domingo, 6 de octubre de 2013

La lucha por la excelencia





Ataco el monte por la estribación noroeste. Hace media hora que he dejado de pisar asfalto. Mantengo la marcha rápida y sigo las rodadas. Dos inspiraciones, una expiración. Llevo, como siempre, un grueso palo en la mano, del que voy cambiando el agarre cada poco tiempo. Nunca se debe descartar que aparezca delante de ti un perrazo asilvestrado. Apenas veo animal alguno, en realidad. Moscas comunes que me dan la tabarra curioseando en mi rostro, y aquí o allá algunas mariposas, vestigios de un tiempo de mayor biodiversidad, antes de que las mariposas de pradera se hayan reducido a la mitad en Europa. Distingo dos doncellas de ondas y alguna que no sé identificar. No cuento con encontrar abeja alguna. Ni una lagartija. El bosquecillo de robles albares y castaños cede según zigzagueo por la solana del monte, allí donde el matorral áspero de tonos verde inglés y tabaco va tomando posiciones, como aferrándose al suelo de cascotes y arcilla cuarteada. El calor aprieta de veras. Las moscas desaparecen y me quedo solo entre la declinante vegetación. Un nuevo zigzag y escojo el sendero de pendiente más dura. Al norte, entre los dos montes fluye manso el río, allí donde manos humanas han creado un azud. Pinos jóvenes de repoblación jaspean el camino. Tenso rítmicamente los abdominales ante la llegada de mi límite físico, evitando dejar caer la cabeza hacia adelante. Bajo ligeramente el ritmo. Los músculos de las piernas adquieren la dureza del acero y noto la sangre congestionarse. Tenso ahora brazos, pecho, espalda, expiro con fuerza, continúo. El sol se hace realmente duro. Entre las lascas de la arcilla endurecida al aire a un borde del camino mana delicadamente agua. Mis pensamientos parecen querer aplastarme.

Intento recordar con la necesaria viveza una pieza musical que me acompañe y me concentre. Me vienen a la mente músicas que producen el efecto contrario. Vacío la mente. Vuelvo a subir el ritmo. Me falta el aire y no he roto a sudar. Recuerdo una canción y las fuerzas vuelven a sentirse en plenitud. Sigo escogiendo el repecho duro. El ritmo es alto. Al poco rato, siento que voy a estallar por dentro y me voy a quedar muerto y reventado ante las fauces de piedra del monte, como si mis despojos fuesen una ofrenda al dios que allí vive. Veo claro que el hombre tiende a pensar que Dios habita allí donde aquél no puede llegar. Si eso es así, pienso mientras una brevísima sombra de pinos se cruza entre el sol de justicia y mi piel, cuando el hombre llegue a ese lugar que antes le está vedado sería como si ahuyentase a Dios, quien siempre estaría lejos de nosotros, saltando de copa en copa según vamos coronando cimas. Las fuerzas parecen multiplicarse, comienzo a sudar y un ánimo de explorador iconoclasta me invade. Voy a coronar.

Así, la última cuesta, sin huella alguna de rodada, es fuerte pero termina por ceder. El sendero deja de existir, el suelo se hace horizontal y la tracción desciende. Comienzo a relajar el tren inferior a ritmo de paseo, casi sin flexionar las rodillas. He coronado. Miro alrededor, la ciudad sesteando como una serpiente satisfecha en su pesada digestión, el tono dorado de polen y sol hacia el horizonte, la cara este del monte que es puro bosque infranqueable, y más allá algunos puntos de casas entre el verde hegemónico de la sierra. Entonces me doy cuenta de que he llegado, entre amagos de desmayo, a la morada de Dios. Pero no se ha ido. Yo he entrado en Él. Lo pienso lenta y dulcemente mientras me encaramo a una peña que es el punto más alto de la colina. Alzo el palo, cual clava de Hércules, y grito a pleno pulmón.

