sábado, 28 de septiembre de 2013

¿Recuerdos de la gran extinción?: siguiendo la estela del dragón de fuego




Lucifer precipitado desde las alturas, según Gustave Doré.


Una aclaración. El enfoque del presente texto es esotérico, por tanto no debe esperarse un contenido convencional. Más bien quien lo lea debe estar dispuesto a desembarazarse al menos por un rato de su necesidad de respuestas y de datos precisos, debe mirar con otros ojos a otras realidades, que ésa es la verdadera naturaleza del esoterismo. Debe sumergirse alegremente en aguas oscuras y misteriosas en busca de los mismos tesoros que está buscando quien esto escribe, desechar las mismas pistas falsas y ser paciente. Por tanto, el tortuoso camino que emprendemos no es enteramente solitario.

Entiendo por esoterismo el cultivo del conocimiento profundo de las cosas ejercitando una de las facetas más sobresalientes de la inteligencia humana, la intuición,  en dirección a los misterios que albergan el mito y el símbolo, recipientes de otro tipo de verdad, trascendente, que va más allá del individuo y de su época pues le enlazan con quienes fueron antes que él y vuelve a conferirles vida, otra vida, la vida del espíritu nuevamente abrazado con entusiasmo a la carne y la sangre. No entiendo por esoterismo lo que el común de la gente entiende. No pienso ni decido según lo que crea el común de la gente. Esoterismo no es vestirse con trapos color azafrán, quemar un palito de incienso y recitar mantras. Eso es la carcasa superficial de la experiencia religiosa, que acontece a un nivel profundo y siempre resulta difícil de describir. Analizaremos en el presente texto el porqué del mito dragontino en Occidente, su relación catastrofista con el Diablo y el Diluvio y sus posibles raíces cósmicas.



HIC SUNT DRACONES

Mucha gente con capacidad de observación se habrá fijado en la diferencia que se da entre la figura mitológica del dragón como es tenida en el mundo oriental y la de las mitologías que grosso modo denominamos cultura europea u occidental. Los dragones orientales son seres míticos de buen augurio, relacionados con la fecundidad y con la inmortalidad, que viven en el cielo y lo surcan con vuelo grácil y fluido. Tanto en China como en Japón se les consideraba propiciadores de las lluvias. Téngase en cuenta que para los antiguos existía un terror cultural hacia la esterilidad y una inclinación amable a relacionar fecundidad con interrelación enriquecedora entre el principio celestial y el telúrico, a través de signos intermedios que transmiten la salud entre ambos mundos. Así, además del dragón, se pueden citar la lluvia, el rayo y las aves, asociadas a lo fálico -el ave figura como enlace con la divinidad en numerosas culturas, pero también como símbolo de fecundidad y de intervención masculina, de ahí que en algunas lenguas el pene sea aludido familiarmente con nombres de aves (así el castellano "polla" o el inglés "cock")-.

Por tanto, el dragón chino es una figura mítica altamente positiva (así se recogió -con Fújur, el dragón blanco de la suerte- en el maravilloso libro infantil La historia interminable de Michael Ende, ya comentado en el blog). El dragón chino es Yang, la segunda mitad del todo según el taoísmo, asociado al cielo y al elemento generador masculino. Uno de sus rasgos de masculinidad y de conexión con lo Alto es la presencia de unos cuernos de ciervo en la cabeza. Una leyenda reza que el nacimiento de Confucio fue acompañado por la visión de dos dragones en el cielo, acompañando a cinco sabios que representaban a los cinco planetas conocidos por entonces. Otra leyenda dice que un héroe, Kun, se enfrentó al Diluvio intentando buenamente encauzar las desbordadas aguas. Muerto y transformado en dragón amarillo, encomendó su inconclusa tarea a su hijo Yue, quien recibió la ayuda de otro dragón que le iba indicando las zonas adecuadas para drenar la inundación. Reténgase el dato de la relación entre dragones y Diluvio. También considérese que, al igual que en innumerables culturas, el hombre es tenido en el mundo oriental como un ser caído en desgracia desde la perfección, que era dialogar directamente con el Cielo, algo que comparte con nuestra herencia cultural y está en el núcleo del mito hebreo de Noé. Y no se pierda de vista que el Diluvio viene en forma de castigo por un enloquecimiento generalizado de la humanidad, de modo que sería una especie de reordenación a escala planetaria mediante el agua, "lavadora" de pecados, drástica forma que tiene Dios de "formatear" su Creación.

El dragón en la cultura de la Antigüedad y en el Medievo es, como sabemos, muy distinto: una criatura horrible, muy negativa, aterradora, reptiliana, que vive en las profundidades o que se precipita a ellas desde el cielo, un ser caído, como castigado por su maldad a vivir en los parajes más espantosos, y a menudo obsesionado con la custodia de un tesoro. Otra característica del dragón occidental es que no promueve la fertilidad sino que la dificulta, en general de dos maneras: arrasando los campos (con lo que condena al pueblo al hambre) y secuestrando a mujeres fértiles (princesas y doncellas).

