domingo, 22 de septiembre de 2013

Qué fue de la Nueva India: mil manos sobre el Congo





A las guerras, conflictos, estados fallidos y delicados e inestables procesos de paz etc etc  se les presta atención en función de lo que nos vaya en ellos y de en qué teatro regional se están produciendo. Un conflicto como el que lleva dos años y pico amenazando con balcanizar y neutralizar Siria como estado soberano se sustancia en el mayor cruce de caminos de la historia humana, el Próximo Oriente. Por contra, numerosos conflictos abiertos o larvados de importancia reciben un eco ciertamente menor, por ocupar un lugar relativamente marginal en el marco geopolítico global. El caso de la República Democrática del Congo es paradigmático de lo dicho, y estamos hablando de un Estado de gran extensión, con un subsuelo muy rico y una posición geopolítica envidiable que en buena medida permite el acceso al corazón del continente africano. Si en el caso de Siria estamos hablando de un Estado por neutralizar (por el petróleo, el gas natural -las regalías de los cuales se quedaban en el Tesoro sirio-, la presencia chií, el acceso israelí a Irán y la retaguardia de Hezbolá, la posibilidad de un Estado kurdo y la desarticulación de los restos del panarabismo entre otras razones), en el caso de la RDC hablamos de un Estado neutralizado de facto, por cuanto a efectos contantes y sonantes no es soberano de sus recursos.

La RDC es uno de los países más pobres de la Tierra, y en la lista que el Índice de Desarrollo Humano de la PNUD ha elaborado este año ocupa el puesto 132, el último de los computados. El Estado tiene un presupuesto anual risible, y puede considerarse fallido. Fronterizo con nueve países (con Tanzania, Ruanda, Burundi y Uganda conforma la región de los Grandes Lagos) y caracterizado por un clima ecuatorial húmedo y por generosas cuencas fluviales -de unos cuatro millones de kilómetros cuadrados- que en cierta medida balcanizan el territorio, ha de lidiar con una gran complejidad de etnias y tribus, unas 280, y la friolera de 212 idiomas (aunque el oficial es el francés, y una lengua autóctona de tronco bantú, el lingala, está muy extendido y hace las veces de lengua franca). Su historia ha sido muy agitada hasta hoy.

A pesar de todo lo dicho, la gran región del Congo es inmensamente rica. No sólo podría ser el granero de África (algo que también se predicó de Sudán, por lo que parece ser la típica profecía que trae mala sombra), sino que además posee un subsuelo abundante en oro, plata, diamantes, estaño, cadmio, cobre, cobalto, zinc, germanio, radio, bauxita, uranio, petróleo y coltán. A éste se le llama oro gris por su importancia estratégica en nuestra sociedad de telecomunicaciones, investigación espacial y proliferación armamentística. El coltán es una mezcla de dos minerales, columbita y tantalita, que da como resultado un componente valiosísimo por su resistencia a la corrosión y a la alta temperatura, su superconductividad y su capacidad de almacenar carga eléctrica para ser usada en un momento posterior. Hay quien afirma que en su momento Sony tuvo que retrasar el lanzamiento de la Playstation 2 porque andaban justitos de coltán congoleño. Conviene retener el dato de que -se calcula que- en el suelo de la RDC podrían estar durmiendo los dos tercios de todo el coltán planetario. 

Por tanto, la historia moderna del Congo es la historia de los filones y de la depredación, hasta hoy mismo, y de cómo un país rico es un país pobre. Es interesante acercarse a conocerla.


LLEGAN LOS EUROPEOS

El primer explorador europeo en llegar a la costa congoleña fue, como se podía esperar, un portugués: el marino Diego Cao. En 1482, cuando todavía no habían entrado el la historia Colón y Cabot, y probablemente ya no había vikingos en América, Cao se aventuró al sur de la línea del Ecuador y llegó hasta la desembocadura del río Congo, tomando posesión del paraje en nombre de la Corona portuguesa, detentada entonces por Juan II, mediante la erección de cuatro hitos que todavía se conservan. Sus peripecias se centraron en la exploración costera, dejando casi todo el interior para mejor ocasión. El río Congo es navegable en su curso medio, pero deja de ser remontable desde el mar relativamente pronto, en las cataratas Livingstone, lo que supuso un hándicap de arranque para explorar el país, y que frenó los avances de Cao, quien en 1485 remontó hasta Matadi, a la altura de las cataratas.

El tradicionalmente llamado "rey del Congo", tal vez una figura local, parlamentó con los portugueses y se convirtió al cristianismo, al parecer. Esas conversiones suelen ser fruto del cálculo (caer bien a un aliado poderoso) y de la admiración sentida ante aquellas gentes de piel clara cuya tecnología adquiría ribetes de magia para los aborígenes. Se establecieron numerosas casas comerciales, obviamente en la costa y el estuario. El marfil, el caucho y el aceite de palma congoleños se convirtieron en productos muy codiciados.

Las exploraciones al interior se hicieron esperar. Dos personajes muy curiosos, un italiano nacionalizado francés llamado Pierre Savorgnan de Brazza y un británico nacionalizado useño bastante más conocido para el gran público, Henry Morton Stanley -el de la inmortal frase "doctor Livingston, supongo"-, fueron los principales responsables de que el hinterland del país fuese descrito y sus secretos siquiera mínimamente desentrañados para una opinión pública europea y unas cancillerías enfrascadas en la cuestión del colonialismo.

Las aventuras de estos dos por suelo congoleño, durante la década de los setenta del siglo XIX, causaron furor. El propio Stanley, que publicó un texto de gran resonancia acerca de lo visto y vivido -Through the dark Continent- en la exploración por la cuenca del Congo -financiada por el Daily Telegraph y el New York Herald, lo que daba de inicio un sesgo atlantista a la intervención del explorador, si bien las cosas fueron después por otro camino, como veremos-, estaba entusiasmado con las perspectivas que aquel gran país prometía. Decía que el interior congoleño era más fértil que el valle del Misisipi, y que aquello podría ser nada menos que una Nueva India (recordemos que India era la joya de la corona imperial británica). Por entonces el hinterland congoleño era tributario del sultán de Zanzíbar, aliado de Gran Bretaña, aunque a efectos prácticos la distancia continental posiblemente diluía ese vasallaje. La cabeza visible era Tippu Tip, mitad árabe mitad swahili, quien en nombre del sultán dominaba una amplísima zona en la que controlaba el tráfico de marfil y de esclavos aborígenes. Tippu Tip estaba conectado con los intereses británicos a través de su vasallaje con el sultán, lo que no le impidió llegar a un pacto con un personaje realmente singular, el monarca belga Leopoldo II.


