miércoles, 18 de septiembre de 2013

Los chuetas de Mallorca, una comunidad aparte




La destrucción del Templo de Jerusalén, obra de Francesco Hayez.


El así llamado "problema judío" es uno de los más espinosos y complicados de abordar de la historia de Occidente. Este tema suscita con facilidad filias y fobias enconadas, que necesitan ser puestas en claro de un modo imparcial y serio. Vaya por delante que no se encontrará en este blog ninguna visión general del fenómeno de la minoría judía en suelo europeo, por falta de tiempo y de los conocimientos suficientes para atreverme a eso. Lo que sí me ha parecido más interesante, dentro de un marco más modesto aunque fascinante, el de la historia de España, ha sido focalizar mi atención en una de las muchas comunidades hebreas en suelo cristiano, concretamente en la de los chuetas mallorquines. Éste es el blog de un aficionado, y siendo fiel al sabio refrán que dice que quien mucho abarca poco aprieta, he decidido abarcar poquito para en contrapartida apretar pero bien apretado. 

A pesar de que la religión cristiana comparte con la judía la misma raíz abrahámica, lo cierto es que la minoría hebraizante -que había estado presente de modo milenario en algunas de las urbes más poderosas de la Antigüedad pero que se diseminó de modo especialmente intenso (la llamada Diáspora) tras el fracaso de la rebelión de Simón bar Kojba (132-135), que obligó a Roma a dedicar prácticamente la mitad de su ejército para vencerla, y que supuso no sólo una nueva destrucción de Jerusalén y la construcción de una ciudad de cuño romano, Aelia Capitolina, sobre sus restos humeantes, sino también la prohibición (levantada mucho después por Constantino) de que entrase ningún judío en ella (I)- nunca fue querida en los reinos cristianos donde se asentó. Por lo general, era observada con recelo, con desconfianza, por la población autóctona. El comportamiento habitual de las juderías o aljamas era centrípeto, volcado al interior de su comunidad, como una burbuja, sin un propósito claro de querer integrarse plenamente en el seno de las naciones cristianas, de participar en sus esperanzas o en sus pesares, ni tampoco el de caerles mínimamente bien. Iban a su aire, se ayudaban y cruzaban entre ellos, relacionándose con los cristianos en lo mínimo imprescindible, en el campo de los negocios, donde siempre han dominado el pragmatismo más descarnado y la traición a los vínculos de amistad. Así es complicado que una minoría se haga querida por la mayoría circundante.

La propia religión hebrea favorecía esa separación respecto de los cristianos. El sistema salvífico tradicional de los hebreos estaba centralizado en el (segundo) Templo de Jerusalén, donde se producían los sacrificios expiatorios, pero ese sistema quedó desmantelado a partir del año 70 cuando el templo fue destruido por los soldados de Tito (II). No existía ya una referencia institucional-religiosa más allá del barrio o del terruño -salvo una visión romántica de la tierra palestina como vieja patria-, con lo que las comunidades se volcaron en la palabra escrita y la tradición de sus rabinos locales. Nace el talmudismo. Por otra parte, la presencia cúltica de al menos una lengua tenida como sagrada, el hebreo -al igual que el islamismo con el árabe, y al contrario que el cristianismo, donde no hay lengua sagrada y todas son igual de óptimas (III)-, favoreció ese blindaje cultural, ese extrañamiento, aumentado por el uso del arameo -la lengua de carácter jurídico típica de esa minoría; recordemos además que los Talmudes (el de Jerusalén y el de Babilonia), aunque abundan en expresiones hebreas, están mayoritariamente redactados en arameo: se trata de dos lenguas extrañas para los europeos medievales-. No se debe olvidar además su condición, según Mateo 27: 25, de pueblo deicida. El pasaje bíblico muestra a una muchedumbre judía que exige el ajusticiamiento de Jesucristo y, ante un Pilato que asqueado del comportamiento de aquella gente se lavaba simbólicamente las manos declinando así su responsabilidad en un homicidio absurdo, acepta esa responsabilidad y admite lo que les pudiera venir como venganza divina a ellos y a su descendencia.

Ese carácter de cuerpo extraño de las minorías judías exiliadas  en la sociedad medieval se veía acrecentado por las prácticas usurarias. Aunque desde tiempos antiguos no se les tenía en mucha estima que digamos, durante el Medievo esa execración se generalizó. Las prácticas usurarias de los prestamistas hebreos (que junto con la artesanía y el comercio era una de sus actividades económicas más reconocibles), mal vistas entre cristianos, les hicieron particularmente odiosos entre la gente humilde y endeudada (los reyes y poderosos, cuando no podían pagar las deudas, tenían por costumbre encarcelar a los prestamistas, forzándoles a una condonación, o a amañar calumnias contra ellos, obligándoles a huir).