En mi amada Galicia no faltan las leyendas y los mitos sobre dragones terroríficos y despóticos. Según el Codex Calixtinus un dragón vive en el pico Sacro, lugar mágico de la geografía del Noroeste ibero. Las Cantigas de Santa María nos hablan de otro dragón, en el norte de Portugal (perteneciente a la Gallaecia tradicional). El arco da vella (el arco iris) es signo de reconciliación entre Cielo y Tierra tras la lluvia (nuevamente encontramos un paralelismo con el mito de Noé), pero puede ser un diluvio de agua o un diluvio de fuego. El cielo alberga signos atemorizadores para la humanidad, como los cometas, que prefiguran guerras y hambrunas. Y del cielo descienden seres horrorosos, como los dragones o como el mismo Satanás, defenestrado desde lo Alto. Una leyenda gallega medieval nos dice que Satán, expulsado del Cielo (del consejo de Elohim), deja caer a tierra una piedra preciosa, una gran esmeralda, antes de precipitarse al suelo, y de esa piedra fue tallado el Graal. Otra leyenda sitúa a sir Galahad en Cebreiro, nada menos, en busca de la Copa Divina. El Graal, cuando se manifiesta, viene acompañado de aromas exquisitos cuya procedencia es misteriosa (al igual que, como hemos comentado en el tema de las apariciones del Hada de la Encina, suele ocurrir cuando se dan señales benévolas en el cielo). El dragón se confundirá con lo diabólico, y ambos con el animal que más ha aterrado a la humanidad en toda su andadura: la sigilosa y fatídica serpiente (I).

La serpiente es uno de los seres mitológicos más ambivalentes que existen. Es asesina, pero es sabia. Su veneno puede ser empleado como remedio. Anida en el seno de la madre Tierra y la muda de su piel hizo pensar a nuestros antepasados que era un animal inmortal (II). La serpiente está por todas partes. Si nos pusiéramos a ejemplificar en cuántas culturas aparece, no pararíamos en un año. Recordemos por ejemplo el uróboros, que es en Occidente lo que el Yin-Yang para Oriente. De modo que, simplificando, la serpiente se relaciona con el dragón (su naturaleza de animal peligroso y horripilante, aunque dueño de fuerza estética, habitante de las profundidades terrestres) y lo diabólico y satánico (ésa es la lectura generalizada, a posteriori, del mito de Adán y Eva tentados: la serpiente, al igual que el dragón occidental y que Lucifer, se precipita hasta el suelo). Existe una conexión secreta que queremos desentrañar, porque estos elementos míticos -añadiéndole el Diluvio- también aluden a una situación humana que hemos vivido varias veces desde que empezamos a ser bípedos: un cuello de botella. Lo veremos.

Comentemos algunos ejemplos de dragones -y ocasionalmente de serpientes- dentro de nuestra cultura:

-Tifón o Tifeo era una figura mitológica griega, hijo de Gea y Tártaro, un monstruo atroz similar a un dragón alado de cien cabezas. Echaba fuego por la boca y parecía suscitar a voluntad grandes tempestades y terremotos. Al igual que el Lucifer-Satán hebreo, quiso medir fuerzas con el dios principal, en este caso Zeus, pero fue derrotado y precipitado hacia la tierra. Desde entonces mora en el Etna. Cual cola de cometa arrojando infinidad de precipitaciones peligrosas en la atmósfera, Tifón tuvo numerosa descendencia, monstruos que tuvieron que sortear o padecer los grandes héroes y titanes de la Antigüedad, benefactores de los hombres. Hércules despachó al león de Nemea y a la hidra de Lerna. Belerofonte se deshizo de la Quimera. Jasón arrebató el vellocino de oro al dragón de la encina. Prometeo sufrió la rapacidad del águila que cada tres días despedazaba su hígado. Ésa fue la espantosa prole de Tifón, que se caracterizaba por someter a prueba las capacidades de los hombres y de los titanes, como hacen tradicionalmente los dragones.

Su nombre ha quedado asociado al huracán, viento destructivo por antonomasia.

-Cadmo, hermano de Europa, mató a un dragón que custodiaba una fuente. El dragón aparece como dueño de los recursos imprescindibles para la supervivencia humana, obligando al varón a un acto de heroísmo para hacerse con ellos. Ares, dueño del bicharraco, le pide que siembre los dientes del dragón, del que surgirán los mejores guerreros imaginables (en eso tiene ciertas similitudes con el mito de Deucalión y Pirra, que veremos después): tras pelear largamente entre ellos, los que quedaron en pie -los mejores- fueron los primeros espartanos. Curiosamente, Cadmo y su amada Harmonía se trasladaron al Elíseo transformados en dragones o quizá subidos a un carro tirado por dragones.

-Los hititas tenían una abominación propia, también un dragón, Illuyanka. Fue muerto tras bajar la guardia y embriagarse. Aquí se da una característica recurrente en otros mitos y leyendas dragontinos, la del dragón muerto por la boca, pues engañado se deja emborrachar o come tanto que sus movimientos se aletargan, haciendo de él una presa fácil. Eso ofrece una similitud con las serpientes, famosas por sus largas y penosas digestiones durante las cuales son muy vulnerables.

-Según el poema Enuma Elish o de la creación, la diosa Tiamat, consorte de Apsu, viene a ser algo así como madre de todo, asociada al aire y al agua marina. Con forma de dragón, decide a medias con su esposo deshacerse de su prole, pero es muerta por el joven dios Marduk, que con su cuerpo hendido en dos crea Cielo y Tierra.

-Mashussu fue un dragón cornudo presente en las mitologías del Creciente Fértil, de gran éxito y muy extendido. Tal es así que desarrolló una corriente sincretista: se le terminó asociando al citado Marduk (en forma de ofidio) y en el libro deuterocanónico (III) Bel y el Dragón el profeta Daniel mata al bicho envenenándolo.

-Vritrá es el dragón de los textos védicos. También sometía a la humanidad a un cuello de botella, reteniendo las aguas de los ríos embalsándolas o tal vez directamente bebiéndoselas. Fue muerto heroicamente por Indra tras una penosa lucha.