Entonces recuerdo que debo descalzarme. Los pies se sienten acariciados por el musgo y levemente heridos por la piedra. Siento cómo la electricidad acumulada durante la marcha se descarga hacia abajo. Desde la elevación se aprecian las dos hondonadas de terreno donde dos núcleos de población se han instalado, separadas por un corredor de unos diez kilómetros largos por el cual, en tiempos paleolíticos, circulaba caza de buena calidad. Me entran ligeras ganas de dormir allí, en el observatorio de nuestros antepasados. Pero sé que me toca bajar y regresar a la serpiente. Debo morder la manzana, una vez más. Es mi naturaleza. Así ha de ser. Mientras me calzo de nuevo, renuevo mi promesa de luchar siempre por la excelencia. Así lo prometí y así lo haré. Contento y con espíritu de niño dejo la cima del monte a mis espaldas, sintiendo como si llevase a Dios conmigo.

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En mi opinión Dios es ultrarracional, en expresión de Franz König, por lo que nuestra relación con Él pasa necesariamente por el mito, el símbolo y el rito de paso. Así, el riesgo de romper el propio límite físico en una subida a toda marcha es también un rito de paso, fundamentado en la importancia del riesgo dentro de la psicología de los humanos jóvenes a la hora de crecer anímicamente. La juventud es el tiempo del riesgo. Así es como debe entenderse ésta como estado mental.

La forma más alta de vivir es la lucha por la excelencia. Y ella supone ponerse en riesgo a uno mismo. Supone desafiar los límites. De todos los límites que existen, están los físicos, los sociales y los más pegajosos de todos, los mentales, los propios de cada uno, una especie de herencia envenenada de prejuicios, miedos absurdos, conclusiones a medio hacer, intuiciones no verificadas, latiguillos ajenos que hemos admitido como naturales cuando no lo son. El miedo es un eficaz neutralizador de deseos, siendo como es el deseo la varita mágica que nos debe guiar por el laberinto. Alguien que no desea está muerto, aunque se mueva, vaya a la compra y conduzca un coche. 

De ahí la importancia del deseo. El humano desea. Y quien aspire a la excelencia debe desear. No se puede decir, en abstracto, que uno quiere "una vida plena". Eso no sirve de nada. Debemos concentrar nuestros esfuerzos. Una luz que irradia en todas direcciones no tiene la debida fuerza. Una luz que concentra sus esfuerzos es capaz de horadar las defensas más duras. Comparemos una nación como España, que despilfarra sus fuerzas (es centrípeta y centrífuga, es terrestre y marina, es tradicional y moderna, es atlántica y mediterránea, es una y varia, etc etc), con una nación como la de Israel, que concentra sus limitadas energías en los propósitos realmente importantes, donde suele ser decisiva. Y es decisiva por su concentración. Decía Woody Allen en una entrevista que él siempre se sintió menos inteligente que el resto de los chicos de su clase, pero que tenía una capacidad que superaba a los demás, la de concentrarse en una tarea determinada.

Por eso conviene centrarse en un deseo. Debemos ser, ante todo, sinceros con nosotros mismos. De nada sirve mentirnos. Eso nos llevará al desastre. No te mientas a ti mismo. Admite lo que sientes. Eso no significa que tengas que resignarte. Todo lo contrario: si admites tus sentimientos podrás operar sobre ellos, pues les arrebatas la posibilidad de que influyan en ti más de la cuenta. Y una vez que admites tus deseos, elige los mejores. Repito, no sirve de nada "apostar por la excelencia", así en abstracto. Es como el vendedor que se promete a sí mismo darlo todo para conseguir clientes en una jornada y en una zona determinada. No. Lo que debe hacer es marcarse un objetivo fáctico, nítido, fácil de evaluar (cerrar dos ventas, por ejemplo). Y necesitas un plazo. Sin un plazo, no se consigue absolutamente nada.

Lo peor de todo es ser sincero con uno mismo. Elige un deseo y trabaja sobre él. De toda la rosa de deseos que te puedas permitir, elige el que más tira de ti, y dedícale la semana. No importa que sea un deseo poco elevado. Concéntrate en él una semana, y para la siguiente elige otro deseo. Durante la segunda semana se trabajará por el segundo mientras se sigue insistiendo en el primero. Gracias a eso contaremos con un aliado muy eficaz: el tiempo. Por otra parte, según vayamos avanzando, los deseos más edificantes comenzarán a abrirse paso. Y es importante tener en cuenta que un esfuerzo moderado, con la debida concentración y la debida insistencia, puede dar un resultado prodigioso. Si quieres tener buenos resultados, cuenta con la concentración y con el tiempo. Concéntrate en el tiempo. Si haces pesas, no pretendas convertirte en He-Man. Procura hacer la mejor serie de press de banca posible, y no pienses más allá de eso. Concéntrate y comprobarás que el tiempo se vuelve asombrosamente elástico, como si ocupara todos los resquicios de tu realidad.