Para terminar de "arreglarlo", el Talmud trata con repulsiva vileza al Galileo. Así, le presenta como bastardo nacido de la relación entre una adúltera Miriam y un legionario romano llamado Pantera (IV). Según los textos talmúdicos, Jesús era un charlatán que llevaba por mal camino a Israel, practicaba la hechicería, se burlaba de las palabras de los sabios y cometía numerosas transgresiones. Aparece condenado en un Infierno muy particular, dentro de una marmita de excrementos en ebullición, donde también hacen figurar a Tito.

Mientras no trascendían esos pasajes talmúdicos más allá del límite de los muros de la aljama, aquellas gentes tenían la fiesta en paz. Pero un judío convertido sinceramente al catolicismo no puede dejar de odiar los pasajes anticristianos, de modo que las denuncias comenzaron a aparecer siempre que hubiera un converso sincero detrás. Un judío francés llamado Nicholas Donin, convertido al catolicismo y después ordenado franciscano, en 1238 denunció al Papado la presencia de decenas de citas anticristianas en el Talmud. Eso conllevó la Disputa de París (1240), cuyo corolario fue la quema de una cantidad impresionante de talmudes -se habla de doce mil volúmenes-. Además hay que tener en cuenta que al menos desde Inocencio III toda interpretación de las Escrituras -lo que básicamente es el Talmud- corresponde en exclusiva a la casta clerical católica, con lo cual los textos judíos eran doblemente pecaminosos. Las prohibiciones papales de estudiar el Talmud se fueron sucediendo con regularidad (Eugenio IV, Julio III, la inclusión en el Índice de Obras Prohibidas por Pablo IV; el Concilio de Trento permitía su estudio si se expurgaban los pasajes anticristianos). En suelo español también ocurrió algo muy similar. La Disputa de Barcelona en 1263 -donde la acusación corría a cargo también de un converso, Pablo Cristiano o Pau Cristiá- tuvo como conclusión que los pasajes talmúdicos en que se injuriaba a Jesús o se atacaban dogmas debían ser suprimidos; en caso contrario, todo el Talmud sería prohibido y condenado al fuego purificador. 
La peculiar forma de conducirse de unos y la escasa cintura del clero que mangoneaba a los otros llevó a la forja de una fuerte corriente antisemita que en la Alemania del siglo XI se hizo realmente peligrosa. Una primera oleada de la llamada Cruzada Popular, guiada por un detestable fanático llamado Pedro el Ermitaño a finales de aquel siglo y poco antes de la propiamente llamada Primera Cruzada, se entretuvo martirizando a los judíos mientras tomaba el camino de Nicea. Una segunda oleada, creada por dos personajes llamados Volmark y Emich de Leisingen que reclutaron a decenas de miles de voluntarios en el valle del Rin, se cebó en matanzas antijudías en Spira, Worms, Maguncia y Praga, provocando la indignación de los propios cristianos del lugar. Incluso la Primera Cruzada, como es sabido, concluyó con una gran quema de judíos dentro de su sinagoga durante la toma de Jerusalén. El problema estaba servido. Con todo, la primera gran matanza de judíos de la Europa medieval ocurrió en Iberia.


LA SITUACIÓN EN SEFARAD

Los judíos tanto de al-Ándalus como de los reinos cristianos no eran particularmente estimados por la población en general. Y esa población, a menudo ignorante y manipulable -más o menos como la actual: hay muchas formas de ser ignorante-, era fácilmente engatusable por quienes buscaban un culpable fácil -un chivo expiatorio- o un vuelco en el sistema de influencias de las respectivas Cortes, muchas veces copadas por judíos influyentes. A punto de acabar el año 1066, Granada fue escenario de una apocalíptica matanza de judíos, posiblemente en una cifra muy abultada de 4000 muertos. Eso habla de la crueldad de la época, la notable cantidad de judíos que había y la poca estima que se les tenía (lo que, obviamente, no puede justificar de ninguna manera tal masacre). Con la llegada de las oleadas almorávides un par de décadas después, la situación se hace insostenible para esa minoría, y muchos se autoexilian, buena parte de ellos en las aljamas del territorio cristiano. Un extraordinario poeta sefardí, Moseh ibn Ezra, abandona Granada incapaz de soportar el odioso integrismo de los almorávides, y nos describe unas comunidades judías del Norte peninsular profundamente incultas e ignorantes, entregadas a la miseria y posiblemente también a la endogamia (habla de "labios balbucientes y lengua impenetrable; al ver sus caras decae mi rostro"). El nivel cultural de la mayoría de los sefarditas es muy bajo, acentuado por el desapego de sus castas intelectuales hacia la filosofía y el conocimiento mundano, la "ciencia de los griegos" (V), como la llamaba -para criticarla y considerarla innecesaria- otro notable poeta radicado en tierra andalusí, Yehudah ha-Levi, y que también se autoexilió.