-Apofis es  una serpiente maligna con una manía muy particular: frenar el avance de la barca solar de Ra (que vendría a ser como el carro solar de Apolo), con lo que evitaría que naciese un nuevo día, dejando la tierra en sombras. Aunque no es propiamente un dragón, obsérvese su animadversión hacia lo solar y la idea de oscuridad, pues tiene un porqué.

-Tanto Ceto, monstruo marino, como la gorgona Medusa tienen rasgos dragontinos, aunque obviamente la segunda no es un dragón. Suele darse por sentado que la muerte de Ceto a manos de Perseo (protagonista de uno de los mitos más bellos de toda la Hélade, de resonancias eternas) para salvar a Andrómeda inspira la lucha de san Jorge contra el Dragón.

-Relacionado con el mundo de la serpiente, el dios frigio Sabacio se puso de moda en tiempos paganos (llegó a recibir culto en el Levante ibero) y podría prefigura en algunos aspectos rasgos protocristianos. Mató a una serpiente aplastándola con los cascos de su caballo, y en sus rituales los oficiantes ceñían serpientes a su pecho.

-En el Zend Avesta se nos presenta al dragón Azi Dahaka, de tres cabezas (como el védico Vritrá), que es encadenado al bello monte volcánico Damavand (Irán) hasta el fin de los tiempos. Al igual que Apofis, no puede ser muerto. Ésa es una constante de la lucha entre lo celeste y lo telúrico: aquél somete a éste en función de su fuerza divina, pero no lo mata, pues lo telúrico también es imprescindible como motor de la vida.

-El folclore polaco habla de Smok Wawelski, que vivía en las orillas del Vístula. Un joven de origen humilde, aprendiz de zapatero, lo derrota y con ello accede al tesoro que custodiaba y a la princesa de aquella región. El joven se llamaba Krak o Krakow, y sería el fundador legendario de Cracovia.

-Una leyenda de las Dark Ages inglesas narra el enfrentamiento entre un dragón blanco y otro rojo, con victoria provisional del primero que encierra la promesa de que el segundo regresará con fuerzas renovadas. El dragón blanco posiblemente serían los invasores anglos, jutos y sajones y el dragón rojo los bretones. Téngase en cuenta que el rey Arturo es trasunto mítico del caudillo bretón del mismo nombre que batió a los invasores en varias ocasiones antes de perecer en Camlann. Así, el apellido de Arturo es Pendragon y en su estandarte un dragón de fuego campea sobre una cruz. Un día Arturo regresará.

-En Daniel 14 el profeta le hizo tragar a un dragón una amalgama repelente de resina, grasa y pelos que lo reventó por dentro. Santa Marta, llegada a la Provenza, amansa a la Tarasca con agua bendita. Otro famoso santo, san Jorge, ha pasado a formar parte de la iconografía cristiana universal como vencedor de la bestia reptiliana. Así también el arcángel Miguel, presentado por Apocalipsis 12: 7-9 como comandante de las tropas celestiales en lucha victoriosa con el Dragón diabólico, que siendo capaz de volar es precipitado hacia la tierra. Reténgase la imagen.

-El dragón Kuckner fue vencido por el joven Jim Puttock mediante una estratagema que ya nos sonará familiar: le ofrecerá un pudding tan indigesto que le dejará aletargado, pudiéndole cortar la cabeza sin peligro. Otra leyenda anglosajona nos cuenta que John Smith se deshizo de otro dragón también aletargado por una digestión pesada tras haberse atiborrado de leche.

-En el poema Beowulf se nos dice que el héroe homónimo, ayudado sólo por su sobrino, se deshizo de un terrible dragón que tenía el reino atenazado por el miedo. A consecuencia de las heridas, Beowulf también muere. Otro héroe que acaba mal es Sigfrido, tras matar al dragón Fafnir (aunque el responsable de la muerte del gran guerrero fue Hagen de Tronje, no el bichaco) en el Cantar de los Nibelungos. La sangre del dragón concedía la invulnerabilidad (la piel de Sigfrido se blindó así, salvo donde se le adhirió una hoja de trébol, allí donde le  hirió Hagen: reminiscencia de Aquiles) y la comprensión del lenguaje de los animales.

Mi propósito no es hacer una aburrida recopilación de leyendas dragontinas, sino mostrar los rasgos que las unen. El dragón occidental se precipita a tierra o vive en ella, o incluso en el subsuelo, en contraposición al dragón oriental. Se diría que el dragón ha descrito, en su camino, una trayectoria que le ha llevado del cielo y de la armonía a la caída y el desastre. El dragón es criatura celosa, que custodia tesoros que el hombre ansía. Esos tesoros son crematísticos (un formidable caudal), estratégicos (el agua dulce de una región) o biopolíticos (hembras de categoría, como las princesas, que garantizaban prole de calidad y derechos dinásticos). Además, el dragón carece del menor interés por esos tesoros, pues no los puede gozar. Lo que hace es someter a un pueblo, a un país, a un cuello de botella, obligándole a elegir entre la muerte o la aparición en su seno de un héroe, un arquetipo masculino valeroso, sano e inteligente que se gana el derecho de reinar y de perpetuar su linaje derrotando al gran monstruo con sus manos o con su agudeza.

El dragón, por cierto, suele tener un rasgo físico habitual amén de su constitución reptiliana: cuernos.



Nuevamente Lucifer según Doré. Al fondo, Adán y Eva.