Así, quien poco a poco consiga conquistar la excelencia se conquistará a sí mismo. Se hará sabio, austero, resiliente, decidido, enérgico, equilibrado, comprensivo y poderoso. Ésos son los temidos, los que sólo rinden cuentas a su propia conciencia. Éstos son los que están lejos de la rueda kármica de una sociedad que no puede darles lo que realmente necesitan, más que nada porque es algo que la propia sociedad no tiene. Quien ha conquistado la excelencia vive en una época histórica, pero no pertenece completamente a ella y ni mucho menos es un producto suyo. Se habrá desagregado de la rueda de reencarnaciones consumistas que dictan construcción para después destruir en un ciclo diabólico sin aparente fin, donde todo lo alto, fuerte y espiritual parece condenado a fundirse con lo chusco y gallináceo para configurar una pasta neutra con la que la máquina del sistema confecciona galletas de memo complacido que malgasta su vida ante un electrodoméstico parlante. No creo en ti, hombre vulgar. No te debo nada, ni nada puedes decir que me interese. Estoy alejado de la rueda en la que pateas cual hámster frenético pretendiendo llegar a donde no se puede llegar. Piensas que la felicidad es un artículo de consumo, como una lata de conserva o una bolsa de snacks. Pero la felicidad no se compra, ni se permuta. Tampoco se conquista. Simplemente se merece. Te diría que no busques la felicidad, sino que simplemente persigas la excelencia luchando por tus deseos para ver después que la felicidad te sigue como una criada sumisa, pero ¿merece la pena decírtelo? ¿De qué sirve? ¿Y por cuánto tiempo harás caso?

El tiempo, ese gran aliado, te da pero también te quita. Es lo que decía José Ingenieros en su El hombre mediocre: la vejez aplana a los más grandes. Incluso los mejores son convertidos en mediocres con el peso de los años. De ahí la importancia de la renovación de la sangre, de la muerte, del cambio. Quien opta por la excelencia busca ser siempre joven. El joven elige con el corazón antes de que la cabeza decida, por decirlo de un modo llano y popular. Observa tus intuiciones y verás que casi siempre son acertadas. Pero la "cabeza" suele estar llena de ocurrencias del pasado fosilizadas por la costumbre y la pereza mental, ocurrencias que terminan por imponerse a quien no tiene el valor de optar por el sendero menos transitado. Fíate de ti mismo, apuesta por ti. Sin exageraciones, dentro de un orden, pero hazlo.

Tengamos en cuenta nuestras intuiciones. Recuerdo las que tuve y sé que no me equivocaba. Suelo decir que es muy raro que me equivoque. Si tengo una intuición, sé que es acertada. No sé por qué, ignoro el camino que mi mente ha transitado, no dispongo del hilo de Ariadna para identificar cada esquina del misterio, pero sé que es así. La intuición forma parte irrenunciable de la búsqueda de la excelencia. Un ser humano completo, cabal, debe saber combinar lo racional con lo irracional, lo mental y lo físico, lo tortuoso y lo directo. La sensación de todo completo es difícil de apreciar, pues resulta fugaz e inasible. Por eso muchos dicen que la felicidad son momentos muy breves en un océano de indiferencia o de, como dicen ellos, "vida normal". Confunden la felicidad con la euforia gratuita que todos hemos sentido alguna vez. Si sabes conjugar la intuición con la sabiduría, sabrás a qué me refiero. Concentración, confianza y tiempo serán las claves para que lo que dicen que es fugaz se instale por siempre contigo.

Somos cuerpo y alma de modo indiscernible y sólo separable con la muerte del cuerpo. El cuerpo influye en el alma, y el alma en el cuerpo, en dos sentidos de la misma vía. "Influir" no significa determinar, sino desembocar. Todo fluye, y nosotros también, aunque conviene saber hacerlo. Por eso quien aspire a la excelencia deberá atender al cuerpo también. Quien cuida su cuerpo como templo del alma, o como templo de la divinidad, será el idóneo para la excelencia. De nada sirve ser un filósofo de barra con muchas citas memorizadas si tu cuerpo es una cochambre. Como decía Maquiavelo en El príncipe, un buen dirigente debe tener el cuerpo acostumbrado a la fatiga. Conviene, por tanto, una vida sana y austera en la que el esfuerzo físico y el aire libre tengan un papel notable.