Desde 1147 una segunda oleada integrista, la de los almohades, destruye las aljamas de las comunidades hebreas que no se convierten al islamismo. Entre ellas, la de Lucena, población casi exclusivamente judía durante siglos y en la que esa comunidad estaba instalada, según un sefardí de la época, desde la friolera de mil setenta años atrás. El éxodo hacia territorio cristiano, sobre todo de los judíos cultivados -a los que no faltaría a qué dedicarse allí donde sus conocimientos fuesen apreciados-, se hace muy intenso. Aparece también el criptojudaísmo. Musulmanes por fuera, judaizantes por dentro, muchos sefarditas andalusíes seguían aferrados a la ley de Moisés, aun sabiendo el precio que habrían de pagar si eran descubiertos. Aparece también, pues, el malsín o chivato de los suyos, que delata a las autoridades todo desvío hebraizante.

Con ese éxodo de Sur a Norte, las aljamas del territorio cristiano experimentaron un notable empuje. Los hebreos más estudiados encontraron un hueco en la Corte. Hay que entender que por entonces alguien que fuese experto en matemáticas, historia, astronomía y lengua árabe tenía una relevancia social enorme (para hacernos una idea, algo así como los futbolistas hoy en día). Surge en Gerona un influyente círculo de cabalistas. Los judíos de Toledo tienen un gran peso alrededor de Alfonso X el Sabio, gran amante del conocimiento (aunque en sus años finales, a instancias de su hijo Sancho, se sacudió violentamente parte de esa influencia: será una constante histórica el tira y afloja entre reyes y judíos cortesanos; a mayor abundamiento, en las Cantigas de Santa María -monumento literario medieval redactado en gallego bajo la dirección del propio Alfonso- hay dos ejemplos del libelo de sangre, o supuesto crimen ritual de judíos sobre niños cristianos). Jaime I de Aragón también se rodeó de judíos cultos. Las aljamas, separadas por muros del resto del casco urbano, tenían el privilegio de una cierta autogestión, incluso en materia de recaudación de impuestos, a cargo de las familias más renombradas, lo que creaba cierto malestar y envidia dentro del seno de esas comunidades.

No obstante, con el comienzo del siglo XIV las cosas también se van poniendo feas en suelo cristiano. Expulsados de Francia en 1306, muchos judíos transpirenaicos se dejan caer por la naciente España, especialmente en el territorio de la Corona aragonesa. El espíritu de la época a nivel continental mostraba poco cariño por aquellas gentes. En Aragón el antisemitismo se hace ya muy palpable sobre todo a partir de la Peste Negra y de sus estragos. También crece en Castilla. El sínodo de Zamora en el 1313 condena el acceso a cargos públicos y el testimonio en pleitos si es realizado por judíos, y les prohíbe el préstamo a interés. Para reforzar esa condena, el Ordenamiento de Alcalá de 1348 mantiene esa prohibición de cobrar intereses, aunque poco después es revocada (otro ejemplo de los tiras y aflojas antes señalados). El propósito de esa ofensiva legal y religiosa es promover la conversión, lo que obviamente supondría el fin de los judíos como minoría, disueltos en la masa poblacional cristiana. Crece el número de conversos relevantes, entre ellos antiguos talmudistas, así como el de predicadores cristianos fanáticos, con un ascendente alarmante entre las gentes. Los monarcas basculan entre ceder al antisemitismo y, por el contrario, amparar a los judíos (seguimos con los tiras y aflojas del poder político, más por cálculo y conveniencia en ambos casos que por verdadera convicción). El ambiente estaba tan envenenado que en junio del 1391 (VI) arranca en Sevilla un levantamiento de la población cristiana contra los hebreos, levantamiento que corre como la pólvora por toda España provocando masacres y destrucción de numerosas aljamas. Comunidades muy numerosas e incluso prósperas fueron prácticamente aniquiladas -por muerte y, sobre todo, por bautismo exprés-. Pocas ciudades cristianas con judería no vivieron esa circunstancia, y eso que las autoridades tomaron cartas en el asunto para frenar los pogromos.

Sea cual fuese la razón de fondo (fanatismo religioso, sed de rapiña, enojo hacia un sector social extraño y que hacía vida aparte, o una combinación de todo esto), el caso es que desde 1391 las relaciones entre unos y otros quedaron heridas de muerte, suscitando un nuevo exilio judío -básicamente hacia Portugal y Norteáfrica- y la exigencia generalizada de una conversión forzosa. La conversión forzosa se produjo en suelo mallorquín en 1435. En 1483 se decreta en la Andalucía cristiana. En 1492, el 31 de marzo, en Granada, se decreta el edicto de expulsión de los judíos no conversos.

Aquel año 1492, clave para la historia de España -pocos países hacen en un solo año tantas cosas-, supone una tragedia definitiva para una comunidad que, a pesar de todo y a su manera, amaba Sefarad. Los judíos que no quisieron abjurar de la fe mosaica -alrededor de unos cien mil- abandonaron la recién constituida Nación entre lágrimas, conservando entre otras cosas las llaves de sus casas y un bello idioma romance, el ladino, todavía hoy hablado por 300000 judíos sefarditas.