EL REBELDE LUMINOSO

Muchas veces el Antiguo Testamento no es sólo un texto imprescindible para entender los últimos tres mil años de historia, sino también un monumento literario excepcional. Así nos habla Isaías 14: 12-15 de un muy peculiar personaje:

"¡Cómo caíste del cielo, oh Lucifer, hijo de la mañana! Cortado fuiste por tierra, el que echabas suerte sobre los gentiles. Tú que decías en tu corazón: subiré al cielo, en lo alto junto a las estrellas de Dios ensalzaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, y en los lados del aquilón; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo. Mas tú derribado eres en el sepulcro, a los lados del abismo".

Como sabemos, Lucifer significa portador de luz, una significación diametralmente opuesta a la tiniebla asociada con lo demoníaco. ¿Cómo es que quien porta luz cae defenestrado por la Divinidad? ¿Acaso Dios es oscurantista? Mucha gente ha encontrado "simpático" a este enigmático ser (que porta luz igual que el titán Prometeo, nuestro benefactor, llevaba de contrabando fuego doméstico para los humanos), y se ha negado a identificarlo con el Diablo (recordemos que esta figura ha englobado a la Serpiente, al Dragón, a Satán, a los genios maléficos de cualquier folclore y también al singular Lucifer). Esa corriente de luciferismo recibió un gran empuje gracias al éxito de Morals and dogma de Albert Pike, uno de los libros más influyentes del siglo XIX y nutriente de corrientes ocultistas y masónicas que llegan hasta hoy (tan influyente ha sido que, si no me equivoco, Pike es el único general confederado al que se le ha dedicado una estatua en Washington, algo tan chocante como la del ángel caído en Madrid). También influyeron en ello las visiones literarias del Diablo como un ente que provoca cierta complicidad en el lector (los más célebres, el imaginado por Milton para El Paraíso Perdido y el Mefistófeles del Fausto de Goethe).

Lucifer es asociado tradicionalmente con el planeta Venus, el Lucero del Alba y de la Tarde. Al quedar "fijo" Lucifer en el horizonte como lucero, se podría decir que había sido precipitado por Dios, el Fuego Supremo, a un estrato inferior que ya no podría remontar. En ello se asimila al ángel destructivo y díscolo defenestrado de la morada divina, del consejo de Elohim, de las cercanías de Yahvé. La trayectoria que había descrito le aproximaba al horizonte occidental, allí donde el Sol parece morir, allí donde comienza la noche, allí donde termina Europa, en la Hesperia Última, en el reino del Ocaso, en Iberia.

Visto con la debida perspectiva, Lucifer parece realizar el mismo recorrido que el Dragón primordial que del Este llega orgulloso y conectado con la Divinidad para después precipitarse, derrotado, hacia el Oeste, hacia el crepúsculo, hacia el final de la luz, hacia el mundo de las tinieblas. Lo podemos visualizar, con su gran cola rozándonos, dejando en el aire un velo sanguinolento, aterrando y destruyendo. La imagen final del Diablo es similar a la dragontina. También, como el dragón, emplea las riquezas y el deseo hacia la mujer como palancas motivadoras del pecado. Y también, como él, exhibe rasgos animalescos, entre ellos los cuernos.

El reino del ocaso del Sol, el lugar donde los antiguos creían que estaba el Fin, el reino de la muerte, la entrada al infierno, es Iberia. En Iberia existe una proporción de animales cornúpetas muy superior al del resto de Europa. El símbolo ibero es el toro de lidia. Iberia está asociada simbólicamente a cráneos dotados de cuernos. La cornamenta, tenida como diabólica, se relaciona con el dios Pan. Es posible que el nombre de España proceda de Spanna, tierra de Pan (al menos es una hipótesis más bonita que el ridículo "tierra de conejos" tradicionalmente aceptado). En Iberia se dan cita el ocaso solar, las cornamentas y el terror indefinido a la magia negra de una península misteriosa, el último lugar desde donde se puede ver el Lucero del Alba, el ángel caído, pues más allá del finisterre todo es amenazador mar.

Es desolador ver cómo el símbolo más hondo de lo ibero se ha convertido en la víctima torturada de un espectáculo asqueroso y esperpéntico al que algunos llaman fiesta nacional. Según parece, la fiesta nacional consiste en burlarse de un noble animal ante un público lleno de peinetas, puros a medio fumar y jerseys anudados al cuello. Vomitivo e impresentable. El toreo actual es un pecado contra Iberia. Y ya sabemos que los pecados de una comunidad son purgados a menudo con una riada incontenible.



HUMANOS PASADOS POR AGUA

El mito del Diluvio Universal tiene ese nombre porque la anegación de tierras emergidas afecta a todas las conocidas, pero podría perfectamente ser también porque su difusión es planetaria. En todas las latitudes encontramos relatos similares sobre una gran inundación, por lluvia o por embestida de aguas de mar, del interior terrestre (la vasta profundidad acuosa bíblica) o del seno oceánico del Todo (sentido védico). Ese desastre tiene también generalmente otros dos puntos comunes: está relacionado con las culpas de la Humanidad, y supone una limpieza de la Creación, un nuevo comienzo para los linajes humanos supervivientes. Volvemos a toparnos con el cuello de botella, aunque esta vez no es local o regional como en el caso de los dragones, sino global. Nos desafía a todos.

