tu participación y tus palabras. No ha tenido mucho éxito el artículo, no :-P Siempre puedes ayudar a difundirlo ;-) -es broma, no es necesario-.

    Me falta tiempo para responder a todo, como de costumbre en los últimos meses. Sí he pensado en comentar algo sobre animales totémicos, pero tengo tanto artículo atrasado .... y lecturas atrasadas .... En cuanto a los cimbrios, es una constante en Iberia que contingentes de origen nórdico "se pierdan" en nuestra tierra y reaparezcan conformando los llamados "pueblos malditos". Algo comenté en Mundo Quinqui, los quinquis conservan rasgos nordizantes, y también los agotes: Pío Baroja los presenta rubios y de ojos claros y separados, algo similar al tipo dálico, aunque señala que ya había por entonces aportes gitanos entre ellos (como seguramente también entre mercheros y otros).

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  3. "No a Roma como ciudad o como pueblo, ni a sus logros culturales (que algunos tuvo)".

    Se debe de tener en cuenta la influencia que tuvo la literatura romana en el siglo de oro español, el conceptismo -con sus limitaciones, véase las criticas de Borges o de Machado- bebe de la edad de plata latina, con autores como Marcial, Tácito o Seneca.

    Virgilio es el guía de Dante en la Divina Comedia, la gran obra de la literatura occidental y del cristianismo.

    En cuanto a la Liga de Delos con hegemonía de Atenas y Pericles como líder: las ciudades aliadas con el tiempo pasaron a ser subyugadas por Atenas, la cual impuso su forma de gobierno; esto produjo una rebelión de las demás ciudades que culminaría con el ataque de Esparta que siendo parte del mundo griego no pertenecía a dicha liga, dando lugar a la Guerra del Peloponeso, la victoria de Esparta, la devastación de Atenas y el fin de la liga.

    Se formo una segunda liga por miedo al avance de Esparta y del Imperio Persa, y Tebas que pertenecía a la liga derroto a Esparta. A pesar de la victoria, las divisiones internas y el conflicto entre Atenas y Tebas produjo la ruptura de confederación.

    Después de la batalla de Queronea, Filipo II de Macedonia impulso la Liga de Corinto, con el control de Macedonia.

    La idea del panhelenismo y la confederación de las polis griegas siempre estuvo marcada por las guerras entre polis y el intento de una de estas por imponerse y formar un imperio.

    Otra símbolo cristiano de origen romano es la festividad pagana de la navidad que conmemora a Sol Invictus.

    https://www.youtube.com/watch?v=vwAqUgc7S1w

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    1. No niego que en el mundo griego también se cocían habas, pero el caso romano es especial, es el primer totalitarismo de la historia y por ello necesariamente era extractor y destructivo. Actualmente a nivel global estamos calcando la senda romana, y acabaremos igual si bien no serán los bárbaros quienes nos den la puntilla sino otros. Roma tragaba vorazmente recursos porque se había convertido en una superestructura bulímica, todas las sociedades que adquieren cierto grado de complejidad necesitan más recursos, pero Roma llegó a tener una verdadera muchedumbre de soldados y funcionarios, unido a una inflación brutal de plata envilecida: toda sobre-complejidad conlleva absorción de sobre-recursos, que agotó al sur de los muros y limes, implosionando. Los bárbaros aceleraron el proceso un poco, o quizá lo retrasaron, eso es discutible.

      Tras esa sociedad romana nace una sociedad medieval mucho menos compleja, de tres estamentos, y por ello más sostenible. En esa sociedad sigue existiendo Roma, en realidad, en forma del papado. También el ideal griego, por suerte y por desgracia (si bien los griegos nos enseñaron a pensar, haber mantenido el paradigma clásico frenó la evolución del pensamiento medieval: todo lo que Galeno y Aristóteles habían dejado escrito era necesariamente cierto).

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    2. Roma practicaba un capitalismo sin mascaras, mostrando su verdadera cara totalitaria y explotadora.

      ¿Piensas escribir sobre la permacultura algún día?, no estoy muy al tanto de eso, pero se ve interesante.

      Felipe

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    3. Tío, si le llamas capitalismo a todo terminarás por vaciar de contenido esa palabra. Y ojo que eso es algo muy posmoderno XD

      Una de las claves del capitalismo es el sentido de la libertad individual, que tarde o temprano termina aboliendo la trata de esclavos. Ésta duró en el siglo XIX de manera cada vez más vergonzante y de tapadillo pero al final fue suprimida. Mientras, Roma era sociedad esclavista pura y dura.

      No sólo Roma. Que la siempre alabada Atenas tenía en Laurion a miles de desdichados extrayendo plata en unas condiciones inhumanas. Eso no sale en los libros de texto, que sólo saca a filósofos debatiendo tan amigablemente en una ágora ordenadita e impoluta.

      También el capitalismo le da valor a que el dinero se envilezca. El patrón-oro es una institución típicamente capitalista que por su naturaleza impide determinados expansionismo. Lo primero que hizo Alemania en la I Guerra Mundial fue cargárselo para poder financiar su guerra con procesos inflacionarios.

      Si las cosas siguen así, en un par de décadas el europeo medio será un experto en permacultura. Como lo fueron sus bisabuelos. ¡Salud!

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