DESPUÉS DE 1492, CAMINO DE MALLORCA

El proceso de conversión o expulsión fue tardío, pero eficaz. Los casos de judaizantes resultaron escasos. Los judíos bautizados eran considerados cristianos nuevos; los criptojudíos eran tildados de marranos. Un judaizante condenado por ello y que volvía a las andadas era considerado relapso -hereje reincidente- y su destino generalmente era la hoguera. Por tanto, las acusaciones de criptojudaísmo eran muy temidas. Nace la figura del soplón al Santo Oficio, figura llamada malsín, término de origen hebreo, y que se aplicaba a veces a los cristianos viejos que delataban herejía pero sobre todo a los propios judíos que se acusaban entre sí. Como ha ocurrido siempre, y en un panorama de persecución de la herejía con más razón -especialmente durante la demencial persecución de las brujas-, tras las denuncias a la autoridad se escondían a menudo rencores personales y cuentas familiares no saldadas.

Julio Caro Baroja estudió con interés el fenómeno de los criptojudíos en tiempos de los Austrias menores. Según se infiere de sus estudios, no cabe dudar de la sincera fe católica de los descendientes de cristianos nuevos (que en cierta medida se iban convirtiendo en "viejos" con el paso del tiempo). Entre los descendientes de judíos conversos hay que citar a personalidades muy destacadas, como varios miembros de la corte de Isabel la Católica (su consejero real y contable, su confesor, varios secretarios eran conversos o sus descendientes), inquisidores generales como  el mismísimo Torquemada (nieto de judíos conversos) o Diego Deza,  Antonio Pérez, el cardenal Mendoza, santa Teresa de Jesús o san Juan de la Cruz. Se hace hincapié en la costumbre de los descendientes de conversos de mostrar una gran piedad católica y de hacer numerosas obras de caridad, legando a veces auténticas fortunas.

Como es de esperar, en el seno de la sociedad española existían marranos, de igual manera que también había "brujos" (básicamente seguidores de determinados ritos rurales), protestantes y otro tipo de herejes místicos (fueron célebres en su época los alumbrados). Sin embargo, puede decirse que hubo un caso verdaderamente singular, la supervivencia de toda una comunidad judaizante en suelo balear, en la ciudad de Mallorca (todavía no era Palma de Mallorca). Son los llamados chuetas (VII), descendientes de los judíos conversos de 1435. Resulta curioso que en donde primero se produjeron las conversiones masivas fue también donde radicó la resistencia más enconada a abandonar la ley mosaica.

Los pogromos generalizados de 1391 supusieron sólo en la gran ciudad balear la muerte de unos 300 judíos. Hacia el 1435, ante la acusación de un libelo de sangre (VIII) que resultó falso -se les acusaba de haber crucificado a un esclavo moro que poco después seguía vivo- pero que les costó la ejecución de sus cuatro rabinos más destacados, decidieron convertirse de modo general. No estaba el horno para bollos. Pero como ya hemos dicho, el caso es que allí mismo, en la aljama mallorquina pervivió al menos dos siglos y medio más la observancia de la ley de Moisés. Es de suponer que la catolicidad sobrevenida de esas gentes, una vez pasada la tormenta, se iría relajando hasta adoptar nuevamente la forma de vida y religión que había sido tradicional en ellos. La aljama de los chuetas, ubicada en la calle del Sagell, era llamada el Call, mallorquinización del hebreo kahal (IX). Estaba compuesto por quince familias. De todas ellas la más poderosa era la Cortés, en parte porque eran bastante numerosos pero también por motivos de casta, pues se les presumía descendientes de la tribu levita. Algunos de sus miembros, según las descripciones de los autos, tenían los ojos azules (no sé si eso tiene que ver con los levitas, francamente: lo apunto como curiosidad). Otros linajes chuetas (por ejemplo, los Miró, Piña o Picó) eran considerados inferiores por las demás familias. Es más, los matrimonios entre linajes demasiado alejados en cuanto a prestigio estaban mal vistos, aunque eran tolerados. Eran muy frecuentes entre ellos los motes graciosamente peyorativos, más o menos como ha ocurrido siempre entre cristianos viejos (por ejemplo, "cabeza loca" o "caga reales"). Añadamos como curiosidad que existen en Mallorca apellidos considerados de origen judío pero sin relación con los chuetas. Algunos son muy sonados, como Bofill, Colom, Vidal o Maymó. Constan también apellidos famosos de descendientes de los conversos de 1435, como Fuster, Aguiló, Galiana, Forteza o Valentí.

La sensación de superioridad entre estirpes también existía de puertas afuera. Los chuetas se consideraban de mejor linaje que los cristianos viejos, pues alardeaban de que su comunidad había echado raíces allí desde tiempo inmemorial. Ese sentimiento de hiperlegitimidad seguramente reforzó el deseo de seguir observando sus prácticas hebraicas ancestrales. Había pocos pobres entre los chuetas. En general, era una minoría acomodada tirando a próspera, dentro de los baremos de la época. La endogamia fue a buen seguro intensa. No se dio el fenómeno típico de los cristianos nuevos, que con todo el afán del mundo quisieron emparentar lo antes posible con linajes de cristianos viejos.