Un relato de gran valor cultural es el del sumerio Ziusudra, parte del Poema de Gilgamesh. En su momento dioses y hombres convivían (lo que tiene el paralelo bíblico de los hijos divinos engendrando prole en las humanas, según Génesis 6: 4), pero un día el dios Enlil decide que no puede soportar más a los humanos y que los va a eliminar inundándolo todo. Los humanos se han urbanizado, creando burbujas antinaturales (lo que nosotros llamamos ciudades) depredadoras del entorno y en cuyo seno una humanidad bulliciosa y ruidosa se multiplica sin control como un hormiguero enloquecido. Enlil, incapaz de soportar el estrépito, decreta la inundación. Otro dios, Ea, se apiada de los humanos y da indicaciones a Ziusudra de que construya una arca, donde albergaría una representación de todas las especies animales. Tras seis días de terrible borrasca, el tiempo amainó. Desde el arca flotante encallada en una montaña que sobresalía de un océano que parecía abarcarlo todo, Ziusudra envió sucesivamente tres aves. La tercera, un cuervo, no regresó: señal de que había encontrado tierra firme.

Enlil se enojó por la estratagema de Ea; sin embargo, su corazón se ablandó ante las palabras de éste y dio por bueno el final de la historia, confiriéndole una naturaleza divinizada al linaje de Ziusudra. Este mito sumerio-acadio tiene unos enormes paralelismos con el bíblico, como se puede ver. No hará falta que seamos muy detallados con el relato de Génesis 7, porque supongo que lo conoce todo el mundo. Se parece al anteriormente expuesto en el enfado divino hacia el hombre, la destrucción de la vida, la elección de un linaje de mérito para repoblar la nueva tierra emergida (el Libro de Enoc, apócrifo, le concede una "marca" física especial a Noé: el albinismo), el arca, su encallamiento en la cima de una montaña, las aves portadoras de mensajes y, faltaría más, agua por doquier. Véase que en el relato bíblico hay un solo dios que desempeña los papeles de los dos dioses sumerios, el que aniquila y el que salva: la simplificación de divinidades en una sola hace que ésta parezca contradictoria y bipolar.

El mito griego tiene sus paralelismos con los arriba señalados. Zeus envía el diluvio anegador, pero Prometeo -gran amigo de los seres humanos- le dice a su hijo Deucalión que construya una arca donde se resguardará con su mujer, Pirra. Tras terminar el diluvio, los dos esposos lanzarán a sus espaldas los huesos de Gea (es decir, piedras) de los que brotarán nuevos seres humanos. Como se ve, los tres mitos tienen un obvio "aire de familia". Eso puede deberse, seguramente, a la cercanía geográfica, intensificada por el comercio entre pueblos. Por las rutas comerciales no sólo circulan personas y mercancías, sino también mitos, creencias, cultos y supersticiones. Ahora bien, ¿qué se puede argumentar al encontrarnos con mitos similares en culturas bastante lejanas, o incluso aisladas?

Según la cultura védica, también hubo un diluvio del que se zafó el rey Manu (un linaje escogido, de nuevo) tras haber sido avisado por un avatar de Visnú. En suelo amerindio abundan los relatos diluviales. Los quichés afirmaban que el dios Hurakán había destruido por el agua a los hombres de madera. Según los aztecas, la diosa Chalchiuhtlicue (señora de las aguas) hizo un cambio de era a lo bestia anegando la tierra: los humanos que lograron sobrevivir lo hicieron tranformados en peces. Según los incas, fue Viracocha quien mandó las aguas (la repoblación se le atribuyó a un monarca cuzqueño, Manco Cápac, al que se le enjaretaron numerosas leyendas). Existen numerosos mitos y leyendas en el continente americano con el mismo patrón. Incluso los habitantes de Pascua se consideran a ellos mismos hijos de refugiados tras un colosal tsunami, lo que tiene ciertos paralelismos con la cultura guanche, que guardaba temor al mar. Sobre el tema de los guanches como supervivientes de un gran diluvio (serían, quizá, descendientes los gigantes bíblicos) ha habido bastante literatura soñadora, pero quién sabe.

Digamos además que, aunque se tiene como asentado que el Antiguo Egipto carecía de mitología diluviana,  sí se pueden rastrear narraciones de una enorme inundación que anegó el país, cuando el mar quiso desposar a la tierra tras saber que ésta se había casado a su vez con el cielo. En cuanto a China, ya hemos visto que tenía un mito diluviano.

Un mito africano muy simpático de los moussaye nos dice que al principio el Cielo y la Tierra estaban casi pegados. Una mujer comienza a machacar grano en su mortero con tanto entusiasmo que con la maza le hace un agujero al Cielo, que comienza a vaciarse de agua, anegando la Tierra y alejándose de ella. Como se ve, a menudo el diluvio se asocia con la ruptura de la concordia entre lo divino y lo terrenal. 

En mi opinión, son necesarios dos requisitos para que un mito (fundacional de todo el mundo conocido, y no  meramente regional) sea aceptado de una manera libre y pacífica por pueblos ajenos a su origen: que haya proximidad o buena comunicación entre un pueblo y otro, y que haya una base creíble para aceptar ese mito ajeno. Lo primero refresca y fortalece la recurrencia del mito en la memoria de la población, mientras que lo segundo tiene que ver con la credibilidad última del mito en sí. Un pueblo sólo aceptaría libremente un mito foráneo sobre el diluvio universal si hubiese sufrido en sus carnes un acontecimiento análogo al mitificado. De lo contrario, el mito sería desechado como una paparrucha sin interés. 