BÉLGICA SE CUELA EN LA CUESTIÓN COLONIAL

Napoleón puso patas arriba toda Europa de tal modo que la tarea de regresar al statu quo anterior enfrascó las mejores cabezas geopolíticas del continente. Tarea imposible, pues la historia va siempre hacia adelante. En 1815 los Países Bajos se reunificaron temporalmente, en una jugada muy interesante que conformaba un Estado-comodín para impedir una fricción territorial entre Alemania y Francia, así como para alejar de la soberanía francesa la ciudad de Amberes, que dispone de un puerto de 50 kms de extensión. Los tiempos post-napoleónicos eran tiempos de restauración monárquica, de modo que para aplacar al legitimismo se hizo del nuevo conglomerado de los Países Bajos un reino, en cuyo trono fue reconocido Guillermo I, quien ya había sido estatúder del territorio antes de la derrota final del Corso. En 1830 el reino se divide tras la llamada Revolución Belga, y el nuevo Estado soberano de lo que eran las "provincias del sur" -católicas- comienza su andadura en solitario, bajo el reinado de Leopoldo de Sajonia-Coburgo.

Bélgica era un país pequeño, amenazado con ser campo de batalla perenne entre bloques nacionales más potentes, y rápidamente industrializado. Su red ferroviaria se hará muy tupida y su interés será estrictamente el mercado europeo y la industrialización. No tenía colonias. Ahora bien, Leopoldo I se propuso tener algún tipo de presencia colonial. Así, posó sus miras en el archipiélago de Hawai, llegando a un acuerdo con Ladd & Co., una multinacional que había hecho fortuna en el negocio de la caña de azúcar, con vistas a colonizar aquellas paradisíacas islas. Sin embargo, problemas de tesorería y la intervención de la armada británica (los típicos "incidentes de cañoneras" de aquel siglo) frustraron el plan. También en suelo americano probó suerte el pequeño país, concretamente en otro también pequeño, Guatemala. Los belgas habían ayudado a la independencia guatemalteca de la Federación de Estados Centroamericanos, de modo que su parlamento concedió a una compañía colonial belga la explotación, en principio de modo perpetuo, de la provincia de Santo Tomás. Ahora bien, el clima y las enfermedades tropicales hicieron económicamente inviable esa explotación. Entre unas cosas y otras, Bélgica no conseguía meter baza en mercados lejanos, y el sentimiento anticolonialista era considerable tanto entre la población como en buena parte de la clase dirigente.

Leopoldo II (1835-1909) sucedió a su padre en 1965 no sólo en su trono sino también en sus propósitos coloniales. Su primer discurso ante el parlamento belga versó sobre la importancia crucial que para él tenían el comercio y la exportación. No es de extrañar, pues Bélgica es un país pequeño cuyo poder no puede basarse en el músculo militar, irrisorio si se compara con el de sus vecinos, sino en la influencia que confiere el éxito en los negocios. Así, Leopoldo II, con buen tino se fijó primeramente en la inmensa zona indopacífica. Uno de sus sueños recurrentes eran la islas Filipinas, todavía bajo soberanía española. Otro sueño, aún más llamativo, fue el de hacerse con el tesoro imperial del Mikado japonés (a saber cómo). Leopoldo siguió con muchísimo interés, y con envidia, la colonización holandesa de Indonesia. A sus ojos, y a los de mucha gente, la exótica Java sonaba a verdadero Paraíso lleno de riquezas, especias y fascinante biodiversidad. Durante el tiempo de la Belle Époque creció el embeleso por aquellas tierras, hasta tal punto que la Exposición Universal de 1889 en París contribuyó a cambiar el rumbo de la música culta europea al quedar pasmados los compositores franceses, con un joven Claude Debussy a la cabeza, por las instrumentaciones javanesas conjuntadas en el gamelán, con abundancia de timbres exóticos y místicos nunca escuchados en Europa, sobre todo mediante percusiones de metalófonos que cautivaron la atención de los creadores de nuestro continente.

Es de suponer que Leopoldo nunca se quitó de la cabeza la idea de una Java belga. Con todo, los objetivos indopacíficos resultaban imposibles. Leopoldo siguió insistiendo en Filipinas, hasta tal punto que en 1875 recibe una misiva oficial de la Corona española diciéndole que se olvide del tema filipino. Un año después, da un giro al tema. Organiza una conferencia geográfica internacional en Bruselas, en la que se denuncia que la esclavitud seguía siendo una realidad en gran parte del mundo. Europa era entonces el gran referente en cuanto a civilización, cristiandad y desarrollo científico-técnico. Esos valores europeístas ¿no merecían ser predicados en el resto del mundo? Y ¿dónde seguían existiendo en alto grado la vida cazadora-recolectora, el paganismo y el atraso cultural? En África. Por tanto, sería -siempre según ellos- de una gran maldad no intentar introducir esos valores europeos tan notables en suelo africano. Esa ideología tan típicamente "fin de la Historia", una ideología que vale para todo el mundo y en todas las latitudes (una pretensión que han tenido el liberalismo, el adventismo, el marxismo y el californismo, por ejemplo), escondía unas pretensiones bastante menos idílicas, como bien se puede uno imaginar. Era la hora de abrir las puertas de la civilización a la ignota África central.