Los chuetas eran más que nada comerciantes y tratantes de géneros diversos, pero en especial sedas y ropas (en ese sector numerosos judíos de todo el mundo han amasado fortunas desde hace siglos). También eran buenos plateros. Permitían comprar al fiado y mantenían contacto con correligionarios de otras partes, especialmente de la cuenca mediterránea. No practicaban las profesiones liberales: la educación superior estaba complicada incluso para los cristianos viejos. No había abogados ni médicos entre los chuetas. A pesar de su relativa prosperidad material, muchos eran analfabetos. Eso sí, tenían una idea bastante cabal de la tradición judía y una visión muy mordaz y crítica del cristianismo. Para los judíos ortodoxos, Jesucristo es simplemente un advenedizo, un hechicero y un falso mesías. Destaquemos que por entonces el runrún dentro de la comunidad hebrea internacional era la proximidad del Mesías verdadero, cuya llegada se calculaba hacia 1666 (X).


VIDA SEMICLANDESTINA

Los chuetas de finales del siglo XVII, cuando se acercaba su fin como comunidad, se expresaban en lengua vernácula. El mallorquín y ocasionalmente el castellano eran el idioma de todos los días. Conservaban algunos términos hebreos, a menudo corrompidos. Como es lógico, su acceso a los libros rituales judíos era impensable, de modo que recurrían a fuentes en castellano (XI). Un texto muy querido por aquella comunidad fue el Almenara de luz, originalmente en hebreo, y el Ramillete de flores de varias oraciones. Compartían algunas oraciones con la comunidad católica mallorquina, como los siete salmos penitenciales, aunque en el seno de sus casas suprimían las partes "cristianas". También era lectura en algunas casas chuetas la Guerra de los judíos de Flavio Josefo.

Dado que era una comunidad en principio amenazada por la posibilidad de que un malsín diera chivatazo al Santo Oficio, las prácticas mosaicas se habían reducido prácticamente a la esencialidad. Un ejemplo era la observancia del sábado. Así, por lo general ese día atendían sus negocios, con el objetivo de disimular ante el pueblo (las casas chuetas eran de planta baja, donde estaba el negocio, y un primer piso donde hacían su vida particular). Teóricamente en sábado no se puede ni arrancar una hoja de un árbol, y sólo se puede caminar un número máximo de pasos, pero el sentido práctico podía más que la rigurosidad practicante. Eso recuerda un poco a la relajación de costumbres por parte de los salafistas en nuestros días, que llegan incluso a comer cerdo y transgresiones similares para no levantar sospechas de fundamentalismo islámico. Con todo, dentro de sus casas observaban al máximo el reposo sabatino. Los viernes se aprovechaba para asear la casa a conciencia, se renovaban las sábanas y la mantelería, se cambiaban de camisa, las mujeres se engalanaban y se cocinaba para dos días. Si lo cocinado no llegaba, había que fastidiarse y se pasaban el sábado a base de pan y aceitunas.

Como es de esperar, rehuían comer carne de cerdo (llamado por entonces genéricamente "tocino"). Tampoco cocinaban con manteca, empleando en su lugar aceite de oliva. Por aquella época guisar con aceite era señal de ascendencia judía. Tal vez les debamos a los chuetas al menos una parte de la saludable costumbre de emplear tan magnífica grasa vegetal como parte de nuestra dieta. En vez de cerdo solían comer carne de ave. La sacrificaban a escondidas, lejos de la vista de los criados (generalmente muchachas cristianas, alguna "mora"), desperdiciando la sangre y mezclándola con ceniza. Solían abstenerse de carne mientras duraban las exequias  de un miembro de su comunidad, manteniéndose a base de arroz con aceite (cuando moría un cristiano, así fuera el rey, no se tomaban esa molestia).

Las celebraciones judías tradicionales también estaban reducidas en la medida de lo posible. Celebraban de modo harto discreto el Purim, la Pascua o Pésaj y el Yom Kippur. Sin embargo, no festejaban ni el Año Nuevo judío ni la Hanuká. Es interesante destacar que, dado que tendrían mala conciencia de su culto tan relajado, para "compensar" practicaban habituales ayunos. Esta sanísima práctica terapéutica, que en virtud de la ortodoxia judía correspondía a muy pocos días (como el Yom Kippur y la víspera del Purim), era observada generalmente cada lunes y cada jueves de todas las semanas: desde la noche de la víspera a la noche siguiente no ingerían nada, ni siquiera agua.