La otra opción sería que cada cultura, aislada y volcada sobre sí misma, hubiese generado a su modo un mito del diluvio. De ser así, no podría deberse a la casualidad, sino más bien a la memoria profunda de las gentes, que admitirían así no sólo la tragedia pasada sino que basarían su propia existencia en ella, como descendientes de quienes superaron el cuello de botella. Detalles como el arca parecen más propios de pueblos amigos del mar o, al menos, familiarizados con las travesías de larga duración, aunque fuera de oídas.

Como sabemos, en el país más poderoso del mundo hoy por hoy (Usa) la mitad de la población cree que lo narrado en la Biblia es histórico, desde la creación del mundo en seis días descansando Dios el séptimo (Yahvé sometiendo su obra a una lunación, cosa curiosa) hasta prácticamente todo lo que uno pueda encontrar en las páginas del tocho, incluido (faltaría más) el relato del Diluvio. También como sabemos hay periódicas expediciones al monte Ararat, fotografías cenitales que parecen presentar la marca de la quilla de un navío, trozos de madera fantasmales, etc. Por tanto, lo que debería ser una hipótesis de trabajo interesante -estudiar la posibilidad de que un evento recogido por innumerables culturas a lo largo y ancho del planeta sea auténtico- se ha convertido en un foco de controversias y debates emponzoñados en los que parece que si uno defiende la tesis diluviana no pasa de ser un creacionista indocumentado.


Immanuel Velikovsky.

CON ÉL LLEGÓ EL ESCÁNDALO

En 1950 la editorial Macmillan publicó un libro que hizo furor, Worlds in collision, debido a un judío ruso llamado Immanuel Velikovsky, emigrado en Usa una década atrás. Aunque su formación era de médico y psicoanalista, su pasión era la mitología comparada con implicaciones explosivas. Por ejemplo, anteriormente había sugerido en otro libro que el faraón Ajnatón y Edipo eran la misma persona (varios autores han querido reencontrar al célebre faraón monoteísta contrahecho en otros parajes, identificándolo incluso con Moisés; por otra parte, es llamativo el parecido onomástico entre el dios de Ajnatón, el sol Atón, y el hebreo Adonai). Su sionismo le llevó a buscar en el libro de Josué el eco de un acontecimiento real. El citado texto bíblico, un impresionante canto al genocidio (donde sólo se salva una prostituta, Rahab, antepasada del mismísimo Jesucristo), incluye un pasaje en el que Josué detiene a voluntad el Sol en el firmamento durante casi un día completo para disponer así de la luz solar necesaria para completar el exterminio de sus enemigos. Esa detención del astro rey fue la "madre del cordero" en el asunto Galileo, como sabemos. Pero Velikovsky va más allá y propone que efectivamente en tiempos antiguos la rotación de nuestro planeta sobre su eje se detuvo, al menos un día. Velikovsky recurrió a estudiar ejemplos mitológicos de otras culturas y otros lugares con objeto de demostrar que convergen con el narrador bíblico en ese punto.

Para explicar tal cosa, el autor aventuró que Venus no había estado "siempre ahí" como Lucero sino que se había incorporado hace relativamente poco al concierto del Sistema Solar, en una horquilla entre el 1700 y el 800 a.C., siendo antes un cometa o un cuerpo celeste de naturaleza similar que en su aproximación a los planetas ya existentes alteró la órbita de Marte y pasó casi rozando la Tierra, siendo atrapado después por la gravedad solar. Eso detuvo la rotación terrestre, generó una serie de cataclismos apocalípticos, aniquiló a casi toda la Humanidad y dejó una huella psicológica en los supervivientes que éstos expresaron en mitos y leyendas.

La reacción al libro fue prácticamente inmediata. La comunidad científica en pleno puso el grito en las nubes ante lo que consideraban que no era más que charlatanería por parte de alguien que ni siquiera era físico ni astrónomo. La reacción fue tan impresionante que, vista con la actual perspectiva, asombra. Se han publicado desde entonces montones de libros con lecturas aparentemente descabelladas sobre los huecos sin rellenar de la historia de la Antigüedad, entre los que no han faltado ni la intervención extraterrestre ni el siempre "nuevo" hallazgo del emplazamiento de la Atlántida, pero por algún motivo Worlds in collision tocó fibras muy sensibles. Tal fue así que al poco tiempo la editorial se desentendió del libro, que pasó a ser publicado en Doubleday. También la contestación se hizo en el terreno de los mass media: uno de los detractores más célebres de Velikovsky, el simpático Carl Sagan (el de aquellos jerseys de cuello vuelto), insistió en lo insostenible de sus propuestas en Cosmos. El caso Velikovsky quedó dentro del mundo escéptico como un claro ejemplo de extravagancia por parte de un diletante que, aunque sin duda con una sólida formación en otras disciplinas, se había inmiscuido en un terreno que no era suyo, pretendiendo reescribir la historia. Ni siquiera parecieron valorar lo aprovechable del libro en el campo de la mitología comparada.

El caso es que Velikovsky, como psicoanalista, era amigo de bucear en la psique, si bien estaríamos hablando de la psique colectiva de unos pueblos abrumados por un trauma de infancia, la gran extinción, que también era para ellos un mito fundacional y legitimador de linajes. Es lo que nos entretendrá desde ahora. Nos olvidaremos de los datos astronómicos para bucear en la memoria colectiva de ese astro tan especial que es Venus (tan especial que su eje de rotación difiere con mucho del de los demás planetas del Sistema Solar).