El plan para civilizar cordialmente África central tenía dos polos, uno era el sultanato de Zanzíbar y otro sería un racimo de bases en la desembocadura del Congo, a partir de las cuales se establecerían accesos al interior, se dispondría de la logística necesaria para salvar los obstáculos naturales (como las citadas cataratas Livingstone, tras las que el curso medio del río es navegable) y se coordinarían internacionalmente todas las tareas. Las bases costeras serían hospitalarias con los viajeros y generosas a la hora de transmitir información del interior. Aunque Gran Bretaña comenzó a ir a su bola, se formaron grupos de trabajo internacionales para estudiar a fondo cómo acometer la colonización. Téngase en cuenta además que en aquellos años setenta del siglo XIX Europa vivía una recesión, y en tiempo de recesiones florecen las alternativas atrayentes.

Cuando Stanley completó la machada de cruzar África de este a oeste -que le costó la vida a más de la mitad de la expedición-, Leopoldo se decidió a ganárselo para su causa, a escondidas de los ingleses, quienes de todas maneras no demostraban mucho entusiasmo en internacionalizar ese eje geográfico. Con Stanley de su parte, Leopoldo buscó la adecuada financiación, que encontró en el entorno de los magnates de Rotterdam, y en especial de dos negociantes, Kerdijk y Pincoffs, ambos de origen judío, que removieron cielo y tierra para encontrar la financiación necesaria para el proyecto de Leopoldo, prometiendo dividendos estratosféricos, falseando contabilidades, vaciando empresas y haciendo circular letras fraudulentas. En 1878 el propio Leopoldo cede parte de su patrimonio personal al capital social de un comité fundado con el propósito de subrogarse en los negocios congoleños, porque hay que darse prisa pues los franceses comienzan a tomar posiciones.

El explorador Brazza, ya citado, negocia con un makoko -una especie de cacique regional- que un pequeño pero estratégico enclave del interior pase a ser protectorado francés, a cambio de ¡un estandarte! Es 1880 y en Francia crece el interés por la expansión colonial en el corazón africano. Leopoldo mueve ficha y envía a sus agentes -con Stanley a la cabeza- por las cuencas fluviales surtidos  de formularios burocratizados para que los reyezuelos locales cedan sus derechos a la empresa Association Internationale du Congo, en realidad del rey belga (un ejemplo impecable de rey-empresario visto más veces a lo largo del siglo), haciendo una crucecita en el lugar de la firma, a cambio de bagatelas como un cargamento de ginebra o uniformes para los guerreros tribales. Así se formalizan centenares de acuerdos, siempre con la amenaza velada de que otro día podrían venir otros hombres blancos menos pacíficos. La colonia de Leopoldo comienza a tomar cuerpo.

No perdamos de vista que no es Bélgica la que toma posesión de la colonia, sino el propio Leopoldo a título particular. No deja de tener cierta lógica. Las posturas anticolonialistas tenían predicamento por entonces, pues se consideraba que las colonias "buenas" -por así decirlo- ya estaban pilladas, mientras que todo proceso colonizador en el África Negra tenía un riesgo demasiado elevado de terminar en desastre económico, amén del pavor que suscitaban las enfermedades tropicales. Leopoldo encontró mucha oposición para sus planes (incluso la de su mujer) así que optó por hacerlo a título personal. Si la empresa quiebra, bueno, la empresa quiebra. Pero si termina siendo la Administración belga la que entra en aquella jungla y la aventura concluye en catástrofe humana y económica, Leopoldo pasaría el resto de sus días exiliado.

El problema más acuciante que tiene cualquier enclave de cierta extensión es su conexión con el mar, lo que le garantiza continuidad en el tiempo pues le permite comerciar y ser reforzado. No es de extrañar que por activa, pasiva y perifrástica las salidas al mar hayan sido materia de disputa y lo sigan siendo, sea directa o no esa salida (Bolivia en el primer caso, Rusia vía Siria en el segundo, por poner dos ejemplos bastante conocidos). Leopoldo había ido por el camino contrario al tradicional, poniendo el carro delante de los bueyes. Tenía interior pero la costa no era suya. ¿De quiénes eran los derechos costeros? Los portugueses tenían los más antiguos, de eso no cabía duda, y reivindicaban la costa congoleña como asunto de su incumbencia. Portugal era considerado entonces un imperio más bien decadente, al que se le acusaba de falta de ocupación efectiva de sus colonias. Así, en la ciudad-joya de la colonización portuguesa, Luanda, sólo vivían mil blancos, buena parte de ellos antigua población reclusa. Por otro lado, la burocracia colonial lusa era proteccionista (con aranceles astronómicos desde el punto de vista de sus tradicionales aliados ingleses, quienes preferían el comercio libre) y acusada de notables corruptelas. Según estaban las cosas, los ingleses eran reticentes a apoyar las pretensiones portuguesas, haciéndolo a rastras para mantener a raya la influencia francesa. ¿Cómo iba a manejarse el Estado Libre del Congo en semejante berenjenal, cuando aún no era reconocido por la comunidad internacional?

En esa tesitura, Leopoldo tenía que conseguir dos objetivos, hacer amigos y conseguir el reconocimiento del Estado Libre del Congo. Fue entonces cuando Alemania hizo sentir su creciente poder.


AÑOS DE REPARTO

Alemania se incorporó relativamente tarde al asunto del colonialismo en África. Su orientación de influencia era fundamentalmente terrestre, no marítima. Apenas disponía de armada para poder amparar hipotéticas posesiones ultramarinas, ni tenía compañías fogueadas en el comercio internacional, ni tampoco tenía -la verdad sea dicha- necesidades acuciantes de forjarse un abanico de colonias. A pesar de todo esto, el canciller Bismarck -que regía de hecho los destinos de la que quizá era entonces primera potencia mundial, siquiera económica, aunque sufría la dura competencia useña en el mercado del cereal- decidió tomar cartas en el asunto, no tanto por entusiasmo como por asegurar el futuro, pues no se podía saber si esos protectorados de ultramar resultarían decisivos geopolíticamente en tiempos venideros. A eso Bismarck le llamaba "pensar en décadas", costumbre que debería ser obligatoria en un estadista. La falta de entusiasmo se debía a que la colonización se veía como algo penoso, arriesgado, muy difícil de amortizar, demasiado lejano para una nación poco dada a la navegación oceánica y entreverado de un filantropismo excéntrico, caprichoso y quizás contraproducente para los propios aborígenes. La banca alemana juzgaba una chifladura invertir en África.