Otros aspectos "disimulados" de los chuetas. La circuncisión, como uno se puede imaginar, equivale a herejía mosaica. Era la prueba más clara e indeleble de judaísmo. Por tanto, se trata de un rito que los chuetas varones no se podían permitir. Al igual que los ayunos, se fue formando en el mundillo del criptojudaísmo una especie de "compensación", de modo que un rasgo cúltico que no se podía observar era equilibrado haciendo hincapié en otros, fundamentalmente la beneficencia y limosna dentro de la comunidad. Los chuetas tenían arcas donde se guardaban pequeñas fortunas en óbolos por si venían mal dadas para alguno de ellos. Esta doctrina hebrea se conoce como la circuncisión del corazón, apoyada en Deuteronomio 10: 16. Por otra parte, obviamente para ellos los sacramentos cristianos eran ritos vacíos. Nunca había extremaunción de sus gentes. Aunque el chueta fallecido hubiera sufrido una larga agonía, sus deudos siempre alegaban una muerte repentina. Los cristianos solían decir que a los chuetas "no se les veía morir" (algo así como lo que se dice ahora de los chinos; la minoría china en la actualidad se centra también en el comercio, se relaciona muy poco con la sociedad que la acoge, y sus funerales son francamente discretos, e igualmente circulan sobre ellos maliciosas leyendas urbanas bastante escabrosas).

No obstante, ya se puede imaginar uno que el resto de la población estaba al tanto de lo que pasaba con aquella gente. Curiosamente, y en contraste con tiempos pretéritos, el pueblo cristiano no le daba mayor importancia, al menos en principio, a lo que aquella gente hacía con su vida. Uno de los judíos más importantes del Call, Pedro Onofre Cortés, tenía por costumbre invitar a las "fuerzas vivas" de la ciudad a meriendas campestres en su espléndido huerto. Entre que el personaje caía bien, que las autoridades "dejaban pasar" y que la práctica de callar bocas con dinero no era rara, la cosa no iba a más. Incluso se comentan las típicas anécdotas de que en aquellas meriendas los anfitriones judíos rechazaban los platos que contenían tocino o manteca, alegando razones peregrinas y dándose codazos entre ellos, y los cristianos en vez de escandalizarse y correr a delatarles se morían de la risa y seguían comiendo.


EL PRINCIPIO DEL FIN

 El tribunal del Santo Oficio se había mostrado en suelo mallorquín muy poco diligente durante el siglo y medio previo a los grandes procesos contra los chuetas, sin tener apenas causas por herejías. Durante las primeras décadas del siglo XVI habían sido contados los casos, y por lo general sin relación con los marranos: eran causas de brujas, protestantes o algunos "moros" vueltos al mahometismo. No cabe duda de que todo el mundo, y la Inquisición también, sabía lo que se cocía en el Call chueta, pero entre unas cosas y otras se dejaba pasar. Además por entonces existía una maraña legal por la que resultaba laberíntico establecer las competencias de los tribunales. El Santo Oficio tenía que lidiar, en defensa de sus atribuciones, con los tribunales eclesiásticos diocesanos, con la Audiencia Real e incluso con el Virrey. Así las cosas, hubo paz y relativa tolerancia religiosa hasta que en 1677 el tribunal vio que tenía un problema acuciante de presupuesto. Las arcas estaban vacías. Y como el dinero es bastante eficaz para engrasar el movimiento del mundo, la maquinaria inquisitorial arrancó, en defensa del catolicismo, acusando a los chuetas de delitos terribles contra la fe, basándose en una denuncia de 1674, en la que figuran treinta y tres cargos. El primer precedente procesal serio se produjo en 1675, cuando un descendiente de conversos españoles, Jacob "Alonso" López, apresado en alta mar junto con varios correligionarios, fue declarado culpable de judaizar. Casi adolescente pero firme en sus convicciones, fue quemado ante unos 30000 concurrentes.

Las acusaciones contra los chuetas fueron las imaginables. Los cristianos viejos se sentían menospreciados por ellos y odiaban sus aires de superioridad y su nulo apego a la cultura católica de la ciudad. Vivían en el disimulo, en las frases susurradas al oído, en la convicción de pertenecer a una casta privilegiada. Se casan entre ellos. Llevan una vida rara. En sus casas no había imaginería católica, pero sí retablos inspirados en el Antiguo Testamento. No parece mucho, desde nuestra perspectiva actual, para ir a tocarles las narices. De hecho, no se les acusa en ningún momento de usura.  Sí hay algunos casos de sacrilegio anticristiano, aunque resultan dudosos. Una criada cristiana acusa a su señora chueta de coger a menudo la imagen de un Cristo crucificado y azotarla repetidas veces con un látigo. Otro criado les acusa de hacerle participar en un "juego de Cristo": el criado se deja atar las manos para después ser golpeado (imagino que suavemente) e insultado como el Galileo antes de ser conducido a Pilato. Es lo más parecido al "libelo de sangre" que se testificará en las causas contra los judíos mallorquines.

Desde 1677 hasta 1691 se sucedieron los autos de fe sobre la minoría chueta. El año más serio fue 1679, cuando se sustanciaron cinco autos. El delicioso huerto donde judíos y cristianos influyentes confraternizaban fue arrasado y sembrado de sal, como habían hecho los romanos con la explanada del Templo de Jerusalén. Ninguna familia de las quince se libró de tener a algún miembro procesado y condenado. Las penas iban desde la abjuración pública y el escarnio -como el famoso sambenito-, hasta la muerte en la hoguera, pasando por determinadas prohibiciones y, por supuesto, la confiscación de los bienes de los condenados, que al fin y al cabo de eso iba el tema.