El pasado 30 de enero la Agencia Espacial Europea hizo saber que, según pudo observar la sonda Venus Express, nuestro querido Lucero había adquirido temporalmente aspecto de cometa. En un momento de baja presión del viento solar, la ionosfera venusina se había "estirado" como si fuese la cola de un cometa. Eso, obviamente, sólo se puede ver con ayuda de nuestra tecnología, pero ¿cómo se veía Venus en tiempos pretéritos? Téngase en cuenta que empleaban un lenguaje metafórico y que no disponían de todos esos avances técnicos de los que presumimos hoy. Veremos fuego, humo, barbas, coronas y (por descontado) cuernos.

Son célebres los Cuernos de la Luna, en su fase de cuarto menguante. Pero antiguamente no sólo la Luna exhibía cornamenta.


EL ASTRO AMENAZANTE Y EL PLANETA PARALIZADO

-Según la mitología china, surgió un astro tan grande y tan brillante como el Sol. Otra crónica nos habla del combate entre dos soles, y de la persecución de Marte por Venus, que sacudió y desbarajustó completamente nuestro planeta.

-Otro texto chino insiste en el ataque de Venus a Marte, llamada estrella-lobo.

-Según los ute, del Sol se desgaja un astro que incendia el mundo.

-Es tradición entre los amerindios creer que la Humanidad quedó casi extinguida por el fuego caído del cielo. Los náhualt llaman a Venus la "estrella que echa humo".

-Los Vedas identifican a Venus con una gran llama y con humo. 

-Las tradiciones astronómicas del hinduismo indican que el planeta Venus no estaba al principio en el firmamento, sino que apareció mucho después. Otras veces narran batallas en el cielo en las que Venus siempre es derrotado y eyectado.

-Una tradición caldea afirma que Venus rivalizaba con el Sol en brillo. Otra nos dice que Venus tenía barba, o bien una gran melena.

-Para los babilonios Venus es "la estrella que se une a las demás".

-Según Asurbanipal, Venus (Ishtar) se ceñía un vestido de fuego y llevaba una corona cuyo resplandor aterraba. Su semejante Astarté tiene cabeza de toro. Las fases de Venus se apreciaban a simple vista.

-Según el Zend Avesta,  Venus es la estrella que ataca a los demás planetas. Tiene una cabeza dorada de toro, con poderosa cornamenta.

-Según los egipcios, Venus es un toro, o bien un círculo que arroja fuego. Sus fases se podían apreciar a simple vista.

-Según Hesíodo, Faetón acercó tanto el Sol a la Tierra que la calcinó y desertizó en gran medida.

-Para la mitología griega, Venus se aplaca tras rozar a Marte, lo que ha llegado a nosotros como el matrimonio entre los dioses Ares y Afrodita.

-Según la escuela pitagórica,  Venus había sido antes un cometa. Es descrito con barba, plumas, corona, cola llameante y unos grandes cuernos.

-Según Josué, el Sol se detuvo durante casi un día sobre Gabaón, y la Luna sobre el valle de Ayalón.

-El Talmud recoge que un gran fuego cuelga detrás de Venus. También es llamada "la estrella melenuda".

-Un mito de Samoa dice que un día Venus enloqueció, se volvió agresiva y atacó a los demás planetas con unos cuernos que le habían crecido.

-Según los antiguos chinos una vez el Sol estuvo varios días sin ponerse.

-Según los inuit, el mundo comenzó a moverse un tiempo al revés.

-En Mesoamérica, Quetzalcoatl se asociaba con Venus y con la destrucción de la Humanidad. Sus cálculos aseguraban una conjunción de nuestro planeta y el suyo cada 52 años, celebrado con inmensos sacrificios humanos como recordatorio de aquel lejano desastre. Quetzalcoatl es la versión amerindia del dragón. Como a Venus, se le asocian fuego, plumas y cola.

-Según Plinio, una bola de fuego dominó Egipto antes de la primera dinastía.

-Según Platón hubo un tiempo en que el Sol salió por Poniente unos días. También habla de la desaparición de toda una civilización (Atlántida) por un cataclismo.

-Una tradición egipcia dice que el Sol se detuvo uno o tres días, y por dos ocasiones amaneció por Poniente.

-Una tradición náhuatl habla de una noche prolongada que duró varios días durante los cuales el Sol no quería aparecer.

-Según los anales de Cuauhtitlán, la oscuridad duró 25 años.

-Según el Popol Vuh, el Diluvio vino acompañado de precipitaciones viscosas que ahogaban a los humanos. Así se extinguió la antigua Humanidad.


LA ESTIRPE DEL DRAGÓN

Olvidémonos de las hipótesis de Velikovsky. Quedémonos con el relato catastrófico de la mitología antigua. Los pormenores, los detalles, las precisiones, las sagas de la destrucción se irían perdiendo y simplificando en un mundo que no permitía más que sobrevivir a la poca humanidad que a duras penas se había zafado de la extinción completa. Irían adquiriendo una anatomía infantil y simbólica, sencilla, fácil de evocar y de representar con un par de trazos.

Sólo habrían quedado los más aptos. O los más afortunados. O los más oportunistas. O un poco de todo.