Otro aspecto a considerar. La colonización conlleva gastos, y esos gastos no son discrecionales. Deben ser aprobados en sede parlamentaria. Una solución para tener que evitar pasar por el Reichstag a dar explicaciones fue una figura mercantil muy interesante, la sociedad de patentes, según la cual la explotación de la colonia se deja a una empresa satélite que debe responsabilizarse de lo que hace y que debe además afrontar los gastos, reservándose el Reich la tarea de prestar cobertura diplomática y apoyo militar. No sólo se salva así el escollo parlamentario, sino que también se evita una burocratización esencialmente inútil y despilfarradora de la explotación directa. Puestas así las cosas, y viendo que Gran Bretaña consideraba el continente africano su chiringuito, Bismarck alentó una conferencia internacional, lo que sería la Conferencia de Berlín (1884-1885), mientras el Reich se hacía en tiempo récord con notables territorios africanos: Camerún, Togo y el África del Sudoeste, lo que hoy es Namibia.

La conferencia versó sobre el reparto de influencias sobre el continente, y no tanto del reparto de éste en sí, aunque por lo general la idea popular que quedó fue ésa. El Congo se llevó la parte del león a la hora de las negociaciones. Dos puntos cruciales: la libertad de comercio en la costa congoleña y la desembocadura del Congo, y la libre navegación por sus aguas, al modo del Danubio. De hecho se le llegó a llamar "Danubio africano". Leopoldo II contaba con la baza de Stanley, que le apoyaba. Además, en una jugada brillante, supo ganarse a británicos y franceses. Por una parte, Leopoldo no tuvo dudas al decir que en el Estado Libre del Congo habría libre comercio absoluto. Eso era del agrado de Gran Bretaña, que detestaba los aranceles -y las mordidas- de sus teóricos aliados portugueses, cuyos burócratas coloniales tenían fama de corruptos. Por la otra, Leopoldó aseguró que si el nuevo Estado era inviable y los belgas se veían obligados a irse, Francia tendría un derecho de tanteo para quedarse con él. Por ello los franceses no vieron problema, y cuanto más amplio fuese el territorio más podría redundar en su favor. En cuanto a Alemania, estaba a favor de una zona de libre comercio a ambos lados de los Grandes Lagos, con lo que las influencias en el eje este-oeste africano parecían quedar asentadas. Un motivo para que al Reich le diese por el free trade, si nos ponemos maliciosos, fue el alcohol. Aproximadamente el 75% de lo que adquiría la colonia de África del Sudoeste, por ejemplo, eran bebidas y licores alemanes.

Respaldado y reconocido, el experimento de Leopoldo II -que era poco más que una empresa privada que se apoyaba en unas cuantas bases no muy bien comunicadas- tardó mucho en carburar. El Estado belga decidió ocupar las zonas deshabitadas o carentes de explotación agrícola, que resultaron ser las más rentables pues en ellas abundaban el marfil y el caucho. La cosa no pintaba bien: Leopoldo había tenido que empeñar sus condecoraciones e incluso suprimir un plato en sus almuerzos para así seguir financiando el asunto, y se había organizado una lotería nacional para sufragar una empresa desproporcionada para una metrópoli tan pequeña. Pero he aquí que el mundo occidental progresivamente más industrializado y, por tanto, más desesperadamente hambriento de materias primas transformó al caucho en producto estrella. El boom del caucho se debe al invento del neumático por John Dunlop, que en un principio iba dirigido a las bicicletas pero que el desarrollo de la automoción. convirtió en bien estratégico. Ese golpe de suerte salvó los muebles de la colonia pero selló la tragedia para la población aborigen. A pesar del propósito humanitario y filantrópico que se había jaleado, la explotación del caucho causó una mortandad tremenda en suelo congoleño. No satisfacer las cuotas de caucho suponía la mutilación o incluso la muerte. Entre muertes directas e indirectas algunos historiadores cifran la catástrofe en diez millones de congoleños.

En 1908 el Estado se hace con toda la colonia, que pasa a llamarse Congo Belga. La razón es el escándalo internacional (destapado por un inglés, Edward Dene Morel) que se genera al airearse el alucinante genocidio que se estaba practicando. El Estado le compra al rey sus posesiones por un precio descabalado  procurando evitar así males mayores. Recordemos que Bélgica, por grande que fuese el Congo, seguía siendo una metrópoli débil.


DESPUÉS DE BÉLGICA

No es mi intención, ni mucho menos, redactar una historia resumida de la región del Congo. Lo que sí me interesa es sugerir un paralelismo entre dos épocas, la del arranque de la colonización y la actual, que se suele definir como neocolonización, o colonialismo encubierto, aunque por ahora me limito a apuntarlo. Veamos, en los años sesenta se produjo un fenómeno que fríamente analizado era cuestión de tiempo, la descolonización de los territorios africanos y su acceso a la soberanía nacional. Muchos de ellos nunca tuvieron hechuras de Estado-nación, siendo conglomerados de tribus más o menos buenas vecinas entre sí, y poco más. Ahora bien, la retirada de los efectivos metropolitanos supuso una prueba muy seria para los jóvenes Estados del continente.

La República Democrática del Congo proclamó su independencia el 30 de junio de 1960, el inicio de la "década prodigiosa". Sin embargo su arranque estuvo lejos de ser prodigioso. El joven Estado, puesto en jaque por el secesionismo de algunas provincias, se aproximó a Usa sin recibir su atención, lo que le hizo escorarse hacia la esfera soviética. Los useños seguían en Babia. Conviene retener ese dato. Al poco el enfrentamiento entre el presidente Kasavubu y su primer ministro Lumumba terminó con la ejecución de éste, controlada de cerca por la inteligencia belga y la CIA, y seguida por un período de inestabilidad y gobiernos tecnocráticos efímeros que desembocó en la dictadura de  Joseph Désiré Mobutu (1930-1997), cuya idea era "poner orden, crear un Estado, crear una nación" según sus palabras. En 1965 dio un golpe de estado, autootorgándose un período de un lustro para estabilizar el país. El caso fue que al año siguiente suprimió el parlamento, comenzando a partir de entonces una autocracia  de partido único.