Algunos de los condenados que habían salvado el pellejo, los reconciliados, regresaron a la fe mosaica. Otros prefirieron el exilio a lugares donde pudieran judaizar libremente. Los Cortés, tenidos por descendientes de los levitas, eran bien recibidos. Algunos destinos de aquella gente fueron Niza, puerto franco donde podían hacer su vida -consta que el Santo Oficio recurrió a la Santa Sede para pedir la extradición de esos chuetas, pero el Papa prefirió no violentar con esa petición el estatuto particular del puerto nizardo-, y Alejandría. Y hubo reincidentes. Veamos un caso. En 1685, el chueta Raphael Cortés de Alfonso acusa a su propio primo, el ya citado Pedro Onofre Cortés -dueño del huerto de las meriendas- y ya procesado en 1979, de relapso. Es muy probable que detrás de la acusación de un familiar tan cercano se escondiese cierta aversión a Pedro por haberse "malcasado" con una Miró (insistamos en que los Cortés eran el linaje más prestigioso del Call).

A lo largo de aquel tiempo, la comunidad mayoritaria católica no mostró ningún apego a aquella gente. Se afirma que entre las multitudes que presenciaban las ejecuciones no había gritos pidiendo clemencia. Por otra parte, tampoco sentían particular interés en la destrucción de la minoría chueta. Los testigos no solían ser espontáneos -con excepciones como la de Cortés-, y en sus testimonios escasean las exageraciones fruto de un antisemitismo feroz. Los cristianos poderosos se llevaban bien con ellos; el ánimo contra los chuetas era más fácil de encontrar entre cristianos pobres, que envidiaban la relativa prosperidad de aquella gente.

La liquidación del criptojudaísmo chueta (pocos años después hubo procesos residuales en los que se llegó a condenar a difuntos y a exhumar sus restos para quemarlos: surrealista) supuso para aquellas gentes y sus descendientes un baldón realmente ignominioso. El chueta pasó de ser un ciudadano orgulloso a tener un aire humillado y vergonzoso desde entonces. Durante el tiempo de los procesos a menudo eran agredidos con total impunidad. Pero al parecer durante mucho tiempo después ha existido un odio continuado hacia las generaciones siguientes. Todavía en el siglo XIX se les infligían crueldades de vez en cuando. E incluso en la época actual una pequeña parte de los isleños no se casaría con un chueta, según un estudio de la Universidad balear.


ALREDEDOR DEL ANTISEMITISMO

La tragedia de los chuetas fue un caso bastante claro de detestable intolerancia religiosa, que escondía unas razones bastante impías, como la rapiña de las propiedades ajenas y el deseo de revancha contra gentes a las que les va mejor. Si los chuetas hubieran sido adeptos a la brujería, les habría ido incluso peor y habrían durado mucho menos tiempo. Ahora bien, resulta no menos absurdo negar que esa gente no era querida por el resto de los ciudadanos.

Los chuetas eran una comunidad aparte respecto de la mayoritaria cristiana de entonces. Lo eran y así se sentían. En una sociedad normal y corriente, hay trabajos de todas clases. Pero la mayor parte del trabajo es manufacturero. Eso vale también para sociedades altamente tecnificadas (como mucho, lo que en ellas ocurre es que ese trabajo manufacturero se deslocaliza, dejando parados a numerosos nacionales que siguen soñando con trabajos "de oficina").  Y hay que decir que entre los chuetas el trabajo manual vigoroso era raro. Algunos chuetas que huían de la persecución comenzaron a servir en tareas duras de campo, como arrieros, pero lo dejaron rápidamente pues "no eran de trabajar". Sus trabajos más reconocidos eran el de comerciante y el de sabio, de rabino. Es decir, sin apenas trabajo manual, empleando a cambio una gran presencia de la palabra, de las conversaciones, del "intentar convencer", de la sugestión, e incluso del engaño. Una sociedad sólo de sacerdotes y tenderos no funciona. Sólo lo hace si la base social crea excedentes que pueden revertirse al comercio y al sustento de las castas que manejan palabras (XII). Si a eso se le añade otra práctica típica de los judíos, la usura, se entenderá mejor el panorama. Una completa integración de una minoría supone no sólo proclamar bonitos discursos de tolerancia. También precisa la implicación de esas gentes en todos los resortes sociales, no la especialización en uno. Porque si no se hace así, se mantiene la conciencia de guetto, de casta. Además, ese carácter de comunidad aparte dentro de una sociedad se ha visto alimentado por las pocas, muy pocas ganas de gustar a los demás que a menudo han demostrado los miembros de esa minoría.