La vida es dinámica. Todo se mueve, todo fluye. El placer y el dolor fluyen también. Y como tales partes de la vida tenemos que saber aprovecharlos. Cuentan que intentando olvidar un dolor de muelas, Pascal se concentró tanto que logró grandes avances en el estudio de la curva cicloide. Si pretendemos que el dolor y el placer sean meras experiencias aisladas, en islas nos convertirán. Creo que es mejor hacer que sean puentes, que conviertan nuestra aislada existencia en una península. Todo hombre y toda mujer son, básicamente, realidades peninsulares.

También siguiendo a Pascal, de nada nos sirve ambicionar el poder llenar un Espacio que no nos es posible llenar. El éxito del ser humano no estriba en la proliferación, ni tampoco en la depredación de lo que nos rodea. No consiste en atiborrar todos los lugares que estén a nuestro alcance. Todo humano tiene un objetivo en la vida que él no se ha propuesto, pues le viene de serie: el conocimiento. El ser humano está orientado a conocer. Por eso la psicología humana debe ser abierta: hacia adelante, hacia el pròjimo, hacia los demás vivientes y hacia arriba. Sólo desde la amplitud de miras adquirirá su verdadera dimensión la concentración de esfuerzos.

Pero el hombre no debe limitarse únicamente a conocer. Ese conocimiento encierra dentro de sí una llamada. Una llamada a la acción. El hombre conoce y actúa en función de ese conocimiento, en función de decisiones fundadas. Eres lo que haces, básicamente. Ahora bien, también la acción lleva a reforzar el conocimiento, en una doble vía enriquecedora que ubica al hombre en el concierto del mundo. Un mundo que, por nuestro conocimiento y nuestra acción, se nos revela deslumbrante, vertiginoso.

El hombre se ha situado mentalmente en la tierra sintiéndose alejado del cielo. Ahora sabemos, sin embargo, que el hombre vive en los cielos, y no en quietud sino desplazándose a una velocidad antes impensada. El hombre ha llegado a pensar que sólo existe lo que percibe, o lo que cree, y que la materia que puede tocar es la realidad última. Ahora sabemos que no es así, ahora sabemos que la realidad es un sistema de pozos insondables que comunican a otras realidades. Y en función de nuestro conocimiento, así nos corresponderá actuar.

Si el hombre actúa en función del enriquecimiento de esa faceta crucial del conocer, será fiel al propósito de su naturaleza: una psique abierta en todas direcciones. Según su conocimiento, actuará en consecuencia. Así se sirve a sí mismo o, mejor dicho, a la mejor versión posible de sí mismo, procurando no estorbar la de los demás o incluso remover los obstáculos que al prójimo se le presenten. Eso es el  bien. El sentido último de la existencia humana es el bien.

Por eso, olvidemos el miedo, la rutina, la "áurea mediocridad". Esos fantoches cierran las puertas de nuestra psique, programada ya en nosotros en el seno de nuestras madres  para estar abiertos a todo. Soñemos con ser extraordinarios. Pero, sobre todo, luchemos por serlo. Paso a paso, peldaño a peldaño, desmenuzando el camino en los tramos más sencillos de asumir. Y veremos que, con la ayuda inestimable del tiempo, llegaremos a ser nosotros mismos, y no sucedáneos, que es lo que a menudo ocurre en eso que llamamos "realidad" y que muchas veces es pasmosamente irreal. Seamos distintos de todo eso. Convirtámonos en límites.


 Fotograma de "The journals of Knud Rasmussen" (2006, Zacharias Kunuk).