A efectos económicos se debe retener el  concepto de zaïrianisation, que marcará los años setenta en la república. En 1971 Mobutu proclama el "regreso a la autenticidad", comenzando una tendencia a la reafricanización del país. Los topónimos, la moneda, la vestimenta (se implanta el abacost, una mezcla de tocado congoleño con una chaqueta Mao) y el mismo nombre del país (que pasa a llamarse Zaire) y del presidente (desde entonces Mobutu Sese Seko) se modifican durante este giro que podríamos llamar simplemente casticista. En el campo de los recursos, ese casticismo se traduce en una  nacionalización económica selectiva aunque la incompetencia y la galopante corrupción llevaron a las empresas nacionalizadas al desastre, frustrando así las expectativas del país. A nivel internacional, Mobutu es pro-occidental, más por cálculo que por otra cosa. De hecho, debe recurrir en 1977 al apoyo de Bélgica para pacificar la región de Katanga, notablemente secesionista (y que fue colada de estrambote en el Estado Libre durante la Conferencia de Berlín). Al régimen de Mobutu se le ha llamado en varias ocasiones cleptocracia por su rampante corrupción vehiculada por un molesto culto a la personalidad, nada raro en unos cuantos países descolonizados.

A lo largo de 1996 Laurent-Désiré Kabila, ex-guerrillero de orientación comunista (formado en Yugoslavia, llegó a conocer al mitificado Ernesto Guevara durante la aventura congoleña del argentino), consiguió que la insurgencia de guerrillas contra Mobutu que él capitaneaba se convirtiese en una alternativa seria. Habiéndose alzado en la zona del lago Kivu, y apoyado por Uganda y Ruanda (peones useños en el juego geopolítico) pudo alzarse con la victoria al año siguiente y disolver el despótico régimen de un Mobutu que tuvo que poner tierra de por medio. Durante su avance, un Kabila rodeado de militares ruandeses y ugandeses accedió a ir firmando concesiones mineras con empresas del extranjero para que no le faltasen nunca el apoyo y la financiación. Poco después de su victoria, sus aliados colaboran en la rebelión de las provincias del Kivu. Allí crean una especie de partido-pantalla  con base en Goma y se lanzan a la depredación de las minas de oro y diamantes, pero sobre todo del oro gris, del coltán.  Jean-Pierre Bemba, antiguo protegido de Mobutu y una de las grandes fortunas del país, organiza un segundo levantamiento, alentado por Uganda, en las provincias de Ecuador y Oriental. El régimen de Kabila recibe un apoyo muy amplio de varios países del África negra y resiste a los levantamientos, en lo que llegó a llamarse Guerra Mundial Africana, quizá la más sangrienta a nivel planetario desde 1945.

Con un fragilísimo proceso de paz en curso y muerto Kabila en atentado  el 16 de enero del 2001, le sucede su hijo Joseph. Bélgica, Francia, Usa, la ONU, el FMI y el Banco Mundial le legitiman rápidamente. Como aliados, hay que reconocer que no está mal. El gobierno de transición que organizó llegó hasta que se celebró uno de los grandes fetiches de los mass media occidentales, unas elecciones multipartidistas, tenidos por el papanatismo europeo algo así como una cima gloriosa. Unos segundos comicios generales en el 2011 han sido denunciados extensamente por sus numerosas irregularidades.


MINERÍA CONGOLEÑA

El subsuelo congoleño es pasmosamente rico, como ya hemos comentado. Incluso comparte un cinturón del cobre con Zambia de excepcional riqueza, tanto que ha sido calificado de "escándalo geológico". En realidad toda la RDC es un escándalo geológico, entre otros escándalos. Desde el arranque de la independencia, el subsuelo fue explotado mediante empresas públicas que, como ya habíamos adelantado, se arruinan sobre todo por la ineficacia y la tremenda corrupción existente en su seno. Según estos emporios públicos van ralentizando su actividad, una muchedumbre de lugareños se van "dejando caer" en las zonas de explotación para llevar a cabo extracciones manuales, sin la menor infraestructura. Son los mineros artesanales, que encuentran en esa peligrosa dedicación su sustento y quién sabe si su prosperidad futura.

Ese tipo de minería de menudeo, peligrosa e insalubre amén de ineficaz, crece considerablemente en número desde la rebelión de Kabila, extendiéndose además a zonas del país sin tradición minera (los dos Kivus, Maniema y Oriental eran tradicionalmente provincias pobres, poco "civilizadas" e intensamente rurales, fronterizas con países superpoblados, lo que suele crear conflictos crónicos), pero en las que la corrupción e incompetencia del mobutismo habían dejado como un erial las demás opciones de vida económica, estorbadas además por los variopintos grupos armados que pululaban por todos los rincones del país. Unos y otros ocupan de hecho las plantaciones, las naves, los recursos de la nación, en definitiva, "echando al monte" a cada vez más gente que sólo ve futuro empuñando un AK-47 o arañando la panza de la tierra en busca de los componentes imprescindibles para el siempre insatisfecho consumidor occidental.

Durante ese período tormentoso, un grupo de expertos nombrado por el Consejo de Seguridad de la ONU (resolución 1304) pone el grito en el cielo acusando a Kabila de financiarse gracias a aportaciones de las empresas a las que ha concedido su parte en el pastel, a ugandeses y ruandeses de esquilmar recursos en territorio soberano congoleño, y a la connivencia de las empresas mineras, bancos, compañías aéreas, ejecutivos de multinacionales, traficantes de armas, militares extranjeros, señores de la guerra que hacen ésta por su cuenta .... Por otra parte, la deuda externa está fuera de control. Puestas así las cosas, y gracias a los "buenos oficios" del Banco Mundial, se redactó un Código Minero en el 2002 para la machacada nación cónguida, código que estaba vertebrado por dos ideas-fetiche también muy queridas en Occidente, liberalización y privatización, a las que los europeos y useños atribuyen propiedades mágicas con sólo decirlas en alto o escribirlas.