No es éste el lugar para tratar un tema tan complicado como el judío. Ni mi intención. Considero que cada uno puede vivir como quiera, pero sin fastidiar a los demás ni hacer daño al pueblo en cuyo seno vive. Desde la perspectiva actual, lo de los chuetas fue un atropello, una de las muchas manifestaciones del poder público metiendo el hocico en la vida privada de la gente y desposeyéndola de su libertad, sus  bienes e incluso su vida. Y todo en nombre de Dios, de Jesús y de la Virgen.

Pero es evidente que los pueblos donde los judíos se asientan no suelen mostrarles particular afecto. Les toleran o les persiguen, pero se les hace difícil amarles. Y uno debe preguntarse por qué y, si se trata de algo generalizado, si ellos tendrán al menos su parte de culpa. Siento simpatía por cómo los chuetas mantenían entre sí los ritos y las creencias de sus antepasados (que deben venerarse; sólo uno debe separarse de la tradición si se prueba que la innovación es mejor , y ellos no veían que el cristianismo fuese mejor que el judaísmo). Por otro lado, no me gusta la idea de un núcleo poblacional que hace vida aparte y no abraza al resto del pueblo, no comparte sus miedos y sus esperanzas, no quiere caminar con él (aunque está en su derecho, sin duda).

Estoy convencido de que en este mundo que se está globalizando existe la posibilidad de que las distintas culturas pervivan y dialoguen fructíferamente entre sí. Globalización no quiere decir homogeneidad cultural, esto último equivalente a pobreza de espíritu.




(I) - En general los romanos eran muy tolerantes con todas las religiones, y ya en la capital del Imperio existían minorías mosaicas respetadas mientras no alterasen el orden público. El mismo Julio César, por algún motivo, miraba con simpatía a los judíos radicados en Roma (hasta el punto de que cuando se celebró su funeral iban los judíos tras su féretro lamentándose y recitando oraciones).

(II) - Ha quedado sólo en pie un muro, el de las Lamentaciones.

(III) -  El Antiguo Testamento fue redactado en hebreo; el Nuevo en griego koiné sobre base aramea; el latín es la lengua oficial de la Santa Sede (por lo cual no es una lengua muerta, como suele afirmarse); la Biblia ha sido difundida mundialmente sobre todo gracias a traducciones a lenguas indoeuropeas (las más célebres son la King James inglesa o las castellanas Reina-Valera -protestante- y Nácar-Colunga -católica-), y las traducciones han sido a menudo utilizadas de modo manipulador y estratégico.

(IV) - El cognomen Panthera se ha encontrado en varios textos, así como en tumbas de las guarniciones próximas al Rin. Sin embargo, el origen bastardo de Jesús más bien parece una habladuría maliciosa, recogida también por Celso en su magnífico panfleto Discurso verdadero contra los cristianos, quizá derivada de la corrupción del griego "parthenos", virgen, que ya en el siglo I se atribuía a Miriam.

(V) - También influyó el mesianismo.  Gran parte de la población judía esperaba al Mesías para el año 1130, y por ello muchos rabinos desaconsejaban la apertura al mundo cultural exterior, apertura que ante la cercanía mesiánica aparecía como algo ocioso.

(VI) - En marzo de aquel año ya había arrancado un comienzo de pogromo, aunque la aristocracia sevillana lo frenó con bastante anticipación. Los ánimos estaban caldeados.

(VII) -  Como ocurre a menudo, el origen de ese término no es pacífico. Podría significar "comedor de tocino", en obvio giro irónico.

(VIII) - Así es como tradicionalmente se llama a los presuntos crímenes rituales que se le achacan a comunidades judías, durante los cuales sacrifican a un gentil. Se les acusaba, habitualmente, de hacer una parodia de los sufrimientos de Jesús con la persona sacrificada, a menudo un niño, y de una fascinación fetichista hacia su sangre derramada. Algo muy difícil de creer, a juzgar por las leyes judías, que condenaban el sacrificio humano y el refocile en la sangre.

(IX) -  Que vendría a significar "comunidad", equivalente al griego "ekklesía". De ahí que el extraordinario libro bíblico Kohélet haya llegado hasta nosotros con el chocante nombre de Eclesiastés.

(X) - Se hizo famoso un año antes a esa fecha un personaje llamado Sabatai Zevi, proclamado mesías por un grupo de seguidores. Llevado a la presencia amenazadora del Sultán, se convirtió rápidamente al islamismo, pero el culto mesiánico a su persona prosiguió un tiempo.

(XI) - Por lo general todo idioma que se reserva para lo oficial y lo protocolario, que adquiere carácter sacro, se petrifica y a menudo se queda atrás en la Historia. El idioma de las transacciones y la vida corriente de ese tiempo será el hegemónico con el paso de los siglos. Es posible que el castellano que empleamos ahora quede como lenguaje "petrificado", burocrático, dentro de 300 años y el castellano correcto sea la jerga "hoygan". No bromeo.

(XII) - Los judíos han brillado especialmente en  el manejo de palabras como modo de ganarse -a menudo muy bien- la vida: así, en la política, los negocios, la predicación, el entretenimiento y el humor verbal.


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