Sesenta y cinco millones de años atrás un meteorito impactó en el Yucatán terminando para siempre con el imperio de los dinosaurios sobre la tierra, dominación que parecía no tener solución de continuidad pero que tuvo un fin. Tras su desaparición, tomaron el testigo de la preeminencia unos animalillos bastante menos espectaculares que los grandes reptiles, pero despiertos y ocurrentes: los mamíferos. Puede decirse que gracias a una descomunal tragedia de origen celeste nosotros tuvimos una oportunidad. En realidad, bueno, tuvimos más. Según la hipótesis de la catástrofe de Toba, alrededor de unos 75000 atrás la detonación de un volcán de Sumatra, en el Cinturón de Fuego indopacífico, aniquiló a casi todos los homínidos dando la oportunidad a linajes sapiens. Destrucción, fuego y cielos turbados: ésos parecen ser los pasos que Dios o la Naturaleza asocian con nuestro avance hacia el dominio terrestre. Por tanto, aquello que destruye también nos crea. El cuello de botella, la situación casi imposible de superar, nos lleva a un empujón evolutivo hacia arriba, hacia la superación de esa terrible prueba.

Ése es el secreto del dragón. El dragón reta al humano desafiando sus capacidades e incluso su supervivencia. Su presión asfixiante crea diamantes de lo que antes era mero carbón listo para arder. Y ese diamante humano, una vez derrota al Gran Retador, se inviste de sus poderes, de su sangre, de sus tesoros. El Dragón de Fuego rasgó el cielo con su cola de humo y pez; pero quién sabe si ese humo y esa pez se precipitaron en forma de maná, ambrosía, soma, leche y miel sobre nosotros. Quién sabe si tras herirnos supo darnos la vida nuevamente. No podemos entenderlo ahora pues los humanos abarrotamos el planeta. No podemos imaginar un cuello de botella, nosotros que vivimos en el culo de la misma. Pero un día el Gran Retador volverá, en forma de fuego y pavor, para aniquilarnos o para hacernos evolucionar.

Entonces Venus mostraría su otra faz, distinta de la conciliadora y maternal asociada con la diosa Señora de las Alturas. Entonces Venus sería el monstruo varonil, ceñida su cabeza por el emblema por excelencia de la masculinidad (la cornamenta ígnea), que paternalmente nos empuja fuera de nuestro mundo obligándonos a crear otro. Otros cielos, otra tierra. El monstruo venusino nos destruye pero también nos crea. Somos hijos de Lucifer. Pertenecemos a la estirpe del Dragón.

Ésa es, probablemente, la razón profunda por la que siempre estamos guerreando contra Dios.



(I) - En "Blade Runner" (1982, Ridley Scott), una de mis películas favoritas, los efímeros replicantes (condenados a cuatro años de vida) ven sublimada su sed de vivir asociados a animales simbólicos que representan una existencia larga, muchas reencarnaciones, la sabiduría divina o la inmortalidad: el unicornio, la paloma, la tortuga, el búho, el gato y por descontado la serpiente.

(II) - Existe un animal inmortal, en el sentido de que no muere de viejo, la medusa Turritopsis Nutricula.

(III) - Son textos que el Tanaj no acepta como revelados, pero que sí figuran en la Septuaginta, traducción al griego de libros hebreos ordenada por Tolomeo II Filadelfo para complacer a la pujante minoría judía de Alejandría.


5 comentarios:

  1. Interesante articulo, como todos, que más que esotérico, que también, tiene reminiscencias mitológicas de nuestra- y de otras- cultura.

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    1. Bueno, me da la sensación de que tengo una idea de "esoterismo" distinta de la que tiene mucha otra gente :-P aunque seguiremos en la brecha, jeje.



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  2. Ayer estuve viendo uno de esos docus algo sensacionalistas pero con su puntillo según el cual el mito del Diluvio vendría de la sorpresiva inundación del Mar Negro, en su momento un lago de agua dulce, por una gran masa de agua salada procedente del Mediterráneo, allá por el 5600 a.C., a través del Bósforo. La oleada bombearía a cada segundo el equivalente a unas cien veces lo que bombean las cataratas del Niágara.

    Esa oleada destruyó las hipotéticas culturas ribereñas del lago. Esas culturas, desplazadas por la catástrofe, conservarían el recuerdo de la anegación para las futuras generaciones y dejarían en las nuevas tierras en que se establecerían las semillas de su civilización, de sus adelantos, de su refinamiento. Tenían muy controlado el trabajo de orífices, por ejemplo, con ajuares varios milenios anteriores al esplendor cultural minoico, por ejemplo.

    ¿Fue el arranque de la definitiva ola migratoria indoeuropea? Gimbutas y otros ubican su Urheimat precisamente allí.

    Pero entonces ¿los relatos del Diluvio en otros continentes?

    No. Tuvo que ser más gordo que eso.

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    1. Lastimosamente no encuentro información sobre investigaciones arqueológicas submarinas en el Ponto Euxino que no sean naufragios. Una pena, porque es crucial saber la frontera entre los pueblos esteparios y los civilizados para entender la Edad de Bronce.

      Investigaciones recientes indican que la dispersión indoeuropea fue mucho más tardía, ubicada entre el 3500 a.C. y el 2500 a.C., en plena Edad del Bronce. Eran los Yamnaya, nómadas pastoriles que invadieron Europa desde el Cáucaso, que configuraron definitivamente el genotipo europeo. Aún no se sabe porqué habrán migrado, una hipótesis es conflicto, pues fueron rápidamente expulsados de la estepa por la cultura Sintashta, supuestos inventores del carro.

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    2. Sí, es como dices. La expansión indoeuropea, parece ser, es más próxima en el tiempo de lo que pensábamos.

      La tesis del docu es del oceanólogo búlgaro Petko Dimitrov, y el conductor es Peter Gandy, conocido por su libro a cuatro manos "Los misterios de Jesús". Dimitrov se aferra a la Necrópolis de Varna (que es aún del Calcolítico) como arranque irradiador de la cultura europea tras la hipotética catástrofe.

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