 EJEMPLO 1: LA REGIÓN DEL LAGO KIVU

Dividida en Kivu Norte (con capital en Goma) y Kivu Sur (capital Bukavu), aglutina más de diez millones de habitantes con una densidad de población algo menor que la media española. Como ya he comentado, carecía de tradición minera en tiempos coloniales, si bien su subsuelo rico en coltán, estaño y wolframio contribuyó a modificar esa tradición.

La falta de rentabilidad de las explotaciones públicas, que había sido la tónica desde la independencia, contribuyó a la creación en 1976, bajo la égida casticista de Mobutu, de una sociedad belga de naturaleza mixta, la SOMINKI, que estaba participada por el Estado congoleño en un 28% y que disponía de casi medio centenar de concesiones. Seis años después, Mobutu continúa con la senda desreguladora y sigue liberalizando el sector minero pero sólo el mercado de oro tiene la suficiente rentabilidad. Las demás explotaciones se abandonan, ocupando ese nicho extractor los mineros artesanales. A principios del presente siglo una empresa canadiense, BANRO, se hace con las acciones privadas de la sociedad belga y se subroga en las explotaciones. La multi canadiense sigue centrada en el oro, explotando desde hace pocos años el rico yacimiento de Twangiza. El volumen de extracción es impresionante, aunque subsisten los problemas propios de un Estado fallido, incapaz de garantizar la comunicación y la seguridad de una región tan apartada como la del lago Kivu. Con todo, BANRO insiste en la minería del oro con nuevos proyectos extractivos en la zona (minas en Namoya, Lugushwa y Kamituga), declarando haberse visto beneficiada por la deflación a causa de la crisis global (conseguir diésel y acero en la RDC les ha salido respectivamente un 16% y un 25% más barato de lo esperado en principio). El oro vuelve a ser la reserva por excelencia, de modo oficioso, a nivel mundial. Y los canadienses lo saben.

Si el oro es asunto de grandes empresas, el oro gris es cosa de menudeo. La liberalización, el freno a la explotación tras las guerras e inestabilidades y el boom tecnológico del coltán han favorecido el modelo de extracción artesanal. Estamos hablando de zonas muy aisladas, sin carreteras ni tendido eléctrico (una minería mínimamente industrial necesitaría equiparse de grupos electrógenos), en un clima húmedo de pluvisilva. Allí trabajan 400000 mineros artesanales. Su carácter irregular (aproximadamente un 80% de la extracción artesanal es informal) impide la canalización de regalías hacia la sociedad congoleña en general; más bien al contrario, gracias a eso varios grupos armados (nacionales y extranjeros) financian sus actividades, lo que impide la paz en la zona y favorece la atomización del sistema extractivo, más fácil de manejar y de asustar. La degradación de las condiciones de vida y de trabajo, como no puede ser menos en una actividad desregulada, "echada al monte" y tan peligrosa, es tremenda, toda vez que también la practican las mujeres  (las que no cavan se dedican al refino o hacen de "amas de casa" de la explotación, cocinando y limpiando) y los niños. A su modo, resulta "eficaz" y relativamente viable allí donde la minería tecnificada no lo es.

El número de mineros artesanales para toda la RDC oscila entre uno y dos millones de personas (tan irregular es que los datos bailan considerablemente), y se calcula que cada uno de ellos mantiene con su actividad a 4 ó 5 personas. La mayoría son jóvenes que abandonan los estudios, ex-soldados desmovilizados y agricultores de subsistencia. Las consecuencias son las imaginables: degradación del hábitat, comercio ilegal (opaco a efectos tributarios), desestructuración social, abandono de sectores cruciales, sufrimiento poblacional crónico.

Las ganancias diarias oscilan entre uno y dos dólares. Hace un tiempo vi un documental de buscadores de pepitas de oro en ríos de Asturias, como el Navelgas o el Bárcena (hay topónimos premonitorios, como se ve). Los buscadores podían conseguir al mes oro por valor de aproximadamente mil euros, lo que equivale grosso modo a un trabajo estándar en la "civilización". No está mal. Lástima que haya que gastarlo. Así les pasa a los mineros congoleños. Por desgracia, buena parte de ese dinero se va en alcohol y en prostitución (clásicas puertas de huida temporal de una vida frustrante), así como en mantener a dos familias, la del lugar de origen y la que forma el minero en la zona extractiva. Dado que la RDC es un país ecuatorial, se añade que durante la estación de las lluvias la extracción se hace muy ineficaz, lo que redunda no sólo en riesgo para la propia salud sino además en el peligro de tener que endeudarse. Con todo, no tienen muchas alternativas.

Hablando de alternativas, ¿es que no existen? ¿No hay otra manera de enfocar la explotación minera? La alternativa seria debería pasar por donde pasan todos los sectores estratégicos de un Estado digno de ese nombre: por la explotación formalizada, que vendría acompañada de infraestructuras sólidas, un sistema de seguros, el fomento de cooperativas, la oferta de microcréditos, el impulso a la mecanización, certificados de salubridad fabril y medioambiental .... Y todo eso teniendo en cuenta lo fundamental: que los minerales preciosos no generan por sí mismos riqueza (dan, eso sí, una oportunidad) y que no son renovables. La gallina de los huevos de oro morirá como todas las demás gallinas.

Otro factor es la trazabilidad del mineral, es decir, saber en dónde ha sido extraído, por quién y en qué condiciones. Eso evitaría en buena medida el comercio de "minerales de sangre". Una ley useña de julio del 2010, la Dodd-Frank Act, impone a las empresas registradas en la SEC la obligación de enterarse del origen de los minerales congoleños con los que comercian. Kabila hijo reaccionó suspendiendo el comercio minero desde septiembre del 2011 hasta marzo del 2012, lo que redundó en cataclismo económico para la población local. Ese cierre comercial provocó el efecto rebote de que el sector electrónico internacional buscó abastecimiento en otros mercados. Brasil y Australia, actores imprescindibles del futuro geopolítico planetario, podrían ser potencias exportadoras de coltán en breve. Venezuela estima sus reservas en cifras astronómicas, si bien no se sabe en qué está pensando el del chándal que no las explota. Parece ser que en Colombia ya se están explotando yacimientos de coltán (en algún caso bajo la concesión de "arenas negras", en los demás de modo irregular, con presencia de la guerrilla y del poderoso cártel mexicano de Sinaloa) en los departamentos de Guainía y Vichada. El resultado de todo esto ha sido el aumento de la de por sí patente precarización de la vida de los mineros artesanales y la paralización de las medidas benevolentes (a cuyo impulso, al parecer, quería unirse BANRO).