En su clásico La herencia del hombre el autor Ritchie Calder no puede sino dejar ver su admiración hacia los esquimales. Éstos distinguen al inuit u "hombre auténtico" del kabloona u hombre blanco. Las condiciones de vida de los inuit (omnipresencia del permafrost, vientos cortantes como sables, ausencia de grano y de madera) han ejercido según el autor tan poderosa presión selectiva sobre ellos que les han convertido en mecánicos natos. Cuenta que un joven inuit al que le habían regalado un reloj lo descompuso pieza a pieza y, cuando iba a montarlo de nuevo, sonó la campana de misa, recogió rápidamente las piezas en una bolsa y acudió raudo al oficio. Al día siguiente, de memoria, remontó el reloj. Ejemplos como ése fueron habituales de ver para Calder. El blanco absoluto del paisaje y su variabilidad por el viento primaron la vista de águila y la memoria fotográfica de esas gentes de un sentido práctico sencillamente prodigioso. Así, las primeras vestimentas de los kabloona pretendían ser muy superiores a las ropas confeccionadas con pieles de caribú y foca de los inuit: fibra sintética ceñida y asegurada con cremalleras. Bien, pues las cremalleras se congelaban quedando inutilizadas, y el kabloona moría cocido por su propio calor corporal reconcentrado. Digamos que los inuit se habían convertido, satisfactoriamente, en hombres-límite. Y, además, sabían que su "kit de supervivencia" cabía en un trineo tirado por un solo perro, mientras que el de los kabloona era inmenso, imposible de arrastrar. Calder afirmaba que los inuit formaban civilizaciones -en sentido muy amplio, opino yo-, si bien sin que se tradujeran en florecimiento material. Además, el empleo de la dentadura como instrumento de trabajo redundaba en la buena calidad de ésta, favorecida por una dieta de la que estaban ausentes los productos refinados, de bajo contenido nutricional (tan abundantes en nuestro mundo, caracterizado por la presencia habitual de obesos desnutridos).

Pero no todos podemos ir al Círculo de los Hielos. De entrada hay que decir que no cabemos. No es necesario buscar a los hombres-límite allí. También los hay entre nosotros. Los místicos que realizan prodigios extraordinarios, por ejemplo, personajes que nuestra cultura ha mimado. Los sabios que han sabido desentrañar algunos de los misterios que nos rodean, y cuyo desentrañamiento no ha desencantado el mundo, como hay quien dice, sino que lo ha enriquecido exponencialmente. Ahora sabemos que la realidad es compleja y, como la vida, dinámica. Es abierta. Abierta a todo. Y en ella vivimos nosotros. Obremos en consecuencia.

El dinamismo de la vida y de la realidad debe borrar de una vez todos los falsos esquemas mentales, teñidos de racionalismo de cortesano, que nos atan a lo que no es la verdadera realidad sino una presentación muy incompleta de ella, sostenida por postulados basados en la ilusión. Como antes, en realidad. Decía el gran teólogo Edward Schillebeeckx que si el mundo fuese sin más creado por un dios providente sería absurdo, y nuestro papel el de monigotes de guiñol cumpliendo una hoja de ruta. No. Dios no conoce el futuro. Por ello, nuestra vida y nuestra existencia, la vida y la existencia del Universo entero, son una excepcional aventura, apasionante, absorbente, no sólo para nosotros: también es una aventura para Dios. De ahí que la visión tradicional sea en exceso estática, con los humanos subidos a una tarima recitando un papel. El mundo no es estático, señores. Y de igual modo que el pasado fue cambio, y no las petrificadas imágenes del museo creacionista de Kentucky, el futuro será cambio o no será. Será aventura o no será. Será apertura o no será.



He empleado el término "Dios" varias veces en este texto. Otro teólogo, Xosé Chao Rego, decía que no es lo mismo Deus, en gallego, que es dulce y próximo, que Dios, en castellano, que suena frío, altivo, olímpico (no en vano es la declinación en genitivo de Zeus). Como me expreso perfectamente en ambas lenguas, puedo decir que el tío de Manu Chao tiene razón. No es lo mismo. Dios, al igual que el alma, es indiscernible de nosotros. Y más si conquistamos la cumbre donde Él habita. Porque entonces comprenderemos que Él habitaba, en realidad, dentro de nosotros en todo momento.



Así que, dicho lo anterior y desconociendo lo que durará la existencia del presente blog, apostaré decididamente por la excelencia en él. En realidad eso he procurado desde el principio, lo esté consiguiendo o no.




4 comentarios:

  1. Tu experiencia, aunque tuya e irrepetible, es la misma que la de muchos otros, por eso las palabras que escribes nos llegan tan profundamente. Un saludo y abrazo compañero.

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  2. Un abrazo para ti también, y mil gracias.

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  3. Me ha gustado este escrito. Tiene substancia, que es lo importante.

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