EJEMPLO 2: KATANGA

La levantisca y tradicionalmente minera región (capital Lumumbashi) alberga unos nueve millones de habitantes sobre un territorio mayor que España. Con el norte de Zambia se reparte el cinturón de cobre antes mencionado. Duran la colonización belga la Union Minière du Haut Katanga explotaba el abundantísimo cobre y el cobalto, proporcionando a sus trabajadores bienes prácticamente gratuitos: viviendas, hospitales, escuelas, economatos, electricidad, correos, aparatos de radio, carreteras, medios de transporte y en general todas las infraestructuras necesarias para que se pudiera hablar de desarrollo humano efectivo, al menos según los parámetros modernos. En 1967 pasó a llamarse Gécamines, cien por cien pública. Su política de empresa era muy paternalista. Ahora bien, como ha sido una constante hasta ahora, esta empresa llegará a entrar en bancarrota con el paso del tiempo (pasó de extraer más de cuatrocientas mil toneladas de cobre en 1989 a sólo dieciséis mil en el 2003), lo que supuso un serio revés para la población porque el Estado no estaba en condiciones de proveer lo que Gécamines proveía.

Su lugar fue suplido por una miríada de empresas mineras, alrededor de unas 350 según datos de la presente década. En el capital social de todas ellas el Estado debía reservarse al menos un 5% de participación. Aunque parezca poco, si el capital social está muy atomizado, ese porcentaje puede ser decisivo. Entre el 2007 y el 2009 se abrió un proceso de revisión de concesiones y contratos, basado en la necesidad de poner todo en limpio jurídicamente hablando tras la enorme conflictividad que había sufrido el país. Bueno, pues al parecer ningún contrato era completamente legal. Eso dice mucho del gran hueco que dejó la empresa pública en Katanga. Algunas de las concesiones revocadas fueron a parar a gente próxima a los altos funcionarios.

Además, las empresas mineras (que varían en tamaño: las más grandes son dueñas de los yacimientos, donde construyen plantas procesadoras y en parte recolocan allí a los mineros artesanales -competencia suya, no se olvide-, mientras qu elas más pequeñas sólo disponen de las plantas y deben recurrir a la minería de menudeo para abastecerse) pueden contar con equipos de asesores que le dan mil vueltas a la legislación para evitar pagos y derivarlos a paraísos fiscales. Por eso existe en el pueblo congoleño la convicción de que esas empresas pagan poca cosa por explotar los recursos de su subsuelo. Pero claro, no se debe incurrir en el error de "asustar" al capital extranjero (que, en efecto, es bastante miedoso). Por una parte, urge revisar todo el panorama extractivo. Por la otra, continuas renegociaciones y revisiones generan inseguridad jurídica, hartazgo y fuga de capitales. Otro argumento a favor de una baja fiscalidad (o justificador de la pura evasión de impuestos) es que las infraestructuras públicas son pobres y no se renuevan. Claro que para eso hacen falta, entre otras cosas, ingresos públicos (la típica pescadilla que se muerde la cola). La impresión que se tiene desde la patronal es que se paga demasiado y se recibe muy poco. Todo esto nos sonará familiar, sin duda.


CONCLUSIONES

El hombre y el medio necesitan vivir en un adecuado equilibrio, que muy pocas veces y sólo de un modo efímero se consigue. Durante casi toda su existencia en la Tierra, el hombre ha estado sometido al medio, por motivos de falta de tecnificación, bajos niveles poblacionales y una mentalidad adecuada a esas circunstancias. El predominio de la técnica y la multiplicación de humanos nos llevan al otro extremo, el medio sometido al humano, que es la tónica de los tiempos de civilización de los aproximadamente últimos 6000 años. En ellos todas las civilizaciones han nacido, han depredado el medio, han decaído y han desaparecido, dejando tras de sí ruinas bellas o feas, según el gusto de cada uno, y una masa humana desorientada que se pregunta qué ha pasado y llora por los viejos tiempos. Eso le pasará a nuestra civilización actual, ya declinante y dirigiéndose a su fin, algo saludable e imprescindible mal que nos pese: la muerte y la renovación forman parte imprescindible de la vida. El primer caso ofrece estabilidad (pues el medio es relativamente estable) aunque genera en nosotros una profunda insatisfacción; el segundo se ha especializado en satisfacernos, pero es inestable por naturaleza. Cuestión de sabios, los futuros sabios de los bloques geopolíticos, será hallar ese equilibrio.

El caso de la RDC es el de un pueblo que se encuentra en la primera fase. El medio domina absolutamente al pueblo, al humano. Eso no es bueno ni malo en principio. Simplemente es. La civilización y la tecnificación se desarrollan en zonas templadas. Por eso la  Helenidad, uno de los puntos más altos de la historia humana,  floreció en la cuenca mediterránea, no en los más prohibitivos fiordos noruegos. Los pueblos relegados se quedan con las zonas más complicadas y menos proclives al florecimiento tecnológico, lo que imprime carácter con el paso de las generaciones. Los linajes pretecnológicos se van quedando en esos hábitats que nadie quiere. El Congo es como el Amazonas, un pulmón del planeta. No necesita convertirse en Hong Kong. Pretender lo contrario es un acto de soberbia por nuestra parte. Y todos los actos de soberbia se pagan.

Por eso la RDC no consigue ser un Estado moderno. Le falta todavía la suficiente densidad de intercambios humanos que generen riqueza, estorbados por la densidad natural. Las sociedades occidentales de zonas templadas son muy densas en intercambios humanos. Nosotros sólo nos relacionamos con humanos y con sus creaciones. Jamás nos relacionamos con un árbol, salvo que tengamos muebles en casa o nos vayamos al campo, lejos de la densidad humana. Esa densidad humana desertiza el hábitat. Un hábitat natural denso (al igual que uno desértico, obviamente) impide la proliferación humana y su dominio sobre el medio.

Téngase en cuenta además otro punto de vista, el del la explotación. Por ejemplo, y siguiendo sendos ejemplos ya tratados en este blog, los vikingos llegados a América no pudieron colonizarla efectivamente, pues les faltaba un reclamo fundamental para crear un hormiguero humano: un filón; por contra, los filones de plata hallados en Zacatecas y Potosí cambiaron la historia del mundo. El Congo es un filón en sí mismo. Pero dada la densidad del medio, que impide el exceso poblacional y por ello la fundación de grandes urbes en el corazón de la pluviselva, ese filón se ha ido dirigiendo a otro objetivo: la mano de obra. El ser humano, el congoleño, es el filón. Lo fue durante los negocios de Leopoldo II y lo es ahora. Antes el caucho rojo, ahora el coltán, pero en ambas épocas la maquinaria depredadora civilizada explota el filón de la mano de obra.

De ahí que todo país que no tenga una mano de obra revalorizada es un país pobre. De ahí también, por cierto, las ocurrencias del FMI sugiriendo que los salarios en España son demasiado altos y que convendría revisarlos a la baja, algo así como quitarles una décima parte. Los razonamientos y predicciones del FMI y de los altos organismos, dirigidos a empobrecer a nuestro pueblo, suelen tener un nivel de acierto por debajo incluso del 50%, así que no hay que hacerles mucho caso, toda vez que se limitan a pedir unos informes a los Estados y de ahí elaboran sus ocurrencias, siempre muy sesgadas.

Si un país tiene los salarios anormalmente bajos, su consumo interno será insuficiente para animar la economía -y dejar la correspondiente recaudación en las arcas públicas-, lo cual no es buena salida para una crisis, y más en el caso de España, nación de pymes. La marcha del capitalismo ha sido la de un continuado encarecimiento de la mano de obra, gracias a la lucha social y a una mayor concienciación de todos pero también porque una sociedad que puede consumir es una sociedad libre cuya mano de obra tiene valor y está puesta en valor. Esto que digo no es un canto al consumismo, que es algo muy distinto (además yo prefiero la austeridad). El consumismo ha sido hasta hoy el resultado de emplear el dinero inflacionario "sobrante" en agasajar las inseguridades y los caprichos de la generación de los baby-boomers; a partir de los tiempos presentes se basa en abaratar absurdamente por métodos de dumping social los productos para que así la mano de obra empobrecida -también por métodos peculiares, sin ir más lejos los sacrosantos informes de los burocráticos organismos internacionales- de Occidente pueda acceder a ellos y sentirse "realizada". En este proceso estamos hoy. La mano de obra, al ser un bien fungible que tiene un precio muy rebajado, ve aumentada su demanda de modo exponencial, y se pone a circular por el ancho mundo.  A finales del siglo XIX, Europa se apoderó del Congo. Ahora unos y otros parecen tener el mismo dueño. ¿Qué dueño?

Es un dueño invisible, pero real. Se trata de la nueva colonización, que no afecta sólo a los países ecuatoriales y tropicales, sino a todos. Es el dinero-deuda. La deuda del Tercer Mundo fue alentada por el Primero orientando a aquél a una espiral de gasto, en buena medida militar. La contracción de demanda occidental de productos provocada por la "crisis del petróleo" de 1973 impidió que los países tercermundistas devolviesen una parte importante de los créditos, y el alza del crudo terminó por darles la puntilla. Renegociaron y se empufaron más. Es una forma de colonizar mucho más eficaz que las decimonónicas. ¿Para qué quieres ir con tus tropas y tu personal para esquilmar un país, cuando mediante la deuda ese país ya se autoesquilma él solito para ti? 

Y esto es sólo la continuación de un proceso mundial.




3 comentarios:

  1. Nota:

    El sector textil de Bangla Desh se manifiesta para exigir un salario mensual de 100 dólares. Ayer miles de trabajadores salieron a las calles -armados con palos, básicamente- y obligaron a cerrar decenas de talleres.

    Hoy cobran una media de 3000 takas, la cambio unos 38 dólares, al mes. Es decir, un trabajador textil bangladesí cobra más o menos como un minero artesano congoleño al día. La ropa que te pones para pillar churri y el artilugio que usas para hablar con ella se alimentan en la RDC y en BD. Tú pierdes dinero (fruto de tu trabajo) a cambio de una gratificación hueca, ella es halagada, y el filón sigue siendo explotado. El filón son las personas. Existe una antinomia continua, entre mano de obra y salario.

    Tu trabajo ya desempeñado y tu dinero ya gastado no te pertenecen. ¿A quién le pertenecen ahora?

    ResponderEliminar
  2. Ahí está la consecuencia y la querencia real del discurso liberal-capitalista globalizante: dumping social, deslocalización productiva, libre movimiento de capitales etc.¿Qué en Europa crece el paro? no les importa en absoluto a los asquerosos mamavergas del gran sanedrín. L aotra parte del plan ya sabemso cual es: inmigración masiva interna en emrcados laborales ya de por si saturados para hacer un dumping social interno.

    ¿Y la izquierda qué dice de todo esto?, pues que los españoles no quieren trabajar(por 25 euros al día en jornadas de sol a sol, claro)
    ¿Y los antiglobalizadores oficiales?, pues tocan el bongo, fuman porros y alimentan el dumping social interno defndiendo la inmigración masiva (si de paso pillan subvención para el tinglado ONGeta, mejor)

    ResponderEliminar
  3. Pienso que la izquierda está despistada y desorientada. La mejora en las condiciones de vida convirtió a los proletarios en miniburgueses, lo que le quitó mercado a los agoreros, que han tenido que reconvertirse y buscar proletarios de hoy en día. Sólo les quedaba o eso o ponerse a trabajar ;-)

    Vivimos tiempos de confusión ideológica. Es típico de sociedades decadentes.

    ResponderEliminar